“Óscar ha firmado la paz con el que hasta ahora había sido su mayor enemigo: su cuerpo”.
Con esta frase termina el excelente trabajo periodístico de Carlos Morán, que a sus cuarenta años de edad, tiene ya el corazón blandito que no reblandecido el seso.
Ahora es el momento de recordar para mostrarse orgulloso que Carlos y el que esto escribe compartieron pupitre en la Facultad de Ciencias de la Información allá en el Paleolítico superior de los años ochenta.
Lo digo para que quede claro que merece la pena ser periodista e invertir unos buenos cuantos años en la Facultad para aprender este maravilloso oficio, quizá si no el más viejo si el más maravilloso del mundo.
Bueno, hasta que aparece Óscar y los médicos le ayudan a vivir.
Es entonces cuando la medicina brilla a una altura rayana en el milagro.
Y cuando a los periodistas, eso sí, a los buenos periodistas, no les queda más remedio que contarlo.
Eso es lo que ha hecho mi Carlitos Morán con la historia de Óscar.
Ha abierto la Caja de los Adjetivos y los ha repartido a lo largo de una crónica con sabia brillantez: “Es dueño de una simpatía tímida pero traviesa”, describe Morán al estilo Óscar Wilde -no podía ser otro- del joven guatemalteco, por poner solo un ejemplo.
Aunque a veces se queda si ellos, sin sus queridos adjetivos; y no le queda más remedio que repetirlos para lograr un hermoso efecto sonoro :”Es la parte más hermosa de una historia hermosa”.
En fin. Carlos construye frases que son metáforas: “La sonrisa de Óscar nunca naufragaba en la tremenda marejada de temblores y espasmos” y te conduce hasta el final de la historia, donde concluye ya con maestría una faena que puede catalogarse sin tapujos como una buena lección de Periodismo: “Óscar ha firmado la paz con el que hasta ahora había sido su mayor enemigo: su cuerpo”.
PD. Si queréis contribuir a arreglar el mundo, poneros en contacto con Senderos de Maíz , la ONG que ha conseguido que Óscar pueda volver a sonreír.

