¡Vaya tragaderas!

Leo que en Serbia han sometido a un individuo a una operación de estómago para extraerle, ante la sorpresa de los cirujanos, un cuchillo, clavos, tornillos y otros objetos. Ciertamente, no parece habitual que alguien engulla tales cosas, aunque siempre ha habido, y no sólo en los circos, auténticos tragasables, si bien bajo las carpas es más frecuente encontrarse con esos faquires que se meten entre pecho y espalda afiladísimas cuchillas de afeitar, trozos de cristal o lo que se tercie, ante los ojos asombrados de unos espectadores, que mientras contemplan el espectáculo no paran de pensar dónde estarán los aseos, por si las bascas se hacen insoportables.

 

Pero creo que ni las hazañas de los faquires ni el apetito metálico del serbio, superan a lo que los españoles hemos engullidos (algunos gustosamente, eso sí) en los últimos tiempos. Las radiografías de nuestros estómagos deben ocupar un lugar destacado en el museo de los horrores. Primera placa: empiezo por donde terminaba mi último artículo, de hace dos meses, que ha servido, por cierto, a algún lector, para pergeñar algo parecido a un psicoanálisis, cuando lo único que pretendía (reléanlo, si quieren salir de dudas), era criticar la inminencia del morreo de algunos con los del hacha y la serpiente. Pues eso, nos hemos tragado ese morreo, sin dejar atrás ni siquiera la cola de la bicha. Con hacha y todo. Hasta atrás.

 

Nos han metido a presión, como a las ocas destinadas a proporcionar el exquisito foie-gras, la cuestión catalana, prolegómeno de la vasca, de la andaluza, de la gallega… Dicen, eso sí, que España no se ha roto, como agoraban algunos. Pero sí lo ha hecho la igualdad de derechos entre los españoles. ¿O no?

 

No son pocos los ardores de estómago que nos producen las magníficas relaciones internacionales del Gobierno de España, que ha encontrado socios privilegiados que prestigian a nuestra nación ante las  principales cancillerías. Buena prueba de ello son las continuas llamadas de los principales líderes mundiales, deseosos de hacerse un huequecito en la agenda y en el corazón de ZP.

 

No poco erosionan la mucosa gástrica otras cuestiones, tales como la invasión de las pistas del aeropuerto internacional de Barcelona por unos trabajadores cuyos problemas ignoro, cuyos derechos respeto, pero que no dudan en pisotear los de los demás, ante la pasividad de nuestras autoridades. O la marea de pateras y cayucos, que arroja a nuestras costas a seres, vivos y desesperados, o simplemente muertos; personas con nombres y apellidos difícilmente pronunciables, pero que sienten, anhelan, y luchan por venir a un país en el que tal vez crean que atamos los perros con longaniza. ¿Hay o no hay efecto llamada en la legislación buenista del actual Gobierno?

 

La úlcera viene de la mano de la noticia que, si se confirma, nos sumirá en la vergüenza. Dicen que es posible que un policía haya avisado a un colaborador de ETA para que no fuera capturado. Todo sea por el proceso. ¿Qué explicará Rubalcaba? España, como él bien decía, se merece un gobierno que no mienta. Ni pisotee el dolor de tantas cientos de víctimas.

 

En fin, no sigo. Ya ven, y lo que aquí pongo sólo es un botón de muestra, que nosotros, ínclita raza ubérrima, no necesitamos que nadie nos venga con machadas de tragaldabas. Pa chulos, nosotros.

¡Vivan los novios!

La India siempre me ha parecido una tierra fascinante: sus contrastes sociales, sus peculiaridades religiosas, sus maharajás de leyenda, su proceso de independencia de la potencia británica, tan similar al del Estado de Israel… Reconozco, eso sí, que buena parte de lo poco que conozco sobre el subcontinente asiático son meros tópicos. Supongo que eso debe pasarle a muchos.

 

Claro, lo del tópico es muy socorrido: uno evoca la imagen de un país en el que elefantes magníficamente enjaezados recorren la jungla portando a sus lomos a intrépidos cazadores de tigres de Bengala; o se acuerda de las vacas sagradas, o de las abluciones multitudinarias en el Ganges, y ya está. Añadimos un algo a nuestro cacho de culturilla general. Lamentablemente, con la LOGSE ya no es que muchos ignoren dónde demonios está la India, sino que quizá no hayan oído hablar de esos lugares comunes tan socorridos. Qué sería de nuestras veladas con los amigos sin las conversaciones intrascendentes, esas en las que se habla de todo un poco, y en las que cada cual, a poco que tenga algo de conocimientos rudimentarios, aporta su granito de arena a la charleta. Quizá por eso en ciertos lugares la música está tan alta que no se puede hablar. El ruido disimula perfectamente otras carencias.

 

A estas alturas, el lector debe de andar preguntándose a cuento de qué me ha dado hoy por hablar del exótico país. Pues satisfago su curiosidad. Ni más ni menos, porque ha ocurrido que una señorita ha matrimoniado, con ceremonia por todo lo alto incluida, no con un gañán domador de elefantes, ni con un sencillo agricultor, ni siquiera con una estrella de Bollywood. No. Ha celebrado nupcias con una serpiente cobra. Hace unos meses otra moza se casó con un perro, claro que ésta última boda debe ser menos arriesgada. Y menos emocionante, claro.

 

Esto de casarse con bichos debe ser moda, lo cual me inquieta. Porque, créanme, ando estos días preocupado con la posibilidad de noviazgo similar en España. Sí, en la muy tradicional España (hasta que llegó Zapatero, claro). ¿Alguna zagala que desea himeneo con una víbora cornuda? ¿Algún solterón empedernido, ahíto de caravanas de mujeres y otras zarandajas, en busca de un escarabajo pelotero con el que compartir sus días? No, hombre, no. En España puede que alguien se morree con una serpiente que se enrosca en un hacha. Aunque sea sólo por poderes, esta boda sería repugnante. Hay amores que matan, y cuando uno se acerca a las sierpes el riesgo es seguro. Al menos, en la India consideran sagradas a las bichas. Dios nos ampare.

 

Amadeo de Argángary

el Barça en París

En circunstancias normales me entusiasman los éxitos deportivos, por cuanto suponen de recompensa por el esfuerzo continuado. No suelen conseguirse los laureles por casualidad. Es preciso entrenarse, sudar la camiseta, dejarse el pellejo en el estadio día tras día, hasta coronar la cima. Un servidor, tan poco dado a la calistenia como a la contemplación deportiva -salvo en contadas ocasiones y para limitadas prácticas- es firme partidario de la promoción del deporte entre los más jóvenes: se aprende a luchar para conseguir los objetivos, a trabajar en grupo o a exigirse el máximo a uno mismo, se apartan las neuronas de otros pensamientos poco recomendables, y se goza del cansancio físico, que al fin y al cabo resulta reparador y es antídoto, creo, de la fatiga psíquica.

 

Pero en ocasiones, más de las que uno quisiera, la contemplación de la práctica deportiva, sobre todo en los llamados deportes de masas, me produce una sensación de vergüenza ajena que me fastidia enormemente: figuras tan marrulleras como bien retribuidas; hinchas que agreden física y verbalmente, incapaces de contener sus instintos primarios; organizaciones que burocratizan el deporte y lo convierten en una práctica rayana en lo funcionarial… El etcétera es largo, en mi humilde opinión.

 

A mayor abundamiento, quiero referirme a una sospecha que me asalta desde que me enteré -a fuerza de gritos, bocinazos y alboroto- que el F. C. Barcelona jugará la final de la Copa de Europa, o como demonios se llame ahora, en París. Ignoro quién será su rival, lo que les dará cumplida idea de mi afición futbolera. Reitero lo que al principio decía. Suelo alegrarme de los éxitos del deporte español en sus competiciones con equipos de otros países. Y me alegraría que el club de la Ciudad Condal paseara nuestro estandarte y sacara a relucir la furia española por la vieja Europa. Pero, ¿ocurrirá tal cosa? ¿Se exhibirá por la afición o por los futbolistas algún símbolo que represente no sólo a la pasión azulgrana, sino al orgullo de representar al país al que pertenece el veterano equipo, por ventura llamado España?

 

No apuesto nada, pero me temo lo peor, créanme. Más bien me inclino por la presencia masiva de banderas catalanas (muy respetables, no faltaría más) y catalanistas. De pancartas con el ya clásico lema freedom for Catalonia, y de cualesquiera otros símbolos, siempre que estén diametralmente situados ante lo que pudiera remotamente identificarse como español.

 

Nada me agradaría más que equivocarme, pero me temo que la cosa discurrirá por el cauce habitual. Por eso, no sé si alegrarme por el éxito del Barcelona al llegar a la final, que no dudo sea merecido. Creo que tienen un gran equipo y que sus figuras, aparte de cobrar ingentes cantidades, como corresponde a las estrellas modernas de un gran club, juegan bien y ganan. Pero me desazona que pueda darse el caso de que la reivindicación nacionalista perenne ahogue lo deportivo y lo español. Si así ocurriera, estoy convencido de la perplejidad de los franceses -no les hablen a ellos de nacionalidades, nos miran como lo hacía Astérix a esos locos romanos-; también del desconcierto de los millones de espectadores que sigan el partido por todo el mundo, y que tendrán que recurrir al atlas escolar de sus hijos, para comprobar si Barcelona sigue siendo una ciudad anclada en el litoral mediterráneo español. Que el mundo ha cambiado mucho en los últimos años, claro, y han surgido países como setas.

 

De cualquier modo, y ya puestos, deseo que el Barça gane; siquiera para que al Real Madrid le aguijonee el amor propio y nos dé alguna alegría en un futuro no muy lejano, que uno es del equipo merengue aunque no practique y entienda poco; porque la otra batalla, la de los colores nacionales (los de verdad, no los de ningún preámbulo), me temo que está perdida.

 

Amadeo de Argángary

La lección de don Alfredo

Al bueno de don Alfredo Di Stéfano, la Comunidad de Madrid lo ha honrado con su medalla de oro. Méritos no le faltan, su trayectoria futbolística lo convierte en un grande entre los grandes, y no es mala cosa que quien ha sido tanto tenga sobrado reconocimiento años después, sin que quede olvidado en el almacén del olvido, del que tantos sólo salen para aparecer en la necrológica del día.

Merecimientos aparte, ya conocemos aquél refrán que dice del viejo el consejo. Buena cosa es escuchar a los que acumulan años, pesados como piedras, en sus espaldas. A pesar de los achaques y de los sustos de sus corazones, muchos suelen mantenerse firmes y dignos en el camino de la vida. Es el caso de don Alfredo, que, con ocasión del acto de hoy, ha pronunciado palabras de viejo sabio (o de sabio viejo, quién sabe), que vienen como anillo al dedo al Real Madrid: “Necesitamos amor, fe, actitud, entusiasmo y rectitud”. Ahí es nada. ¿Alguien duda que cuando uno ama sus colores, cree en lo que hace, se esfuerza, lo da todo y obra con honradez, es más fácil ganar?

Pues me temo que sí, que hay quien lo duda. Y no sólo en el fútbol, que las palabras del genial futbolista se pueden extrapolar y resultan buenas para todos los órdenes de nuestra vida. Ya saben que en los tiempos que corren  no se aprecia particularmente el valor del esfuerzo. Ni tampoco, en muchos casos, el del respecto, ni el de la urbanidad, ni tantos otros. Ahora, el ande yo caliente goza de absoluta carta de naturaleza y nos topamos a diario con energúmenos provistos de patente de corso para exhibir su falta de educación sin complejos.

Todo vale. O todo va valiendo, pero todo se andará. Empolvado el algún lugar, donde pocos lo abren, queda el tomo en el que don Gregorio Marañón escribió que “el hombre, como individuo o como pueblo, padece una crisis del deber y una hipertrofia del derecho”. No extraña que muchos tomen las obras de cafres por simples eutrapelias, y todos tan contentos. Que no, hombre, que no, que eso del esfuerzo y de la corrección no vale para nada. Que hay que ser frescos, hay que vivir la vida, o bebérsela, si se tercia. ¿No vemos en los anuncios de la tele que todo es frenesí?

Pues por esto me resultan impecables las palabras del bueno de di Stéfano. Qué bonitas habrían quedado en ese concurso que alguien convocó hace unos días, para buscar los vocablos más bellos de nuestro idioma. Amor, fe, actitud, entusiasmo y rectitud. Tómense a partes iguales, mézclense y agítense según arte, dispénsense a grandes dosis y tendremos una panacea digna de la mejor alquimia. El resultado: responsabilidad y respeto, para con uno mismo y para con los demás, frente a desidia y mentecatez. ¡Gol de Di Stéfano!

Amadeo de Argángary

España simiesca

Ahora que España está en fase de indefinición, por contraste con las alternativas nacionales que se vienen afirmando, y que crecerán como hongos, es el momento de que aparezcan en nuestros brillantísimos hombres de Estado las genialidades propias de la raza. La nueva realidad plurinacional nos convertirá en ciudadanos de primera, segunda, tercera o cuarta, según donde nos toque vivir. Claro, los gobiernos autonómicos, café para todos, pero dos tazas, se esforzarán en que esto no ocurra, haciendo que todos lleguemos a ser naciones, que farda más que ser meras comunidades autónomas.

 

Pero, como decía, esta situación se compensa con la agudeza del socialismo gobernante: como los españoles vamos a dejar de ser iguales, elevemos al mono, nuestro pariente entrañable y lejano, a la categoría de miembro de nuestra especie. Hay que legislar para que los derechos humanos, que tantas veces no se aplican a los hombres (y mujeres, claro, que si no lo escribo así no es políticamente correcto) se depositen en esos juguetones y peludos exanimalitos.

 

Lo que me preocupa del caso es si los derechos de tan simpáticos seres serán los mismos en todas las naciones ibéricas. Por ejemplo, ¿gozará de los mismos privilegios civiles un mono de Aragón que otro de Cataluña? O, mejor aún, ¿el hombre tendrá los mismos derechos que el mono? Porque si en las bellas tierras catalanas se obliga conocer el catalán para optar a determinados puestos de trabajo, ¿se obligará a ello a los simios, por ejemplo a los el zoológico de Barcelona? Si no se hiciere, ¿resultará que el mono tiene más derechos que el hombre? ¿Por ventura será obligatorio el retrato de Copito de Nieve, conocido líder sufragista de los simios en los despachos oficiales?

 

Item más, ¿se exigirá paridad en las listas electorales, para que puedan acoger la gozosa nueva realidad de los simios dotados de derechos civiles? ¿Podrá subsistir nuestra original democracia sin la presencia de ellos en las Cámaras? ¿Acaso ya existe algún infiltrado en las mismas? ¿Del mismo modo que ERC presiona al Gobierno, hay algún lobby simio trabajando por la progresista, innovadora, genial y digna de encomio iniciativa legislativa socialista?

 

Nada, nada. Lo socialistas siguen empeñados en arreglar nuestros problemas reales. Somos los españoles los que nos empeñamos en no enterarnos, y por eso no entendemos lo de los nuevos Estatutos, ni lo del kelifinder, ni la nueva realidad humana del mono. Somos necios, y no asumimos que El Planeta de los Simios no es una ficción, sino una venturosa profecía, llamada a aplicarse en nuestra piel de toro. Y que los chimpancés de los circos se afiliarán a sindicatos de clase, como es de ley en un país democrático.

 

Esta España, plagada de fachas que no entienden las aportaciones al olimpo de las ideas que hacen progresar la Humanidad, no tiene remedio. En el extranjero ya nos admiraban, respetaban y seguían con los ojos cerrados en pos de la Alianza de las Civilizaciones. Ahora, la nación que descubrió América florece con esplendor gracias a nuestra última aportación, la hermandad con los simios, ¡Ínclita raza ubérrima!

 

Amadeo de Argángary

Peligro inminente

Lo que nos faltaba, apiádese Dios de nosotros. Ha sobresaltado mi plácida lectura del periódico la noticia de que Fernando Esteso y Andrés Pajares vuelven a reunirse ante las cámaras para rodar una españolada, parodia del exitoso Código Da Vinci. Dice el papel, y yo me lo creo, que hacía veinticinco años que no se malgastaba celuloide en sus andanzas.

 

Créanme, esto es una bomba. Ahora que Alfredo Landa se dedica al cine serio, vuelven estos dos y nos colocan, de sopetón, en el recuerdo de la Transición. Tenía que ocurrir, claro. Zapatero ha decidido rediseñar a España, lo que nos sitúa, irremediablemente, en un proceso de deconstrucción burda del Estado y, correlativamente, de siembra neoconstitucional. Comparto las tesis de Leopoldo Calvo Sotelo, al que a pesar de ser gallego se le entiende perfectamente, cuando dice que “la nueva transición española parece arrancar de la blasfemia histórica non est Hispania, España no existe”.

 

Una nueva transición, esta vez sin deseos de poner la vista en la proa, sino mirando a popa, qué bonitos quedan los términos marineros, puesto que en el proceso que se emprende hay vencedores morales (los republicanos de la II República, claro, y por supuesto de la izquierda) y vencidos inmorales (toda la derecha, porque toda ella es franquismo puro y duro, golpismo latente e irreductible huésped de la caverna).

 

Con este panorama, ¿cómo no iban a reunirse nuestros ilustres cómicos para perpetrar una españolada de entretiempos? Sólo nos faltaba que volviese Lazarov, Mister Zoom, para aplicar su estética televisiva a las comparecencias de la Vicepresidenta De la Vega. No me digan que no quedaría majo.

 

Un servidor no es de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero se queda con la primera Transición, la que podemos escribir con mayúsculas, con la genuina, la fetén, como diría un castizo; aquella en la que por las rendijas de la Historia se fueron colando la voluntad de vivir en paz y los anhelos de libertad, hasta que la puerta se abrió para todos, y entró en España aire nuevo y vivificador. Lo de ahora, si me lo permiten, puede ir de mal en peor. Como le pasaba a Lázaro de Tormes, que escapó del trueno y dio en el relámpago.

 

Amadeo de Argángary

Poder moderador

Leo, no sin cierto sofoco, algunas citas que J. M. de Prada recoge hoy en su artículo de ABC, y que no recuerdo haber escuchado antes, lo que no obsta para conocer perfectamente el resultado y las consecuencias de lo que tales palabras encierran. Son pronunciadas por líderes republicanos (de la II República Española). La primera de ellas no tiene desperdicio: “Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un solo republicano”. Su autor: Azaña, personaje que parece que todo el mundo ha dado en reivindicar, empezando por Aznar, que hurgó buscando algo bueno en él. No sé, no sé. Quien pronuncia semejante barbaridad no me resulta de fiar. Ni tenían que haber ardido edificios, ni tenía que estar en riesgo la vida de nadie, si aquello hubiese sido un régimen serio.

 

La segunda frase es atribuida a Indalecio Prieto. Don Inda. Parece ser que un socialista moderado, según la tradición al uso. Pronuncia sus palabras en 1933, cuando la CEDA ha ganado las elecciones. “En el caso de que las derechas sean llamadas al poder, el partido socialista contrae el compromiso de desencadenar la revolución”. Vive Dios que lo hizo. De los hechos da cumplida cuenta la Historia.

 

Este panorama refleja el interés que la izquierda tenía en solucionar los problemas de una España pobre, desestructurada, acomplejada y, como hoy diríamos, tercermundista. ¿Es este el talante del que bebe el PSOE actual, y que tanto arroba a sus líderes?

 

Aún se conserva, bien custodiada en el saber común socialista, esa tesis endiablada de que nadie que no sea de izquierdas tiene derecho a gobernar España. Aquéllos polvos trajeron estos lodos, y con Zapatero el PSOE no encuentra estera donde restregarlos. Eso a pesar de que con su talante, tan predicado como no practicado, se suponía que habría de pasar al almacén del olvido esa taxonomía de la derecha tan usada por ellos en cuya virtud ésta queda divida en “de derechas pero demócratas” o “simplemente fascistas”, según les convenga a los intereses de la izquierda, parece ser que la única con legitimidad de origen para gobernar.

 

Con no poco papanatismo henos venido tolerando -qué remedio-, estas clasificaciones. Sin lugar a dudas, en esto tiene mucho que ver la angustiosa necesidad de la derecha liberal de sacudirse el polvo del franquismo. Quien lo tenga en sus zapatos, claro. Como si el franquismo no se hubiese extinguido hace ya treinta años. Como si no hubieran sido los propios hombres del régimen los que entraran al trapo de la democracia, mal que les pesara, de la mano del Rey, de Suárez y de otros muchos. Como si todos los que se proclaman de derechas tuvieran edad para haber sido franquistas. Como si no se pudiera se de derechas y demócratas. Tanto como los de izquierdas. O más, en algunos casos.

 

No es mal motivo para que las izquierdas añoren la II República el gozar de un régimen de exclusión, en el que, con su patente de corso ya comentada, se puedan discriminar los buenos y los malos, y perpetuarse en el poder sin nadie enfrente. Por eso, tal vez, no les sirve (aunque mantengan las formas -cada vez con menor convicción-) la actual Monarquía. Porque existe un papel moderador, que no partidista, que ha demostrado cómo ha de entenderse en su justa realidad nuestro sistema parlamentario. Porque el Rey se empeñó en hacer de España un lugar en el que todos cupieran y todos tuvieran la posibilidad de gestionar sus victorias, según el deseo del pueblo.

Con los antecedentes españoles, ya sabemos que en una república, con un presidente de partido, no existe poder moderador, sino componenda de partido. Y eso no es bueno. Máxime cuando hay quien se ha empeñado en que los últimos treinta años no son suficientes para restañar las heridas de la Historia.

 

No es que la sociedad española no esté madura. Es que la izquierda de salones y moquetas no quiere que madure. Porque la sociedad de las gentes normales, tengan estas la ideología que tengan, se encuentra perfectamente identificada con la situación actual: una democracia plena (lo que no impide tener un Gobierno nefasto, así son las cosas), sin necesidad de más experimentos infructuosos. Lo que la gente quiere es que se dejen de filosofías y de consignas y se dediquen a solucionar problemas. Que, entre otras cosas, para eso cobran. Y si mañana tienen que gobernar otros, porque así el pueblo lo decide, pues que gobiernen. Punto.

 

Amadeo de Argángary

Jueves Santo

Si el tiempo acompaña, hoy hará un magnífico día de primavera, y en la templada noche se escuchará el arrastrar de alpargatas de costalero, obedientes a la voz quebrada de capataces; el inconfundible sonido de cadenas, sujetas a los tobillos sangrantes de penitentes, como las miserias humanas se aferran al alma, mientras clarines y tambores acompañan con notas profundas. Y saetas que rasgan la noche y el corazón. Y hachones que golpean el suelo rítmicamente en manos de encapuchados, y farolillos cuyos cristales tintinean al ritmo de los pasos.

 

A los sonidos se unirá el olor; allí donde tengan el privilegio del azahar, como en Sevilla, se confundirá este con el de la cera derretida y con el de las flores que adornan los pasos. Y bajo ellos, sudor. Transpiración de esfuerzo solemne y voluntario, de dolor sin quejidos.

 

Y al olfato y al oído se une la vista. Oro y negro, amarillos, rojos, morados, blancos, celestes… el color de los pasos, el de las mantillas, el de las túnicas; colores del sentimiento y del respeto, a veces reflejados en la cérea faz de las imágenes que se bambolean a golpe de espalda y riñones; colores que ribetean túnicas de vírgenes llorosas y bonitas… Y en los paladares, el acre del humo de las velas y cirios, lo salado de alguna lágrima traidora, la boca seca cuando pasa el Crucificado.

 

Mientras, los padres se aferran a las manos de sus hijos y les transmiten, en silencio, emoción, fervor, amor, respeto. Manos juntas, calor con calor, historia de siglos que fluye a través de dedos entrelazados, ternura con callosidad, rudeza y candor; memoria de años, de rostros queridos, de gentes que entraban y salían de casas que ya no existen, de rostros que siempre se veían en los mismos balcones y que ya siguen la procesión desde otros miradores mucho, mucho más altos. Historias de fe que se cuentan en silencio.

 

Qué quieren que les diga. Un Jueves Santo es un Jueves Santo, vengan como vengan los tiempos. Es un día para creyentes, claro, pero también sirve para incrédulos que, aunque no comprendan el Misterio, quizá aprendan -aprendamos- algo de los que se entregan al desfile y a la contemplación con respeto y profundidad.

 

Amadeo de Argángary.

¡Cuidado!

Que el general Bono abandone el poder, dejando tras de sí un ministerio que le permitió lucirse, exhibirse y disfrutar de momentos populistas, por fuerza ha de deberse a causas graves. Máxime cuando este abandono es de toda actividad política, lo que le impide, en principio, seguir en pos de su sueño de ser Presidente del Gobierno, ilusión que le tumbó Zapatero, con la ayuda, sobradamente recompensada, de Maragall y otros.

 

Además, Bono era uno de los ministros mejor valorados; la verdad, no se por qué. Intuyo que por su “españolismo”, que predicaba de boquilla, puesto que no se cortó un pelo a la hora de tumbar símbolos: lo mismo cambiaba los versos declamados en los homenajes militares a los caídos, que borraba el lema “a España servir hasta morir”, de la Academia de Suboficiales. Si a esto sumamos su empeño en recordar perennemente el accidente del Yak-42, o en hacer del Ejército una ONG con pocos cometidos más que rendirle honores en sus visitas a los acuartelamientos, no sé dónde queda la buena gestión ministerial. No obstante, prefiero a quien se proclama español, aunque después sea un mal gestor, antes que verme en manos de los relativistas. Lo que pasa es que estos últimos van ganado la partida, y supongo que por ese Bono deja los Ejércitos.

 

El malabarismo dialéctico utilizado por el PSOE para aprobar el Estatuto de Cataluña, contra la lógica política, histórica y constitucional; la debilidad de partida frente a ETA, son llaves que abren las puertas de futuras reivindicaciones. Detrás vendrán los vascos, siguiendo la inexorable senda del amojonamiento territorial; hasta Andalucía se está contagiando. Dios nos libre de estos gobiernos autonómicos, más preocupados de mirarse al ombligo que de solucionar los problemas reales.

 

No muy lejos anda el espíritu republicano; pero no el de los que consideran a la república como otro régimen, tan valido como pueda serlo la monarquía, para la gestión de la cosa pública. No. De lo que se trata es de poner en pie el espíritu de la II República, aupándola al podio de las virtudes democráticas, cuando lo que la Historia nos dice es que fue un gran fracaso y un semillero de odios. Pero a quienes quieren cambiar a toda costa la situación actual, para hacerse un huequecito en la historia y, como bien dice Carlos Herrera, colgarse alguna medallita, les importa un comino la realidad.

 

Todo está en almoneda. Todo es mutable. ¿Tardará mucho el gobierno en encontrar fórmulas lingüísticas que le permitan complacer las ansias de nuestro adorable vecino de más allá del Estrecho? ¿Estará éste presionando ya? No les quepa duda que, ante el panorama de un Gobierno que tiene la misma idea de España que un caracol de ingeniería aeronáutica, Marruecos debe andar frotándose las manos. Y yo que los de Ceuta y Melilla, contrataría a la Real Academia Española en pleno, para que les asesore en materia semántica. Por lo que pueda venir.

 

En fin, con Paco Vázquez en el Vaticano, y Bono en el limbo, Zapatero tiene más margen de maniobra para seguir haciendo de las suyas. ¿Para cuándo Guerra, Ibarra y demás compañeros mártires?

 

Amadeo de Argángary

Banderas de abril

Don Gaspar Llamazares, que por ironías del Destino tiene nombre de rey mago sin ser monárquico ni taumaturgo, sí tiene, por lo demás, unas ideas que, mereciendo mis respetos, me parecen con frecuencia peregrinas y descabelladas. Y por culpa de su última virguería se me ha ido al garete mi artículo del mes, que dejo durmiendo el sueño de los justos en el tintero, para dedicar estas líneas a su ocurrencia. Me refiero a la petición que elevará al Congreso de los Diputados, con objeto de que durante todo el mes de abril, y con ocasión del LXXV aniversario de la II República, ondee en los edificios públicos la bandera tricolor, acompañando a la española vigente, “para recuperar el corazón y la memoria”.

 

No juzgaré el hecho de que algunos quieran celebrar o conmemorar a la II República, “periodo de luces”, para Llamazares. He dicho en diversas ocasiones, y lo sostengo, que entre todos la hicieron fracasar y que fue un triste paréntesis en la Historia. Bajo una mera apariencia democrática, los unos se cebaron con los otros desde los primeros momentos. Su fracaso condujo al estadillo de todas las tensiones acumuladas durante décadas, dando al traste con la convivencia. La vieja piel de toro fue sembrada de odio y regada con sangre. No creo, pues, en el segundo experimento republicano español -en el primero tampoco. No obstante,  no tengo nada en contra de los republicanos. Yo soy firme en mis convicciones monárquicas y creo que el Rey Juan Carlos, motor del cambio, como se le describía en los años de la Transición, trajo, junto con un puñado de leales ilusionados, una democracia que creíamos ejemplar.

 

Desde el respeto a los republicanos, pues, quiero decir que la iniciativa de Llamazares me parece una majadería. La legalidad es la que es. Los símbolos del Estado son los avalados por la ley, esto es, en un sistema democrático, bendecidos por el pueblo. Ningún otro, por mucha nostalgia que algunos sientan, puede ponerse en pie de igualdad con los legales y legítimos.

 

Una bandera no es un trapo, como muchos creen. Es el símbolo de unas gentes que se han organizado para vivir en común, en la forma de una nación, con un Estado que la representa y que está formado por instituciones democráticas para la gestión de la cosa pública. Por eso hay que ser serios con estas cuestiones. La añoranza no justifica la inversión de la legalidad. Por esa regla de tres, los franquistas nostálgicos también podrían exigir que ondeara la bandera con el águila de San Juan. Hay muchas banderas que representan a muchas épocas tristes de la Historia. Esto no es serio, pero no es ninguna anécdota. El problema es que estas cosas que vienen pasando forman parte de un goteo continuo, bien directo, bien subliminal, acaso capaz de horadar los cimientos del sistema.

 

Espero que el resto de los partidos contraríen la iniciativa. Sobre todo, el Partido Popular. Hago votos para que no vuelva a caer en la cobardía, tal y como hizo el otro día, sumándose a una declaración sobre el 23-F, en la que la figura de S. M. el Rey quedaba indignamente preterida, contra la razón y contra la Historia.

 

Ambrosio de Argüelles

Ideal.es

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.