Leo que en Serbia han sometido a un individuo a una operación de estómago para extraerle, ante la sorpresa de los cirujanos, un cuchillo, clavos, tornillos y otros objetos. Ciertamente, no parece habitual que alguien engulla tales cosas, aunque siempre ha habido, y no sólo en los circos, auténticos tragasables, si bien bajo las carpas es más frecuente encontrarse con esos faquires que se meten entre pecho y espalda afiladísimas cuchillas de afeitar, trozos de cristal o lo que se tercie, ante los ojos asombrados de unos espectadores, que mientras contemplan el espectáculo no paran de pensar dónde estarán los aseos, por si las bascas se hacen insoportables.
Pero creo que ni las hazañas de los faquires ni el apetito metálico del serbio, superan a lo que los españoles hemos engullidos (algunos gustosamente, eso sí) en los últimos tiempos. Las radiografías de nuestros estómagos deben ocupar un lugar destacado en el museo de los horrores. Primera placa: empiezo por donde terminaba mi último artículo, de hace dos meses, que ha servido, por cierto, a algún lector, para pergeñar algo parecido a un psicoanálisis, cuando lo único que pretendía (reléanlo, si quieren salir de dudas), era criticar la inminencia del morreo de algunos con los del hacha y la serpiente. Pues eso, nos hemos tragado ese morreo, sin dejar atrás ni siquiera la cola de la bicha. Con hacha y todo. Hasta atrás.
Nos han metido a presión, como a las ocas destinadas a proporcionar el exquisito foie-gras, la cuestión catalana, prolegómeno de la vasca, de la andaluza, de la gallega… Dicen, eso sí, que España no se ha roto, como agoraban algunos. Pero sí lo ha hecho la igualdad de derechos entre los españoles. ¿O no?
No son pocos los ardores de estómago que nos producen las magníficas relaciones internacionales del Gobierno de España, que ha encontrado socios privilegiados que prestigian a nuestra nación ante las principales cancillerías. Buena prueba de ello son las continuas llamadas de los principales líderes mundiales, deseosos de hacerse un huequecito en la agenda y en el corazón de ZP.
No poco erosionan la mucosa gástrica otras cuestiones, tales como la invasión de las pistas del aeropuerto internacional de Barcelona por unos trabajadores cuyos problemas ignoro, cuyos derechos respeto, pero que no dudan en pisotear los de los demás, ante la pasividad de nuestras autoridades. O la marea de pateras y cayucos, que arroja a nuestras costas a seres, vivos y desesperados, o simplemente muertos; personas con nombres y apellidos difícilmente pronunciables, pero que sienten, anhelan, y luchan por venir a un país en el que tal vez crean que atamos los perros con longaniza. ¿Hay o no hay efecto llamada en la legislación buenista del actual Gobierno?
La úlcera viene de la mano de la noticia que, si se confirma, nos sumirá en la vergüenza. Dicen que es posible que un policía haya avisado a un colaborador de ETA para que no fuera capturado. Todo sea por el proceso. ¿Qué explicará Rubalcaba? España, como él bien decía, se merece un gobierno que no mienta. Ni pisotee el dolor de tantas cientos de víctimas.
En fin, no sigo. Ya ven, y lo que aquí pongo sólo es un botón de muestra, que nosotros, ínclita raza ubérrima, no necesitamos que nadie nos venga con machadas de tragaldabas. Pa chulos, nosotros.

