¡No es esto, no es esto! decía el pensador. Mariano Rajoy, maestro del silencio y la espera, debe de explicar con claridad qué pretende y a dónde intenta conducirnos en estos momentos de tribulaciones y arreglos; hace cinco meses ganó, por mayoría absoluta, las elecciones legislativas con el reclamo de prometer a sus votantes, lo que se viene viendo, no iba a poder cumplir; no acertó con sus propuestas como, a base de talante, lo hizo Rodríguez Zapatero, aunque carece de la maña suficiente para engatusar. Ha adoptado varias decisiones, muchas inevitables y en gran parte atinadas, pero parece que en medio algún error ha cometido. Así, estos días, mientras Ángela Merkel y Nicolás Sarkozy perdían las elecciones presidenciales francesas, el PP y el PSOE se en¬redaban en una guerra de videos que marca el enorme deterioro moral e intelectual al que ha llegado esta partitocracia. Incluso cuando el PP hace lo debido, no es capaz de revestir sus actos con la legitimidad y “auctoritas” exigibles. Es verdad que Zapatero-Rubalcaba han dejado esta nación arruinada y solo se dedican en tono paupérrimo y descalificador a vituperar la planificación gubernamental, que ellos debieron acometer y no se atrevieron; por ello, llegan hoy más recortes de los previstos.
Rajoy debe cortar el gasto innecesario e inadecuado, tiene que meter la tijera en la administración central, en las “autonosuyas”, en los ayuntamientos, en el Senado, en el Constitucional, órganos superfluos y prescindibles, así como eliminar subvenciones a sindicatos, partidos y demás mamandurrias, a la vez de reducir esos sueldazos a los políticos. Rajoy cree tener siempre segundos papeles, ha prosperado en política a base de evitar el error con la inacción; pero ese truco se agota, no va bien en esta función. Mientras no cuente lo que pretende y lo haga de modo representativamente procedente, sus espasmos normativos actuarán en su desfavor.
No estamos muy seguros, si sólo con la austeridad saldremos de esta; puede que «con Hollande podamos liberarnos de la dictadura de los mercados; con él, por fin, podre¬mos hacer frente a Merkel, la jefa, la directora; se va a acabar esta angustia del ahorro; tendrán que aflojar; pronto nos da¬rán un respiro». Estas frases llenas de alegre optimismo danzaban el otro día por las ondas de una radio cautivada por el socialista francés, procedentes de los que, en Espa¬ña, sufren con el «terrible ahorro», con la «dictadura de los mercados» y con «la tiranía de los números», según una exministra de Zapatero, ese que no sabía ni de cuentas, ni de transparencia. A Rajoy se le martiriza, no con mucha convicción, por haber anunciado pre y postelectoralmente lo contrario de lo que está haciendo.
Ciertamente, algunos de los recortes emprendidos, por muy impopulares que resulten, son imprescindibles, pero exigían ser mejor comunicados, explicados de forma más acertada, no es posible encerrarse en la Moncloa y desconocer el mundo exterior ¿Qué sucederá si resulta que además del recorte es necesario atender la palanca que estimule el crecimiento? Tal vez, no esté todo en centrarse en la austeridad; hay que inyectar brisas de beneficios y estímulos para que las empresas creen puestos de trabajo haciendo que circule la sangre del dinero y la seguridad por las venas de las compañías atemorizadas y arrinconadas. Si no se quiere malbaratar el capital político además de contener el despilfarro y el gasto hay que ir al crecimiento, a suscitar la confianza y crear empleo, pues los millones de parados y el millón setecientas mil familias que andan en la pobreza suponen un escollo tan grande que roerá los huesos de esta sociedad, aún esperanzada, en que la gestión gubernamental dé resultados ágiles y favorables.
C. Mudarra

