ANDA Y HAZ TÚ LO MISMO

Domingo XV T. Ordinario. Ciclo C
Dt 30,10-14; Sal 68,14-17; Col 1,15-20; Lc 10,25-37
En aquel tiempo, se presentó un doctor de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Jesús le respondió: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella? Él contestó: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma,  con todas tus fuerzas y con todo tu ser y a tu prójimo como a ti mismo. Jesús le dijo: Bien has dicho. Hazlo  tú y tendrás la vida». Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse le preguntó: Y quién es mi prójimo?
Jesús dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos … ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los bandidos? Él contestó: El que tuvo misericordia de él. Díjole Jesús: Anda y haz tú lo mismo.
 
El libro del Deuteronomio recuerda la acción salvífica de Dios: Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma. Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable. El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo.
Estos prodigios divinos, fruto de su amor entrañable, exigen una correspondencia de amor por parte del pueblo. Así se entra en alianza, en virtud de la cual el Señor “te constituye pueblo suyo y él será tuyo” (28, 12).El hombre de cualquier latitud y época deberá abrir los ojos de su inteligencia para captar el impulso del amor. El Israel de todos los tiempos no tiene excusa alguna al pretender ignorar este amor y dedicarse a servir y a adorar a otros dioses. Conocer la voluntad divina no exige hacer proezas: el mandato está al alcance de todos. Basta con abrirse a la palabra de Dios (cfr. Rom. 10, 6-8).
El error más grave que puede cometer el cristiano es cerrarse a la palabra de Dios, al mensaje bíblico. En tiempos pasados la Iglesia Oficial prohibió la lectura de la S. Escritura a los fieles. No se entiende esta paradoja. Incluso llegó a hacerse axioma entre el pueblo que la Biblia era lo característico del protestante, mientras la Eucaristía lo era del católico. El Concilio Vaticano II puso coto a este burdo error al hablar del “pan de vida” distribuido a través de la Palabra y de la Eucaristía. Obstinación culpable es cerrarse a la palabra de Dios.
El salmo responsorial clama: Humildes, buscad al Señor y revivirá vuestro corazón. Mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude. Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; por tu gran compasión, vuélvete hacia mi.
         Este es uno de los salmos más citados en el Nuevo Testamento. Jesús cita explícitamente este salmo, la víspera de su Pasión, hablando de sus enemigos:  “me odian sin motivo, injustamente” (Juan 15,25). ”Cuando tuve sed, me dieron vinagre” (Juan 19,28). El evangelista afirma que Jesús dijo,  “tengo sed”… para que la escritura se cumpliera (Mt 27,48; Mc 15,36).
Este justo que sufre por la causa de Dios es un  pobre anónimo del Antiguo Testamento… Y, eminentemente, es Jesús en la cruz. El grito de lamentación que sube del salmo, para alguno de nosotros, puede ser de candente actualidad: “Sálvame, Dios mío… Me hundo… Me agoto… Mis ojos están  cansados… mis detractores son numerosos… Lloro… Los insultos llueven sobre mí”… Es la  oración de los enfermos, de los desgraciados. Pero es también, colectivamente, la llamada de los países del tercer mundo. Helder Cámara, dice: “La Iglesia nos enseña la paternidad de Dios y la fraternidad humana”. 
El apóstol dice a los Colosenses: Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, la cabeza del cuerpo de la Iglesia, porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y, por él, quiso reconciliar consigo todos los seres del cielo y de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.
Colosenses es un escrito de la escuela paulina, hay bastantes dudas de que proceda del mismo Pablo directamente. El tema del escrito es el misterio de Cristo. El llamado himno cristológico de Colosenses. Dios se refleja y revela en Cristo. En el Señor, podemos entender mejor lo que somos y lo que debemos ser. Este himno es una de la partes del Nuevo Testamento, que más profusamente se comenta y expone el significado de Cristo para todos y para todo.
         El Evangelio de San Lucas relata la parábola del Buen Samaritano. Es la parábola de la puesta en acción del Mandamiento Nuevo: amar como Jesús. Y Jesús, como afirmaban algunos de los Santos Padres, es el Buen Samaritano, que se acerca y siente compasión de la viuda de Naín, de la oveja perdida, de la muchedumbre hambrienta, es aquél que ante el leproso no se conforma con curarlo de palabra, sino que extiende su mano, para tocarlo y ofrecerle así la ternura de una mano amiga, sin importarle las normas de pureza, como importaron al sacerdote y al levita, que dieron un rodeo, para no complicarse la vida.
Al anónimo caminante de Samaría, se le “conmovieron las entrañas” ante el caído, una expresión que se utiliza repetidamente en los evangelios para referirse a la reacción de Jesús ante el dolor ajeno. La palabra “moverse a compasión”, en griego designa únicamente la misericordia de Dios o la de Cristo (Mt 9.36; 14.14; Lc 7.13; 15.20), un sentimiento divino que inspira al samaritano, imagen de Dios, la revelación del amor de Dios por el hombre. El esquema entra en el de la parábola del buen pastor y la del hijo del dueño de la viña (Jn 10.1-17; Lc 20.9-18). Del mismo modo, el buen samaritano llega después de los sacerdotes y los levitas que no han querido ni podido salvar al hombre herido. El samaritano revela el amor de Dios a la Humanidad; este pasaje señala su sentido: los apóstoles son bienaventurados, porque están asistiendo, por fin, a la manifestación del amor de Dios y van a revelarlo con eficacia. Refleja la historia de la salvación, Cristo viene, bajo la apariencia de un samaritano, de un despreciado (Jn 8.48), como el hijo del dueño de la viña, para revelar el amor de Dios, allí donde las técnicas de salvación paganas y judías fracasaron. San Lucas precede esta parábola con la discusión sobre el mandamiento más importante, para mostrar que el deber de la caridad implica nuevas exigencias tras la palabra de Cristo. Amar al prójimo como a uno mismo no basta, hay que preguntarse cómo se puede ser el prójimo de los demás y amarlos hasta el summum, como Dios los ama.
Este es el Mandato Nuevo de Jesucristo que “os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 13. 34). Es urgente, pues, concienciarse de la postración de esta Humanidad herida, abandonada, medio muerta al borde del camino, que Cristo ha venido a salvar. En este caso, la caridad no es una simple obligación moral, sino muestra del amor de Dios, signo de la misericordia divina.
¿Quién es mi prójimo? Lo importante no está en saber sino en hacer. Los conocedores de la ley pasan de largo ante la realidad del prójimo; el ignorante, samaritano, se detiene y hace realidad el precepto del amor. Prójimo no es el que yo busco, es el que viene de improviso, el que aparece sufriente, el que está, ahí, cercano y caído, oprimido y sin vida. Andamos los caminos del mundo animados de muy buenas teorías de paz, amor, justicia; pero el hombre sigue tirado al borde del camino, desprovisto y casi exhausto. El prójimo es pequeño, cercano, próximo. Las teorías no liberan al hombre, sino las obras. Los teóricos pasan de largo ante lo concreto, que es lo único real, se sumergen en su idealismo y dejan, olvidan la realidad. Lo que salva es vivir y hacer vivir y obrar como prójimo, no las teorías filosóficas de projimidad. El caído al borde es un hombre, sin nombre, sin postura religiosa o política; y, sólo, esto basta. Lo perentorio es que está necesitado. “Ve y haz tú lo mismo”. Es hacer, ejercer y practicar el amor.
 

Camilo Valverde Mudarra

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