Lo de menos es que se llame Isabella Barrett, que tenga 6 años y que lleve ya dos ganando todos los concursos de belleza a los que su madre Susanna, su principal asesora y la que vela por sus repletas cuentas bancarias, la presenta. Podría también llamarse Alana ´Honey Boo Boo´, Eden Wood, Arancha, Stefy o sencillamente Mari Pepa o Wolfgang Amadeus Mozart, haber nacido en Estados Unidos, en Alemania, en España o en Pernanbuco. Todo eso es secundario y no afecta al contenido de lo que pretendemos decir.

Lo que de veras importa es que tanto ayer como hoy hay niños que, por razón de su belleza o por su excepcional destreza en el manejo de una raqueta o de un instrumento musical, sus familias más cercanas, normalmente sus padres, se deciden a explotar comercialmente haciendo de ellos verdaderos monstruos de feria tipo la mujer barbuda o el hombre elefante y exhibiéndolos aquí y allá para morbo y deleite de todo tipo de concursos, suprimiéndoles para siempre su infancia. En el caso de nuestro último fenómeno, Isabella Barrett, de la que nos han dado cuenta los periódicos esta misma semana, su madre y manager Susanna se llega a preguntar si todo ese jolgorio lo estará montando en beneficio de su hija o en el de ella misma. Parece que lo resuelve de un plumazo y acalla su conciencia con el argumento de que la niña se lo pasa muy bien. En el caso de Mozart recuerdo que ya de mayor se lamentaba amargamente que cuando era un niño comía en la misma mesa que emperadores, príncipes y papas mientras que a sus treinta años, cuando verdaderamente era el músico más grande de todos los tiempos, tenía que comer en las cocinas con los criados.

También en el caso de Issabella, esta niña americana que en estos momentos relumbra más que el sol, su madre Susanna argumenta como consuelo que en la cuenta corriente dispone ya de reservas económicas para asegurarse la solución de sus necesidades futuras de por vida. Y todo esto aparece en crónicas amarillas en las que uno al leerlas no puede interpretar con claridad si lo que hace el cronista es valorar la gesta del menor y su madre o pone en evidencia un caso sangrante de explotación infantil que los poderes públicos deberían atajar de raíz para proteger la dignidad de la infancia y para hacer que las familias desistan de las tentaciones de hacer de sus pequeños fuentes de explotación en su propio beneficio a cambio de suprimirles para siempre su infancia, objetos de comercio con los que traficar, situación por cierto que no aparece para nada en el reportaje que nos ha servido de fundamento para este alegato en defensa de la infancia.

Siempre me he preguntado si hubiera sido mejor que tanto Mozart como su hermana, que lo acompañaba siempre y de la que se habla muy poco, hubieran crecido siendo niños normales y corrientes aunque el mundo hubiera prescindido del genio de Wolfgang Amadeus antes que poder contar con su genio y saber que siempre fue un hombre resentido e insatisfecho, incapaz de encajar su evolución personal. En el caso de Issabella no quiero pensar lo que tendrá que vivir cuando no sea capaz de ganar los concursos de belleza, cosa que sucederá en cualquier momento. Desde luego sí tengo claro que ninguno de estos fenómenos forma parte de la lista de niños explotados laboralmente de los reportajes que periódicamente se nos muestran con la intención de que este mundo mejore suprimiendo el trabajo de los niños. Diré para finalizar que hace unos años salió un anuncio de Iberia con ciento ochenta bebés que dibujaban con sus cuerpos la estampa de un avión. A esos bebés los llevaron encantadas sus madres y para hacer el anuncio tuvieron que pegarlos al suelo con los pañales durante el tiempo que duró la grabación porque de otra forma no hubiera sido posible.
Socorro, por favor. Un poco de conciencia y de respeto por la vida y, en este caso, por la infancia.
Como Niños
La vida es un juego y jugar es vivir.
CRUELDAD
RELACIONES
La vida humana no vale lo mismo según donde nazcas. Sé que es muy cruel decir esto pero estoy convencido que corresponde a la realidad y pienso que es importante ser conscientes de que las cosas son así para no vivir en el limbo. Por eso interesa aclarar que cuando hablamos de relaciones entre padres e hijos, que es de lo que vamos a tratar, lo estamos haciendo aquí, en el primer mundo, en los primeros años del siglo XXI y en un contexto de crisis después de haber vivido unos años en los que nos hemos creído poco menos que los reyes del universo.

Como primer punto nos vamos referimos al hijo nacido y respetamos la decisión de la madre, dueña indiscutible de su cuerpo y responsable de aceptar el hijo concebido o no. Vaya, por tanto, ese punto de partida, que es el nuestro, para saber de qué hablamos, sobre todo en un tiempo, en este país de España, en el que después de tener en vigor una ley según la cual cada madre podía decidir si aceptaba al hijo concebido o no durante las primeras semanas de gestación, en este momento se vuelve a cuestionar y se pretende dotar al embrión o al feto de los mismos derechos que la persona nacida, con lo cual, la autoridad sobre el cumplimiento del embarazo deja de estar en la madre y pasa a las costumbres familiares, a las creencias religiosas o a las circunstancias políticas del momento, cosa con la que no estamos de acuerdo. Quede por tanto claro que partimos de una relación inicial con los hijos de aceptación libre del concebido por parte de la pareja, sobre todo de la madre. Esa es la primera relación entre padres e hijos que aceptamos como buena o como la mejor.

Una vez nacido el hijo debe disponer, según nuestro criterio inicial, de la condición de deseado lo que le depara una crianza concreta que lo distingue de cualquier otro venido al mundo por alguna imposición interna o externa de los padres, sobre todo de la madre, que marcaría todo el proceso de desarrollo y lo diferenciaría claramente de nuestro recién nacido. Nuestro pequeño ha llegado a una familia que lo espera y que lo acepta, lo que indica que, aparte de las condiciones materiales en las que tenga que crecer, que ya de por sí le van a condicionar una vivienda y una forma de vida, su desenvolvimiento afectivo no va a enfrentarse a situaciones de rechazo profundas. Nuestro recién nacido se va a enfrentar a la vida con importantes apoyos del mundo que lo rodea. Esto no tiene por qué ser garantía suficiente para un crecimiento gozoso, pero desde luego me parece un requisito indispensable con el que todos los pequeños debieran disfrutar como punto de partida. Cualquier problema de aceptación inicial con el que tenga que arrastrar el recién nacido lo va a convertir por este mismo hecho, en una persona que va a vivir en un medio hostil, que no lo acepta y que va a tener que cargar, aparte de con las dificultades de cualquier tipo, con la de no ser querido, que le pesará todos los días de su vida.

Por globalizar diremos que el mejor contexto para el crecimiento de un pequeño, respetando otros criterios, es el de poder crecer con otros niños en un ambiente de lo que entendemos como escuela en la que pueda gozar de una serie de atenciones materiales básicas: comida, limpieza, relaciones con iguales, descanso y vigilancia por un adulto responsable. Esta serie de atenciones mínimas pueden suponer un importante punto de partida para todos. Naturalmente que esto no significa en ninguna medida que cada uno después, en su desarrollo personal, no disponga de posibilidades individuales que mejoren o dificulten su vida, pero sí que es posible pensar que la civilización ha servido para algo y que nos puede haber permitido a todos unos mínimos aceptables para afrontar un crecimiento no exento de dificultades que habrá que ir superando poco a poco y que, a pesar de la base común, nos va a hacer personas distintas con niveles de realización personal también muy diversos.
CALLE
Ya el insigne Jorge Manrique recordando la muerte de su padre hace unos cuantos siglos nos hacía ver que “a nuestro parescer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Seguimos hoy con ese empeño, con esa mentira que nos oculta cuando hablamos de antes como bueno, que lo que queremos decir es que antes éramos jóvenes y nos sentíamos poderosos y protagonistas y ahora añoramos aquella sensación porque la hemos perdido y que ya no protagonizamos nuestra vida, pero nada más.

Podemos hacer el experimento porque es muy fácil. No hay más que recorrer cualquier calle de ciudad a media mañana y dedicarnos, por ejemplo, a contar los niños que vemos. Rápidamente nos daremos cuenta de que no hay niños. Si acaso, raramente veremos grupos organizados de alumnos, que no es lo mismo, dirigidos y organizados por sus maestros, dirigiéndose a un lugar concreto para un cometido concreto: visitar un monumento concreto, asistir a una proyección concreta, participar en un acto concreto…. Con el tiempo tasado. Salieron del colegio a una hora y deben estar de vuelta a otra. Si es fuera del horario escolar sucede algo parecido porque en las calles hay espacios acotados para que los menores experimenten sus ejercicios musculares en espacios acotados y con instrumentos preparados para ese efecto. Todo ese corsé al comportamiento infantil tiene, sin duda, un aspecto positivo ligado al cuidado por la seguridad y por intentar responder a lo que se considera necesario para el desenvolvimiento muscular. Yo creo que esto es verdad.

Pero parémonos ahora un momento. Yo he salido con mi grupo muchas veces…, a nada. A dar una vuelta. A perdernos por las calles, a mirar a la gente, a pararnos con cualquier yerba que brota desde el asfalto o desde los adoquines, a mirar los árboles ahora en Abril, cómo les van creciendo las hojas, cada uno con su forma diferenciada. Otros que no se les han caído porque son de hoja perenne. A pararnos delante de las tiendas o a entrar y preguntar cuánto valen las manzanas. A ver lo que se vende en una tienda de deportes o el parecido entre los zapatos que llevamos puestos y los que se ven en el escaparate… A caminar siguiendo la línea recta de las losetas de la calle o estableciendo un camino en rombo que nos lleva de lado a lado, pisando sobre cada una de ellas o pisando en losetas alternas… Dándonos, en definitiva, un atracón de calle y siendo miembros activos de ella, piezas de todo ese conjunto variopinto que forman desde los abuelos que pasean sus achaques hasta los árboles que ocupan las orillas o los autobuses que nos desplazan de un lugar a otro porque las distancias son demasiado grandes para hacerlas todas andando.

Y después volvemos al colegio con todo el bagaje que hemos ido acumulando a la vez que contrastamos puntos de vista sobre lo visto y sobre lo que nos dice lo visto a cada uno y comparándolo con cualquier otra vivencia parecida que nos pudo suceder otro día cualquiera, bien solos o en compañía de nuestro familiar o amigo…. Pues eso también es la vida y puede suceder en cualquier lugar si queremos que suceda porque no puede ser más sencillo. Quizá es tan sencillo que no sabemos valorarlo como lo mejor, tan embebidos como andamos en conseguir muchas cosas, sin darnos cuenta de que la prisa no nos lleva más que a alejarnos de nosotros mismos. Seguramente tenemos que entender que lo importante, tanto en educación como en cualquier otro orden de la vida siempre está cerca, probablemente dentro. Desgraciadamente no suelo ver grupos de alumnos paseando por las ciudades o por los espacios urbanos en general, sencillamente por el placer de reconocer los distintos espacios y por gozar del aire libre, aunque tenga que ser un poco contaminado como lo fue siempre. Suelo sintetizar esta actitud diciendo que los niños deben aprender a mirar las moscas, las mariquitas o el vuelo de las golondrinas y los vencejos porque ahí es donde se encuentran los principales conocimientos que deben adquirir.
AUTORIDAD
Entre las muchas aportaciones que nos ofrece el mundo moderno está la de entender que la expresión de que el mundo es un pañuelo es hoy más verdad que nunca. Entre otros valores me ha permitido establecer una entrañable amistad con Ivonne, allá en Colombia y poder compartir con ella las inquietudes, las dudas, los miedos con los que se encuentra a la hora de hablar a los padres sobre las dificultades de aprendizaje de los niños o sobre los interrogantes de su educación. Me siento muy cerca de sus preocupaciones por la cantidad de veces que las he sentido yo cuando me he tenido que enfrentar a situaciones parecidas.

El otro día quiso compartir conmigo su esquema sobre la AUTORIDAD, del que tenía que hablar esa misma tarde y quería que yo le aportara ideas. Francamente me llenó de gozo y con toda la responsabilidad le hablé de lo que yo haría. Sé que son mundos distintos el de la Colombia de hoy al de la España de un ayer que todavía no es muy lejano, pero me atreví a sugerirle algunas ideas, no tanto ligadas a la parte técnica, cosa que ella se ve que domina mejor que yo porque se dedica a la asesoría casi en exclusiva mientras que yo he sido sobre todo un maestro que se ha enfrentado muchas veces a grupos de familias desde la intuición y desde su experiencia de la vida. Me atreví a sugerirle que mantuviera su esquema de trabajo delante de los ojos, pero que empezara su reunión hablando con las familias y haciendo que ellos fueran desgranando cuáles eran los principales problemas con que se encontraban a la hora de educar a sus hijos. Estoy seguro que están relacionados con el poco tiempo que pasan con ellos, con la falta de conocimiento sobre temas de educación y con deformaciones de sus propias experiencias de cuando fueron niños. Seguramente habría elementos nuevos pero los que he mencionado estaban presentes.

No sé si Ivonne, que me escuchaba con interés porque sin que me explique muy bien por qué tiene un alto concepto de mi valía como maestro, pudo asumir el contenido que yo intentaba transmitirle que no estaba relacionado con el contenido técnico del tema sino con la naturaleza humana de ese grupo de familias que asistirían a su charla y que por el hecho mismo de asistir estaban demostrando un interés por el tema. Me parecía que el hecho de que alguien intente abordar una seria de problemas ligados a la AUTORIDAD y quiera hacerlo preguntándoles sus experiencias y sus dudas sobre el asunto significaba una deferencia y un respeto a sus historias personales y un deseo de no irse por las ramas sino de abordar sus problemas concretos por más parecidos que puedan ser con los de cualquier otra familia de cualquier otro lugar del mundo. Esta propuesta de comienzo también pretendía hacer a las familias verdaderas protagonistas del análisis de sus problemas y de las propuestas de solución a las que hubiera de llegarse.

No he tenido ocasión de comentar con Ivonne todavía cómo fue la charla, si las familias simpatizaron con su discurso y si lo que le dije le sirvió para algo. Sé que no es fácil poder comunicar algo de utilidad desde tiempos distintos, desde espacios distintos y desde personalidades distintas. Yo intentaba ofrecer, sobre todo, una actitud personal basada en el respeto y en la valoración de esas familias para poder empezar a desentrañar cualquier tema con ellos partiendo de sus propias experiencias como muestra de respeto y de consideración. A partir de esta manera de comenzar el tema, estoy seguro que evolucionaría desde una posición de complicidad y de confianza porque las familias habrán podido ver en ella una persona cercana que no las ignora sino que cuenta con ellas para afrontar las dificultades con las que se están encontrando cada día a la hora de educar a sus hijos. Seguramente que habrá que volver sobre este tema pero aquí dejo mis primeras pinceladas y mi agradecimiento a Ivonne por su consideración de mi humilde testimonio de un maestro con una larga experiencia y con muchas inquietudes.
AIRE
A medida que se van sucediendo estos escritos, retazos de la memoria, tengo que hacer un esfuerzo antes de comenzar para no repetirme, para mantener un cierto hilo conductor y también para aportar algo nuevo y diferenciado cada vez. Hoy quiero detenerme en el aire libre como elemento diferenciador y a promocionar dentro de la escuela. Los grandes pedagogos de comienzos del siglo XX ya cantaban sus alabanzas pero parece que la estructura escolar se resiste a promocionar esta idea, bien por inconvenientes ligados al clima, que sería comprensible, o por otros más oscuros que no acierto a comprender.

No puedo comprender la razón por la que los patios de las escuelas tengan que estar cubiertos con asfalto o con hormigón, negando por completo a los niños el contacto con la Pacha Mama de los indígenas latinoamericanos, que es la tierra madre de todos. Entre salir y correr o caminar en duro o poder pisar la tierra muelle con su textura original y con sus plantas hay una diferencia radical. Sobre lo duro no se vive porque no hay nada que hacer espontáneamente que no sea, por ejemplo competir: competir en deportes o competir en fuerza y rivalidad de los unos contra los otros cuando la tierra de por sí es toda una fuente de acogida y de satisfacción de curiosidades elementales como conocer las distintas texturas de que está compuesta, escrutar cualquiera de sus plantas en las distintas épocas del año o sus interiores que son una permanente fuente de sorpresas con las lombrices, con las semillas o con los caminillos que podemos fabricar para permitir el recorrido, por ejemplo, para el agua sobrante de la lluvia.

Cualquier recinto cerrado engendra agresividad, esto está comprobado y quien lo desee no tiene más que experimentarlo en propia carne, que no le va a costar demasiado esfuerzo. En la medida en que el recinto sea más pequeño, la cantidad de agresividad es mayor, aunque en todos los casos la agresividad se produce. Lo mismo pasa con el aire libre, solo que al revés. Respirar el aire ya es una liberación, si además se produce en un espacio amplio y soleado, pues más liberación. Por esta sola razón ya sería argumento suficiente para que en las escuelas pudiera gozarse del aire libre todo el tiempo que se pudiera. Pero también dentro del espacio libre hay una diferencia radical entre un patio solado con hormigón en el que los niños no encuentran nada en medio más que los cuerpos de sus compañeros hacia los que se van a dirigir inevitablemente, bien en forma de deportes reglados y competitivos, bien como juegos más o menos violentos. Un patio de tierra con sus platas y sus árboles es una estructura que está retando a los niños continuamente a investigar y a conocer todo el tiempo.

Como no quiero que quede sólo como una explicación teórica diré que nuestras escuelas tienen todas espacios libres todo lo grandes que son posible y, dentro de ellos, zonas para el movimiento amplio, para correr y otras zonas de sombra donde poder permanecer sentados, bien hablando o bien investigando y desentrañando la tierra que es una fuente permanente de conocimiento. También en todas pueden encontrar los niños plantas, flores y árboles, tanto de hoja perenne como caduca, con lo que la salida al patio no es sólo la noción de recreo como descanso de lo que se ha trabajado en la clase sino el aprovechamiento de una espacio para poder vivir experiencias específicas y diferenciadas de las que se han podido vivir dentro de las clases y no menos instructivas con la particularidad de que, así como en las clases es la persona mayor la que se encarga sobre todo de establecer temáticas y ritmos, en los espacios libres es más fácil que sean los propios niños los que establezcan las actividades a realizar y se vuelquen mucho más en sus apetencias personales lo que convierte la actividad en más personal y más gozosa y seguramente más deseada. No hay más que ver el interés con que acceden los menores a los distintos espacios de la escuela.
COMER
Tradicionalmente la escuela se niega por sistema a tener que ver con la comida y no encuentro otra razón que me lo explique que no sea la de la estricta comodidad. Sencillamente para la docencia es un engorro andar en contacto con los alimentos y asumir el sentido tan elemental y tan profundo al mismo tiempo que significa contactar con los pequeños en ese nivel de la educación. En realidad no sé si esta puede ser una argumentación válida o no. En las escuelas en que he trabajado los pequeños entran a los pocos meses de vida y salen a los seis años y dentro de la escuela viven globalmente.

En el primer año, aparte de la lactancia materna que, si la reciben, las madres tienen que aparecer en la clase para hacer que sus hijos se alimenten porque esa función es estricta de ellas e insustituible, a los pocos meses ya se puede empezar con los purés de verduras elaborados cada mañana con los productos de temporada y con la variedad en cada caso que da la época del año, complementada por zumos naturales también elaborados en el momento. Con esta fórmula, más trocitos de pan a modo de complementos antes o después de las comidas, alcanzamos el primer año de vida, habiendo introducido en aportaciones esporádicas el pescado, la carne, picada sobre todo, y el huevo, primero la clara y después la yema normalmente mezclada en el puré. Una vez que alcanzamos el año de vida, salvando las legumbres que aparecerán después en la dieta por la dificultad de digestión, todo el resto de alimentos ya están presentes de manera cotidiana y los pequeños los conocen porque se les ofrecen a modo de tapillas enteros para que vayan asimilando texturas y colores y como cuerpo alimenticio en los purés, garantía de que ingieren las cantidades que necesitan.

Podemos hablar de la variedad como un elemento positivo en sí mismo. Eso va a ser lo que nos garantice que los pequeños van a recibir toda la gama de propiedades alimenticias que sus cuerpos necesitan. La variedad en alimentos y también en maneras de presentación. Una vez que el puré nos garantiza las cantidades adecuadas, podemos jugar con presentaciones diversas, crudos si es posible, cocidos, fritos sin pasarnos, solos o ensaladas y en todos los casos permitiendo que los niños los manipulen para que su preocupación no se centre en la forma de alimentarse sino en el contactos con los alimentos y en el goce que significa saborearlos a gusto. Nuestra escuela permite el placer de ese contacto en sus diversas formas. Las casas particulares suelen ser más estrictas y suelen estar más pendientes de que no se manchen, que no derramen nada, que no metan las manos…, de modo que suele ser más importante el modo en cómo se come que la comida en sí. Quizá conviene insistir en que en un principio no tiene tanta importancia el cómo, cosa que se puede ir puliendo con el tiempo, sino el hecho mismo de alimentarse y hacerlo de manera placentera, que es lo esencial.

Hacia los tres años más o menos, si la secuencia ha sido normal, podemos tener ya una persona que conoce los alimentos, que domina con solvencia los principales instrumentos de alimentación: platos, cucharas, tenedores, servilletas, manteles… y que ha acumulado experiencia suficiente como para poder alimentarse por sí mismo con facilidad y con gusto. Quizá sea en el gusto en lo que más convenga insistir porque es lo más difícil de lograr en las casas, ya que con más frecuencia el hecho de comer va unido a una forma concreta de hacerlo que coincide más o menos con el criterio de la persona adulta que está cerca del menor y en mucha menor medida con la manera concreta en que ese menor lo quiere o lo puede hacer para que se convierta en una acción placentera y apetecible. Si hubiera que resumir mucho me quedaría con placer, gusto, gozo como ideas imprescindibles para valorar el hecho de comer, no sé si antes, pero cuando menos, al mismo nivel que las propiedades alimenticias que se ingieren con los alimentos.
NATURALEZA
Espero que vaya quedando claro que en educación cualquier excusa, cualquier circunstancia, cualquier coincidencia se puede convertir en fuente de saber, de investigación. Una casa en el campo de cualquiera, un padre camionero, una madre arquitecta, una película que los demás no conocemos, un día especialmente soleado, una salida familiar de fin de semana pueden ser argumentos idóneos y más que suficientes para iniciar un diálogo y de ahí, trabajo para un día o para sabe dios cuántos.

El patio de la última escuela que pude compartir con los niños tenía historia de árboles frutales pero cuando yo lo conocí sólo le quedaban dos caquis, exquisitos por cierto, a los que pude añadirle un cerezo antes de irme. Espero que su fruto sea tan rico como los caquis, aunque este tiempo no es momento de frutos, sino de flores. Por los caminos hay flores a montones, que los niños pasan y cruzan sin conocer. Seguramente que muchas familias tampoco y no pueden, por tanto, facilitar a los pequeños el conocimiento preciso sobre lo que están viviendo en este momento. Nuestro patio empezaba en Febrero con violetas que sabe dios cuándo se habrían sembrado y que por más arreglos que se le daban al jardín no dejaban de salir puntuales, las primeras. A estas horas, comienzos de abril las glicinias inundaban el jardín de morado con esos maravillosos racimos de flores que inundaban de olor y de abejas el ambiente. Uno a uno, cada niño tenía que oler la glicinia y aprender a diferenciar el olor del de las violetas o del lilo, que venía después. Hace años teníamos un rosal que olía. Cuando acercaba a los niños a que olieran me decían “¡Huele a colonia!”. Me daba tristeza tener que aclararles que no, que era la colonia la que olía a rosa.

No es una clase de jardinería lo que me está saliendo esta semana, no. Es que la escuela no debe ser un recinto cerrado y aislado del mundo que pasa y cruza a su alrededor sino una herramienta de la que los niños disponen para conocer el mundo en el que viven, las reglas por las que se rige y las posibilidades de intervención que nos está ofreciendo a cada momento para desentrañar los elementos que lo forman y las lecciones que podemos extraer de cada uno de ellos para nuestra propia vida. Cuando empecé a levantar a los niños para que metieran sus narices en los racimos de glicinias se sentían cohibidos e intimidados de meter sus narices en las flores y percibir su olor. Cuando se acostumbraron y aprendieron a discernir la diferencia entre una lila y una celinda o una rosa parece como si se les hubiera abierto un mundo nuevo que les permitía conocer y gozar al mismo tiempo. Y es que la escuela puede y debe ser, entre otras muchas cosas, eso, una fuente de goce y de conocimiento que está al alcance de nuestra mano y al que podemos acceder a través del trabajo y del esfuerzo de cada día.

Se convierte así la escuela en algo, antes que nada apetecible, deseable, lo que no quiere decir que acceder a cualquier conocimiento sea fácil. A veces lo es pero, otras muchas, necesita esfuerzo y trabajo, lo que hace todavía más meritorio el resultado. Si el interés de los pequeños está suficientemente incentivado no hay problema. Ellos van a responder siempre porque se van a sentir protagonistas de su vida y van a entender que lo que se vive en la escuela les afecta y espera de su participación porque sin su participación la escuela no es nada. Los ojos de los niños cada mañana nos hablan de su disposición para encarar el trabajo del día. Nunca les importa el trabajo. Lo que no pueden soportar, y cada día lo comprendo más y mejor, es estar en la escuela como si no fuera con ellos, como invitados. Es como si cambiaran entonces su calificación de personas por la de alumnos, cuya misión no es otra que la de obedecer en cada momento lo que el maestro les vaya indicando pero sintiéndose al margen de lo que están viviendo.
MAQUETAS
Hace unos meses presentábamos en este mismo blog con el título de CIENCIA un trabajo de un grupo de pequeños de la Escuela Infantil Duende y de su maestro, mi compañero y amigo Manuel Ángel Puente a propósito de las propuestas artísticas de Escher, que se presentaron en el Parque de las Ciencias de Granada en forma de una maqueta de su escuela elaborada por el grupo.

En la escuela muchas veces sucede que se empieza un trabajo y la iniciativa va tomando vida propia y se adentra por unos derroteros que pueden ser los que estuvieran previstos desde un principio, o no. En este caso yo no me he parado a preguntar a Manuel Ángel si ellos previeron lo que presentamos hoy porque no me parece lo significativo. Lo que sí importa que sepamos es que después de aquella presentación y aprovechando que un par de familiares son arquitectos, el tema derivó a que cada familia podía presentar una maqueta de su casa y, una vez reunidas, se podían exponer para que la gente las viera. Como el trabajo resultó amplio y meritorio se buscó un espacio adecuado en un palacete que el Decanato de Arquitectura tiene casi terminado y allí en pleno centro de la ciudad. Se montó un acto en el que se hizo visible la manifiesta colaboración de la Universidad, a través del Decanato y el grupo de familias con los pequeños en primer plano. Una forma, por cierto, de entroncar distintas instituciones de la ciudad y aportaciones convergentes sobre un mismo tema que no desmerecen a nadie y que, por el contrario, benefician a todo el que participa.

En ningún momento se ha pretendido que los pequeños se conviertan en redichos sabiondos que se entrometen en asuntos que no les interesan. Nada más lejos de la realidad. Se ha tratado sencillamente de seguir el hilo del trabajo que se inició con Escher y llevarlo a la situación cotidiana de cada pequeño siguiendo el interés que el grupo muestra y que concluya en el estudio de las dimensiones y distribución de sus propias casas hechas por ellos mismos y por los adultos cercanos que viven con ellos, con lo que se convierte en un trabajo sostenido, riguroso, cercano y a la vez con todo el rigor científico que el tema requiere para que los niños obtengan de su trabajo la valoración personal de su capacidad para materializar una iniciativa que ha surgido en la clase y que se desarrolla en un espacio de tiempo prolongado y el enorme valor del trabajo de grupo que se ha enriquecido en su elaboración con la aportación de todos.

El acto se desarrolló con toda la sencillez necesaria para que los niños se sintieran verdaderamente protagonistas de lo que se estaba presentando, pero a la vez con toda la complejidad de lo que ha supuesto poner en pie un esfuerzo importante, variado y complejo en el que han tenido que intervenir personas distintas, acciones distintas y puntos de vista distintos que han confluido en ese espacio y en ese momento. No debemos caer en el recurso fácil de valorar el resultado final como si no fuera, aunque pueda resultar brillante, sólo una pieza más de un engranaje que puede haber empezado algunos meses antes y que en su desarrollo ha necesitado esfuerzo, sistemática de trabajo, una cuidada elaboración y niveles de coordinación con otros sectores ciudadanos para confluir en una tarde feliz y gozosa en el que cada una de las piezas de ese puzle puede verse valorada y reconocida en el conjunto. También es una forma de presentar los esfuerzos de un grupo de menores con todo el valor de lo bien hecho aunque lo que se presente no esté fuera de sus posibilidades sino completamente al alcance de su mano si se invierte el esfuerzo necesario y se le da la prestancia que requiere. Esa vivencia se queda impregnada dentro de todos los que participamos en el acto, cada uno con un papel distinto, pero todos partes de un conjunto armónico y hermoso de alto valor educativo.
MISERIAS
Más de una vez me ha pasado que en alguna de las muchas charlas que ido dando para familias y para compañeros o en alguno de los muchos artículos que han ido apareciendo en periódicos y revistas no ha faltado quien comente que el mundo que yo manifiesto es un tanto excepcional y se produce en unas condiciones especiales. Los comentarios llevan la intención de desplazar mis argumentos a unos espacios apartados de quien los comenta y con ello esa persona o personas se sienten libres de responsabilidad, como si el tema no fuera con ellos.

Mi amiga Mari tiene un nieto de seis años que en este momento que en este momento se encuentra en la disyuntiva de tener que abandonar su escuela pública porque su maestra la ha tomado con él alegando que no le hace caso y que hace lo que quiere. Su madre, la hija de mi amiga, no parece capaz de enfrentarse a la maestra y cantarle las cuarenta y es posible que acepte una solución de encontrar para su hijo un lugar privado en el que el niño se sienta acogido antes que defender los derechos de su hijo, los de ella misma como ciudadana y madre y los de la escuela pública que tiene la obligación de acoger a todos los menores y ofrecer un lugar de inclusión para ellos en el que se produzca una convivencia en armonía y con respeto a las diferencias enriquecedoras entre unos y otros. Después de una serie de filípicas sobre lo raro que es su Pablo, la madre ha tenido que llevarlo a la psicóloga del centro para ser estudiado. La psicóloga ha dado su informe completamente favorable para el niño. Ella no ve en su personalidad nada fuera de lo normal. La maestra parece que lo mantiene enfilado y no se vislumbra una solución que no pase por una cierta violencia de la madre hacia la maestra.

Mi amiga Mari me lo comenta y me pide opinión. Yo no salgo de mi asombro y le digo, desde el respeto absoluto a la decisión de los padres del niño, su hija y el marido, que lo que hay que hacer es luchar por el niño. Que no se puede soportar que una maestra de una escuela pública se permita el lujo de poner sus ojos y su comportamiento en un niño y hacerle sentir que es una persona rara cuando lo único que está pasando es sencillamente que ella no es capaz de mantenerlo dentro de la disciplina del grupo, trabajo por el que cobra un salario decente y al que tiene la obligación de dedicar todo su esfuerzo y lograrlo, porque esas es su responsabilidad. Se ha hecho pasar innecesariamente al niño por la opinión de la psicóloga del centro para que confirme lo que desde el principio estaba a la vista de todo el mundo menos de la maestra. Que el niño está completamente normalizado y que no encuentra en su comportamiento nada raro.

Este es el mundo de la educación pero yo no quiero centrarme en casos como éste que me muestran la miseria de nuestra profesión, como tantas otras miserias de todas las profesiones porque no creo que esta tenga ninguna particularidad diferente a las demás. No sé quién me lee, aunque a algunos sí que los conozco y a otros los voy conociendo a través de los comentarios que nos intercambiamos pero creo que en casos como el que nos ocupa, lo último que hay que hacer es cambiar al niño de colegio. Creo que ese niño tiene derecho a un espacio público que lo acoja y en el que pueda crecer y desarrollarse respetando su personalidad como la de cualquier otro de sus compañeros y haciendo que la estructura escolar, lo primero su maestra, pero también toda la comunidad educativa, tengan para él un comportamiento de acogida que facilite su desarrollo y su desenvolvimiento como persona y como miembro de un grupo. Por esto es por lo que vale la pena luchar y no rendirse a las primeras de cambio ante una situación claramente injusta y perjudicial para Pablo.
DIFERENTES
Recuerdo que hace años, en nuestras reuniones de militantes pedagógicos, cuando las mujeres apenas se empezaban a ver en lugares de poder, yo solía decir lo justo que sería que si somos el cincuenta por ciento cada sexo, así fueran también las posiciones de poder. A todas luces parecía una cosa insólita y hasta mecanicista. Hoy, a pesar de que existe todavía una desproporción innegable a favor de los hombres, ya no parece una barbaridad esa afirmación y sí una meta a la vista y deseable. Es más, sabemos que hay espacios sociales: enseñanza, medicina, judicatura…, en los que priman las mujeres.

En aquellos primeros ochenta en los que todas las reivindicaciones estaban en mantillas y cualquiera de ellas era bien vista, quizá por lo lejana, también recuerdo que me atrevía a formular. “Me creeré lo de la igualdad del hombre y la mujer cuando veamos por la calle un hombre vestido de mujer y se vea normal”. Y es que ya por entonces, y sigue siendo así hoy, lo que se estaba produciendo no era un acercamiento hacia la igualdad sino una hominización de la sociedad. Es verdad que algo hemos avanzado, pero básicamente eso es lo que se ha producido. Nos hemos convertido todos en un poco más hombres. La filosofía del macho ha terminado por imponerse y ahora hay menos diferencias entre hombres y mujeres, entre otras cosas porque toda una serie de señas de identidad típicamente femeninas han ido desapareciendo para desgracia de todos, porque, aunque yo pueda exagerar un poco los rasgos, lo cierto es que hoy somos más pobres culturalmente hablando. Como que hay menos diversidad y son precisamente los ámbitos femeninos los que han llevado la peor parte. Vestimentas, borracheras, vicios, formas de hablar que rigen son las asociadas a la cultura machista. Las muchachas, en ese lenguaje sincrético coloquial dicen “tío”, cada vez que expresan admiración por algo.

A los tres años más o menos se manifiestan las diferencias sexuales muy visibles hasta el punto de que los niños quieren estar con los niños y las niñas con las niñas. Como cada aspecto de la vida, la estructura escolar puede reaccionar de una manera que favorezca o dificulte estas tendencias naturales. Por no entrar en polémica, sólo diré que me parece muy bien que cada sexo se sienta específico y diferente al otro y que eso creo que es una riqueza para todos. Por extensión podemos decir sin miedo que la importancia no está en que los hombres y las mujeres seamos diferentes, eso es una riqueza de por sí de la que unos y otros nos podemos enriquecer. Lo que la escuela se debe preocupar es de permitir que los dos ámbitos dispongan de su espacio de realización y no terminen imponiéndose, como ha venido pasando desde siempre los aspectos masculinos sobre los femeninos. Que seamos distintos es una riqueza, lo que hay que cuidar es que ninguno esté por encima del otro, que es lo trágico.

El camino de igualdad desde el respeto a la diferencia que se ha abierto significa toda una revolución de un alcance que no podemos soñar hoy, que apenas hemos visto las primeras señales. Espero y deseo que este camino que apenas se ha iniciado sea imparable en beneficio de todos. Ya vemos dificultades muy básicas como por ejemplo el lenguaje que intentamos resolver con ridiculeces como niños/as, nosotros/as, que sólo indican a mi modo de ver lo verdes que estamos todavía. Tenemos que encontrar fórmulas que nos incluyan y en las que todos nos sintamos reconocidos. Seguramente que el propio lenguaje tiene recursos para ello. Si hablamos de personas, por ejemplo, estamos incluyendo masculino y femenino y no necesitamos ridiculizar las palabras con el os/as que queda forzado sin duda. He puesto el lenguaje de ejemplo, consciente de que se trata sólo de un aspectos de los miles que habrán de cambiar en el futuro para que podamos vivir nuestras diferencias sexuales como lo que son, como una riqueza de la que todos podemos beneficiarnos.

