“Cuando gobierne bajará el paro”

Un programa electoral es a la política lo que los diez mandamientos para los católicos. Una máxima que se debiera cumplir a rajatabla. Pero los cristianos tienen la confesión, y los políticos las excusas. Ya sabemos todos por dónde se pasan muchos esos ‘mandamientos’ electorales . Sin embargo, esos pecadillos que la gente pasa por alto no son el que anunció el Gobierno este viernes. La madre de los pecados.

Probablemente usted recuerde esa entrevista, con foto de portada en El Mundo, en la que un Mariano Rajoy, líder de la oposición, posa con cara de mucho frío frente a una cola de personas a las puertas de una oficina del paro de Madrid. “Cuando gobierne bajará el paro”, rezaba el titular de esa entrevista que me ha venido a la mente en infinidad de ocasiones. O los diversos tuits y comparecencias públicas que han hecho miembros de su Gobierno al respecto. La vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría lo resumía así en la red social del pajarito: “En este país se creará empleo cuando Zapatero pierda el suyo”.

El PP hizo del paro su caballo de batalla, su ariete contra un Gobierno, el de Zapatero, que había negado la crisis, que estaba noqueado por la virulencia de la misma y que veía como la situación superaba a los suyos. Hasta tal punto lo hizo, Rajoy y la tropa, que si a mí en las catequesis me decían eso de “los diez mandamientos se resumen en dos…”, los populares se tiraron meses diciendo, sin literalidad, que su programa electoral se resumía en empleo.

Lo del viernes fue el harakiri político de Mariano Rajoy. Su suicidio electoral. Tras dos años de impopulares “reformas” o “recortes”, llámenlos como quieran, el Ejecutivo ha asumido que, no tan solo no creará ni un solo empleo respecto a los que se encontró al entrar en La Moncloa, sino que, además, terminará con más parados que entonces.

Rajoy dijo muchas, muchísimas cosas, que no ha cumplido. Subió el IVA pese a decir que no iba a hacerlo. Dijo que sanidad y educación serían intocables y no lo han sido. Que no habría el ‘banco malo’ que hoy en día funciona. Dijo que no habría rescate y lo ha habido, aunque se haya vestido de parcial. Pero esos pecados se le habrían perdonado a Rajoy si el paro hubiese bajado. No será así. Lo admite el Gobierno. Rajoy debe de estar arrepintiéndose de la foto heladora frente a las puertas de la oficina del paro. Y muchos de sus compañeros de partido estarán ya afilando cuchillos.

La placica de Los Burros

¿Saben ustedes dónde cae la plaza del Marqués de Heredia? ¿Y la calle del Conde Ofalia? ¿Saben tan solo que esos dos nombres hacen referencia a un solo hombre? Concretamente a Narciso Heredia Begines de los Ríos, secretario dde Estado, presidente del Consejo de Ministros y ministro de Estado entre otros cargos que le fueran encomendados cuando Almería aún tenía murallas, en el siglo XVIII. No sé lo que pensaría el señor Heredia Begines de los Ríos si levantara la cabeza y viera que los dos honores que se le rinden en esta ciudad, por cierto uno junto a otro, se reconocen con un nombre bien distinto al suyo: plaza de Los Burros. Las cosas son ‘asín’, que dicen muchos parroquianos cuando toman café en algún bar. Por poner un ejemplo, en la Colón, una de las cafeterías señeras de esta ciudad, sito en la placica de Los Burros. Una cosa es lo oficial y otra lo real.

Y digo yo. ¿Tan difícil es que el Ayuntamiento asuma que eso, pase el tiempo que pase, va a seguir llamándose plaza de Los Burros? Yo rompo una lanza por ese maravilloso animal, por sus servicios prestados históricamente a nuestros abuelos. Incluso me parece una gran idea que esta ciudad les dedicara una estatua en su oficiosa plaza. Porque recordar la historia no es solo acordarnos del ministro y presidente del Consejo Heredia Begines de los Ríos, sino que también lo sería acordarnos del servicio de los asnos y otros cuatrípedos que, antaño, cuando en esta ciudad nuestros abuelos eran niños, arrastraban las calesas cargadas de maletas de los ricos burgueses en su ‘largo’ viajar entre sus palacios de invierno, en el Paseo, y sus casas de veraneo, en la lejana Ciudad Jardín.

Rompo una lanza por los burros y su plaza. Puede que incluso el Marqués de Heredia y Conde de Ofalia estuviera de acuerdo conmigo y prefiriera que su calle y su plaza estuvieran en un lugar al que se le conociera por sus hazañas y no por los carros de caballos que hace décadas daban a ese rincón almeriense un trasiego que ahora ha recuperado gracias a las terrazas y las tapas.

 

Inauguración de la plaza, en 2009. / Foto: Manuel Manzano

La pipa amarga

Estaba el otro día, lo prometo, tomando un café en una cafetería de esas en las que la parroquia tira al suelo las servilletas y los palillos mondadientes. Y uno de los parroquianos codo en barra se me acerca. Joven, bastante más que yo. “¿Hoy no toca chérigan?”, me dice. Le sonrío, uno sabe lo que escribe, pero nunca quién le lee. “Si me tomo una caña a estas horas, me tengo que acostar”. No habían dado las 10 de la mañana aún.

El chico me cuenta que tiene 22 años, que ha terminado la carrera y que… No hay trabajo. Así que ha decidido reengancharse en los estudios mientras que no le sale algo. “Así no estoy parado”. Es una historia más de esta puñetera crisis que está dejando a la gente sin trabajo, sin casa y sin sueños. “He echado el currículum en los tomates, a ver si me llaman. Ya ves tu, que cuando estaba en el instituto, mi padre me amenazaba con mandarme a un invernadero si no aprobaba, y ahora estaría contentísimo trabajando en uno”.

La vida es así de agridulce. Cuando estás tan feliz, comiéndote unas pipas disfrutando del sol de una tarde de primavera en cualquier placita, llega una amarga y te jode la tarde. Cosas de la vida.

No es una excepción, el chico este. La crisis ha tocado y hundido a muchos, pero a todos nos ha minado moralmente. No sé si será esa la razón que ha llevado a la almeriense Patricia Rosales, una chica de poco más de treinta años que ha diseñado los zapatos más exclusivos de este mundo, a darse un respiro. “Deseo comunicar, que tras estos últimos años, he decidido tomarme un tiempo para reflexionar a nivel personal y profesional, disfrutar de mi familia, amigos y seguir construyendo un futuro predestinado con ilusión, coraje y amor, poniendo el alma en cada proyecto que brota del corazón”, decía la exitosa diseñadora de moda en una carta que ha colgado en su propia página web.

Son tiempos raros. De pesimismo, de desolación. De pocas ilusiones. Mi colega Andrés Cárdenas, uno de esos hombres a los que no me canso de leer (la vida no será lo suficientemente larga para que un servidor aprenda a decir las cosas con la atractiva sencillez con la que lo hace Cárdenas) recomienda optimismo. En una de sus últimas columnas, nos invita a poner el ojo en esas cosas pequeñas de la vida por las que todos debemos dar gracias. La sonrisa de alguien en el ascensor, la amabilidad del camarero que nos sirve el café, por el olor de las flores o por la existencia del Ibuprofeno.

Quizá sea eso lo que debamos hacer para quitarnos de encima tanta angustia. Eso y escuchar lo que siempre nos palpita bajo la piel. Susanna Tamaro, una escritora italiana que saltó a la fama en 1994 con su libro Va’ dove ti porta il cuore -Donde el corazón te lleve, en su traducción al castellano- ponía en boca de una anciana, en un pasaje de esta obra, un consejo que recuerdo a menudo: cuando no se sabe adonde ir, hay que sentarse, observar, reflexionar. Echar la mirada atrás. Rememorar, sopesar. Y solo después de ese ejercicio, levantarse y marchar. Pero siempre donde nos dicte el corazón.

Puede que esta crisis nos ayude a algo: a pararnos en seco, replanteárnoslo todo y escuchar de nuevo unos latidos a los que no les hacíamos caso entre el ruido de los coches y las facturas de la hipoteca.

“Ponerse las pilas”

Ni los escraches, ni las movilizaciones, ni las manifestaciones, ni la extendida sensación preocupación en amplios sectores sociales… Al final va a ser la pura competitividad. Estaba ayer en un bar, sin compañía, leyendo el periódico en una terraza que bien podría ser declarada patrimonio gastronómico de la humanidad. Echaba un vistazo a las últimas reacciones al decreto que el Gobierno andaluz ha alumbrado contra los desahucios. Y el camarero, con poca faena, me dice, con toda la sorna del mundo: “Van a tener que ponerse las pilas”.

Quien sabe. Lo mismo ni hay recurso al Tribunal Constitucional, pese a que haya habido ya ministros que hayan dicho que el texto autonómico, que permite expropiar el uso de viviendas embargadas durante tres años, choca, a su juicio, con el derecho a la propiedad privada. Lo que queda claro es que en el Gobierno hay desconcierto. En Andalucía, nadie del PP habla de recurso. Y en Moncloa, las declaraciones son divergentes. Por un lado creen que la legislación debe de ser estatal. Por otro dice que estudiarán la legalidad de la norma. Pero lo que realmente se observa es la cara de quien ve que le han ganado el partido en el último minuto.

¿Se pueden tomar medidas? ¿Por qué no se han estudiado todas las posibilidades legales ante una situación que socialmente suscita toda la controversia? ¿Qué ocurre? Cada cual tiene su parecer. Y el parecer de quien realmente importa en este caso, el presidente del Gobierno, aún se desconoce. Habrá que esperar a la siguiente rueda de prensa. Si es que se puede preguntar…

El verbo del paro y el caballo de Troya

 

Oficina de colocación en Almería / M. MANZANO

Estaba tomando un café en la barra de un bar del centro. El sonidillo del móvil me desconcentra de la observación de la parroquia. Un correo electrónico me avisa de que ya han salido los datos del paro. “El paro registrado en el mes de marzo se situó en 81.386 personas en la provincia de Almería”, dice el titular. Aséptico. Como si las palabras se hubieran colocado con pinzas en el comunicado emitido por el Gobierno. Me descoloca el verbo del titular de ese texto oficial del Gobierno. “Se situó”, sin contexto.

¿Siempre se “sitúa” el paro? Nada más lejos de la realidad. “El paro registrado en el mes de noviembre bajó en 541 personas en la provincia de Almería”, rezaba el titular del comunicado que mensualmente envía el Ejecutivo a las redacciones en el caso de dicho mes, el pasado año. “Bajó”, decía en noviembre. ¿Cuál es la diferencia entre uno y otro? No hay que ser muy ávido para darse cuenta: El paro nunca sube, o baja o se sitúa. No para este Gobierno de ahora, también para el de antes.

Mi profesor de redacción de primero de periodismo, un hombre muy sarcástico del que aprendí muchas de las cosas de este oficio, nos repitió hasta la saciedad que la objetividad “no existe”. Ni en periodismo ni en ningún lado. Que, como dice el refrán, cada uno habla de la feria según le va en ella. Que las gafas de cada cual son de un color y que, por lo tanto, nadie puede abstraerse de contar las cosas desde el lugar en el que está situado. Si el crítico teatral está en la última fila no verá lo mismo que si está en la primera, o que si observa la obra desde un palco. No es otra cuestión, es mera posición previa.

“Lo más peligroso no es la opinión, que todo el mundo entiende que es propia y personal”, decía entonces mi profesor, “sino el caballo de Troya de la información”. Efectivamente. Por eso mismo el paro nunca sube, sino que se sitúa. Mucho más aséptico, aunque descontextualice y desoriente al personal. Troya en un comunicado de prensa.

Eppur si muove

Acababa de retirarse la camarera tras servir dos copas de vino y una cerveza. Ni corto ni perezoso le suelto a mi amigo Pepe, El Tomillero, una pregunta de esas que no se responden con un sí o con un no. De esas que cortan el aire, como cuando un niño pregunta por primera vez que de dónde vienen los bebés. “Pepe, ¿qué es el periodismo?”. No duda ni un mísero instante. “El periodismo es una filosofía de vida”.

Era viernes, y en el coche llevaba como único equipaje las ganas y la incertidumbre de una nueva etapa. Pepe, mi amigo, ese al que le gusta que le llamen El Tomillero, el que disfruta con la Navidad igual que un niño de parvulario, el despistado, el trasto, el que ha repetido hasta la saciedad que la felicidad está en las pequeñas cosas -y no precisamente en los pequeños ferraris o en los pequeños chalés de playa- me reducía a siete palabras la duda existencial que muchos nos preguntamos, así, sin paliativos, cada mañana sin excepción cuando abrimos los ojos para apagar el despertador.

No había llegado aún el chérigan de atún cuando me decía, cual sentencia absolutoria, que el periodismo vale la pena, que renunciar a practicarlo es querer matarse uno mismo día a día. Y que, como dicen que dijo Galileo tras evitar la pira, eppur si muove.

Ya sea en papel, por twitter, en digital, en analógico, de viva voz, a través de ondas o cualquiera que sea el método, esa filosofía de vida a la que se refería El Tomillero “seguirá existiendo siempre”. “Es cuestión de reinventarse”. Lo dice con conocimiento de causa. Su propia vida es una reinvención diaria. Cuando se le ve pasear, con la tableta bajo el brazo, por las calles del campus de la UAL, El Tomillero se está reinventando en esa Almería suya a la que llegó de su exilio particular con una maleta cargada de ilusiones, algunas de las cuales forman ya parte de la historia de esta tierra. También cuando compra pan de centeno en alguna panadería familiar de una callejuela estrecha de un barrio cualquiera de Almería. O cuando muestra con orgullo y una sonrisa placentera la foto de su pequeño ‘Tomillerillo’, una calcamonía de pequeñas dimensiones que se ha convertido en la alegría de su casa.

De esa reinvención quizá debamos aprender todos. Adaptarse a una realidad cambiante, agria, dura, pero estimulante. Como la plastilina se amolda a las formas exteriores que idea y trabaja la mano de un niño.

Brindamos. Pepico El Tomillero sonríe y me cuenta sus planes de fin de semana. Playa, paseos, disfrutar del viento, del sol. Quizá alguna procesión… Pero siempre en la mejor de las compañías. Y yo que lo vea.

“No hay dinero”

Tras cinco días de debate monopolizado en Almería –de nuevo– por el soterramiento, me voy a permitir romper una lanza por Rafael Hernando. Ha desvelado la noticia más políticamente incorrecta de cuantas pueden darse en esta ciudad: el soterramiento, si no hay un milagro, se ha descartado. Adiós. Au revoir. Bye bye. Bon voyage.

Muy valiente el señor Hernando. En esta maniobra del despiste a la que juega el PP, en el “sí pero no”, pero “puede”, “no descarto”, “no hay dinero”, “nuestra prioridad es el AVE”, “habrá que esperar”, etcétera, nadie se ha atrevido a desmentir categóricamente a Hernando. Aunque haya quien se haya atrevido a decir que las palabras del diputado “se han malinterpretado” –el clásico matar al mensajero– esta ausencia de desmentidos rotundos y vehementes resulta per se una confirmación de sus valientes palabras rompiendo la espiral de silencio de lo políticamente correcto.

Lo llamativo es que esta mala noticia, tras consensos y acuerdos, firmas y apretones de mano, la dé un diputado y no el alcalde de la ciudad, Luis Rogelio Rodríguez-Comendador, que se presupone debería estar al día, conocerlo, trasmitirlo a quienes le han elegido para estar al frente entre otros también de este proyecto, y buscar alternativas factibles y convincentes. Es el máximo dirigente de esta ciudad, para lo bueno y para lo malo. El día en el que Fomento eliminó de las cuentas públicas la partida con el epígrafe “soterramiento en Almería” habría sido un buen momento para decir a las claras lo que ha tenido que trasmitir su compañero Hernando un año después, que el soterramiento fue una entelequia en la que no van a gastar un céntimo.

En cualquier caso, el desasosiego de este hasta nunca al soterramiento es que llega tras décadas de lucha, consensos y disensos y, sobre todo, de años de escuchar a unos y otros, de un partido y de otro, como afirmaban que se trabajaba en avanzar en el proyecto. Si cada una de las veces que un político almeriense ha dicho que estaba “trabajando” por hacer realidad el túnel se hubiera remangado la camisa y se hubiera prestado a pegar una palada, una sola por cada vez que se ha pronunciado la mágica palabra vacía de contenido, el tren pasaría bajo tierra desde hace años.

Quizá nunca hubo interés de unos (o de todos) en un proyecto sobre el que Comendador, en el año 2000, avanzaba un argumento de radiante actualidad. “El debate no es el soterramiento, sino quitar las vías”. El caso es que éste no ha sido el mantra derramado por el PP. Ha sido el “no hay dinero”, que se ha convertido últimamente en el comodín de la baraja para rechazar lo que molesta, lo que no gusta, ya sea una obra o un servicio de urgencias sanitarias.

Porque dinero hay para lo que se quiere. No hace falta que me remonte a los soterramientos de Cádiz, Córdoba, Sevilla, Málaga, Castellón o Logroño, por poner un puñado, que ya son una realidad. Me refiero a proyectos actuales, el soterramiento del tren en Granada que ayer presentaba su alcalde, el también popular José Torres Hurtado. Allí habrá dos kilómetros de túnel, justo lo mismo que se proyectaba en una Almería para la que “no hay dinero”.

Quizá la razón certera sea de peso, y no me refiero precisamente a la pasta. Los acontecimientos muestran que dinero hay (y lo ha habido) para lo que se estima necesario o importante. Y como prefiero dudar de que el puerto de Almería y la llegada a los muelles del tren y sus correspondientes mercancías se consideran innecesarios o carentes de interés por quienes nos dirigen, me da por pensar que la razón será, en cualquier caso, de peso. De peso del de verdad: de la falta de peso político de esta arrinconada provincia. Aunque siempre podrán decir que la culpa es del resto, del déficit, de la economía sumergida, de que hoy llueve o de los actores que protestan en los Goya y no tributan en España. O del chachachá.

No se enteran

Está claro cuál es el motivo que está generando el desapego generalizado de la sociedad con la actual forma de hacer política: la desazón. Desazón por cómo se actúa ante los casos de corrupción, desazón por el ‘y tú más’, desazón por los privilegios de la clase política que pocos entienden en una época de crisis… Desazón porque no se enteran de lo que ocurre en la calle.

Ayer, el senador popular Eugenio Gonzálvez lanzaba este mensaje en Twitter: “Durante los 7 años de gobierno de Zapatero hubo 350.000 desahucios donde estaban esos señores que ahora se manifiestan tan violentamente…”. ¿Les digo yo dónde estaban? En la Huelga general que se le hizo a Zapatero. O en las plazas del 15-M. O en las plataformas de afectados por la hipoteca que hay por todo el país. Y lo de “violentamente”, lo dice el señor Gonzálvez, está claro. Porque me da a mí que violencia es otra cosa, no llevar casi millón y medio de firmas al Congreso para que se discuta por parte de quienes legalmente les representan -que lo hagan efectivamente, eso ya es otro cantar- algo que consideran justo.

Violencia es otra cosa, no llevar una ILP al Congreso. Y sí, estaban ahí, protestando, siempre pacíficamente, en la plaza de Juan Cassinello de la capital almeriense, casi frente a la sede del partido de Gonzálvez, donde acamparon durante algunas semanas miembros del 15-M. O protestando ante los lanzamientos judiciales de desahucio. O recogiendo firmas en la calle. Ahí estaban protestando, diciendo que no quieren esa forma de hacer política y que quieren ser escuchado. Y sí, gobernaba Zapatero. Igual que ahora con Rajoy. Aunque quizá Gonzálvez no los viera.

Gracias por la radio

Llevo tiempo queriendo escribir esto. Sobre todo en un momento en el que todo está en cuestión, incluso el periodismo que tanto bien ha hecho, hace y hará a este país y a su democracia pese a que algunos la pongan constantemente al borde del precipicio.

Si soy periodista por algo, se lo debo a la radio. A ese aparatillo a pilas que cualquiera de nosotros puede llevar donde quiera. Ese barato transistor que lleva dentro historias, noticias, voces de cuento, de reportero antiguo y moderno. A la radio, lo que representa, y a mi padre. Fue él quien me abrió de par en par ese maravilloso mundo.

No alcanzo a recordar un solo día de mi vida en el que no haya pulsado el botón de enchufado del transistor. Desde que tengo memoria, recuerdo los madrugones de mi padre con las noticias de fondo mientras se duchaba y se afeitaba. También el café con leche recién hecho -en mi caso, un ‘colacao’- con las mismas voces profundas anunciando la actualidad de la jornada cuando mi voz aún no había conseguido lanzar ni una sola palabra. Recuerdo esos trayectos hasta el ‘cole’ con la emisora enchufada. Y recuerdo las tardes de ‘Ventana’ con Javier Sardà y su Señor Casamajor mientras hacía los deberes.

Cuando por primera vez encaré la calle Caspe, donde se ubican los estudios de Radio Barcelona (la SER), donde tuve el placer que nunca olvidaré de pasar algunos meses de becario, la sensación indescriptible se tradujo en un frío entrecortado y piel de gallina. La que sentía al ver a mis ‘mayores’ al salir o entrar de las ‘peceras’. La que me erizó el vello cuando reconocí la voz de un Luis del Val que escribía en un ordenador de la redacción de informativos de esa casa. La que me embargó al conocer a Xavi Saisó o a Carles Francino, dos genios humildes, dispuestos a la charla con ‘el becario’, con una sonrisa siempre en la cara.

Desde entonces, desde que comencé a experimentar con la radio antes de ir al ‘cole’ y hasta hoy, en la que la radio me acompaña a todos lados, han cambiado las voces, las emisoras, incluso la manera de hacer sonido en las ondas. Lo que no ha cambiado ni un ápice es la forma en la que la radio forma parte de mi vida, igual que de la de miles, millones, de andaluces, de españoles, que no se duermen sin haber escuchado un ratito su emisora.

Hoy, día mundial de la radio, este trozo de nuestras vidas merece un homenaje. Y yo se lo brindo a mi padre, mi cicerone en este mundo. Seguro que ustedes tienen el suyo.

Cara y cruz: El fracaso de Mas, la victoria de Duran

Duran i Lleida y Mas, anoche. / REUTERS

 

CiU nunca ha sido, en esencia, un partido soberanista. Nunca. Ha sido patriótico, catalanista, nacionalista… pero no soberanista. Y ni siquiera el momento de especial coyuntura económica, en el que la crisis y el paro provocan situaciones difícilmente asumibles en otros momentos, en el que el descontento de la ciudadanía hacia la política tradicional y unos partidos mayoritarios que no sacan al país de la crisis, aúpa a posiciones más polarizadas que en los tiempos de bonanza, se ha demostrado que ésta deba ser la posición de los convergents. Cuando Mas convocó elecciones lo hizo con un mensaje claro: una mayoría muy superior a la que tenía para tirar endavant con su proyecto de construcción nacional. Y ahí, Mas ha fracasado. Se ha dado de bruces. Rotúndamente.

Ayer, muy veladamente, eso sí, asumía su derrota, que pasa por una importantísima pérdida de escaños (el 20%) y por un ‘recorte’ a sus aspiraciones soberanistas. La gente no quiere aventuras. Y quien las quiere, prefiere siempre a quien las defendió a las duras y a las maduras. De ahí el importantísimo crecimiento de Esquerra Republicana de Catalunya. Quizá por este crecimiento, en un importantísimo trasvase de votos por la qüestió nacional pero también por un férreo rechazo a la política de recortes del Govern de Convergència, Mas echaba ojitos a Oriol Junqueras, quien de golpe y porrazo ha llevado a ERC a cuarta segunda fuerza parlamentaria y se sitúa, dependiendo del devenir de las negociaciones, como potencial jefe de la oposición.

Está claro que de la situación de difícil gobernabilidad en la que ha caído Cataluña el responsable es Mas. Ayer, sin embargo, echó balones fuera. Sabe que no puede gobernar solo. Ni lo sueña. Su error de cálculo ha sido de magnitudes colosales. Así que pidió a Esquerra “responsabilidad”. “No nos podemos hacer responsables únicos [del Gobierno]”. Está claro, senyor Mas. Así que quien comparta Govern tendrá que hacerlo con aspiraciones soberanistas y asumiendo como propios los recortes. Si ERC quiere consulta, tendrá que ser socio también de la tijera.

Así las cosas, ¿quién venció ayer? ERC y Ciutadans, polos opuestos en el fiel de la balanza. El PP no puede hacer otra cosa que suspirar pese a que sus resultados son, ojo, los mejores de su historia (con un escaso 13,03% del sufragio). Y el PSC, que perdió ayer 50.000 votos, se siente aliviado después de observar que la debacle que le auguraban las encuestas no se confirmó… del todo. Iniciativa per Catalunya cumplió el guión y asumió prácticamente todo el voto descontento del socialismo.

Pero sin lugar a dudas, la gran victoria de ayer fue de Josep Antoni Duran i Lleida. El líder de Unió Democràtica de Catalunya (la otra pata de CiU) demostró sin palabras, por la vía de los hechos, que el mensaje soberanista, del que nunca han sido partícipes, no es sino un camino a ninguna parte en una coalición conservadora cuya base electoral no está por la labor de aventuras sin destino claro. Ayer ganó la esencia de CiU: la moderación, el tirar sin romper la cuerda, el bailar con quien sea necesario. El seny que esconde la rauxa. ¿O es que se olvidó CiU de lo que era ‘el oasis catalán’?

Ideal.es

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