A bote pronto

A dos puntos: Obscenos, incluso patológicos, me parecen los esfuerzos del Ministro de Trabajo, Jesús Caldera, para maquillar el aumento de parados en diciembre, un mes en el que tradicionalmente baja el desempleo.

Había que verle ayer, en el telediario, con su cara de prestidigitador de segunda, intentando convencerse y convencernos de que los malos datos del paro de diciembre, en realidad, comparados con el periodo equis (siempre favorable a sus intereses, y que puede ir desde Atapuerca a cualesquier otros periodos históricos, mejor si en estos gobernaba otro partido), son, como no podía ser menos, excelentes.

Por desgracia, eso de tomarnos por tontos ( y tener a este señor en ese cargo es una razón contundente de que tal vez lo somos) no sólo es patrimonio de Jesús Caldera, sino de todos nuestros políticos; y no estaría mal que alguna vez, alguno, del partido que sea, reconociera siquiera un pequeño fracaso. Seguro que le veríamos, entonces, más humano, más verdadero, menos indigno.

Y, bueno, mientras llega ese día tan feliz, váyase usted a hacer puñetas, señor ministro. 

 

B dos puntos: Federico Jimenez Espantos, el incendiario y vehemente locutor de la COPE, ¿dónde está, que hace tiempo que no oigo sus insultos?

Quizá estoy equivocado, aunque escucho La Mañana (apocalíptica) de la COPE cada día, pero, desde que en su programa suplantaron al Presidente del Gobierno para gastar una broma indigna a Evo Morales, presidente electo de Bolivia, ha desaparecido del mapa radiofónico. Cierto que le sustituye una mujer igual de feroz, pero ya me había acostumbrado a sus soflamas, y, aunque muerda, le había cogido hasta cariño.

¿Qué le habrá pasado? ¿Se ha mordido a sí mismo? ¿Se ha puesto malo? ¿Afónico? ¿Está, oportunamente, de vacaciones? ¿Ha huído del país? ¿Habrá conseguido una consejería, al fin, en Endesa?

Y, lo más importante: ¿Alguien ha escuchado sus disculpas por aquello?

Agradecería me dieran noticias de su paradero, para tenerle al tanto, no vaya a ser que se incendie España y se lo pierda, él, precisamente él que tanta gasolina echa, y que tantas ganas tiene de apagar su incendio.

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