“Una voz se oyó en Rama, llanto y lamento grande. Raquel lloraba a sus hijos y no quería ser consolada, porque no existían” (Jr 31,15; Mt 2,18). Las nubes, abrazando la inocencia del niño con sus brazos siderales, se unieron, en sus besos inmortales, a la madre, con honda reverencia. Sus pupilas sumidas en la

