¡Cómo hemos cambiado! La frase no solo vale para ver el crecimiento urbanístico. Cómo las ciudades y pueblos de Almería han pasado de ciudades y pueblos pequeños a ciudades y pueblos grandes (pinche aquí). O para ver cómo de nuestros televisores en blanco y negro con la Primera, la Dos y, algo más tarde, Canal Sur, hemos pasado a una treintena de canales -si es que usted no cuenta con tele por cable- que ver en una tele plana. También sirve para ver nuestros actuales modos de vida.
Este fin de semana el Patronato Provincial de Turismo ha llevado a Londres su campaña Embajadores de Almería. Una acertada línea de trabajo que busca ubicar a los almerienses donde ya estábamos, en la defensa de nuestros monumentos, de la belleza de nuestras ciudades, de la excelencia de nuestras playas, de la tranquilidad de nuestros pueblos, de unos paisajes de contrastes que van, en poco más de media hora de coche, de las blancas cumbres de Sierra Nevada a los verdes paisajes de Los Vélez, a las desérticas ramblas de Tabernas y a las paradisiacas playas entre pitas de Cabo de Gata. El ‘boca oreja’, esa operación de márketing incomprable en la que Almería ha tenido siempre todas las de ganar.
Porque los almerienses nos quejamos de Almería, mucho, muchísimo, pero lo hacemos entre nosotros. Que si viene uno de Madrid, de Barcelona o de Valencia, le cantamos las excelencias de nuestro paisaje, nuestro clima y nuestra particular calidad de vida. Que para quejarnos, ya tenemos la barra de bar y el vecino del barrio, que ‘padece’ como nosotros lo que representa vivir en una tierra alejada del mundanal ruido. Pero esa es otra cuestión.
Pues bien. En ese evento, en el Potter Fields Park, en pleno corazón de Londres (Reino Unido), junto al Támesis, se concentraron un par de centenares de españoles. Esos sí que son embajadores de nuestra tierra. Son, de hecho, nuestra gente. De todo. Jóvenes que aprenden inglés. Turistas que, casualidades de la vida, coincidían con el evento almeriense, que se cruzaban con el Indalo de colores. Pero también decenas de esos jóvenes que la maldita crisis ha exportado por doquier y que se buscan la vida como buenamente pueden pero como indeseablemente no les es posible hacerlo en su país, en su tierra, en su Almería. Las víctimas del paro, de la recesión, de los recortes. Una de las caras más amargas de esta nueva realidad impensable hace tan solo un lustro.
Supongo que a muchos de los que allí fueron les estranguló la morriña de una tierra de la que son exponente pero de la que han tenido que salir por patas por esta desgraciada crisis. De la que son embajadores a la fuerza. Porque en Londres hay de todo: gente que habrá triunfado y que se gana la vida como jamás habría soñado hacerlo aquí, pero también arquitectos o ingenieros o médicos o periodistas que dan clases de español, sirven cafés o limpian habitaciones de hotel. Habrá gente que viva en una casa victoriana de Notting Hill, pero también quien compara un apartamento con otros siete u ocho inmigrantes de medio mundo porque el sueldo le da para vivir, para enviar algo de dinero a su familia y poco más.
Antes, quienes tenemos espíritu emprendedor y algo aventurero observábamos con cierta envidia a quien había hecho su particular camino a ‘las américas’. Aquellos a los que el devenir del destino les había llevado a vivir experiencias más allá de los Pirineos, a varias horas de vuelo. Ahora, la cosa ha cambiado. Miramos al almeriense del extranjero con otros ojos. Ahora no somos solo turistas o embajadores por ‘placer’. Ahora, nos guste o no, lo demuestran las estadísticas, también somos embajadores porque no hay otra. Porque la cruda y dura realidad nos ha empujado a serlo.




