Cada cual habla de la feria según le va en ella.
No presentamos opinión alguna (ojo), sino datos puros. Es como si nos convirtiéramos en una computadora que sólo hace eso, dar la información que es requerida. En una reunión el líder puede decir: “ Señores, es necesario que nos pongamos el sombrero blanco respecto a las fallas que se producen en la línea 2” y todos darán información sobre estas fallas, no opiniones, sino datos y hechos. El gran problema que existe es que normalmente pedimos información del tipo sombrero blanco y recibimos una mezcla de datos con opiniones personales que se cuelan como datos y no podemos distinguir el límite entre uno y el otro, lo que le hace perder eficacia. Este es el famoso telefono malogrado que desterraremos con el sombrero blanco. ¡Y qué finos instrumentos de observación son nuestros sentidos! El olfato, por ejemplo, del que ningún filósofo ha hablado con veneración y gratitud, es hoy por hoy el instrumento más sensible de que disponemos, siendo capaz de captar incluso diferencias mínimas de movimiento que ni aun el espectroscopio registra. Poseemos hoy ciencia exactamente en la medida en que nos hemos decidido a aceptar el testimonio de los sentidos; en que hemos aprendido a aguzarlos aún más, armarlos, llevarlos a sus últimas consecuencias. Todo lo demás es chapucería y seudociencia, quiere decir, metafísica, teología, sicología, teoría del conocimiento, o bien ciencia formal, ciencia de los signos, como la lógica y las matemáticas, esa lógica aplicada. Ellas no tratan de la realidad, ni siquiera como problema; tampoco de la cuestión del valor, de tal convencionalismo de signos, como es la lógica. La otra condición de los filósofos no es menos peligrosa; consiste en confundir lo último con lo primero. Sitúan lo que se presenta al final, ¡desgraciadamente, pues no debiera presentarse!, los “conceptos más elevados”, esto es, los más generales, los más vacíos, el último humo de la realidad que se evapora, en el comienzo, como comienzo. Se expresa una vez más su manera de venerar: según ellos, lo elevado no debe desprenderse de lo bajo, no debe desarrollarse, en fin… Moraleja: todo cuanto es de primer orden ha de ser causa sui. El origen extrínseco se considera una objeción, algo que pone en tela de juicio el valor. Todos los más altos valores son de primer orden; todos los conceptos más elevados, el Ser, el absoluto, el bien, lo verdadero, lo perfecto; todo esto no puede ser algo posible y, por ende, debe ser causa sui. Mas todo esto tampoco puede ser desigual entre sí, estar en contradicción consigo mismo… Así llegan a su estupendo concepto “Dios”… Lo último, lo más abstracto y huero es establecido como lo primero, como causa en sí, como ens realissimum,… ¡Por qué la humanidad habrá tomado tan en serio las afecciones cerebrales de sutiles enfermos! ¡Bien caro lo pagó! … Mis imposibles. Séneca: o el torero de la virtud. Rousseau: o el retorno a la Naturaleza in impuris naturalibus. -Schiller: o el trompeta moral de Säckingen. Dante: o la hiena que compone sus versos en tumbas.Kant: o cant como carácter inteligible.-Víctor Hugo: o el faro junto al mar del absurdo.-George Sand: o lactea ubertas, o sea, la vaca lechera con “estilo hermoso”.-Michelet: o el entusiasmo en mangas de camisa.-Carlyle: o el pesimismo como almuerzo mal digerido. John Stuart Mill: o la claridad agraviante. Les frères de Goncourt: o los dos Ayax trabados en lucha con Homero. Música de Offenbach. Zola: o “el deleite de heder”. Renan: Teología, o la corrupción de la razón por el “pecado original” (el cristianismo). Testimonio de ello es Renan, quien en cuanto arriesga un sí o no de carácter más bien general se equivoca con penosa regularidad. Quisiera, por ejemplo, aunar la science con la noblesse; pero es evidente que la science pertenece a la democracia. Desea, con no escasa ambición, representar un aristocratismo del espíritu; mas al mismo tiempo dobla la rodilla, y no solamente la rodilla ante la doctrina contraria, el évangile des humbles… ¡De nada sirven el librepensamiento, el modernismo, la ironía, etc., si íntimamente se sigue siendo cristiano, católico y aun sacerdote! Como un jesuita y confesor, Renan tiene la capacidad inventiva de la seducción; no le falta a su espiritualidad la amplia sonrisa de frailuco; como todos los sacerdotes, sólo se vuelve peligroso cuando ama. Nadie lo iguala en eso de adorar de una manera que entraña peligro mortal… Este espíritu de Renan, un espíritu que enerva, es una fatalidad más para la pobre Francia enferma, con la voluntad enferma. Sainte-Beuve: No tiene ni pizca de virilidad; rebosa un odio mezquino frente a todos los espíritus viriles. Vaga sutil, curioso, aburrido, fisgón; en el fondo, mujer, con un rencor y una sensualidad muy femenina. Como sicólogo, un genio de la maledicencia; pródigo, inagotable en medios para tal fin; nadie como él para emponzoñar elogiando. Plebeyo en sus instintos más soterrados y afín al resentimiento de Rousseau: por ende, romántico; pues bajo todo romantisme el instinto de Rousseau clama, rencoroso, venganza. Revolucionario, pero contenido ajustado por el miedo. Sin libertad ante todo lo que tiene fuerza (la opinión pública, la Academia, la Corte, hasta Port Royal). Furioso con todo lo grande en los hombres y las cosas, con todo lo que cree en sí. Lo suficientemente poeta y semi-mujer para sentir lo grande aun como poder; retorciéndose constantemente, como ese famoso gusano, porque constantemente se siente pisoteado. Como crítico, sin criterio ni sustancia, con el paladar del libertino cosmopolita para variadas cosas, pero sin tener valor ni siquiera para admitir el libertinaje. Como historiador, sin filosofía, sin el poder de la mirada filosófica; es, por consiguiente, por lo que en todos los asuntos principales repudia la tarea de juzgar bajo la máscara de la “objetividad”. Muy otra actitud observa ante todas las cosas donde un gusto refinado, gastado, es la más alta instancia; aquí si que tiene el valor de la autoafirmación, el deleite de la autoafirmación ; en esto es un maestro consumado. A juzgar por algunas páginas, una forma preliminar de Baudelaire. Una sugestión para los conservadores. He aquí algo que antes no se supo y ahora se sabe: no es posible la regresión, el retorno, en ningún sentido ni grado. Los fisiólogos, por lo menos, lo sabemos. Mas todos los sacerdotes y moralistas han creído en esta posibilidad; pretendían retraer a la humanidad por la fuerza a una medida anterior de virtud. La moral siempre ha sido un lecho de Procusto. Hasta los políticos han seguido en esto las huellas de los predicadores de la virtud; hay aún partidos que sueñan con la regresión de todas las cosas. Sin embargo, nadie está en libertad de retroceder. Quiérase o no, hay que avanzar, quiere decir, avanzar paso a pasó por el camina de la décadence (tal es mi definición del moderno “progreso” … ). Se puede poner trabas a esta evolución y así estancar, acumular, hacer más vehemente y fulminante la degeneración misma, aunque no se pueda hacer más. Mi concepto del genio. Los grandes hombres, como las grandes épocas, son explosivos donde está acumulado un poder tremendo; su propósito es siempre, en el orden histórico y el fisiológico, que durante largo tiempo se haya concentrado, acumulado, ahorrado y preservado con miras a ellos; que durante largo tiempo no haya ocurrido ninguna explosión. Cuando la tensión en la masa se ha hecho excesiva, basta el estímulo más casual para producir el “genio”, la “magna realización”, el gran destino. ¡Qué importa entonces el ambiente, la época, el “espíritu de la época”, la “opinión pública”! Veamos el caso de Napoleón. La Francia de la Revolución, y sobre todo la de antes de la Revolución, hubiera producido el tipo opuesto al de Napoleón; y lo produjo, en efecto. Y porque Napoleón fue diferente, heredero de una civilización más fuerte, más larga, más antigua que aquella que se venía abajo en Francia, llegó a ser amo, fue únicamente el amo. Los grandes hombres son necesarios, la época en que se presentan es accidental; el que casi siempre lleguen a dominarla depende sólo de que sean más fuertes, más antiguos; de que durante más tiempo se hayan concentrado y acumulado con algún propósito. Entre un genio y su época existe una relación como entre lo fuerte y lo débil, también como entre lo viejo y lo joven; la época siempre es relativamente mucho más joven, floja, falta de madurez, falta de seguridad, infantil. Que prevalezca ahora en Francia una noción muy diferente sobre este asunto (también en Alemania, pero no importa); que allí la teoría del milieu, una verdadera teoría de neuróticos, haya llegado a ser sacrosanta y casi científica, aceptada hasta por los fisiólogos, “huele mal” e invita pensamientos melancólicos. Tampoco en Inglaterra se piensa sobre el particular; pero nadie se aflija. Al inglés le están abiertos tan sólo dos caminos: entendérselas con el genio y “gran hombre”, ya sea democráticamente, al modo de Buckle, o religiosamente, al modo de Carlyle. El peligró que entrañan los grandes hombres y las grandes épocas es extraordinario; les sigue de cerca el agotamiento en todo sentido, la esterilidad. El gran hombre es un final. El genio, en la obra, en la magna realización, es necesariamente un derrochador; el gastarse es su grandeza… El instinto de conservación está en él, en cierto modo, desconectado; la irresistible presión de las fuerzas desbordantes le impide todo cuidado y cautela de esta índole. Se le llama a esto “abnegación”; se ensalza el “heroísmo” de tal actitud, la indiferencia hacia el propio bienestar, la devoción por una idea, por una magna causa, por una patria; pero se trata, sin excepción, de malentendidos… El gran hombre rebosa, se desborda, se gasta sin reservas; fatalmente, involuntariamente, como es involuntario el desbordamiento de un río. Mas porque se debe mucho a tales expansiones se les ha desarrollado una especie de moral superior… Y bueno, es propio de la gratitud humana entender mal a sus bienhechores.
Estar todo el pescado vendido.
Ya hemos visto (libro I, cap. XXII [pp. 525–533]) que la acumulación, la transformación de la plusvalía en capital, constituye por su contenido real un proceso de reproducción en escala ampliada, ya se manifieste esta ampliación de un modo extensivo, bajo la forma de incorporación de nuevas fábricas a las antiguas, o de un modo intensivo, ampliando la escala anterior de la industria. Chicas de alterne en Barcelona Supongamos ahora que su capital fijo haya de renovarse en 10 anos, que amortice, por tanto, 1/10 = 40 libras esterlinas en capital fijo + 400 libras en dinero. Las. reparaciones necesarias, siempre que no excedan del nivel medio, no son sino una inversión de capital hecha a posteriori. Podemos enfocar el problema como sí el capitalista hubiese incluido los gastos de reparación al calcular el valor de su capital, de inversión, en la medida en que éste entra en el producto–mercancías anual, quedando por tanto englobada en él 1/10 de amortización. (Sí las reparaciones necesarias quedan por debajo del nivel medio, eso sale ganando, del mismo modo que sale perdiendo si son superiores a él. Pero estas diferencias se compensan entre sí cuando se enfoca en su totalidad la clase de los capitalistas que operan en la misma rama industrial). En todo caso, aunque suponiendo que, con una rotación anual de su capital global, su de manda anual sea = 5,000 libras esterlinas, es decir, igual a su valor–capital primitivamente desembolsado, no obstante aumenta con relación a la parte circulante del capital, mientras que con respecto a la parte fija del mismo va en constante disminución. Chicas de alterne en BCN Se venden, por ejemplo, tejidos o hilados ingleses con destino a la India. Supongamos que el exportador pague al fabricante inglés (cosa que los exportadores no hacen de buen grado si el mercado de dinero no marcha bien). La cosa se tuerce tan pronto como el propio fabricante repone su capital–dinero mediante operaciones de crédito. El exportador vende luego su mercancía, los hilados o los tejidos, en el mercado de la India, de donde le remiten el capital por él desembolsado. Hasta que este reflujo se opera, se plantea el problema exactamente en los mismos términos que en el caso en que la duración del período de trabajo exige el desembolso de nuevo capital–dinero para mantener en marcha el proceso de producción sobre la escala dada. El capital–dinero con que el fabricante paga a sus obreros y renueva los demás elementos de su capital circulante no constituye la forma–dinero de los hilados por él producidos. Para esto es necesario que el valor de estos hilados refluya ante todo y llegue a Inglaterra en dinero o en productos. Es, lo mismo que arriba, capital–dinero adicional. La única diferencia estriba en que aquí lo desembolsa, no el fabricante, sino el comerciante exportador, quien acaso lo haya gestionado, a su vez, mediante operaciones de crédito. Y antes de que este dinero se lance al mercado no se lanza tampoco al mercado inglés un producto adicional que pueda comprarse con ese dinero y destinarse al consumo productivo o individual. Y si esta situación se mantiene durante mucho tiempo y en gran escala, acarrea necesariamente las mismas consecuencias que antes un período prolongado de trabajo. Chicas de alterne Por consiguiente, los medios de producción, la parte material del capital productivo, tienen que existir ya como capital frente al obrero para que el acto D–T pueda convertirse en un acto social de carácter general. Barcelona scorts
Nil ideo quoniam natum est in corpore, ut uti possemus; sed, quod natum est, id procreat usum Madrid relax Los hombres más espirituales, siempre que sean los más valientes, también viven, con mucho, las tragedias más dolorosas; mas por eso mismo exaltan la vida, oponiéndoles su más grave adversidad. Relax valencia Hasta aquí, hemos partido del supuesto de que los precios y la escala de la producción permanecen iguales, de un lado, y de otro de que se reduce o se extiende el tiempo de circulación. Supongamos ahora, por el contrario, que la duración del período de rotación y la escala de la producción permanecen invariables, mientras que, de otro lado, varían los precios, es decir, bajan o suben los precios de las materias primas o las materias auxiliares y el del trabajo, o el de los dos primeros elementos solamente. Partamos, por ejemplo, del supuesto de que el precio de las materias primas y auxiliares y los salarios desciendan a la mitad. En este caso, sólo haría falta desembolsar, en nuestro ejemplo, 50 libras esterlinas semanales en vez de 100, o sean, 450 libras en las 9 semanas, en vez de 900. Del valor–capital desembolsado se apartan como capital–dinero 450 libras, pero el proceso de producción sigue desarrollándose en la misma escala que antes y con el mismo período de rotación y la misma división en dos partes. Sigue siendo la misma también la masa anual de productos, pero su valor queda reducido a la mitad. Y este cambio, que va también acompañado por una modificación en la oferta y la demanda de capital–dinero, no se debe a una mayor rapidez de la circulación ni a un cambio operado en la masa del dinero circulante. Por el contrario. El descenso a la mitad de valor o de precio de los elementos que forman el capital productivo surtiría primeramente el efecto de que se desembolsase para una industria desarrollada en la misma escala que antes un valor–capital reducido en la mitad, con lo cual la industria X sólo lanzaría al mercado la mitad del dinero que lanzaba antes, ya que empieza desembolsándolo, como es lógico, en forma de dinero, es decir, de capital–dinero. De este modo la masa de dinero lanzada a la circulación disminuiría, por haber descendido los precios de los elementos de producción. Tal sería el primer efecto. Sexo de lujo en Barcelona Fue entonces cuando apareció Marx. Y apareció en directa contraposición con todos sus predecesores. Allí donde éstos veían una solución, Marx vio solamente un problema. Vio que aquí no se trataba ni de aire desflogistizado ni de aire ígneo, sino de oxígeno; que no se trataba ni de la simple comprobación de un hecho económico corriente, ni del conflicto de este hecho con la eterna justicia y la verdadera moral, sino de un hecho que estaba llamado a revolucionar toda la economía y que daba –a quien supiera interpretarlo– la clave para comprender toda la producción capitalista. A la luz de este hecho, investigó todas las categorías anteriores a él, lo mismo que Lavoisier había investigado a la luz del oxígeno todas las anteriores categorías de la química flogistica. Para saber qué era la plusvalía, tenía que saber qué era el valor. Y el único camino que se podía seguir, para ello, era el de someter a crítica, ante todo, la propia teoría del valor de Ricardo. Y así, Marx investigó el trabajo en su función creadora de valor y puso en claro por vez primera qué trabajo y por qué y cómo crea valor, descubriendo que el valor no es otra cosa que trabajo de esta clase cristalizado, punto éste que Rodbertus no llegó jamás a comprender. Luego, Marx investigó la relación entre la mercancía y el dinero y demostró cómo y por qué, gracias a la cualidad de valor inherente a ella, la mercancía y el cambio de mercancías tienen necesariamente que engendrar la antítesis de mercancía y dinero; su teoría del dinero cimentada sobre esta base, es la primera teoría completa, hoy tácitamente aceptada por todo el mundo. Investigó la conversión del dinero en capital y demostró que este proceso descansa en la compra y venta de la fuerza de trabajo. Y, sustituyendo el trabajo por la fuerza de trabajo, por la cualidad creadora de valor, resolvió de golpe una de las dificultades contra las que se había estrellado la escuela de Ricardo: la imposibilidad de poner intercambio de capital y trabajo en consonancia con la ley ricardiana de la determinación del valor por el trabajo. Sentando la distinción del capital en constante y variable, consiguió por vez primera exponer hasta en sus más pequeños detalles y, por tanto, explicarlo, el proceso de la formación de plusvalía en su verdadero desarrollo, cosa que ninguno de sus predecesores había logrado: estableció, por este camino, una distinción entre dos clases de capital de la que ni Rodbertus ni los economistas burgueses habían sido capaces de sacar nada en limpio y que, sin embargo, nos da la clave para resolver los problemas económicos más intrincados, como lo demuestra palmariamente, una vez más, este libro II y lo demostrará más aún, según se verá en su día, el libro III. Siguió investigando la misma plusvalía y descubrió sus dos formas: la plusvalía absoluta y la relativa, señalando el papel distinto, pero decisivo en ambos casos, que la plusvalía desempeña en el desarrollo histórico de la producción capitalista. Y, sobre la base de la plusvalía, desarrolló la primera teoría racional del salario que poseemos y trazó por vez primera las líneas generales para una historia de la acumulación capitalista y para una exposición de su tendencia histórica. Chicas de compañía en Mallorca en la que los puntos indican que la circulación del capital se interrumpe, pero su proceso cíclico continúa, saliendo de la órbita de la circulación de mercancías para entrar en la órbita de la producción. La primera fase, la transformación del capital–dinero en capital productivo, no tiene, pues, más misión que dar paso y servir de prólogo a la segunda fase, a la función del capital productivo. Tantra Madrid En igualdad de circunstancias, el grado de fijeza de un capital aumenta a medida que aumenta el grado de duración del medio de trabajo. De este grado de duración depende, en efecto, la magnitud de la diferencia entre el valor–capital plasmado en medio de trabajo y la parte de esta magnitud de valor que en los repetidos procesos de trabajo transfiere el producto. Cuanto más lenta sea esta transferencia de valor– y los medios de trabajo transfieren valor cada vez que se repite el mismo proceso de trabajo–, mayor será la diferencia entre el capital invertido en el proceso de producción y el capital consumido en él. Una vez que esta diferencia desaparece, el medio de trabajo se agota y, al perder su valor de uso, pierde también su valor. Deja de ser un agente de valor. Y como los medios de trabajo, al igual que todos los demás agentes materiales del capital constante, sólo transfieren valor al producto en la medida en que pierden, con su valor de uso, su valor, es evidente que cuanto más lentamente pierdan su valor de uso, cuanto más tiempo permanezcan funcionando en el proceso de producción, más se prolongará el período en que quede plasmado en él valor–capital constante. putas de alto standing en Madrid
El hecho de que el precio de la fuerza de trabajo previamente señalado por contrato en cada caso se haga efectivo en dinero o se pague en medios de subsistencia no altera en lo más mínimo su carácter, en cuanto a un precio determinado, dado. Sin embargo cuando el salario se abona en dinero resalta con toda evidencia que no es el dinero mismo el que se incorpora al proceso de producción, al modo como se incorpora a él, no el valor, sino también la materia de los medios de producción. En cambio, sí los medios de subsistencia que el obrero compra con su trabajo se engloban en una misma categoría, como forma material del capital circulante, con las materias primas, etc. y se contraponen a los medios de trabajo, este da a la cosa una apariencia distinta. Si el valor de estas cosas, de los medios de producción, se transfiere al producto en el proceso de trabajo, el valor de aquellas otras cosas, de los medios de subsistencia, reaparece en la fuerza de trabajo que las consume y se transfiere también al producto mediante la acción que la fuerza de trabajo despliega. En ambos casos se trata por igual y simplemente de la reaparición en el producto de los valores desembolsados durante la producción. (Los fisiócratas tomaban esto en serio; por ello negaban que el trabajo industrial crease plusvalía.) Así se dice en el ya citado pasaje de Wayland: “No interesa saber en qué forma reaparece el capital… Del mismo modo se transforman las diversas clases de alimento, vestido y techo necesarios para la existencia y comodidad del hombre. Se reúnen y acumulan de tiempo en tiempo, y su valor reaparece…” (Elements of Political Economy, pp. 31 y 32). Los valores–capitales desembolsados en la producción en forma de medios de producción y de medios de subsistencia reaparecen según esto, por igual, en el valor del producto. Con ello se consuma felizmente la operación de convertir el proceso de producción capitalista en un misterio completo y se ocultan totalmente a la vista los orígenes de la plusvalía contenida en el producto. anibcn.com De este modo, puede surgir una plétora de capital–dinero, y no sólo en el sentido de que la oferta de capital–dinero supere a la demanda; esto constituye siempre una plétora puramente relativa, como la que se produce, por ejemplo, en esos “períodos melancólicos” que, al finalizar una crisis, preludian el nuevo ciclo. No en este sentido, sino en el de que una determinada parte del valor–capital desembolsado resulte superflua para el desarrollo de todo el proceso social de reproducción (que incluye el proceso de circulación), quedando por tanto eliminado en forma de capital dinero; una plétora que surge sin que se alteren ni la escala de la producción ni los precios, por efecto de la simple reducción del período de rotación. Sin que en ello influya ni en lo más mínimo la masa –mayor o menor– del dinero que se halla en circulación. masajes barcelona
Ser la última coca cola del desierto.
Cuando el capitalista personifica simplemente el capital industrial, su propia demanda se reduce a la demanda de medios de producción y fuerza de trabajo. Su demanda de Mp es, considerada en cuanto a su valor, menor que su capital desembolsado; compra medios de producción por menos valor que el de su capital y, por tanto, de menos valor también que el capital –mercancías que lanza al mercado. eclipse sexual A. Smith tropieza aquí con la importantísima distinción existente entre los obreros que trabajan en la producción de medios de producción y los que trabajan en la producción directa de medios de consumo. El valor del producto–mercancía de los primeros encierra una parte integrante igual a la suma de los salarios, es decir, al valor de la parte de capital invertida en la compra de fuerza de trabajo; esta parte de valor existe físicamente como una determinada parte alícuota de los medios de producción producidos por estos obreros. El dinero con que se pagan sus salarios constituye, para ellos, una renta, pero su trabajo no crea productos que sean consumibles, ni para ellos mismos ni para otros. Por tanto, estos productos no entran de por sí en la parte del producto anual destinado a alimentar el fondo social de consumo en el que está llamada a realizarse toda “renta neta”. A. Smith se olvida aquí de añadir que lo que dice de los salarios es también aplicable a la parte integrante del valor de los medios de producción que forma, en calidad de plusvalía dividida en las categorías de ganancia y renta del suelo, la renta (de primera mano) del capitalista industrial También estos elementos integrantes del valor existen en forma de medios de producción, de artículos no consumibles; sólo después de convertirse en dinero pueden absorber, con arreglo a su precio, una cantidad de los medios de consumo producido por la segunda clase de obreros y transferidos al fondo individual de consumo de sus poseedores. Con tanta mayor razón hubiera debido comprender A. Smith que la parte de valor de los medios de producción creados anualmente, la cual es igual al valor de los medios de producción que dentro de esta esfera de producción funcionan –es decir, de los medios de producción con que se fabrican otros medios de producción– y representa, por tanto, una parte de valor igual al valor del capital constante invertido aquí, queda excluida en absoluto, no sólo por la forma natural en que existe, sino también por función de capital, de toda parte integrante de valor creadora de renta. dama de compañía “Otra parte paga los salarlos o el sustento de los obreros” (¡y del ganado de labor, añade!) empleados en su producción y la tercera parte la ganancia del colono. Estas tres partes parecen (seem; y en realidad así es: parecen) integrar “de una manera mediata o inmediata … el precio total del grano”.6 Este precio total, es decir, la determinación de su magnitud, es independiente en absoluto de su distribución entre aquellas tres clases de personas. “Se pensará, acaso, que aún se necesita una cuarta parte para reponer el capital del colono y compensar el de mérito y depreciación del ganado de labor y de los aperos. Mas también ha de considerarse que el precio de cualquier elemento de labranza, como puede serlo un caballo de labor, se compone igualmente de tres partes, a saber: la renta de la tierra, sobre la cual se ha criado, el trabajo de atenderlo y criarlo, y los beneficios del colono, que adelanta la renta de la tierra y los salarios correspondientes a ese trabajo. Así pues, aunque el precio del grano pague el precio del animal y su mantenimiento, la suma total se descompondrá inmediata o finalmente en los tres elementos componentes de siempre: renta, trabajo” (salarios, quiere decir), “y beneficio” (libro I, cap. VI, p. 50). escort Madrid Veíamos que, aun en la reproducción simple, todo capital desembolsado, cualquiera que fuese su origen, se convertía en capital acumulado o en plusvalía capitalizada. Pero, en el raudal de la producción, los capitales iniciales desembolsados van convirtiéndose en una magnitud que tiende a decrecer (magnitudo evanescens, en sentido matemático), comparada con el capital directamente acumulado, es decir, con la plusvalía o el producto excedente revertidos a capital, ya funcione en las mismas manos que lo acumularon o en manos ajenas. Por eso, la economía política define generalmente el capital como “riqueza acumulada” (plusvalía o renta transformada en capital) “invertida nuevamente en la producción de plusvalía”,8 o presentada al capitalismo como “poseedor del producto excedente”.9 Este modo de concebir se expresa también, bajo otra forma, cuando se dice que todo capital es interés acumulado o capitalizado, pues el interés no es más que una modalidad de la plusvalía.10 BCN Girls Se recordará que el proletariado rural inglés nos mostraba también fenómenos semejantes. La diferencia está en que en Inglaterra, país industrial, la reserva fabril se recluta en el campo, mientras que en. Irlanda, país agrícola, la reserva rural se recluta en las ciudades, refugio de los campesinos arrojados del terruño. Allí, los brazos sobrantes de la agricultura se convierten en obreros fabriles; aquí, los asalariados urbanos, siguen siendo obreros agrícolas y se ven constantemente empujados de nuevo al campo en busca de trabajo. girlsbcn No será tal vez inoportuno que digamos dos palabras acerca del método seguido por Marx en sus citas. La mayor parte de las veces, las citas sirven, como de costumbre, para documentar las afirmaciones hechas en el texto. Pero hay muchos casos en que se reproducen pasajes tomados de economistas para señalar cuándo, dónde y por quién ha sido claramente formulada por vez primera una determinada idea. Así se hace en todos aquellos casos en que la opinión citada tiene importancia como expresión más o menos certera de las condiciones de producción y de cambio sociales reinantes en una determinada época sin que ello quiera decir ni mucho menos que Marx la reconozca como válida o que esté consagrada de un modo general. Estas citas equipan, por tanto, al texto con un comentario sacado de la historia de la ciencia y lo van siguiendo paso a paso. raquelmimosa La supeditación técnica del obrero a la marcha uniforme del instrumento de trabajo y la composición característica del organismo de trabajo, formado por individuos de ambos sexos y diversas edades, crean una disciplina cuartelaria, que se desarrolla hasta integrar el régimen fabril perfecto, dando vuelos al trabajo de vigilancia a que nos hemos referido más atrás y, por tanto, a la división de los obreros en obreros manuales y capataces obreros, en soldados rasos y suboficiales del ejército de la industria. “La principal dificultad, en la fábrica automática… estribaba… en la disciplina necesaria para hacer que los obreros renunciasen a sus hábitos irregulares dentro del trabajo, identificándolos con la regularidad invariable del gran autómata. Pero, el encontrar y aplicar con éxito un código disciplinario congruente con las necesidades y con la rapidez del sistema automático, era una empresa digna de Hércules, empresa que llevó a cabo Arkwright con su noble obra. Sin embargo, aun hoy día, en que el sistema se halla perfectamente organizado, resulta ya casi imposible… encontrar entre los obreros adultos, auxiliares útiles para el sistema automático.”102 El código fabril en que el capital formula, privadamente y por su propio fuero, el poder autocrático sobre sus obreros, sin tener en cuenta ese régimen de división de los poderes de que tanto gusta la burguesía, ni el sistema representativo, de que gusta todavía más, es simplemente la caricatura capitalista de la reglamentación social del proceso de trabajo, reglamentación que se hace necesaria al implantarse la cooperación en gran escala y la aplicación de instrumentos de trabajo colectivos, principalmente la maquinaria. El látigo del capataz de esclavos deja el puesto al reglamento penal del vigilante. Como es lógico, todas las penas formuladas en este código se traducen en multas y deducciones de salario, el ingenio legislativo del Licurgo fabril se las arregla de modo que la infracción de sus leyes sea más rentable para el capitalista, si cabe, que su observancia.103

