ME VOY….PERO ME QUEDO.

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Sin título

 

        Cuando decides correr tu primer maratón, de forma consciente o de forma no consciente estás inaugurando una nueva faceta en tu vida diaria. De manera que inmediatamente captas ese cambio que no afecta sólo al “tempo” de correr sino también al resto del tiempo. Pero es algo que conviene previamente conocer antes de decidir entrenar para esta dura prueba.

            Decía el escritor Javier García Sánchez que mientras corres un maratón podrías cambiar varias veces de religión; podrías comenzar profesando la religión cristiana, pasar a convertiste al mahometanismo al paso por la media maratón, para  acabar tus últimos kilómetros convertido en un santón budista. 

 

MI PRIMER ENTRENAMIENTO LARGO

 

            Ahora que he culminado mi primera larga tirada puedo reconocer que me producía cierto miedo escénico estar corriendo durante dos horas seguidas a un ritmo que no estuviera por encima de los cinco minutos el kilómetro; dudaba que mis piernas respondieran; que mi mismidad tuviera la suficiente fuerza psicológica de conversar conmigo mismo, si bien no me preocupaba lo más mínimo el cambio de religión porque de ninguna me siento tributario; que la oxidación de grasas no se produjera antes de la hora y media de trayecto; que los gemelos no se cargarán de lactato hasta el punto de tener que detenerme, probablemente alejado más de quince kilómetros de la ubicación del coche. En fin, todos los ingredientes necesarios que hacen que ese miedo escénico salgan a flote.

            Pero había que hacer pronto esa prueba atlética, por lo que tras la fallida programación de la mañana del domingo – reconozco que me cuesta madrugar para correr, quizá porque no tenga esa necesidad -, programé la tarde para culminar esas dos horas, o lo que es lo mismo, realizar entre 26 y 27 kilómetros si lograba trotar en torno a los 4,55 o 5 minutos el kilómetro, un ritmo bastante suave que no me hiciera pagar en los últimos tramos y que sería el adecuado para correr en Madrid. Así que a eso de las dos de la tarde ya había ingerido la suficiente pasta y la suficiente fruta para estar ya en marcha a eso de las cuatro y media; así que me iría para la Vega de Pinos Puente a las cuatro y diez, aproximadamente, aprovechando que a esa hora de una tarde de domingo el tráfico es escaso. Ante tal cantidad de kilómetros y una temperatura de 24 grados no calentaría nada, si acaso algunas oscilaciones de tobillo y algún estiramiento de espaldas, nada más. Por tanto, cumpliendo con todo lo programado, eligiendo las zapatillas Adidas Supernova nuevas – recordad: aquellas a las que le dediqué una Oda -,vestido con pantaloneta Adidas para evitar demasiadas rozaduras en la entrepierna, camiseta técnica de manga larga, primera capa, de New Balance, calcetín técnico Adidas y Buff a modo de cinta en la frente, conecté el IPOD, cargado en esta ocasión con dos grupos muy sugestivos para correr: los asturianos Avalanch y los germanos Hallowen, con su Live en U.K.; por tanto, ya lo tenía todo dispuesto a nivel logístico, ahora sólo faltaba motivación y la suficiente fuerza física y mental para hacer más de 25 kilómetros.

            El terreno elegido, ya digo, distintos lugares de la Vega granadina, iniciando el recorrido en Pinos Puente. La dirección propuesta sería: Ánzola, aldea unida a la pedanía de Casanueva, atravesando un amplio espectro de Vega se alcanza Zujaira (cuya muestra se contempla en la fotografía y que Lorca denominó Vega de Zujaira) y corriendo paralelo a la vía del tren – futuro paso del AVE -, se enfila en dirección Valderrubio, también perteneciente al municipio de Pinos Puente, si bien antes de llegar a esta población se conecta con la carretera local que une esta localidad con Fuente Vaqueros. Por tanto, la dirección que hay que tomar es la de la población lorquiana, y atravesando esta población se enfila la carretera que desemboca en la Nacional 432, girando a la altura del cruce de Pedro Ruiz – pedanía de Santa Fé- adentrándome de nuevo en el término municipal de Pinos Puente, dirección Alitaje, para acabar dando un nuevo rodeo por esta parte de frondosa Vega y volviendo a buscar la dirección de Ánzola, esta vez haciendo una recorrido en forma de U, volviendo de nuevo a Pinos Puente.

 

LAS SENSACIONES 

            En un trayecto de estas características no es tan factible buscar sensaciones, admitiendo que si éstas llegan se acogen como una especie de “bonus”, pero admitiendo que no puedan mostrar su faz, dado que la mente está más ocupada en intentar adoptar y adaptar un ritmo adecuado a las exigencias físicas; no obstante, en tiradas tan largas todo puede ocurrir.

            El comienzo fue bastante tranquilo, intentando mostrar lo que podría ser el resumen de todo el recorrido. El paso a la altura de Zujaira mostraba aún un agradable semblante porque nada ofrecía motivos para decaer, dado que no existía cansancio ni mental ni físico, así como tampoco la orografía del terreno ofrecía resistencia alguna. No obstante, cuando la visión de las últimas casas ya era una realidad, la sensación de lejanía comenzaba a interrogar a la mente, que siempre suele ser bastante sensible hacía esas preguntas. La entrada en el camino asfaltado que une Zujaira con Valderrubio me ofreció las mejores sensaciones, probablemente por haber dejado atrás un camino no demasiado bien cimentado y recibir con agrado la presencia de un terreno más duro pero firme. Además, en ese momento la tarde estaba completamente rebosante de luz.

            A la entrada de la carretera de Fuente Vaqueros, es posible marchar sobre un carril bici, que poco a poco se va deteriorando si no se remedia. En ese momento estoy a punto de atravesar a través de un puente-carretera el escaso río Genil. Entonces ya estaremos en la entrada de Fuente Vaqueros, después de correr una larga recta de aproximadamente kilómetro y medio. Sin embargo, ya desde el principio de la recta ya existen casas de la población, justo en el límite del término de Pinos Puente.

            Tenía planificado comprar un botellín de agua en uno de los kioscos que asoman al Paseo Federico García Lorca de Fuente Vaqueros, que cada 5 de junio está a rebosar, dado que es cuando se celebra el nacimiento del poeta universal, en 1898. Efectivamente, con la moneda ya en la mano compré un botellín de agua de medio litro. En ese cometido, dado que el kiosco no tiene clientela alguna, no empleo más de un minuto, así que continúo corriendo, apenas sin detenerme. En ese momento lamento que el pueblo de la Vega, que por excelencia obtuvo el atributo de mejor dotado de fuentes, ahora apenas cuente con ningún pilar donde poder refrescarse. Consulto el cronómetro y llevo justo una hora de ruta. Enfiló a continuación la carretera que une a la población con la Nacional 432, dirección Pinos Puente y Córdoba.

            A la salida de la población, una vez agotadas las últimas edificaciones compruebo que el calor es apremiante algo que logro superar gracias a la hidratación del agua. A pesar de que no percibo signos de debilidad en piernas, sí es posible advertir algo de cansancio, por lo que mi mente no comprende en ese momento que en la prueba de maratón aún las piernas tengan que aguantar unas dos horas y media más. Seguramente, la ciudad, la presencia de otros corredores, el público  y el colorido serán el detonante perfecto para poder asumir la prueba. Cuando el calor es claramente apremiante pronto llego a la altura del camino que vuelve a reintroducirme de nuevo en el término de Pinos Puente, justo a la altura del cruce de Pedro Ruiz. La reentrada en ese camino me comunica de nuevo con el frescor de la Vega, algo que agradezco. No obstante, la botella aún va prendida a mi mano izquierda, con suficiente agua todavía.

            El camino es bastante irregular pero las sensaciones en ese momento son magníficas. Pero a esa altura ya no sé exactamente a qué religión pertenezco. Precisamente cuando mejores sensaciones observo y para que nada sea perfecto aparece el temido aíre que en algunos tramos casi me detiene. Este aire en la Vega es bastante elocuente toda vez que no obtiene reprimenda alguna de edificios o circunstancias orográficas. Es algo que conozco, así que decido convivir con él alrededor de unos ocho kilómetros que es a lo que aún dista el punto final de mi recorrido. Lo peor es que este esfuerzo doble, ante la resistencia del aíre, me carga demasiado las piernas, ya de por sí bastante pobladas de lactato. Sin embargo, no denoto un cansancio mayúsculo, si bien la mente sí comienza ya a impacientarse. Por tanto, se trata ahora de centrarse en la materia gris, eso sí sin contradecirle demasiado. Además no sé como reaccionará cuando estando a tan sólo doscientos metros del coche haya que explicarle – con mucha cautela – que hay que volver en dirección a Ánzola y hacer otros cuatro kilómetros. Sin embargo, para mi sorpresa al llegar a la encrucijada de caminos no ofreció apenas resistencia. Esos últimos kilómetros, también muy cargados de aire adverso, para mi sorpresa los hice fluidos y relativamente alegres, si acaso sintiendo mucho más que otras sensaciones malas, unas piernas demasiado cargadas, algo lógico ante el estreno de ese nuevo kilometraje y la presencia del aire. Es algo que también me ocurrió la primera vez que corrí una media maratón.

            Por suerte el perro que se hacia mí se abalanzó cuando llegaba no era más que un caniche peludo que en su afán perdió hasta la moña que aderezaba su brilloso pelaje y que ante la imposibilidad de obsequiarme con un sabroso mordisco optó por ofrecer un concierto de desafinado ladrido. Ante la magnitud del peligro ni siquiera opté por decir a sus dueños que lo atasen.                

            Amigos y amigas, este ha sido mi estreno en la gran distancia preparatoria para el maratón y que ha sido mucho mejor de lo que me temía. Por tanto, la tirada larga del final de semana que hoy comienza podrá hacerse con mayores garantías, o al menos, sin onerosidad ni animadversión alguna, solucionada la duda de cómo habría de funcionar en dos horas de trote, si bien con la incógnita, como comentó Resonao, de conocer que ocurrirá cuando añadamos alrededor de hora y media más. 

 

BUENAS SENSACIONES

   CUANDO en nuestras charlas matutinas le comento a Jose que espero algún día un comentario en este blog, éste me comenta que en ocasiones ha estado tentado pero que no lo ha hecho hasta ahora porque siempre le apetece hablar de lo bien que se siente  y las buenas sensaciones que experimenta en sus entrenamientos, y le respondo que precisamente de esas buenas sensaciones queremos saber, sin que llegara a valorar en su justa medida a qué se refería mi amigo corredor. 

     Pero creo comprender a qué se refiere cuando habla de buenas sensaciones. Normalmente es lo que buscamos los corredores habituales, pero no siempre contamos con ese prodigio natural que supone experimentar grandes satisfacciones cuando corremos, si bien una vez experimentada esa buena sensación ya no querremos prescindir de ella. Y digo esto por las sensaciones experimantadas propiamente en los últimos entrenamientos llevados a cabo. De hecho los últimos entrenamientos han aportado todo el bienestar necesario y suficiente para poder seguir corriendo durante largo tiempo. La primera de las veces, en los últimos días, que experimenté estas buenas sensaciones fue hace unas cuantas semanas, cuando aún no había comenzado el Circuito. Estaba haciendo la ruta de 16 duros kilómetros entre Caparacena y Búcor, cuando en el kilómetro 13 aproximadamente comprobé que mente y cuerpo se encontraban sumidos en una total alianza y el kilometraje, aunque duro, parecía más el resultado de ir pisando por una tupida alfombra que por un duro camino de asfalto; la segunda de las ocasiones fue la semana pasada cuando me encontraba realizando una ruta de unos 16 kilómetros por la Vega de Pinos Puente, en dirección a Valderrubio y la tarde nublada se iba tornando cada vez más oscura. El ocaso del sol ya era totalmente palpable y en ese momento no sabía bien qué camino escoger, ofreciéndome dudas las dos bifurcaciones que me aguardaban unos metros más adelante. Así que aumenté la zancada  y fue cuando la mente entró en perfecta armonía con el cuerpo y la sensación que experimentaba era la de ser testigo de lujo del paso de kilómetros sin que ello pareciera afectarme lo más absoluto; la tercera ocasión ha sido esta misma tarde del viernes. Estaba haciendo una ruta símilar, si bien un poco modificada y comprobaba que cuando ya sólo faltaban un par de kilómetros para culminarla, no experimentaba cansancio alguno. Curiosamente no quería acelerar demasiado el cadencioso ritmo, principalmente pensando en el paso que debería de llevar en el Maratón de Madrid, pero por otra parte observaba cómo la ruta acababa y apenas me encontraba cansado, a pesar de que ya había superado el kilómetro 15 y el ritmo no era nada desdeñable, en torno a 4,40 el kilómetro, aproximadamente. La sorpresa final fue comprobar cómo la rampa última, artificialmente construida para superar la vía del tren, que en otras ocasiones se convierte en una suerte de Alpe D’huez, en esta ocasión se había convertido no más que en una pequeña tachuela. Así se lo dije posteriormente a Paco y Emilio, comentándole a ambos que probablemente se debiera al estado de conciencia que estaba adquiriendo desde que decidiera correr el maratón de Madrid.

    Pero esta semana, muy ocupada, también ha estado plagada de buenísimas sensaciones en el socio-deportivo, si bien no estrictamente en el mundo del correr. Se trata de la gentileza que tuvo conmigo mi antigua peña de fútbol Bodegón al invitarme a un acto de vital importancia para este colectivo: la celebración del 25 aniversario de esta peña celebrado el Día de Andalucía. Mi presencia se vió acompañada de la redacción de una carta que dirigí a los miembros de la peña, cargada de emotividad y  que Paco tuvo a bien leer en público, algo de lo que hablaré oportunamente en el próximo post.         

              

XV PRUEBA DE FONDO DE ALBOLOTE (25-02-2007)

Este bien conservado torreón de vigía de origen árabe, preside la localidad de Albolote, en el margen izquierdo de la Autovía.

    “Este año se han desbordado las inscripciones”. Era el comentario que me hacía el Concejal de Deportes del Ayuntamiento de Albolote, Julio Bernardo, tras la finalización de la prueba. Y es cierto, ya que fueron 644 los llegados, algo inusual en una carrera del Circuito.  Ahora bien, las circunstancias que ofrecía la carrera eran claramente favorecedoras de tanta anuencia: la cercanía de la localidad con la capital, así como la facilidad de acceso por autovía desde distintos puntos de la provincia del resto de la región; la distancia de la prueba, razonablemente corta; la bonanza del tiempo; lo adecuado de la hora; la escasa dificultad del recorrido; la buena organización; la facilidad de aparcamiento; la vinculación de esta localidad con el deporte; la excelencia de las instalaciones deportivas, así como otros pequeños detalles que han convertido a la prueba de fondo de Albolote en una de las atractivas del circuito, culminando además todo este buen hacer con la generosa entrega de la bolsa del corredor, integrada, entre otros productos comestibles -muy adecuados para un corredor que acaba de hacer 10 kilómetros-, una atractiva camiseta técnica de manga larga. A todo eso hay que sumar la existencia de un generoso número de atentos voluntarios y voluntarias y un importante número de miembros de Protección Civil y Policía Local, que sellan perfectamente todos los cruces y calles, a pesar de la excesiva frialdad del público alboloteño.

           

     Acudí a esta prueba con la mente puesta en la preparación del MAPOMA 2007. Es inevitable pensar en esta prueba de abril, ya que no es nada común ni cotidiano saber que en poco menos de dos meses te esperan 42 kilómetros, si bien cuando llevas algún tiempo corriendo sabes que cualquier carrera cuesta y un solo kilómetro cuenta. No obstante, acudí a la población del área metropolitana de Granada relajado y, abusando de la cercanía con mi domicilio actual, una media hora antes del comienzo de la prueba, sabedor de poca problemática que supondría aparcar en el solar dónde se ubica el ferial de esta localidad.

     Mi carrera ha sido bastante discreta y así lo quise interpretar desde el comienzo de la prueba, iniciando ésta desde la cola del numeroso grupo de corredores, en animada conversación con compañeros del club, entre los que se encontraban Juan Martín,  José Antonio Salazar -muy satisfecho de su mejora, aunque un poco decepcionado por no poder acudir a Madrid-, Ángel Luis, Alejandro, Bernardo, Antonio Castilla, Rafael, Eduardo y un largo etcétera. Con Manu  y Fernando Medina pude charlar a la finalización de la prueba acerca de la participación de ambos en el Maratón de Sevilla. También en esa cola se encontraba Eduardo que ha tenido algunos problemas físicos desde la carrera de S. Antón de Jaén. También hubo oportunidad de saludar a Juanjo, Javier, con el que anduve durante la carrera unos cuantos kilómetros,  así como de conocer a Alberto Soria, que esa misma mañana había hecho un original comentario en este blog, casi vaticinando mi tiempo de carrera.

     Todo ese bagaje social se suele alargar durante los primeros kilómetros de carrera. Ya habría tiempo de acelerar la marcha, me dije. Y así fue, ya que en el kilómetro tres era evidente que el ritmo respiratorio era muy distinto a los dos primeros. Pero no me encontraba totalmente cómodo, probablemente por haber oscilado con tan poco margen de tiempo, pasando de ir a 5 minutos en los dos kilómetros iniciales, a bajar a 4,30, aproximadamente, en los otros tres siguientes. Necesitaba y debía ir a ese ritmo, de entre 4,25 y 4,30, pero para eso hubiera sido mucho más sensato haber ido reduciendo la media de una manera más progresiva. De ahí la incomodidad.

     Cuando nos encontrábamos en la segunda vuelta llegó a mi altura Javier, asiduo comentarista de este blog, con el que estuve corriendo unos cuantos kilómetros. Charlábamos con alguna dificultad pero era posible la charla, algo que denotaba que el ritmo impuesto era más o menos el adecuado.

     Albolote tiene un recorrido, en general, llano, pero al estar la salida y llegada en la parte más alta de la población, muy cerca de la Autovía A-44, que nos conduce a Jaén y Madrid, necesariamente tiene que haber alguna subida, que suele sorprender un poco al corredor que planifica la carrera teóricamente sin haberla corrido antes. Además, esa subida se recorre en las dos vueltas de que consta el circuito. Lógicamente, en una carrera corta y, por lo general, rápida, esa mínima dificultad del terreno es bastante sensible para las piernas del corredor.

     En la segunda vuelta, principalmente, a partir del kilómetro seis y medio, aproximadamente, me encontré mucho más cómodo, a pesar que al paso por el kilómetro siete la media era algo más baja, en torno a 4,25 el kilómetro. No obstante, opté por aliarme con las buenas sensaciones y no forzar la máquina, tal como sí hice en Armilla. No tenía ganas de sufrir más de lo necesario, así que elegí unirme a un grupo cómodo para mi ritmo y llegar al estadio con sensación de esfuerzo, pero sin sufrimiento innecesario. Esa estrategia posibilitó que los pocos metros que había que correr por la pista hasta llegar a la meta, a la altura de la tribuna principal, se hicieran bastante agradables y culminados con más fuerza que en otras ocasiones. Finalmente la media kilométrica se situó en 4,31 minutos el kilómetro, tiempo bastante discreto, pero muy acorde con el tipo de entrenamiento que últimamente estoy haciendo, mucho más enfocado a superar grandes distancias que a hacer distancias más cortas a mayor velocidad.      

ODA A LA SUPERNOVA

Podría haber cantado tus virtudes sin solemnes  Conclusiones,

O haber dedicado éstas de forma tibia e imprecisa,

Confiriendo grandes gestas a otros compañeros en juego,

Tales como el Dios Eolo,

La madre Gaia,

O la Diosa Endorfina

Pero no, no sería justo

Un día fuiste vilipendiada, incluso por mí,

Pero no eras la misma,

Conservabas nombre y marca

Pero en todo lo demás eras otra,

Otra más fría y distante,

Más mazacote y menos estilizada,

Más dura en las formas y en las esencias,

Luego ¿por qué aún conservas aquel nombre?

¿Será porque eres generosa y nada altiva?

¿O Porque omites olvidos e ignoras querencias?

¿O Porque son virtuosas tus nuevas prestaciones?

¿O, tal vez, porque tan segura estás de tu nuevo diseño?

¿Será por todo eso por lo que descuidas que  te   confundamos?

Pero todo eso te convierte en más virtuosa,

En más generosa en tus prestaciones,

En más estética en tu diseño,

En definitiva, en otra zapatilla.

 

    Puede ser excesivo, lo sé, pero después de tanto tiempo rajando de ella, esta Supernova nueva se merece un homenaje.

   Nos vemos mañana en Albolote, a los que allí acudáis; a los que no, nos citáremos aquí en la siempre necesaria crónica pos carrera.

INSCRIPCIÓN INESPERADA

 La flecha ya está en el buen camino y si nada lo remedia o  estropea espero ser uno de los aproximadamente 13.000 corredores – son los dorsales de los que dispone la organización de Mapoma – que recorran la capital del reino – aunque reconozco que me gustaría decir de la república -, el próximo día 22 de abril.

            Ayer por la mañana Jose y yo quedamos para tomar un café en el centro de Granada y como no podía ser de otra manera hablamos del correr y del Mapoma – si bien a veces, sobre todo cuando vamos y venimos a carreras más lejanas solemos tenemos tiempo para hablar de lo divino y lo humano-. Así que mi amigo corredor me dijo dos cosas importantes: en primer lugar, considera que las tiradas largas no tengo por qué hacerlas a ritmo trotón sino “al ritmo que tu suelas correr los quince o dieciséis kilómetros”. Correr voluntariamente a ritmo más bajo podría no ser buena idea, sino que podría provocar una lesión no deseada. Por tanto,  “corre como sueles correr”. Mensaje recibido. La otra cuestión oscilaba en torno a la inscripción en el maratón madrileño, en el que aún no había realizado la inscripción a día de ayer. Así que me habló Jose de un conocido comercio granadino donde te regalaban la inscripción si comprabas unas zapatillas Adidas, ¿Pero, tienen que ser zapatillas Adidas, Jose? le pregunté algo decepcionado: “creo que sí”. Bueno, se trataba de dar una vuelta por la tarde y ver qué me encontraba.

            Los más veteranos de este lugar virtual de encuentro, que ya está a punto de cumplir un año, conocéis acerca de mi nada idílica relación con las zapatillas Adidas; es decir, para hablar con mayor propiedad, con las Adidas Supernova que adquirí hace algún tiempo. Tras correr con ellas, inmediatamente experimenté que no era el tipo de zapatillas que necesitaba. Pronto aparecieron los primeros síntomas en los pies que denotaban la falta de adaptación de mis pies a esta zapatilla o viceversa. Había tenido zapatillas Adidas, como aquellas míticas “Torsion”, pero por entonces mis exigencias trotonas no eran comparables a las de ahora. También debió de contribuir el haber comprado, quizá, un número no lo suficientemente amplio. De hecho, siempre prefiero comprar una talla por encima de la que podría necesitar en una zapatilla cómoda no destinada para correr. Y es lo que he hecho en las compras posteriores a aquella malograda Adidas; tanto la Asics Gel Cumulus, la Asics Gel Landreht y la penúltima New Balance 1023, han sido adquiridas un poco más amplios porque, sencillamente, me es más cómodo correr con alguna talla superior a la teóricamente propia.  Con una zapatilla más amplia, siempre que no esté muy por encima de nuestra talla, es posible poder utilizar un calcetín algo más reforzado e incluso introducir plantillas. Así que el dilema estribaba en intentar beneficiarme de adquirir una zapatilla de calidad, incluso rebajada por estar en la época adecuada y que, además, incluya la inscripción a Mapoma. No se puede pedir más. Pero había un  problema a solucionar: tiene que ser la compra de unas zapatillas Adidas, una marca a la que casi le había echado la cruz, si bien no suelo ser un fetichista de estas cosas.

            Saldría de la duda dirigiéndome al comercio en sí para comprobar en que estado de evolución se encontraban las zapatillas técnicas de la multinacional alemana que ofrecía la inscripción en la carrera de Madrid si optaba por adquirirlas. A priori, esa solución no me parecía factible, si bien iba informado sobre los avances que habían tenido estas zapatillas últimamente con más incrustación de la tecnología “adiprene”, en la bases anteriores de ambos pies y que era uno de sus puntos negros, además de otros mecanismos de amortiguación investigados por la gigantesca multinacional de artículos deportivos. Tras probar varias opté por el nuevo modelo de primavera del año en curso, una suerte de nuevas Adidas Supernova Cushion (en realidad yo hubiera optado por otra denominación, dada que es otra zapatilla, ya digo) que incorpora la nueva tecnología Formotion, un mecanismo incorporado en la media suela que busca mayor estabilidad y comodidad, evitando sobrecargas y por tanto riego de lesiones, además de adaptarse perfectamente a todo tipo de caminos. Zapatilla muy estilizada, liguera y reforzada en toda la base del pie. Además su diseño es muy atractivo, mezclando la gomaespuma en forma de rejilla con incrustaciones en la suela que ofrecen confianza al corredor. Además tiene un peso muy razonable si consideramos que cuenta con diferentes mecanismos incorporados. La adquirí con mis reservas sin olvidar que debía de pedir una talla por encima de la anteriormente adquirida. Aparentemente esta zapatilla parecía estar a años luz de su homónima predecesora, pero…. había que probarla. 

            El primer contacto con el pie, antes de salir a correr esta tarde, fue de lo más agradable, muy similar al que se experimenta cuando calzas alguna de las marcas líderes. Inmediatamente percibes que al atarte los cordones la zapatilla parece atrapar a la perfección el pie. Opté por hace algo de entrenamiento de calidad, que no suelo hacer casi nunca. Así que por mi barrio aproveché algunas escaleras, alguna cuesta y algunas rectas de 300 o 400 metros y llevé a cabo series rápidas y de fuerza, acabando la sesión con estiramientos en abundancia y una sesión media de abdominales. Pero ¿qué decir de la zapatillas Adidas, esa que miraba de reojo a cada zancada que daba? Fantástica, sin mucho más que añadir. La suavidad de la pisada, la estabilidad y amortiguación destacaban desde el primer momento; de hecho no suele ser habitual estrenar unas zapatillas con una sesión de calidad, ya que lo más normal es hacer una ruta media a ritmo suave y ver la evolución de la zapatilla. Pero si había que probar cómo iba a evolucionar la zapatilla ¿por qué no hacerlo sometiéndola a altas presiones?

            Sinceramente no tenía previsto adquirir más zapatillas de marca Adidas, pero es observable que la alta competencia de las grandes marcas del calzado runner ha hecho que el gigante despierte y ponga a trabajar a su equipo. El resultado, que duda cabe, ha sido magnífico.

            Por tanto, nuestro mundo de corredor también ofrece sorpresas y a quien esto suscribe los duendes burlones le ofrecieron dos inesperadas: optar a la inscripción de Mapoma de la manera más inesperada y volver a adquirir unas zapatillas de cuya marca había renegado.                    

LA DECISIÓN

   Creo que fue el excelente escritor Rafael Sánchez Ferlosio quien escribió algo parecido a que cuando la flecha sale del arco ya sólo queda esperar hacía donde se dirige. Metafóricamente esa flecha ya salió de ese arco decisorio que supone afrontar la dura prueba del maratón.   Supongo que cada corredor tiene su propio mecanismo mental y físico a la hora de tomar la determinación de correr tal o cual carrera, o bien, asumir un entrenamiento y otro. Debe ser admitido en este proceso que la decisión se haya en el estado mental, pero que éste jamás podrá tener un libre albedrío si antes no ha obtenido -aunque sea a nivel subconsciente- algún tipo de buenas sensaciones físicas y sensitivas y, desde luego, cierto volumen de entrenamiento y determinadas carreras competitivas ya asumidas. No se trata aquí de llevar a cabo ningún ensayo psicológico sobre el mundo del correr que se denomine algo así como: psicosociología de la toma de decisión en el corredor”, ni mucho menos. Pero estaremos todos de acuerdo en una cosa: tomar la determinación de correr 42 kilómetros de una tacada no es una decisión similar a las que tomamos a diario y que suelen consistir en asuntos rutinarios y de poca trascendencia, incluso si  se trata de salir a trotar cuatro o cinco kilómetros. No sé si será trascendente correr un maratón – eso no lo tendrán que contar nuestros amigos maratonianos -, pero sí que lo es, y algo cambia en la vida del corredor, haber tomado esa determinación clara y libre de obstáculos e impedimentos tal y como mostraba el código canónico que nos hacían estudiar en derecho eclesiástico en la facultad de Derecho. Pero, en fin, como a veces he comentado es una decisión que tarde o temprano ha de tomar un corredor que se precie. Y opté por Madrid, aunque sé que no es la más fácil, ni la más plana. Podría haber optado por correr en Sevilla o en Ciudad Real o en Benidorm, pero como un día afirmé, si debutaba en maratón ésta debía ser la de Madrid.

            Por tanto, espero que de esa decisión tan sólo tenga la oportunidad de apartarme alguna lesión o imprevisto de última hora.

            Así que la logística, que alguna se necesita, para poner en marcha este proyecto de alguna manera ya está en marcha. Lógicamente, hay que comenzar por buscar hospedaje. En ese sentido doy las gracias a los varios amigos que me habéis dado algunas referencias importantes, tales como Resonao, Paco Montoro, Jose y Juan, compañero del club y que tuvo la gentileza de llamarme por teléfono para comunicarme aspectos referentes a este maratón que él ya ha corrido en varias ocasiones, y que este año tiene previsto correr junto a José Antonio Salazar, al que desde aquí le envío ánimos para su recuperación. Más o menos planificados estos detalles, queda poner el reloj a cero en cuanto a entrenamientos más planificados y tiradas largas selectivas y semanales, teniendo en cuenta que ya existe un trabajo hecho a lo largo de todo el año anterior y lo que llevamos de éste. Por tanto, admitámoslo, no se trata de comenzar de cero ya que de ser así, habría poco tiempo para correr en Madrid, el próximo 22 de abril.

            Pensaba un poco en todo esto, mientras corría quince kilómetros – que es lo mínimo que haré a partir de ahora, exceptuando las sesiones de series o cuestas -, a una hora de la tarde en la que la luz natural ya se iba difumando. De ahí que comenzara a adoptar a nivel mental una estrategia, digámosle, más maratoniana, consistente básicamente en alargar el tiempo de carrera disminuyendo la velocidad. Sí antes esos quince o dieciocho kilómetros los solía correr a un ritmo de no menos de 10 o 15 segundos por encima del tiempo de competición ( en torno a 4,45 aproximadamente), ahora la idea es bajar el ritmo a aproximadamente 4,55 el kilómetro para posibilitar que los músculos se mantengan más tiempo en carrera. No obstante, para llevar a cabo las largas tiradas de fin de semana, de entre 28 y 30 kilómetros, la idea podría ser correr a un ritmo más lento, de entre 5,10 y 5,15 el kilómetro, sin excluir la posibilidad de llevar a cabo algún fartlek suave a lo largo de esa carrera. Ya digo, lo importante es adecuar la musculatura inferior al esfuerzo de varias horas de trote, sin que eso excluya las sesiones más rápidas y más cortas, para las cuales me vendrán fenomenal las carreras más cortas del Circuito.

            Mientras pensaba en todo eso y el crepúsculo se iba adueñando de la tarde y buscaba salir del camino de la Vega para dirigirme hacia Maracena con la idea de buscar la luz artificial de sus calles, me vinieron a la mente los objetos y los hábitos que tendré que adoptar en estos dos meses aproximados que faltarán para el día D.

            Esos objetos y esos hábitos, necesariamente habrán de cambiar, si bien los días de un corredor habitual ya han adoptado hábitos un tanto distintos. Por tanto, si exceptuamos el necesario tiempo de trabajo, que para nada tiene que ser una maldición bíblica, y mucho menos en esta época de conquistas sociales, y si restamos el tiempo necesario para cuestiones diarias inevitables o buscadas, este aprendiz incipiente de maratoniano optará por rellenar a lo largo de estos dos meses una existencia ordenada y propiciatoria para un buen entrenamiento que también se compondrá del necesario descanso que a decir de los entendidos también es una forma de entrenamiento. Para ese viaje serán necesarias varias alforjas a modo de bagaje que habrán de ser utilizadas tanto en el entrenamiento como en los descansos, que necesariamente serán bastantes eremitas y caseros. A saber: dos buenos pares de zapatillas que protejan el píe lo suficiente; suficientes pantalones de todo tipo y camisetas técnicas para poder utilizar de recambio en los distintos entrenamientos; gafas de sol deportivas para días de más sol; una buena cinta con al menos dos bidones para las largas tiradas – pendiente de comprar-; un buen surtido de calcetines técnicos – Coolmax a ser posible – para los entrenos; vaselina siempre dispuesta para las tiradas largas; tiras aislantes antirozaduras, en el caso de que aparezcan, que aparecerán; el Ipod Nano de 2 Gb, siempre cargado y dispuesto de la mejor selección musical posible que incluirá los siguientes intérpretes: Mago de Oz, Avalanch, Tierra Santa, Haggard, Therion; Medina Azahara; After Forever; Stratovarius; Triana; Halloween, Metálica, Cai, Lost Horizon, In Extremo, Apocalíptica, entre otros; para los descansos habrá que proveerse de distintos libros y ver distintas películas. En cuanto a los libros, será una buena oportunidad de leer obras atrasadas y gozan de quietud en los estantes de la librería, tales como La Catedral del Mar, El Mozárabe,  algún que otro libro atrasado de Paul Auster, algo de novela negra, tal y como un día “prometí” a nuestro bloguero Hueso, Historia de España, desde las cortes medievales hasta la formación del Estado moderno; terminar la biografía de Leibniz; el buen ensayo sobre la Segunda República de Gil Pecharromán y algún libro crítico con la monarquía española;  El Callejón de los Milagros del recientemente fallecido Naguib Mahfuz, y un largo etcétera que seguramente sobrevivirá al tiempo disponible. De entre el cine que hay que ver en los descansos optaremos por volver a ver: Medianoche en el jardín del bien y del mal, dirigida por Eastwood; Las horas, basada en la novela de Cunnighan, que toma como base la obra de Virginia Woolf;  La trilogía del Señor de los Anillos, excelente regalo que acertó a hacerme Mati; Master and Commander; El nombre de la rosa; la primera parte, sobre todo, de Regreso al Futuro, Crash, Volver, entre otro largo etcétera. De las nuevas hay que ver: El truco final (The prestige), Días de cine; Apocalypto; Diamante de Sangre, Truman, y nuevamente un largo etcétera. Por cierto, ya sabéis que se admiten propuestas de buenos libros y  buenas películas.

            Probablemente todo lo escrito pueda  ser – y seguramente lo es- exagerado pero es cierto que para este corredor – que normalmente en estos asuntos suele ser concienzudo – correr una maratón forma parte de las grandes cuestiones a hacer en la vida. Además están en juego cosas tan importantes como la ilusión, la constancia, y, sobre todo, la preservación del estado físico que pudiera resentirse en una carrera de estas características si no se hacen los entrenamientos y los descansos suficientemente en serio. No olvidemos que somos corredores populares y, por tanto, mucho más limitados que los corredores de élite.                                       

¿ESTABA FILÍPIDES LO SUFICIENTEMENTE ENTRENADO PARA CORRER 42 KILÓMETROS?

Ésa es la gran pregunta. Según la leyenda, el bravo guerrero griego corrió aproximadamente la distancia de 42 kilómetros para comunicar a sus superiores que Grecia había vencido a los persas en las guerras médicas, allá por el año 490 a.C. Según los historiadores culminó su propósito,  si bien esta proeza tuvo un fatal desenlace para su vida. 

Hoy día correr esa distancia puede estar al alcance de cualquier mortal siempre y cuando se lleve a cabo un protocolo concreto de entrenamiento y hábitos saludables de alimentación, en general, si el propósito es hacer esta distancia con el meritorio fin de acabar la prueba. Ahora bien, correr esta distancia en un encomiable tiempo, probablemente, esté al alcance de muy pocos, toda vez que ya entrarán en juego tanto la genética como un entrenamiento numantino. 

 Pero ¿cómo llega un corredor popular a plantearse correr esa distancia, algo que casi nunca obedece a esquemas preconcebidos? Seguramente que quienes dedicamos parte de nuestro tiempo libre a correr lo hacemos porque en esta actividad encontramos más beneficios y satisfacciones que perjuicios y sinsabores. Optamos por hacer veinte, treinta, cuarenta o más kilómetros a la semana y madrugar cada dos domingos aproximadamente para hacer otros diez, veinte o más  por el mero hecho de sentirnos mejor con nosotros mismos y dar salida a nuestra afición. Seguramente el proceso que nos lleva a hacernos corredores concienzudos comienza cuando correteamos por las calles, parques o caminos, sin pretensiones; de ahí pasamos a correr alguna competición, casi siempre llevados de la mano de algún amigo, y una vez que ya sabemos andar solos, nosotros mismos nos apuntamos a algún medio maratón. Desde ahí a inscribirse en un maratón aún hay un abismo, pero un abismo al que nos vamos precipitando sin darnos cuenta.

   Ese proceso no ha sido muy distinto en este corredor. El planteamiento en serio de correr un maratón seguramente no llega por el camino más recto ni más fácil. En mi caso, el mecanismo que conllevó a tomar la decisión de correr un maratón comenzó casi en el plano inconsciente. Un buen día, José te pregunta si vas a correr el maratón de Madrid. La pregunta que podría ser general la captas como objetiva, si bien contestas distraídamente que algún día. Al poco hablas con Paco y llegas a la conclusión que de correr un maratón este tiene que ser el de Madrid por ser una ciudad que en otro tiempo has pateado. De manera que todo eso que no es más que la sustancia común de conversaciones pasajeras va pasando a un plano más objetivo y visualizas la posibilidad de correr esta prueba. Haces un repaso mental y cuentas ya seis medio maratones, los cuáles vas corriendo con menos dificultades cada vez y te convences que puede ser el momento de dar el gran salto, ese que metafóricamente y físicamente los hermanos Cohen retrataron a la perfección ante el vértigo de poder de su personaje protagonizado por Tim Robbins.

  Por tanto, ahora tan sólo queda cambiar el chip. La incógnita está en saber cómo evolucionarán mis músculos inferiores ante las tiradas largas de, al menos, treinta kilómetros una vez por semana. Jamás he corrido ni en entrenamiento ni en competición más de 21 kilómetros de ahí que la incógnita necesite ser despejada.

 La idea era hacer 25 kilómetros suaves este fin de semana. No obstante, a última hora pensé que sería mejor hacer 15 más duros para ir habituando la musculatura inferior a las largas distancias. Así que el sábado programé una ruta híbrida, es decir, compuesta de una parte conocida y ya recorrida en múltiples ocasiones y otra parte totalmente inédita. Para este fin elegí la ruta que discurre entre los aledaños del pantano y Pinos Puente, concretamente desde la puerta de entrada a la exclusiva residencia geriátrica “Entrealamos”, lugar del que me había hablado Mati en bastantes ocasiones y que coincide con la zona que en ocasiones he señalado como manía megalómana del Alcalde de Atarfe y su tardía afición por impulsar campos de golf, en una época en el ladrillo está bajo sospecha tanto en el litoral como en el interior del país.

  Los corredores que habiten en Granada y alrededores tienen muy a mano esta ruta, pudiendo dejar el vehículo justo en las calles recién urbanizadas junto a la residencia citada. En mi caso, prefiero dejar el vehículo en Caparacena e iniciar la ruta desde allí en dirección Pinos Puente. A la entrada de esta población de la Vega de Granada, por su parte alta, se encuentra la primera dificultad ya citada aquí en otras ocasiones, la conocida “Cuesta de los Muertos”. La vuelta hasta Caparacena será por la misma ruta, más suave que la ida. Llegados a Caparacena, atravesaremos esta coqueta aldea y nos dirigiremos en dirección al Pantano del Cubillas, hasta las postrimerías de la residencia geriátrica. La ida no ofrece demasiadas dificultades, pero no será así en la vuelta a Caparecena, ya que a la salida del otrora denominado Cortijo de Armengol nos encontraremos con una dura subida que culmina justamente en la entrada de la Urbanización de Los Cortijos. Desde ahí hasta Caparacena no existe dificultad orográfica. En suma esta ruta se convierte en dura tanto por las dificultades explicadas como por ser todo el trazado de asfalto, siempre agresivo para las piernas.

Decía que la opción de hacer esos 15 kilómetros la he visto idónea antes de acometer tiradas más largas en las próximas semanas, con el consiguiente cambio de estrategia toda vez que esos 15 kilómetros hasta ahora han sido tiradas largas para quien esto suscribe, mientras que a partir de ahora se convertirán en rutas mínimas en el nuevo esquema de entrenamiento premaratoniano, al menos en lo que se refiere a tirada larga.

 En las próximas semanas observaré la evolución y la respuesta ante el mayor volumen kilométrico, si bien he de reconocer que ya existen los primeros movimientos preparatorios para asumir la prueba madrileña a nivel de búsqueda virtual de hoteles cercanos a la salida y llegada de la prueba y planificación de actividades paralelas en la capital del Estado. Por cierto, sería muy interesante la propuesta de hoteles cercanos por parte de quienes ya hayáis corrido el maratón madrileño.

 Por tanto, mantendremos aún la no inscripción hasta ver la evolución en las próximas semanas que permita – como bien dice Resonao – ir deshojando la margarita que nos permita tomar la decisión final en breve. Pero nada firmaré aún con el diablo a pesar de su perspicaz habilidad para involucrarme en sus intrigantes y diabólicos envites atléticos.

EL CORRER INCIERTO

     Que el correr es algo apasionante, ya lo sabemos quienes nos dedicamos regularmente a esto, pero existen ocasiones en las que salir a correr supone un suplicio por varios motivos que van desde tener ocupaciones agobiantes y que exigen nuestra total disponibilidad hasta encontrarnos con unas condiciones meteorológicas adversas, si bien, otras veces, ese poco ánimo para salir a correr viene de la mano de no tener ganas sin más, seamos honestos, ya que no somos máquinas que se programan y llevan a cabo una función concreta sin interferencias. Al contrario, somos seres que obedecemos a estímulos, a dudas, en definitiva. Es nuestra complejidad evolutiva la que normalmente manda y ordena.

     Sin embargo, y esa es la grandeza de este deporte, y a pesar de que existen esas interferencias anímicas por alguna de las razones antes enumeradas, optas por salir porque así lo tienes programado o porque reconoces que para convertirte en un corredor serio y consecuente necesitas entrenar.  Y decía que esa era la grandeza del correr porque sin saber cómo y por qué en alguno de estos días apáticos, cuando los primeros kilómetros vas arrastrando las piernas más que corriendo; cuando intentas que tus pensamientos no sigan siendo negativos, de pronto experimentas unas sensaciones increíbles que muestran una conexión absoluta entre tus piernas y el terreno por el que vas corriendo. Y observas que devoras kilómetros a un ritmo más alto del que, en principio, tenías programado. Y te sientes fuerte. Y te sientes resistente. Y ya no eres el mismo de unos minutos antes, cuando arrastrabas las piernas y fruncias el entrecejo ante la perspectiva de trotar una hora. Por eso comentaba lo de la grandeza del correr, es decir, toda esa aquiescencia que muestran tus piernas cuando las sometes a un buen ritmo y todas esas buenas sensaciones que muestran tu mente se configuran como un añadido extraordinario e improvisado y todo un obsequio que mientras te atabas las zapatillas no esperabas.  

     Probablemente esa grandeza del correr estriba en que no es una ciencia exacta; no existen reglas predefinidas que nos informen que en tales circunstancias las consecuencias y las sensaciones van a ser matemáticamente éstas o aquellas; todo lo contrario, se trata de un hecho empírico plasmado de ocasiones en los que en el primer kilómetro te cuesta elevar mínimamente las piernas, pero en el segundo kilómetros pareces una alondra corriendo; y ocasiones en las que en el primer kilómetro no experimentas molestia ni dolor alguno, pero en el segundo la geografía del dolor es parecida a una estepa rusa.

     Reflexiono sobre eso, precisamente por lo que ayer experimentaba en mi entrenamiento de aproximadamente trece kilómetros por la zona de la Vega que une Granada con Atarfe. En principio, las condiciones no eran las adecuadas: buscando poder hacer bien la digestión salía demasiado tarde por un lugar que sabía no ofrecería luz artificial durante mucho tiempo, estando además muy nublado; y a pesar de eso la digestión la notaba pesada e incómoda, hasta el punto que en los primeros kilómetros las piernas captaron la poca predisposición de los demás órganos y optaron para gandulear. Sin embargo, cuando ya había asumido que seria así todo el entrenamiento, se invirtieron las sensaciones y de pronto experimenté que las piernas se elevaban convenientemente y con rapidez y que la digestión, si bien aún pesada, ya no suponía un obstáculo para correr con garantías. Pero de todo, la mejor sensación fue experimentar esa mágica conexión que te une al entorno, al camino serpenteante e irregular.

     Y seguramente será por esos frecuentes momentos por lo que uno hace del correr una de sus actividades más regulares.  

BANDERAS DE NUESTROS PADRES (USA, 2006)

Podríamos preguntarnos tras el visionado de esta película si es posible mantener que el sistema norteamericano pone contra las cuerdas al propio sistema. Me explico. Eastwood podría pasar por ser un producto de hollywoood si bien se desmarca de este particular mundo a través de distintas poses que a veces pueden ser de denuncia y otras de rescate de músicos legendarios de jazz, o bien, estructurando un drama en torno al mundo del boxeo. Pero es ese desmarque lo que, entre otras cosas, le convierte en un buen director, probablemente de lo mejor que tenga la patria de Bush hoy día. Ya lo demostró hace años con “Medianoche en el jardín del bien y del mal” o ” Los puentes de Madison”, película de gran plasticidad y emotividad.

            Opino que en Banderas de nuestros padres Eastwood no ha querido dejar en la retina del espectador tanto la crueldad de la guerra – de cualquier guerra -, a pesar de lo cruento de algunas de las imágenes en el campo de batalla, como sí destacar la capacidad de su pueblo de acartonar,  casi hasta ofender a la inteligencia, cualquier situación que consideren vendible. En la tierra del “síndrome del papel higiénico”, en donde todo parece crearse para usar y tira, también se atreven con inculcar ese síndrome en cuestiones tan sagradas como es el sufrimiento humano. 

            Aquella bandera alzada en el monte Suribachi, teniendo como testigo las negras arenas de Iwo Jima,  y que hasta no hace mucho para nosotros no era más que una famosa fotografía muy recurrente cuando se trata de ensalzar la heroicidad americana, ha provocado en el director norteamericano todo un alegato contra la forma truculenta que tienen sus dirigentes de entender la guerra, la vida y el negocio. Pero está bien que exista esta denuncia y está bien que sea, precisamente, en este momento histórico donde se vuelve a repetir por enésima vez el ridículo sin contemplaciones que ofrecen con su siniestro espectáculo diario de muerte y destrucción, jugando a las guerras y de camino matando y siendo matados en cualquier rincón del planeta. Pero una cosa me resulta curiosa, a la vez que interesante: Banderas de nuestros padres no es una película de cine independiente, de hecho detrás de ella está la productora del mismísimo Spielberg, la conocida “construyendo sueños” o “trabajando sueños”  si hacemos una traducción litera de su nombre. Pero también el mismo Eastwood ha querido mostrar mayor implicación, asumiendo también un papel de coproductor. 

            No obstante, para poder interpretar esta película y el por qué y el cómo aparece  en este momento, me parece necesario comentar los aires antibélicos y, en gran parte, también anti-Bush que se están produciendo en la meca del cine norteamericano, algo que glorifican de razón, tras una larga travesía por el desierto, los argumentos y las acciones de actores y actrices como Seen Peen, Tim Robbins o Susan Sarandon y que demuestra que no están solos como parecía en esa cruzada contra Irak y contra Bush. De hecho ha sido Seen Peen el que ha pronunciado frases de agradecimiento hacia Eastwood y Costner por apoyarle expresamente ” a pesar de ser ambos de tradición republicana”. Por tanto, obtengamos de esta película lo que merezca la pena obtener, con independencia de que no debe de ofrecernos ninguna sorpresa comprobar cómo esta enorme nación que se dice dominadora del planeta siempre lleva a cabo acciones de autoflagelación y aniquila a sus miembros más débiles – ya sean marines o antisistema- si considera alguna gran corporación que ello es necesario para que sus finanzas y el mantenimiento de sus mansiones y las de sus siervos gobernantes vayan viento en popa.            

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