Parece una tendencia general que los mayores responsables de un recien nacido quieren comerse el tiempo para que pase más de prisa. Le dirigen la mirada y sugieren lo que están viendo cuando ven hacia los dos meses, le responsabilizan de gestos tan específicos como la sonrisa cuando de lo que se trata es de movimientos musculares sin ninguna intención que se parecen a ella, le asocian sonidos determinados como si fueran capaces de ofrecer algo más que esfuerzos guturales que a los ojos adultos cercanos indican el consabido “ajó” de tan amplia repercusión en la familia, la intencionalidad de las carcajadas cuando se trata sólo de repeticiones nerviosas, ciertamente imitadoras de algunos reclamos adultos, pero completamente ajenas al significado social de la carcajada. Y así con toda una serie de adquisiciones que se hacen verdad mucho más en la interpretación de los adultos que en las capacidades reales de los niños.

Hemos mencionado las primeras adquisiciones. Podríamos seguir con la marcha, el lenguaje… logros todos mucho más reales en la mente adulta que en el conocimiento infantil. A pesar de lo que parezca, no estoy en contra de este entusiasmo familiar, porque en cierta medida hace que los progresos aparezcan de verdad o se consoliden llamados por el entusiasmo, lo que no es desdeñable de ninguna manera. Sólo llamo la atención para que no explotemos demasiado una vía que tiene interés emotivo, pero que en todos los casos debe ser refrendada por la realidad objetiva, que normalmente aparece siempre después de que los adultos hayan cantado victoria.

Al mismo tiempo conviene no perder en ningún momento el sentido de realidad. El dejarnos llevar por el entusiasmo fundados en apariencias mucho más subjetivas que reales sobre determinados logros también puede significar que los niños se encuentren sometidos a situaciones de estrés desde demasiado pronto y eso perjudique la lenta consolidación de los aprendizajes y la paz imprescindible para que estos se asienten y se fijen en el cerebro de los pequeños. Es muy posible que un niño no pueda asumir e interiorizar un conjunto demasiado elevado de información que le puede llegar de la mano de nuestra angustia y de nuestra impaciencia porque aprenda o porque sea el primero cuando lo deseable y lo eficaz puede ser dejarlo en paz que vaya asimilando lo que le ofrece la realidad y su inquieto cerebro encaje en el lugar adecuado cada uno de los logros a los que tenga acceso.

Creo que este mal de la prisa está presente desde el principio de la vida pero hay momentos en los qe aparece especialmente: inicio del habla, los primeros pasos, la adquisición de conocimientos, aprendizaje de la lectura… en realidad cualquier dominio de los que están considerados como sociales y que se pueden objetivar en comparación con otros niños cercanos, vecinos, parientes…. Muchas veces somos capaces hasta de malograr conocimientos adquiridos sólo por nuestra proyección competitiva en la que incluso los niños no tienen nada que ver. Conviene, por tanto, que nos demos cuenta de que en el desarrollo, lo que importa es el protagonista y no los que le rodeamos, y su propio ritmo, que no es ni mejor ni peor que el de su vecino, sino que es el suyo propio, el más adecuado para que los conocimientos que adquiera se consoliden y sean asumidos por él. Decir aquí que “no por mucho madrugar amanece más temprano” puede parecer una obviedad pero me parece que es exactamente la lección que debemos aprender los que vivimos cerca de los menores para afrontar nuestro papel en su desarrollo.

