La verdad desnuda

No conozco Austria, salvo por lo que haya podido leer, oír o estudiar. Pero tenía a estos centroeuropeos por gente seria, muy germánica, muy a lo suyo y muy culta. Algún conocido me ha hablado profusamente de su belleza paisajística, de su imponente legado histórico-arquitectónico y artístico. De sus buenas gentes, de sus dulces y chocolates. Por mi cuenta, y muy influenciado por el cine, me viene a las mientes Sissi, magníficamente encarnada por Romy Schneider. Discúlpenme por esta concesión a los tópicos.

Por eso me quedo de piedra cuando escucho que en el Museo Leopold, de Viena, donde desde hace dos o tres meses se exponen obras de diversos artistas, como Klimt o Schiele, polémicos en su época, dejarán entrar gratis a la exposición a quienes acudan desnudos o, a lo sumo, en traje de baño.

¡Vaya, vaya! Otra “performance”, como esas que organizan algunos extravagantes autores, que lo mismo empaquetan un puente o retratan a cientos de anónimos personajes en su desnudez. Infelice e ingnorante de mí, que no entiendo nada de este arte.

Me parece que esta inenarrable idea del Museo, dicho con todo el respeto y con todo el cariño, es una soberana mamarrachada. La ocurrencia es que, como la exposición se titula “La verdad desnuda”, bueno será que los visitantes se paseen al estilo de Adán y Eva antes del episodio de la manzana.

Quizá la copien algunos de los posmodernos que por ahí quedan, y la adapten a otros marcos: por ejemplo, en el venerable Museo del Prado, pasen a visitar “los fusilamientos del Dos de Mayo” completamente ensangrentados. Y si quieren gozar de algún cuadro de El Bosco, organicen una pequeña bacanal junto a él. Más complicado lo tendrán los amantes del cubismo, pero Dios proveerá, y seguro que algo se les ocurre.

Por lo demás, pacientes lectores, eso de la verdad desnuda me obliga a citar a nuestro Echegaray (ya lo hice en algún anterior artículo, disculpen que repita la misma cita, pero me viene al pelo). Decía nuestro premio Nobel, a principios del pasado siglo, que “la verdad desnuda nunca se ha visto, siempre se nos presenta muy vestida, y gracias que no se nos presenta muy disfrazada”.

Así que, con el atrevimiento imperdonable de mi absoluta ignorancia de estas cosas modernas, sostengo: los visitantes del Museo Leopold no encontrarán la verdad. Item más, harán el ridículo. Otrosí digo, que cogerán un solemne resfriado, por mucho que la dirección del Museo garantice una cierta climatización. Segundo otrosí digo: ¿necesita el arte de semejantes payasadas?

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