MÚSCULO

Hemos delimitado la época en la que el riesgo físico es más alto, entre los 18 y 36 meses, por la apremiante necesidad de fortalecer todo el aparato muscular que con la iniciación de la marcha ha desplegado todas sus capacidades y necesita hacerse con el dominio del movimiento y encontrar el ámbito de acción en el que se han de mover.

No es raro sino frecuente encontrarse a los niños corriendo de acá para allá, de pared a pared por ejemplo, sin más límites que las propias pareces con las que chocan una y otra vez. Si no fuera por eso, seguramente veríamos cómo los niños casi no tienen límite en su esfuerzo. Muchas veces los vemos que se duermen por puro agotamiento pero su cabeza todavía mantiene la orden de que hay que seguir moviéndose. Es como la explosión muscular por excelencia en la que se introducen y sólo a base de ejercicio esa capacidad aparentemente ilimitada va tomando forma y va haciéndole ver que no lo puede todo sino que ha de dosificar sus fuerzas para poder realizar todo lo que pretende. Muchas veces los vemos comenzar con una energía desbordante y luego se vienen abajo porque sus capacidades ya no le permiten mantener el esfuerzo que pretenden.

Todo esto parece muy fácil pero la realidad nos muestra que es bastante complejo y desesperante porque quisiéramos muchas veces que nos escucharan y que aprendieran a dosificar los esfuerzos pero no nos damos cuenta de que no es posible porque ellos están inmersos en una vorágine de músculos que piden todos a la vez ser desarrollados y apenas les permiten a los niños utilizar la cabeza para otra cosa que para asumir todos los retos que se ponen a mano. Es precisamente a través del ejercicio muscular como los niños van aprendiendo hasta dónde y hasta dónde no son capaces de llegar. El agotamiento es casi siempre una frustración no deseada que la naturaleza les impone. Si nos fijamos, muchas veces los vemos completamente dormidos y participando todavía del ejercicio que hubieran tenido entre manos y que ni el propio sueño les ha permitido quitarse de la cabeza.

Esta es la época de los grandes aprendizajes, de esos de los que casi con seguridad no nos vamos a acordar cuando pasen los años sino que se van a quedar en nuestra memoria profunda como una nebulosa aunque con un poder determinante sobre nosotros. En esta época parece que ha ganado la batalla cualquier idea ligada a la seguridad, lo que significa que los niños disponen de unos espacios muy reducidos de riesgo y sin riesgo el aprendizaje que podemos asumir es nulo o muy deficitario. Claro que tampoco se trata como hay quien promueve, que a los niños se les deje hacer lo que quieran porque es verdad que su conciencia de los límites es casi nula y sería tanto como abandonarlos al albur de las dificultades de la vida sin armas.
Pero también es verdad que la potencia que hoy tiene cualquier idea ligada a la seguridad hace que los niveles de riesgo sean demasiado pequeños o casi nulos y eso impiden que los pequeños puedan ejercitar su propio albedrío para discernir, dentro de sus posibilidades lo que sí o lo que no pueden hacer en cada momento y aprender de sus errores. El valor de la cercanía de un adulto puede ser un elemento de enorme importancia para la seguridad de los pequeños que muchas veces se mide con una simple mirada para constatar que no está sólo, pero los adultos tenemos que asumir que los pequeños son seres capaces y que esa capacidad ante las dificultades siempre lleva aparejada la posibilidad del error pero también la del aprendizaje.

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