Artículo de opinión de José Luis Cano Palomino para IDEAL. 19/05/2012
Hace un año, en plena campaña electoral municipal, tuve mi mejor tarde de domingo. Con amigos y familiares fui a la plaza de Los Jardinillos y pude sentir una emoción que echaba mucho de menos al ver a cientos de jóvenes en aquella alegre manifestación que se arremolinaba junto al edificio de Correos.
La juventud rompía con la afamada, por tópica, pasividad jaenera. Un puñado de gente joven, desde algunas asociaciones y la Universidad, había fraguado una convocatoria de movilización a través de las redes sociales. Al margen de partidos y sindicatos, con su propio estilo, fueron recogiendo el sentir de su generación. Era su respuesta al desempleo, la precariedad laboral, la corrupción y los recortes sociales. También era su forma de mostrar la disconformidad por el rumbo de nuestra ‘democracia de baja intensidad’ y el descrédito de las instituciones.
Aire fresco, creatividad, autoorganización, hartazgo, indignación, lucidez y rebeldía. Sin duda, el 15M ha sido lo mejor que ha pasado en España durante el último año.
Hipócritamente se acusaba a la gente joven de indolencia, de ‘pasar de todo’ y, afortunadamente, hemos visto cómo nuestra mejor juventud ha protagonizado movilizaciones impresionantes contra los poderes políticos, mediáticos y económicos que decretaban los recortes del estado del bienestar como el único camino posible, consiguiendo poner de relieve la deslegitimación social que tienen esas recetas.
El 15M despertó una enorme simpatía y un gran apoyo popular. Su carácter pacífico y dialogante, el acierto imaginativo de sus lemas y la constancia en sus movilizaciones le han dado un poder que preocupa a quienes nos gobiernan. Por eso han intentado demonizarlo o disminuirlo y se ha insistido tanto en que su destino era el de un movimiento agotado.
Esta primavera juvenil, indignada y resuelta, que viene siendo también una escuela de formación sociopolítica para personas de diferentes generaciones, ha mostrado que miles de jóvenes pueden acampar en una plaza, celebrar actos públicos y asambleas, organizando al mismo tiempo turnos de limpieza, dispositivos de logística, intendencia, orden e información. Autoorganización social y madurez de criterios.
Han sido subversivos sin complejos, exigiendo que la economía esté al cuidado de la inmensa mayoría de la gente y no al servicio del 1% de la población, dueña de las finanzas y de las grandes empresas. Han sido muy valientes al exigir formas de participación directa, instrumentos de democracia participativa que limiten el opresivo y asfixiante control vertical de las élites de los partidos. Su espíritu ha penetrado con la lógica del relámpago en la opinión de jóvenes y viejos, gentes de diversas experiencias y sensibilidades que coinciden en la necesidad de darle de una vez la vuelta a la tortilla.
Una primavera joven, alegre y combativa, que ha conseguido que la política vuelva a conectar con la palabra, cuidando los lemas, propiciando el diálogo en las asambleas, en las redes sociales y en los debates articulados por todo el territorio. Que ha sembrado la semilla de las asambleas y las comunidades en los barrios, que ha combatido con creciente éxito la injusticia insoportable de los desahucios. Que nos ha enseñado que se puede ser utópico y al mismo tiempo tener los pies en la tierra; que podemos cambiar el horizonte sin que por eso tengamos que descuidar nuestro día a día.
El 15M ha sido lo mejor que nos ha pasado en este último año porque ha ampliado cuantitativa y cualitativamente las redes de colaboración entre el activismo sociopolítico organizado y el voluntariado espontáneo y, en fin, porque en medio de un paro juvenil terrorífico, la gente joven ha edificado un movimiento social, una respuesta cívica que nos ha devuelto la esperanza en las palabras de Neruda: “Un día podrán cortar todos los árboles/ Una mañana podrán cortar todas las flores/ Pero jamás podrán detener la Primavera”.

