En la crianza todo parece sencillo y hasta lineal pero la realidad es muy otra. Cada persona que llega es única, lo vamos diciendo a cada paso y el material humano con el que ha de construirse también es único y diferenciado de cualquier otro, como es único cada momento de relación, de influencia. Esto produce una casi imposibilidad de previsión certera en los resultados a obtener por las influencias ejercidas. Dicho así parece muy dramático pero lo que intento no es asustar a nadie ni quitarle las ilusiones sino que todos nos demos cuenta de lo complejo que es el hecho de la relación humana.

Uno de los aspectos que me parece de gran valor es el de la visión del ser que crece como la persona que va a ser capaz de reconciliarme con la vida y de hacer que, a través de mí, que soy su educador de referencia, yo sea capaz de consumar una serie de aspiraciones que en su día no fui capaz de hacer por diferentes motivos pero que ahora, esta persona que crece bajo mi responsabilidad me va a servir de instrumento para que yo resuelva el cúmulo de frustraciones con que vivo, producto de mi incapacidad en su momento, o de la falta de medios con que me dotaron los que en su día respondían de mí o incluso en mis limitaciones como individuo que, a pesar de todo, me dejaron en su día un poso de insatisfacción que arrastro desde entonces y que ahora tengo la ocasión de privilegio para ver compensadas.

He puesto intencionadamente el problema en vivo y al descubierto para que el planteamiento se pueda ver con claridad. De sobra sé que las cosas no se producen así y que uno lo que va es comportándose en cada momento con los pequeños lo mejor que sabe y ayudándoles de la manera en que es capaz, pero sí quiero dejar de manifiesto que, aunque los planteamientos no sean estos, las realizaciones sí que pueden serlo y, sin pensarlo muchas veces, nos estamos comportando con los pequeños no en función de sus capacidades ni de sus posibilidades sino de las nuestras y, sobre todo, de las que arrastramos como frustraciones o como deseos insatisfechos para lograr en el cuerpo de los que están creciendo esa serie der aspiraciones que somos conscientes que no hemos logrado en nuestro propio cuerpo.

Veo que así, explicado, resulta demasiado cruel, injusto y hasta despiadado, pero la vida no se produce de esa manera. La realidad de los acontecimientos siempre va embadurnada de acontecimientos cotidianos, unos conectados con otros, de manera que unas decisiones se encadenan con las siguientes y todo va suceciendo con una pátina de bálsamo a través del cual podemos perfectamente no darnos cuenta de lo que está pasando o lo que es peor, podemos ir argumentando en cada caso nuestras razones para terminar creyendo que lo que hacemos tiene que ser como lo hacemos y no puede ser de otra manera.
Este es, en el fondo, el argumento que me lleva a poner de manifiesto lo que podríamos denominar perversiones de la educación. No pretendo con eso más que llamar la atención. No tenemos que echarnos las manos a la cabeza. Estas cosas se están produciendo cada día con toda normalidad y sólo conocemos alguna que se sale de lo común. Lo normal es que no nos demos cuenta de esto casi nunca, pero es importante que sepamos que muchas de las decisiones que tomamos con los pequeños y que determinan su vida, no están motivadas por ellos sino por nosotros mismos y por el intento desesperado e imposible de compensar nuestras propias deficiencias.

