CARRITO

La vida va ofreciendo elementos nuevos, no necesariamente mejores, que facilitan la vida a las personas encargadas de la crianza de los pequeños. Ahora aparece como moderno ese trozo de tela que permite, como permitió durante siglos, llevar a los niños pegados al cuerpo y realizar las obligaciones de cada uno con el niño a cuestas. Me parece la mejor manera de desplazarse con el mejor permitiendo ese contacto corporal y ese trasvase de calor y de ritmo de vida completamente incorporado al de la persona que lo lleva. Prefiero que los niños miren al adulto para que no se sientan sólos, si bien es cierto que el espacio exterior es un poco más difícil de ver y hay que torcer la cabeza. Mi última hija, Elvira, que ahora tiene once años la llevé colgada durante el primer año hasta que dio sus primeros pasos y recuerdo que me empeñé, porque era factible, en que se durmiera mientras paseábamos por la orilla del mar, con el ruido de las olas, que me parecía una señal de identidad para ella, que había nacido en un pueblo de playa.

Ya sé que el vahículo más frecuentado sigue siendo el carrito de cuatro ruedas que el adulto desplaza a su gusto y a su ritmo y con el que puede ir de un lugar a otro sin que el menor tenga otra referencia de su desplazamiento. La percepción es más bien la de una cama en movimiento, pero poco más. Normalmente, eso sí, se orienta la postura del menor, de manera que si se despierta en un momento pueda ver al adulto que lo lleva, lo que estoy seguro de que para él significa un consuelo importante. Se mantiene el nexo de unicón del menor y el adulto, aunque sólo sea con la mirada, que no es un nexo muy fuerte y puede que hasta con la voz. Algunos adultos logran en muchas ocasiones mantener un cierto diálogo con los pequeños que significa también un elemento de relajación. La mayoría de las veces, este diálogo se produce cuando los pequeños protestan, probablemente cansados de una postura concreta, o con hambra o alguna otra incomodidad que necesitan transmitir.

Pero el carrito va apoderándose del tiempo y ya no sólo sirve para los primeros meses de vida, sino para los primeros años. Muchas veces hasta de tres y cuatro años se ven pequeños en carritos, que más bien parecen inquilinos albergados en una pequeña pensión rodante que con fuertes nexos de conexión con las personas que los llevan. Muchos de esos carros están orientados para que los niños miren hacia adelante, lo que significa que casi no existe contacto entre los menores y las personas que los llevan. Si había alguna posibilidad, las capotas para cubrirlos del sol, del frío o de la lluvia se encargan de imposibilitar cualquier forma de acceso entre quien lo lleva y el llevado.

Comprendo que es muy desesperante acoplarse al ritmo de los niños en los primeros años de su vida: primero porque es desesperantemente lento por puro tamaño de las piernas. Segundo porque el menor anda por la calle y todo para él es un motivo de curiosidad, se tiene que acercar a cualquier forma, tocarlo todo, arrancar cualquier papel, tocar cualquier textura, pararse en cualquier forma nueva, cualquier nuevo color…. Hay un mundo de diferencvias entre que te lleven a donde quieran dentro de un carrito, a que tú puedas ir experimentando las cosas de la vida en sus colorers, en sus formas y a tu ritmo, en función de tu curiosidad, pero creo que no hace mucha falta insistir en que no hay color sobre la diferencia de calidades entre una y otra forma.

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