Artículo de opinión de José Luis Cano Palomino para IDEAL. 16/06/2012
En el colegio siembro y planto. Lo hago con las niñas y niños de mi clase que tienen cinco años, pero también con las maestras y el alumnado de cuatro y tres años y, en menor medida, con los pequeñines de la guardería municipal de La Guardia, con la que compartimos espacio en el centro. Empezamos plantando lo más sencillito: bulbos de “crocus” una flor de la familia del azafrán; pero después hemos plantado todo tipo de flores e, incluso, varias plantas aromáticas y productos de la huerta: pimientos, lechugas, cebollas y tomates. Empezamos plantando en clase y hemos terminado el curso plantando también en un rincón del patio. En este final de curso estoy valorando la posibilidad de recuperar el antiguo huerto escolar que otros enseñantes mantuvieron activo durante años y que ahora está abandonado.
Evidentemente plantar y cuidar las plantas tiene una importante componente pedagógica que justifica sobradamente su inclusión entre las actividades de cualquier centro educativo. Pero más allá de la importancia de la enseñanza y transmisión de conocimientos sobre el medio ambiente y su preservación, creo que lo esencial es conectar con el principio y el valor ético del cuidado. Preservar la vida es sinónimo de cuidar y, al mismo tiempo, de establecer condiciones para la convivencia y la acción de compartir. De esta forma la escuela sintonizaría con la respuesta que muchas familias dan a la crisis recuperando el cultivo de la huerta familiar.
La humanidad necesita dar prioridad al cuidado de las personas y de la biodiversidad. Necesitamos una aguda conciencia sobre la necesidad de ser equitativos y sobre la amenaza que representan la exclusión social, la pobreza y las distintas formas de desigualdad e injusticia social en el contexto actual de crisis civilizatoria. Nunca como hoy la Humanidad fue tan desigual, nunca como hoy hemos tenido una abundancia tan excluyente, nunca como hoy ha sido tan insoportable la miseria al compararla con la riqueza, y nunca como hoy ha sido tan necesario luchar contra la destrucción ambiental y la injusticia que encierra y multiplica.
Acaban de comenzar los encuentros preliminares de la “Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible Rio+20” y tanto los informes científicos como las peticiones del movimiento ecologista vuelven a destacar que es urgentísimo reducir los hábitos de consumo voraz que se extienden por el planeta; si la humanidad no lo hace serán muy graves las consecuencias para la naturaleza y las generaciones futuras. Vuelve a ponerse de manifiesto que la comunidad internacional necesita un nuevo modelo de organización social, económica y política, un modelo que avance en democracia y justicia social, para dar futuro y continuidad a la Humanidad y defender la vida en el planeta.
Pero arrastramos la gran mayoría de los problemas sin perspectivas de solución; estamos peor que hace cuatro años, cuando comenzó una de las peores crisis económicas mundiales y cuando el Panel Intergubernamental sobre Cambios Climáticos advirtió de la necesidad de una urgente transición hacia una economía con uso reducido del carbono. Ni la crisis ni los serios avisos han frenado la pendiente de degradación acelerada de la naturaleza que ha profundizado las desigualdades sociales y ha provocado nuevas crisis humanitarias.
El capitalismo es mucho más que un modo de producción, es una lógica social y política que se extiende por todo el cuerpo social, es una forma de civilización que tiene una enorme capacidad de multiplicación a partir de instituciones y de centros de poder, pero también es un modo de dominación asumido por las poblaciones.
No nos basta ya con reavivar los ideales clásicos de “libertad, igualdad y fraternidad” y la eliminación de la explotación del trabajo por el capital, símbolos que fueron para generaciones enteras de luchadores y luchadoras del siglo XX de una Humanidad emancipada. La gravedad de la situación y la ausencia de futuro nos exigen cuestionar los cimientos sobre los que se basó la modernidad y la dominación europea del resto del mundo, haciendo necesaria una revolución intelectual que aporte una ética de largo plazo para las futuras sociedades: un cambio de mentalidad que debe romper con la visión esclerótica que comparten las elites capitalistas y buena parte de los movimientos que intentan combatirlas. Mientras tanto, ese cambio se va produciendo en la intrahistoria (entendida en el sentido de Unamuno como la experiencia cotidiana de los pueblos y de los sectores menos influyentes de la sociedad) y permite relacionar, sin contradicción alguna, las prácticas pedagógicas en los huertos escolares con la economía de subsistencia.

