Vicente apagó las luces de su casa, un segundo piso en el barrio granadino de los Alminares.
Salió de casa y cerró la puerta mientras yo le esperaba en el zaguán.
“Llama al ascensor”.
Le obedecí.
Llegó el ascensor, Vicente abrió la puerta y entró.
Bajamos.
En el portal, me cogió con su brazo derecho por mi brazo izquierdo.
“Tu aquí”.
“Tira”, me dijo.
Y nos fuimos hacia Plaza Nueva, el corazón del casco histórico de la vieja Granada, donde Vicente nació ciego perdido hace ochenta años.
En Plaza Nueva me dice hasta el día que hace. Me señala los edificios históricos, los recovecos.
Maldice la plaga de las motos, que ocupan las aceras y hacen un ruido que a los invidentes les anula su capacidad de movilidad autónoma.
Sigue abrazado a mi brazo.
Menos mal que uno ya ha sido padre y tiene un becerro de tres años, jodío como su padre que, si no, me hubiera sentido superado por la responsabilidad de guiarle por las empedradas calles granaínas.
¿Responsabilidad?
Juás.
Vicente se conoce la zona como la palma de su mano. Sin hacer un mal chiste. Es como si la viera.
Por la calle Santa Ana, donde nació, en un momento dado me dice: “Este es el último escalón hasta el próximo puente”.
No falla.
Ahora es cuando debería ponerme meloso y paticorto y contar que Vicente ha superado su ceguera, que el esfuerzo personal y colectivo es necesario, que…
No me da la gana.
Me sirve un escueto:
Gracias, Maestro Vicente.

