OJITOS SIN BRISA

“Una voz se oyó en Rama,

llanto y lamento grande.

Raquel lloraba a sus hijos

y no quería ser consolada,

porque no existían”

(Jr 31,15; Mt 2,18).


Las nubes, abrazando la inocencia

del niño con sus brazos siderales,

se unieron, en sus besos inmortales,

a la madre, con honda reverencia.


Sus pupilas sumidas en la ausencia

buscaron, por las rutas celestiales,

la voz de los gemidos abismales

que los astros lanzaban con vehemencia.


Viles balas hendieron su cabeza,

sus ojitos se hundieron en la brisa,

y fue muerte en un cielo de tristeza;


en sus labios tembló turquí sonrisa

yerta por la ira cruel de la vileza

con que el hombre vertió sangre sumisa.

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