Estamos siendo testigos y también protagonistas de la desaparición de elementos que hasta ahora habían sido bastante familiares, y, llenaban una parte importante de nuestro mundo. Por ejemplo, la máquina de escribir, ahora únicamente útil en tiendas de antigüedades y museos; la tarjeta postal; la carta escrita de puño y letra; el telegrama; casi el teléfono fijo, y, por supuesto las centrales telefónicas con sus características telefonistas y donde se iba a ver si la conferencia con el pueblo de al lado tenía mucha demora. La tarjeta de visita es otro elemento prácticamente en desuso. Pronto los “pen” serán un recuerdo con la llegada de la “nube”. Y echando mano así, a bocajarro, de la memoria, recuerdo la pluma estilográfica; la radio clásica; el despertador mecánico; el periódico, extinto en muchos lugares y sujetándose como puede a la isla naúfraga. Los carretes fotográficos y aquel misterioso proceso de revelado; las campanas cuyos toques se electrificaron. Hace unos años, era poco menos que imposible el pensar que de subirse al campanario y mirar hacia tal o cual horizonte a ver qué tiempo se barruntaba (si no, nos guiábamos por las cabañuelas o el “zaragozano”), pasaríamos a consultar internet para entrever la meteorología, ya sea al minuto, o, con una previsión de un mes. Las cintas de video; la librería local, reemplazada por cadenas, que amenazan distribuir, a través de internet. Esto en relación a la comunicación. Los tiempos adelantan que es una barbaridad, como decía don Hilarión en la Verbena de la Paloma. Cada uno evocará cosas que han sido durante mucho tiempo referentes de nuestra realidad y que hoy ya se han perdido o han quedado obsoletas. Igual que antes desaparecieron los porteros y las porterías, los serenos, la mili obligatoria. La pitillera, el rosario en cada casa junto al cuadro del Corazón de Jesús, o el repujado de la Última Cena, la metopa con la cuerna cérvida monteada, la cocina a gas, el cine de verano. Las colecciones de álbumes de estampas, y los cromos,…. Eso hablando de elementos físicos; porque si nos ponemos a pensar en costumbres, que han sido eso, práctica habitual, durante tiempo en nuestra relación con el día a día la cosa se ampliaría hasta límites casi infinitos. Ay, no sé qué halo melancólico me ha recorrido ahora, al rememorar los juegos de antaño y los guateques juveniles. Bueno y lo que creíamos que eran pilares inamovibles, como las ideologías, hoy cambian como el rumbo del viento. O incluso argumentos educativos que parecían que eran inalterables en una dinámica cambiable, pero no deformable, están bastante difuminados. Aquellos tratos que se sellaban con un apretón de manos; aquellas tertulias callejeras de la vecindad a la puerta de las casas en las noches de tórrido verano, o aquellas más intelectuales, o políticas, en los cafés o en las reboticas. Los ejercicios espirituales y las flores de mayo para María; la alegría dominguera, se comía pollo. La evolución es normal, y el progreso, pero van que se las pelan. La tartera con filetes empanados o carne con tomate para la caseta en la feria; y el fotógrafo con el caballo de cartón. Los artesanos, los zapateros remendones; los aprendices; el carrito de helados por las calles; los hojaldres calientes pregonados en invierno; la flauta del afilador; la cantinela del hojalatero o del componedor de paraguas. La Sección Femenina; la OJE; los campamentos de maestros. Las mujeres con sus elaboraciones navideñas, o con los pimientos rojos caminos del horno de la panadería. El misal y el velo; los paseos de domingo por la calle principal. Los niños en fila a por su dosis de leche en polvo; la llegada de la penicilina; aquel dentista que por las bravas nos esquilmaba la boca. Los cineclubs y luego los teleclubs; los curas ye-ye y los curas obreros, el aire del Vaticano II. Los baños en el río. El carnaval que no podía ser. Las barcas y los carruseles empujados por el motor de brazos duchos y cansados. La emigración en la familia. El Nodo. El “poner los rayos”, que no se había pasado una consulta médica de “verdad” si no iba acompañada por los consabidos rayos. LA muñequilla de anís para el bebé, que le calma el llanto y el vino quinado para los niños que están creciendo. El Fundador es cosa de hombres. Las manifestaciones; la transición; las primeras elecciones democráticas. La canción del verano; el anuncio del Colacao o del Tulicrén. Las piscinas separadas por sexos. El tren carreta, los motocarros. Las primeras películas de destape; las primeras televisiones que se ponían junto a la ventana para por las noches los vecinos sentarse a la puerta y ver aquellas Noches del Sábado, El Fugitivo, El Santo,…Hoy, los jóvenes se citan por internet, donde se ahorran, entre otras cosas, el engorroso trámite de la seducción sensorial en una pretérita ventana, en la plaza con la presencia de la carabina, o en una ya moderna discoteca. En la red crean fórmulas que ahorra tiempo. El sistema sirve para movilizar a toda una pléyade de indignados, pero impide otras emociones más directas. Sí, las nuevas tecnologías sobre todo han apalancado el cambio vertiginoso. Y de vez en cuando conviene que recordemos o contemos, aunque sea con un batiburrillo emocional, esas cosas que se han quedado en la alacena de nuestra vida, guardadas, para alentar nostalgias y alegrías por haber cambiado.

