RUTA: GRANADA – EL PUERTO DE SANTA MARÍA
Cada viaje, una pequeña aventura. Es una máxima que cumplimos cada dos semanas. Y el espectáculo, con Eduardo Gómez Lalo, está garantizado.
Lalo es un veterano del fútbol, repleto de heridas de ‘guerra’ por todo su cuerpo, con recuerdos pormenorizados de muchas de las batallas. Algunos datos ya los confunde, otros necesita unos segundos para visualizarnos con pulcritud en su mente, pero siempre termina construyendo una red de relatos que amenizan cualquier desplazamiento. A veces salpica sus intervenciones con adivinanzas antiquísimas, que dice escuchar en programas radiofónicos nocturnos o que, simplemente, le enseñó su abuela. Con ellas consigue entretenernos durante varios kilómetros. Bajo esa fachada seria y firme de hombre del norte, se esconde una persona tierna y muy cariñosa con los que le rodean en la intimidad. Además de un gran experto en fútbol.
Lalo es una persona que defiende sus ideales con firmeza. Es complicado sacarle de sus trece. Si el cree algo con fe, es imposible convencerle de lo contrario. Reconozco que, aunque discuto mucho con él, me debo quitar el sombrero demasiadas veces pues su porcentaje de acierto es bastante alto. A veces pone el listón futbolístico elevado y poco más o menos que parece que el Granada debe jugar al ya manido ‘tiki-taka’. En otras, sabe leer bien los estados de forma y de ánimo de ciertos jugadores. Cuando habla con muchos de ellos, en especial los más veteranos, parecen utilizar un lenguaje común, aunque ya haya llovido desde que él campaba por los estadios de Primera división. Lalo, la línea vertical. Un futbolista de largo recorrido y avanzado a su época. Un entrenador tachado de excéntrico pero recordado con nostalgia en los sitios donde dirigió.
Lalo es un hombre que vive con intensidad cada partido. Son ya famosos en las retransmisiones de TeleIdeal sus silencios. Cuando Lalo no interviene con sus comentarios, algo va mal sobre el campo y desaparecen sus ganas de opinar en público. El Maestro sólo refunfuña y niega con la cabeza, casi le dan ganas de mirar para otro lado. Me deja desasistido, pero se le perdona todo. Le entiendo perfectamente, porque sin duda lo sufre.
Pero también son conocidas sus alharacas. Cuando el Granada entra en sintonía, el buen juego fluye y el gol se masca en el ambiente, Lalo ya no emite valoraciones, sino que vibra como un seguidor más y lanza sus ánimos a los futbolistas. Desde que trabajo con él, el día en el que expresó con mayor vehemencia sus sentimientos fue el del ascenso ante el Guadalajara. Pero en el Puerto de Santa María, le faltó poco para alcanzar esa cota.
La mañana de ese partido la dedicamos a pasear por ese pueblo tan lindo. A mí me llama mucho la atención del lugar el famoso ‘vaporcito’, un pequeño barco popular y antiguo que traslada a los turistas hasta Cádiz, y del que disfrutamos en nuestra última visita. Pero también la posibilidad de tomarnos algo fresquito en un bar, probando el pescado o el marisco de la zona. Así lo hizo también Lalo, que no desaprovechó la ocasión de catar un vaso de manzanilla como acompañante de una tapa de choco.
Tras atiborrarnos de arroz en las inmediaciones del estadio, a recomendación de un lugareño, nos preparamos para narrar el Portuense – Granada para toda la ciudad y su área metropolitana. Lalo opinó, sentenció, alabó y censuró, y llegamos a los minutos finales con la tensión latente. El Granada buscaba el empate con denuedo, tras ser remontado durante el partido. En un saque de esquina, los atacantes rojiblancos (ese día de negro) volaron sobre los defensores locales y un granadino consiguió establecer las tablas. Lalo explotó de alegría. “¡Gol, gol, gol, gol, gol!, gritaba como si estuviera solo.
Pero no lo estaba. De hecho, narrábamos a apenas centímetros de la tribuna principal, flanqueados por hinchas del Portuense. Hasta el momento, se habían mostrado con una educación y un respeto digna de elogio. Pero, de repente, todos se giraron y los gritos parecieron envalentonar a alguno. Yo, mientras, agitaba los brazos para pedirle a Lalo calma. Mi mirada se cruzó con la de un grupo de aficionados del Puerto. Mi tez pasó a un rojo tomate y uno no sabía muy bien dónde meterse. Finalmente nada grave ocurrió y nuestros huesos sobrevivieron.
Pero sí hubo consecuencias. Entre tanto trasiego olvidé asegurarme de quién había marcado el gol. Mi impresión fue que Suárez, pero cometí el error de no corroborarlo al final. Dejar de mirar el campo durante esos segundos de conflicto me impidió observar la celebración. El autor del tanto fue Carlos Ruiz, así que me tocó disculparme con el bastetano días después por la pifia escrita en el periódico.
Con respecto a Lalo, seguiremos probando la gastronomía local en el adelante, pero cambiaremos el café de después de la comida por una tila. Camarero, ponga dos, por favor, que uno no gana para sustos. Y el Maestro tiene vocación artística y cuando canta un gol, parece un tenor.

