Es otro de los momentos imprescindibles de la vida y en el que desde el principio los menores se dan cuenta de que son fuertes frente a los adultos. La voluntad del menor puede poner en jaque el sentido de responsabilidad adulto desde el momento en que el menor asume su propia alimentación mucho más porque el adulto está interesado en que sea así, que por satisfacer la propia necesidad.

Es muy difícil para el adulto mantener un equilibrio a la hora de verificar la alimentación del menor. Quizá se logra en la lactancia, sobre todo desde el momento en que se asume lo de chupar del pezón a demanda. Es una relación mucho más volcada con la madre por razón de que ella misma es la fuente de la vida. Con tal de tenerla a disposición cada vez que al menor se le antoje, el conflicto sencillamente no existe. Pero desde el momento en que el alimento exterior se hace presente, al año más o menos, el asunto se complica porque ya no interviene un solo adulto, sino dos o más y segundo porque el automatismo reservado al hecho de mamar se vuelve algo más complejo desde el momento en que hay que preparar los alimentos, disponer de unos recipientes y hacer de la comida no sólo una forma de alimentación sino un hecho social que necesita un espacio, un tiempo y un ritual.

Entonces ya no es sólo comer cuando se tiene hambre, que también. Ya se come sobre todo cuando es la hora, cosa que no está nada clara desde el principio y que es algo que hay que aprender con tiempo y con esfuerzo. También necesita la comida todo un ritual de ponerse de una manera determinada, normalmente sentados en una silla, con una mesa delante y con unos elementos que hay que conocer y dominar: plato, babero, cuchara, tenedor….De modo que la secuencia escénica tiene a veces tanta importancia como la comida en sí. Pero además la comida ya no es automática como la leche materna sino que tiene un color, un sabor, una textura, un punto de calor y todo eso forma un conjunto que los menores han de conocer y asumir. Lo cierto es que la relación entre el menor y el adulto se vuelve determinante para aceptar el conjunto de manera que si hay agrado todo puede parecer aceptable pero el más mínimo conflicto hace que el propio hecho de comer entre en crisis.

Hace falta aprender a dosificar, cosa que parece muy fácil pero que no lo es. Un menor si tiene hambre lo que intenta es comérselo todo de un bocado y como eso no es posible, es capaz de atragantarse por su idea de eliminar su hambre de inmediato. Tenemos que hacer que aprenda que la secuencia ha de ser pacífica y con un ritmo sostenido. También sucede que, una vez pasados los primeros momentos de ansiedad, los síntomas acuciantes del hambre se han ido y, por tanto, los menores pierden el interés por los alimentos y su atención tiende a focalizarse en otra cosa. Tiene que ser de nuevo el adulto quien ponga un poco de sensatez y de orden en esa vorágine de sensaciones que intentan manifestarse con inmediatez y que han de producirse en la práctica con un ritmo más lento y hacerlo, además, de manera gozosa, intercambiando palabras, caricias, gestos de comunicación para concluir en que el hecho de comer sea un momento de la vida amable, grato, divertido y provechoso.
Puede parecer que se trata de una clase como otra cualquiera y queda como frío, pero la verdad es que es algo así. Hoy lo aplicamos a la comida y otro día lo aplicaremos a otro conocimiento. La crianza es así de compleja y se basa en que todo se vaya produciendo a partir de una relación satisfactoria entre el menor y el adulto.

