Béjart vuelve a sorprender













BÉJAR
Intérprete: Béjart Ballet Lausanne.
Director artístico: Maurice Béjart.
Programa: Le Croissant et la Croix, música tradicional con coreografía de Béjart (estreno absoluto); Juan y Teresa, música tradicional española con coreografía de Béjart; Bolero, de Maurice Ravel y coreografía de Béjart.

Quienquiera que sea aficionado al ballet tiene que sentir un especial respeto y una profunda admiración por Maurice Béjart, uno de los grandes innovadores, uno de los grandes revolucionarios de la danza. La suya es una trayectoria ejemplar, basada en el afán de búsqueda, en un continuo ir avanzando en el mundo de la coreografía. La suya es una trayectoria brillante, hecha a golpe de esfuerzo, trabajada con intensidad, casi dejándose jirones de sí mismo en este largo camino. La suya es, en definitiva, la historia de un gran artista que ha llenado de atrevidas, excelentes, coreografías, los mejores escenarios mundiales de la danza.

En Granada hemos disfrutado de la capacidad creadora de Maurice Béjart, hemos conocido de su profesionalidad, de su enorme categoría, exenta de divismos y caprichos, una categoría artística de primer orden que se da la mano con una categoría humana que podemos considerar excepcional.

Por eso, anoche, cuando comenzó la actuación, espléndida por otro lado, del Béjart Ballet Lausanne, todos los aficionados rendimos un homenaje con nuestros aplausos al gran maestro, homenaje que mañana -por hoy- tendrá su plasmación en la entrega de la medalla de oro del Festival, galardón que le será ofrecido por Víctor Ullate, tan unido a la figura del maestro.

Y como no podía ser menos en Béjart, éste volvió a sorprendernos. Hagamos abstracción de una de sus grandes creaciones, el ‘Bolero’, con la música de Ravel, coreografía que pienso ha sido una de las más brillantes y acertadas en la historia de la danza. ‘Bolero’ volvió a encandilar a todos los que anoche acudieron al Generalife. Y es que nunca la obra de arte es repetitiva, sino que en cada versión aparece como algo nuevo, por su frescura, por su autenticidad, por esa sabia conjunción de movimiento del cuerpo y la música que le sirve de base para llevar a cabo su capacidad expresiva.

Formidable todo el ballet en su versión masculina, con un Octavio de la Rosa que encarnó con brillantez a la melodía.
Pero había un estreno que tenemos que considerar importantísimo: ‘Le Croissant et la Croix’. Con música tradicional de exótica inspiración, Béjart ha conseguido una coreografía de excepción, con un hábil juego de las figuras, con un empleo del color que se convierte en elemento coreográfico de importancia, teniendo unos bailarines de gran calidad. Un verdadero deleite para todo el aficionado, un verdadero hallazgo que, además, nos habla de la eterna juventud de este gran coreógrafo.

Y para iniciar la segunda parte, Elisabet Ros y Gil Román, bailan un largo paso a dos, basado en temas populares españoles, con predominio de lo andaluz. Un pequeño sector de público no recibió bien esta obra y mostró su disconformidad, pensando que era irreverente, por el tratamiento que se da a una procesión de Semana Santa. Creo que no hay ningún ánimo irreverente en una obra -Juan y Teresa- donde hubo discrepancias que volvieron a manifestarse, tímidamente, cuando el gran Béjart salió a saludar al término del ‘Bolero’.

JOSÉ ANTONIO LACÁRCEL

París bien valdría una misa

JOSQUIN CIRCLE
Obras: De Claudin de Sermisy, Jean Mauton, Jean de la Fage, Claude Goudimel y Jean Maillard
Lugar: Monasterio de la Concepción, bajo Albaicín, día 28, lleno.
Ciclo: FEX en monasterios.

Al hilo del Festival parisino que estamos teniendo este año, me viene a la memoria la frase de aquel rey francés que, en el colmo del maquiavelismo, dijo «París bien vale una misa». También el Festival podría dejar un instante su laicidad loable y lógica para desarrollar parte de la música católica que nos ofrece ubérrimo, en el contexto más natural para el que fue creada. Me refiero a la misa, a misas como la de Nôtre Dame, como las que antaño celebraba el Festival, a rituales con toda la teatralidad de la liturgia que harían más didáctica el por qué de estas piezas y más ágil su exposición frente a un recital de temas monocordes como el de ayer tarde.

Otro rey francés, San Luis, viene al pelo para la ocasión, pues este animoso de las cruzadas se hizo ferviente terciario franciscano, como después haría nuestra reina Isabel, y es precisamente en el convento de la Terciaria Regular Orden en la que tuvimos oportunidad de escuchar el recital de Josquin Circle. A veces el FEX nos depara descubrimientos como éste, con su puntualidad europea, su buen sonido armónico, su ductilidad, dentro de la monotonía del recital, y su timbre elegante aunque sobrio. Autores en su mayoría desconocidos por estos reinos del sur, pero músicas acordadas con el melisma juguetón del siglo XVI y la forma contrastada que preludia la gran polifonía española del barroco. Este conjunto catalán que ondea el lábaro de Josquin Desprez nos mostró un ágil fraseo, al final algo afectado por el cansancio, una panoplia de ondulaciones bien mantenidas y una tersura masculina en las voces sin aspavientos ni sobresaltos.

Desde los Salmos hasta el Magníficat, muy adecuado en un templo mariano, y desde los responsorios hasta las oraciones imprecatorias, el Josquin Circle trazó su círculo litúrgico de una hora como si fuese un todo armónico, un oficio completo, un vistazo al cantoral de las cuatro estaciones en una tarde, recién estrenado el verano.

Traducción

No vendría mal que el Festival entregase una traducción de algunos de estos temas, dada la distancia entre aquel latín y este hablar nuestro y dada la merma de conocimientos sobre aquella lengua en las enseñanzas medias de ogaño.

La gran monotonía musical de estos temas, que hacen sonar casi lo mismo los oficios de Sábado Santo que las alegrías de Reyes Magos, fue resuelta por el cuarteto catalán con una profesionalidad que hace pensar en la gran carrera de éxitos que le espera sin continúan por este camino. Puede que hubiesen necesitado un templo con algo más de reverberación para los finales en amén y en aleluya y que el bajo hubiese forzado más el volumen para atemperar al contratenor siempre muy explícito, pero el resultado fue tan del gusto del público que los cantantes catalanes hubieron de regalar un bello motete de Peñalosa, el músico que tanto gustaba a la reina Católica, la terciaria franciscana que mandó ser enterrada con los mismos hábitos con los que las monjas de la Concha asistieron al concierto, mezcladas con ese público de todas las edades, incondicional de estos minoritarios FEX.

ANDRÉS MOLINARI

Reflejos hispanos sobre las aguas del Sena

ORQUESTA DE PARÍS
Director: Chistoph Eschenbach.
Solista: David Grimal (violín).
Obras de: Ravel, Saint-Saëns y Albéniz/Arbós.
Lugar: Palacio de Carlos V, noche del 28 de junio, lleno.

Eugenia de Montijo dejó Granada para convertirse en emperatriz de los franceses y por aquel entonces nacían los autores del concierto de anoche. Siglo y medio después llegan a Granada los reflejos que ha ido dejando lo hispano en la música francesa. Y qué mejor emisario que la Orquesta de París, la nacida junto al Sena, el que se ondula con su discurrir junto a la Isla y la Catedral, bajo los puentes y a la vera del bulevar.

El rey de la noche fue Ravel y con su alborada comenzó la velada. Aquí la orquesta apuntó alto y Eschenbach leyó la partitura con amagos de brío y dechado de corrección. Un ajetreo en la cuerdas y un vaivén en los metales que convertían al director alemán en bailarín a su pesar y en aspaviento cuando convenía. Lo mejor sin duda fue esa sobriedad que supo dar a lo hispano, castañuelas incluidas, y que otros canjean por folclorismo de chinchinpún, confundiendo algazara con ritmo genuino español.

Contraste y complemento

La aparición sobre el escenario del violinista David Grimal fue todo un acontecimiento, un contraste con la orquesta y un complemento a los parisinos. Su gesto no se rompió ni en la Havanaise de Camille Saint-Säens, ni en el Tzigane de Ravel, pero por poco si no rompe el violín con su ejecución briosa y casi temeraria. Sin embargo, ni un desliz con los volúmenes ni una equivocación con los endiablados pizzicatti, ni una concesión a lo circense que merodea siempre alrededor de estas obras. Su mirada perdida en el cielo de Granada, pero su atención puesta en esos agudos imposibles y en ese final delicado y sutil como una brisa sobre el Sena.

Tanto monta, monta tanto, Arbós como Albéniz. Los temas de uno y la genial orquestación del otro. Emperadores de la noche durante media hora, esta vez reflejando lo hispano en otros ríos, en el Guadalquivir que pasa entre Sevilla y Triana o en el Darro, a los pies del Albaicín.

Sin mover la batuta

Y el delirio de la noche fue el Bolero, de Ravel. Aquí Eschenbach dejó de leer las partituras y lució todo el juego dramático y cómico que merecen obras como ésta, hechas casi como una apuesta. Quince minutos dirigiendo sólo con el gesto, con la mirada y el ceño, sin mover la batuta, hasta que se cambia el ritmo y aparece el segundo tema para morir enseguida.

Un sinfín de movimientos de cabeza, de acciones intuidas, de ritmos contenidos. Un arroyuelo de montaña que nace indefenso y desvalido para hacerse turbión que enloquece. Y para describirlo, la orquesta soberbia. Es de esos gestos que hacen delirar de gusto a los paisanos de la Emperatriz Eugenia, satisfechos de tanto arte a pesar de que no se concedió ni una propina.

ANDRÉS MOLINARI

Otra Carmen, la misma pasión

DANZA
Espectáculo: Carmen.
Compañía: Antonio Gades.
Argumento: Merimée, Saura, Gades, etc.
Coreografía: A. Gades y C. Saura.
Escenografía: A. Saura.
Música: Bizet, Gades, Penella, Heredia, Lorca, etc.
Lugar: Teatro del Generalife, 27 de junio, casi lleno.

Carmen es vestido rojo sangre, tacón sonoro y pañuelo seductor. Carmen es pasión desbordada, amor sincero y flor carmesí al pelo. Carmen es pavesa del deseo, abanico grande y abrazo inmenso. Todo eso y mucho más está en esta Carmen todo baile, que va de la bulería al pasodoble y de la sevillana al paseo militar. A pesar de la ausencia de Gades, que andará bailando por esos cielos caribeños, la compañía no escatima un vilano de corazón. Sincero afán de buen flamenco, iluminación precisa y preciosa, ritmo teatral contenido y eficaz para un espectáculo cerrado y casi perfecto.

La coreografía contrasta el todo con los solistas y para aquellos elimina el uniforme y persiste el moño apretado que en algún momento podría desmelenarse. Para esta Carmen concibió Gades demasiado cogerse la falda y airearla y poco extasiarse, aunque sea un instante, en su condición y en su destino. Stella Araujo subraya mucho lo dicho y aparta cualquier amago de matiz dramático que le vendría bien al argumento. Sobre todo a falta de una grabación digna y no con esos sones metálicos que desmerecen ante el buen tino de las guitarras y la sinceridad puesta en las voces de los cantantes. Adrián, Antonio y Joaquín forman el trío masculino y se les nota que sienten el amor y el deseo en su osamenta y saben transmitirlos a los repiqueteos de sus pies, al oscilar de sus brazos y a la genuflexión por el linóleo. Todo acurrucado constantemente por el coro que no abandona ni un minuto el amor recién nacido y los celos recién engendrados.

La Carmen de Gades es pasión por la danza, que nunca le es infiel, amor al flamenco, que siempre le corresponde, y retrato colorista de mujer, que seduce y se enamora. En la Carmen de Gades los espejos más que circenses son velazqueños pero la lucha es a garrotazos, como en Goya. En la Carmen de Gades el buen humor, la parodia y la juerga son patrimonio del grupo, pero la tragedia, la roja sangre y la fría muerte se hunden en el dúo de protagonistas.

ANDRÉS MOLINARI

Un contratenor de excepción

CANTO
Intérpretes: Philippe Jaroussky (contratenor) y Jérôme Ducros (piano).
Programa: Obras de Bizet, Massenet, Isaac Albéniz, Cécile Chaminade, Emmanuel
Chabrier, Pauline Viardot, Berlioz, Falla, Ravel, Debussy y Dupont.
Lugar: Patio de los Mármoles del Hospital Real. Buena entrada sin llegar al
lleno.

Es jovencísimo, tiene una enorme capacidad de transmisión, viste un tanto informal, aunque con elegancia, es simpático y tiene un talento interpretativo poco común. Se llama Philippe Jaroussky y es contratenor. Tiene una excepcional técnica para el falsete, para la llamada voz de cabeza, como atinadamente observa el maestro de críticos Arturo Reverter. Y esa técnica depurada, esa capacidad que hace que parezca increíblemente fácil lo que es muy difícil, la domina absolutamente Jaroussky. A la técnica le añade un buen gusto y un refinamiento interpretativo que llegan a la exquisitez.

Con estas premisas ya se puede suponer que el éxito tenía que culminar la actuación del joven cantante, del que se había hablado mucho, y que ha demostrado que sus cualidades están muy por encima de la fama que le precedía.

Repertorio

Aunque los vencejos parecía que iban a estropearnos la noche, con su continuo ir y venir y con su fuerte piar, lo cierto es que al final se rindieron a la evidencia y con su silencio parecían querer homenajear al estupendo cantante que iba desgranando una a una los temas de autores franceses y españoles, poniendo en todas ellos sus cualidades al servicio del repertorio y conquistando al público con su sensibilidad y su buen hacer.

Si me dieran a elegir lo que mejor ha sonado en el recital, me pondrían en un gran aprieto. Desde el comienzo con Bizet hasta el final de la primera parte con Berlioz, pasando por una deliciosa ‘Sérénade andalouse’, de Massenete, unas hermosas canciones de Albéniz y una habanera de Pauline Viardot, la hija del mítico Manuel García, donde técnica y sensibilidad se dieron la mano, culminando brillantemente la primera parte. Como un paréntesis, el pianista Ducros bordó una habanera de Chabrier en la primera parte y ‘La serenata interrumpida’, de Debussy, en la segunda.

Fuera de programa

Formidable la actuación de Jaroussky en la ‘Vocalise-étude’ en forma de habanera de Ravel. Y siguió con brillantez hasta terminar con una espectacular y un tanto peculiar ‘Sevillana’, de Massenet. Pero es que fuera de programa bordó una de las ‘Canciones Negras’, de Montsalvatge, y levantó una tempestad de aplausos con la ‘Canción Gitana’ del segundo acto de ‘Carmen’, de Bizet.

De verdad, qué gran noche en la que, inexplicablemente, no se llenó el patio de los Mármoles.

JOSÉ ANTONIO LACÁRCEL

Mozart vespertino

FEX
Intérprete: Bruno Fontaine (piano).
Programa: ‘Sonata 331 en La  Mayor’, ‘Sonata 332 en Fa Mayor’ y ‘Sonata 333 en Si bemol mayor’, de Mozart.
Lugar: Crucero del Hospital Real. 20.30 horas. Buena entrada.

Pasando la tarde con Mozart. Buena compañía, sobre todo cuando hay por medio un intérprete que ahonda en el compositor, que sabe hacerlo todavía más próximo, cuando es capaz de ejecutar con criterio propio la música que ideara Mozart. Es el caso de Bruno Fontaine, un pianista muy convincente, un pianista muy peculiar, un músico que se aparta de la rutina.

Con él parece que Mozart suena distinto, sabe entrar de lleno en el espíritu del salzburgués, hace un guiño de vez en cuando, hay un fuerte sentido de la complicidad. En algunos momentos vemos a ese Mozart vehemente, juguetón, burlón,  único, tan apartado del tontaina que nos presentara Milos Forman en su, por otra parte admirable, ‘Amadeus’.

Tres sonatas

Tres sonatas donde la imaginación puede volar. Tres sonatas para recrearse en ellas, para saber tocarlas, para apreciarlas en toda su dimensión. Tres sonatas con grandes contrastes, desde la fuerza y la intensidad de los allegros iniciales, hasta esa melancólica belleza de los andantes y adagios, hasta el final, pleno de gracia, con esa chispeante naturalidad de los clásicos.
Fue un señor concierto, una espléndida demostración de que este año el FEX  alcanza un nivel fuera de lo usual.

Alegre, joven y muy musical

Concierto: María del Mar Vargas Amezcua, violín, y Alba Ventura, piano.
Obras: De Turina, Ravel, Falla, Sarasate y Monasterio.
Lugar: Salón de Quinta Alegre, día 26 de marzo, lleno.
FEX

A cualquiera la hubiesen puesto nerviosa aquellos ruidos iniciales y tantos granadinos queriendo disfrutar de un concierto, cuando el salón estaba ya lleno media hora antes. Pero, pasados esos primeros instantes de indecisión, nervios y alguna desafinación, María del Mar demostró lo que es capaz de hacer con un violín. Fue entonces cuando la Quinta Alegre, además, se llenó de musicalidad nacida de manos juveniles, pero de una inteligencia ya muy forjada en madurez.

En Turina, María del Mar descubrió su encanto levemente andaluz, los ecos de la sinfonía sevillana y un ir y venir de arpegios ejecutados con destreza casi polifónica. Delicada en los andantes y casi furia en los allegros. Con Ravel, la suavidad se hermanó con la introversión y el difícil tema, abstracto con colores impresionistas, del vasco-francés fue superado con habilidad por el dúo de jovencísimas intérpretes a pesar del maltrato que daba el calor de la tarde a la afinación de sus instrumentos.

Falla fue el delirio y el buen hacer virtuosístico. Aquí Mª del Mar usó de la sordina y del pizzicatto con fiereza y pasión, algo difícil de imaginar dada su aparente fragilidad presencial. Su ágil digitación animó la segunda parte del concierto y su salero quedó patente en cada danza escrita por el gaditano.

Danzarina

No menos jacarandosa y danzarina fue su interpretación de Sarasate, sin perder ni una nota, sin olvidar el cambio de tempo, sin distraer un instante al público atento y entregado que aplaudió tanto y tan de veras que el dúo de jóvenes artistas hubo de corresponder con un regalo muy especial: ‘El Adiós a la Alhambra’, de Monasterio. Pieza ideal en estos días de votaciones alhambrinas y broche sonoro a una velada juvenil y muy musical desde Quinta Alegre.

ANDRÉS MOLINARI

La seducción de los niños










EL FLAMENCO EN CUATRO ESTACIONES
Compañía El flamenco vive: Dirección, Silvia Marín. Un cantaor, un tocaor, un percusionista, dos bailaores y una bailaora.
Teatro: José Tamayo. Tres cuartos de aforo.

Dentro de la propuesta ‘El Festival de los Pequeños’, la compañía que dirige Silvia Marín puso en pie su obra ‘El flamenco en cuatro estaciones’, que es un espectáculo interactivo para que los niños conozcan y disfruten este arte. Logro que alcanzó plenamente, ya que los niños que rodeaban mi butaca no paraban de decir: «¡Que chulo!». Es que por lo visto nunca antes nadie les había presentado el flamenco de forma tan sencilla, con tal desparpajo y haciéndolos participar.

La gran protagonista fue la bailaora Silvia Marín que, además de una desbordante simpatía, tiene grandes dotes de comunicadora, sobre todo hacia los niños. El otro gran protagonista en la escena fue el cantaor jerezano Ezequiel Benítez, quien, con su aspecto de gordo bonachón y de melena larga y rizada, sabe ganarse el cariño de los más pequeños, además de ser un excelente cantaor.

Las ‘cuatro estaciones’ corresponden a las cuatro temporadas del año y tal vez un poco aleatoriamente se les asignaban algunos estilos. Así, los más festivos correspondían al verano y la primavera, y los más solemnes y dramáticos al otoño y el invierno.

Tras explicar algunas palabras básicas de la jerga flamenca, fue cogiendo un estilo y desarrollándolo. Comenzaron cantando y bailando por alegrías y pronto se las hizo reconocer a los niños por el conocido «tirititrán, tirititrán» con que empiezan. Y con ese compás planteó el primer desafío: pedir a los niños que lo entonaran, lo que consiguió con éxito. También hizo subir a algunos al escenario y se lo hizo repetir. Y ese fue el concepto utilizado a lo largo de todo el espectáculo.

CARLOS ARBELOS

Música para una cámara palaciega













MÚSICA DE CÁMARA
Cuarteto Quiroga: Aitor Hevia Sesma y Cibrán Sierra Vázquez (violines); Lander Etxebarría González (viola); Helena Poggio Lagares (chelo).
Programa: Cuarteto de cuerda en Mi bemol mayor (Mozart);  Movimiento de cuarteto nº 12 (Schubert); Cuarteto de cuerda, opus 45 (Edouard Lalo).
Lugar: Carmen de los  Mártires. Lleno.

La música de cámara se concebía inicialmente para ser escuchada en la intimidad de los palacios donde vivían los mecenas que protegían a los músicos. Por eso resultó especialmente atractivo y casi simbólico el escuchar a un cuarteto de cuerda en una auténtica cámara palaciega: la del segundo piso del Carmen de los Mártires, con la belleza y el aroma a siglos pasados que se desprende de tan bonito marco.

Buen escenario para desarrollar un atractivo programa camerístico. El Cuarteto Quiroga ha elegido con tino su programa, haciendo un pequeño recorrido histórico, con itinerario de Viena a París y centrándose en los siglos XVIII y XIX. Empezando por un Mozart espléndido, el del cuarteto en Mi bemol mayor, KV 428, donde la sobriedad se da la mano con la facilidad creativa. Buen sonido y fidelidad a una partitura muy clara, pero que encierra dificultades interpretativas. Después un Schubert sombrío y dramático, dibujado con esmero por los intérpretes que han culminado el concierto con referencia francesa, a través del Cuarteto opus 45, de Lalo, el único que escribió, pero de gran brillantez y efecto. Con una interpretación irreprochable que ha contado con el beneplácito del público que premió con justos aplausos a los miembros del Cuarteto Quiroga.

JOSÉ ANTONIO LACÁRCEL

Gran Rusia entre cipreses






















BALLET
Espectáculo: ‘Le Sacre du printemps y Noces’, de Igor Stravinski.
Coreografías: L. Massine y B. Nijinska.
Conjunto: Ballet de l’ Opéra Nal. de Bordeaux.
Director: Charles Jude.
Escenografías y vestuarios: B. Roerich y N. Gontcharova.
Lugar: Teatro del Generalife, 25 al 26 de junio, casi lleno.

Todavía son arbolitos adolescentes y ya han presenciado el nacimiento de la danza contemporánea. Anoche, con su famélica delgadez, los cipresitos que plantaron hace poco en el nuevo teatro del Generalife fueron el único decorado para la Consagración de la Primavera, que pasa por ser el gozne a partir del cual la danza ya es otra cosa. Y su eco que fueron Las Bodas, también del genial Stravinski. La gran Rusia, la que enseñó a bailar de otra forma al resto de Europa, se hizo tan pequeña como los cipreses para compartir con ellos seña y color de juventud, savia nueva de jardín estético y un afán de movimientos nuevos trazados sobre estampas viejas.

El Ballet de Burdeos no posee figuras individuales de fama ni de renombre, por eso acierta con estas obras grupales, afianzadas por múltiples movimientos de brazos como ramas de querencia celestial, asidas a la tierra por feroces percusiones de pies como queriendo enraizar el cuerpo en la verdad de la tierra, devanados en juegos casi infantiles con la juventud como lábaro. Es en ese juego donde se diluyen posibles desacuerdos de ritmo y algunas discrepancias de coordinación entre los miembros del grupo. Sin olvidar lo endiablado de la coreografía que obliga a pasos casi espasmódicos a un instante de bellísimas estampas como la del monte de cabezas que culmina en la de la novia, en medio de Las Bodas.

El público se mostró frío con la primera pieza y sintonizó algo más con el color y el brío de la segunda. Los que esperaban tutú en la faldita y muy apretado el calzón del bailarín, descubrieron una joya de la danza de entreguerras en la que han bebido no pocos creadores modernos. Los que gritaban entusiasmados al final era porque, a pesar del mediocre sonido enlatado, habían gozado de dos bellos remedos, elaborados con pulcritud, de aquellos ballet rusos que también dividieron las opiniones el día de su estreno, allá por 1920.

La actuación del ballet de Burdeos ha valido más por su trabajo coral que por detalles cimeros de singular destello o de personal destreza, y nos dejan un regusto de cimbra suave ante la historia de la danza.

ANDRÉS MOLINARI

Ideal.es

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