Artículo de opinión de José Luis Cano Palomino para IDEAL. 23/06/2012
El Defensor del Pueblo Andaluz, José Chamizo, lo dijo muy claro el otro día en el Parlamento: “La gente está muy cabreada con ustedes, no sé si lo saben. Está muy enfadada porque los ven todo el día en la peleíta. La gente está hasta el gorro de todos ustedes (…)”. Y tiene más razón que un santo. La gravísima situación social que vivimos ha convertido en papel mojado nuestra Constitución, ha secuestrado nuestra democracia y degradado todas las instituciones públicas hasta el punto de que el desprestigio de la política se extiende inexorablemente como una gigantesca mancha de chapapote.
Manda el dinero descaradamente, sin tapujos, y el Congreso de los Diputados, el Senado, los parlamentos autonómicos, las diputaciones y los ayuntamientos están de rodillas, intoxicados por el olor del papel moneda. Por eso son muchas las personas sencillas que se preguntan para qué sirven esas instituciones, para qué las queremos si nos dicen que no pueden hacer nada contra paro, si sólo son obedientes eslabones de una cadena de mando que tiene su vértice en los amos del dinero, gente a la que nadie ha elegido y que no tiene escrúpulos para eludir sus obligaciones fiscales.
Cada vez más gente dice que no, que este no es el camino. Es un no que apenas tiene ideología. Y es que están hasta el gorro. No saben cómo superar lo que hay. No sueñan con un mundo mejor. Querrían vivir y trabajar en éste. Pero este mundo (el del capital, el de los mercados) no da trabajo, impide respirar, vivir. No se ven salidas. Por eso hay una honda reacción contra la política y los políticos, por eso se constata el avance de la ultraderecha, del racismo y la xenofobia como salidas desesperadas ante el silencio y la inutilidad de la democracia.
La democracia se tambalea en Europa porque todos los tratados desde Maastricht han ido encaminados a dejar que las políticas las dicte el gran capital, claudicando ante la libre competencia y la especulación financiera para poner el proyecto europeísta al servicio del 1% de la población, que son los dueños de las finanzas y de las grandes empresas. Es un error de bulto señalar a los mercados como brújula de la construcción europea: los mercados no son europeos ni europeístas, a los mercados Europa les importa una higa.
Vivimos una situación de emergencia y, en situaciones catastróficas o de guerra, los poderes públicos deben utilizar su legitimidad y la fuerza que les otorgan las leyes para responder y frenar el desastre. Sin embargo, la práctica totalidad del arco parlamentario se muestra de acuerdo en endeudar al Reino de España con una reforma financiera que tiene como propósito principal salvar los intereses de quienes nos han metido en esta crisis. Por si esto fuera poco, esa misma mayoría parlamentaria formada por PP, PSOE, CiU, PNV, UPyD y UPN ha ratificado el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria (TECG), el conocido como pacto fiscal europeo, pergeñado para sacralizar el déficit cero y ceder soberanía hacia ámbitos no democráticos de la UE, de modo que los gobiernos continúen atados de pies y manos sin posibilidad alguna de hacer ningún esfuerzo, no digo ya para mejorar sino para no empeorar nuestras vidas.
Es impresionante la capacidad de anticipación que tuvo Jean-Paul Sartre cuando dijo: “Europa se ha construido a sí misma fabricando esclavos y monstruos. Y ahora Europa hace agua por todas partes. ¿Qué ha sucedido? Simplemente que éramos los sujetos de la historia y que ahora somos sus objetos”. Pero, el mundo de hoy en día es infinitamente más injusto que el que le tocó vivir a Sartre. Caído el mundo bipolar, el capitalismo se ha desbocado y, de momento, no hay jinete que lo frene. Entregado a una codicia sin límites y a su no menos infinita falta de sensibilidad hacia el sufrimiento de las personas, concentra la riqueza cada vez en menos manos, amplifica la capacidad de las sociedades para la destrucción ambiental y hunde planificadamente en la miseria a la mayor parte del planeta.
Espero y deseo fervientemente que movimientos como el 15M, que empiezan a germinar a partir de raíces y tradiciones profundamente democráticas, sean el fermento y el impulso de una insurrección cívica que, democrática y pacíficamente, acabe con este tiempo antisocial. Las propuestas están maduras y pueden ser explicadas y divulgadas fácilmente ahora, en plena crisis, porque es evidente que hay que poner límites a los especuladores financieros internacionales, porque necesitamos que el euro deje de estar en peligro poniendo en marcha políticas de inversión directa en la UE para frenar el tremendo desempleo que llega ya en Europa a veinticinco millones de personas. Y para eso el Banco Central Europeo tiene que cambiar sus reglas y fijar entre sus objetivos la creación de empleo y la ecologización de nuestras sociedades; para eso necesitamos su intervención directa frente a los especuladores, la creación de la tasa “Tobin” y un ataque decidido contra los paraísos fiscales.
De ahí que sea más actual que nunca el horizonte, simple y ambicioso al tiempo, con el que resumía su ideario el filósofo ecosocialista Manuel Sacristán: “Por una humanidad más justa en una Tierra habitable, en vez de un inmenso rebaño de atontados en un ruidoso estercolero químico, farmacéutico y radiactivo”. Creo sinceramente que la inmensa mayoría a la que apelaba Blas de Otero se mostraría, sin duda, de acuerdo con este sencillo y honorable programa.