El síndrome del cetro

El bastón de mando provoca comportamientos inéditos y contradicciones verbales que, vistos desde fuera, provocan sonrojo. También desde dentro. Son pocos, pero en algunos casos, con un café de por medio, al margen de los micrófonos, algún comprometido militante de carné se confiesa y observa su contradicción ideológica, la de su partido, con el propio mensaje oficial de sus líderes. Sobre todo cuando se ha repetido hasta la extenuación que no se va a hacer lo que luego, sin capacidad ni siquiera de sonrojo por la premura de la situación, se ha tenido que hacer, ya sea por la voracidad de la crisis económica, ya sea por las presiones infligidas por los socios de los compromisos internacionales del país.

Puede que esta situación de contradicciones, que ahora ya afecta a diestro y siniestro -hasta en IU van a tener que defender recortes desde el ejecutivo- pudieran ser definidos como síntomas del poder. Algo así como el ‘síndrome del cetro’. El bastón obliga a revertir los mensajes, la dialéctica, a una acción que no siempre se corresponde con las palabras. Vamos, eso de que ‘las palabras se las lleva el viento’ de toda la vida, pero desde San Telmo, Moncloa o el ayuntamiento de turno. Donde dije Diego, digo crisis… Antes se preveía esta disyuntiva entre mensaje y hechos. Ahora se lee a las claras en los rechazos a los recortes del adversario y la asunción de buen grado de los propios.

Dado que aquí todos o casi todos los que tienen cetro padecen el mismo síndrome -pese a que unos le echen la culpa a Zapatero y otros a Rajoy, mejor sería admitirlo. Reconocer que las cosas no son como se esperaban. Quizá así, hablando con claridad, pero sin culpar al resto de los males del cargo, más bien al contrario, reconociendo que estamos todos en el mismo barco mejore la imagen pública de la política y evite la balcanización en la que han entrado otras democracias, como la griega, por ejemplo.

Azul, el color del amor, el color del dinero

En esta vida no todo es blanco o negro. Hay grises oscuros, marengo, blancos rotos, colores crema, o grises perla. Y lo mismo ocurre con los azules, con esos colores del mar que han invadido prácticamente todas las calles del centro de Almería y de muchos de sus barrios.

El azul puede ser también el color de amor. Quien sabe. Esta mañana he visto como más de veinte personas hacían cola frente a una de esas maquinitas nuevas que, con la ‘P’ mayúscula en la cima, convocan a la ciudadanía a rascarse el bolsillo y echar unas moneditas. La cola apenas avanzaba. Y como a mal tiempo, buena cara -en este caso un tiempo excepcional, con el ‘lorenzo’ cayendo de pleno sobre los paseantes- la indignación de tener que estar parados, en pie, a la espera de sacar el tique de la zona azul crea nuevas sinergias, nuevas empatías en la ciudadanía.

“Vaya, pues otra vez aquí, esperando…”, podría decir el chico, que todos los días, de buena mañana, se encuentra con la chica a la que veía constantemente pero con la que no había tenido oportunidad de cruzar palabra. “Ya ves… A este paso nos vamos a hacer amigos”, le podría contestar ella.

Antes, no hace tanto, el motivo para cruzar las primeras palabras podría ser el manido “¿tienes fuego?” en cualquier discoteca o pub. O ese otro -incluso de mal gusto- “¿estudias o trabajas?”. Ahora, puede haber otros motivos. Y yo me imagino a esa pareja de jóvenes, intercambiando palabras a diario. Diciéndose buenos días al calor de la lenta maquinita expendedora de tiques que agolpa a la gente ante la inexistencia de otras cercanas. Y mira, uno que tiene un corazoncito, se pone romántico.

Quién sabe si algún día, ayudándose entre sí a introducir los números de la matrícula, alguno de los dos decidiera pedir el número de teléfono. Quién sabe si más tarde, al tiempo, en vez de dos tiques de zona azul, solo tuvieran que sacar uno, el del coche compartido… Es mucho imaginar, pero poniéndonos a darle vueltas a la cabeza, quién sabe si el día de la mañana, la declaración de amor puede llegar en forma de tique del ORA. Porque la maquinita deja, eh, y si no vean la prueba.

Ocurra o no ocurra, a un buen amigo se le ha venido a la mente otra idea para positivizar las nuevas costumbres de la zona azul. Visto que a diario, y prácticamente a todas horas, ordas de personillas se agolpan frente a la maquinita de los tiques para sacar el papelito, y que las lentas máquinas les obligan a estar algunos minutos bajo el duro sol almeriense, ha pensado que lo mejor es hacer de esa ‘mala suerte’ una posibilidad de negocio. “Este verano, pongo una sombrilla al lado y con una nevera vendo cervezas y refrescos. Me voy a hacer de oro”. Todo es cuestión de probar…

Emparedados

Menudo papelón le espera a Griñán. Se ha metido en medio de un bocadillo en el que por abajo y por arriba le van a llover críticas y sinsabores. Está, en cierto modo, emparedado. Y junto a él, de compañero de viaje, una Izquierda Unida institucional que deberá verse cómo asume el estar por primera vez en la trasera de las mesas de despacho. Griñán sabe la que le espera, que le puede caer verdadera lluvia ácida. Y de ahí el Gobierno ‘duro’ planteado por el ‘bipartito’ -Susana Díaz, consejera de Presidencia, es de los mordedores de la política-. Parece una preparación para las hostilidades.

A las de abajo ya está acostumbrado. El PP lleva tiempo gobernando en prácticamente todas las grandes ciudades del territorio andaluz, y utiliza los alcaldes como munición en contra del Gobierno de la Junta. PGOU, infraestructuras, transferencias económica… Cualquier excusa es buena para disparar a discreción -con o sin razon- ante el Gobierno que lideran los socialistas.

A la de arriba, se habituó durante un tiempo, los ocho años de José María Aznar. Pero la salvedad de este tiempo está en una crisis económica que está llevando al Ejecutivo de Mariano Rajoy a la adopción de medidas de recorte que dificilmente casan con las políticas keynesianas y socialdemócratas que lleva el PSOE en su ADN -y que en los últimos tiempos se había pasado por alto con José Luis Rodríguez Zapatero-.

Entre estas dos paredes, un Gobierno al que se le recorta el pienso económico por una caída brutal de los ingresos por impuestos y con las materias más socialmente sensibles en su gestión: sanidad y educación.

Por eso, “prietas las filas”. Así lo definía un colega de profesión. Lástima que la población esté cada vez más hastiada de guerras y, quizá por ello, corrientes políticas con un espectro limitado estén acrecentando sus posibilidades electorales. Miren si no a Francia y Grecia.

Se aceptan buenas noticias

Viñeta de Fritz publicada en La Voz de Cádiz en agosto de 2009

 

Parece una obviedad, pero no lo es. Acepto buenas noticias. Pero no de puro márketing. Quiero contar historias bonitas. Gente que se ayuda, que consigue salir del hoyo, que ha sido solidaria, que ha encontrado una casa, un empleo, que ha visto la luz tras pasar el túnel. Hasta ahora ver la lista de teletipos, las noticias de la tele, hojear y ojear el periódico, se ha convertido en un trance de continuas malas noticias en una espiral que, igual que la economía, nos está engullendo.

No se trata de esconder lo malo. En absoluto. Está ahí, es obvio. Lo vemos, lo palpamos y lo sabemos todos. Sino de sacar a la luz las historias bonitas que, en esa vorágine de reformas, recortes, sablazos, estadísticas de empleo, de PIB, de morosidad, de ejecuciones hipotecarias, de prima de riesgo, de IBEX 35 y de centenares de indicadores y medidas por el estilo -por no hablar de temas como Siria…- quedan tapadas en una cotidianeidad de teletipos, declaraciones y hecatombes pronosticadas.

En serio, los periodistas -con humildad, un servidor en el grupo de cabeza- estamos esperando que lleguen. Pero no damos con ellas. No por falta de olfato, sino porque estas historias quedan casi siempre soterradas -perdonen el uso de este doloroso término- en el anonimato. Gente solidaria que cede lo poco que tiene por los demás. Personas que, tras un duro trance, han encontrado una mano a la que asirse para salir del atolladero. Haberlas haylas, pero queremos conocerlas y contarlas.

Si conocen alguna, si quieren contarnos su historia bonita, estamos a su disposición. Mi correo, lo saben, es mcarceles@ideal.es. Nosotros, quienes contamos la realidad, también queremos contar cosas bonitas. Aunque la cruda y dura realidad nos lo impida prácticamente a diario.

¿Dónde se han metido?

Supongo que no debo ser el único que se ha hecho esta pregunta. ¿Dónde están los coches? ¿Por qué hace una semana no había modo de encontrar un aparcamiento en el Parque de Nicolás Salmerón, en la calle Álvarez de Castro o en Hermanos Machado, por poner tres calles, y ahora se puede aparcar allá donde se quiera?

La pregunta no es ingenua. Ya sé lo de la zona azul… bla bla bla… lo de aparcar dos horas… bla bla bla… lo de que el Ayuntamiento haya subido los precios de aparcamiento en plena crisis económica y con el paro al treinta y tantos por ciento… bla bla bla… ¡¡¡pero, la gente sigue estando en el centro!!! Los taxistas dicen que no hacen más servicios. Las bicis… digamos que no se ven por doquier. Y los aparcamientos subterráneos están visiblemente igual de llenos que hace siete días, o menos. Sí, menos, porque hay quien optaba, obligado por la situación, a dejar el coche en el parking ante la imposibilidad material de encontrar un lugarcico en el que dejarlo bien aparcadico, aunque fuera con un tique de esos.

“Yo no sé… la gente se los habrá comido. O habrán hecho llaveros”, me dice un ‘colega’. Pues debe ser. Porque los buses tampoco van rebosantes. Y quien se ha tomado en ellos la alternativa -aunque sea por probar- no está muy por la labor de repetir. “El servicio de esto no es tan bueno como para que nos hagan pagar ahora tanto por aparcar”, decía una ávida señora, tique se bus en mano, sentada en una silla de la línea 30. Normal… ¿han visto ustedes alternativas de transporte a la zona azul? ¿han potenciado las líneas de bus? ¿han abaratado los costes? ¿pasan los buses más frecuentemente? ¿Hay buses para los que vuelven a casa tarde?

En fin, si encuentran ustedes dónde están los coches -pero no tres o cuatro, sino los miles que aparcaban antes por el centro y ahora han desaparecido- díganmelo. Porque estar, tienen que estar. Aunque sea camuflados bajo las endémicas líneas azules.

Agravios comparativos

Las comparaciones son odiosas, está claro. Y en fechas de apreturas, mucho más. Ya no solo por la amnistía fiscal, que sitúa a los defraudadores en una situación de privilegio frente a aquellos que han cumplido con sus obligaciones tributarias. Ahora también por el propio sistema burocrático implementado en lo que el Gobierno sigue llamando ‘ajustes’ y no tijeretazo, recorte, sablazo o algo por el estilo.

En su discurso de investidura, Rajoy prometió a los autónomos y a las pymes que eso de adelantar el pago del IVA pese no haber cobrado las facturas se iba a acabar. Es normal, puesto que eran los pequeños empresarios y trabajadores por cuenta propia quienes tenían que asumir la carga financiera del Estado pese a estar en situación de impago. Sin embargo, cosas de la vida, eso no va a ocurrir con los jubilados. Esos señores que mayoritariamente tienen unos ingresos ínfimos para su subsistencia -en Almería la pensión media se sitúa en 671,13 euros, la tercera más baja del país- tendrán no obstante que adelantar el 10% del coste de sus medicamentos que, más tarde, les devolverá el Estado.

Yo veo aquí un agravio comparativo. Pero claro, quien sabe. Lo mismo el anuncio de lo del IVA se queda en anuncio. Igual que se quedó en anuncio la promesa de Rajoy de reducir el déficin sin tocar educación o sanidad, la de no subir impuestos, o la de hacer una reforma laboral sin abaratar el despido. En fin, que las palabras se las lleva el viento. Y como leí hace poco en Twitter, el voto es individual, secreto e “irreversible”.

Libros vs. monstruos

Me parece una pena que seamos tan permeables a algunas tradiciones ajenas como el Halloween americano y tan poco a otras tan bonitas como Sant Jordi. Yo, por mi parte, ya he hecho mi aportación. ¿Qué les parece?

 

Polvo bajo alfombras tunecinas

Entramos en uno de esos restaurantes de plato de ala ancha, grandes como el sombrero de un picador, y en los que la comida, reducida, baila en el centro entre salsas y adornos. Gourmet, que les llaman ahora, y que antes llamábamos simple y llanamente caros o pijos. Y resulta que lo que en la carta es una “Mélange de verduras de hoja ancha y frutos rojos a la salsa vinagreta” era, ni más ni menos, que lo que mi abuela llama “ensalá”, esto es, lechuga, tomate, aceite, vinagre y sal. Por la primera uno está dispuesto a pagar 30 euros –si los tiene– y por la segunda, no pagaría más de 6. Y porque el mantel es bonito.

Es la sensación que tengo cada vez que observo el modo en el que el lenguaje de quienes nos representan se ha convertido en un artificio que más que aclarar pretende ser una tapadera. Una nueva versión de dialéctica barroca que eufemísticamente pretende esconder lo que hay cubriéndolo de flores de colores. Como quien vierte el contenido del recogedor tras barrer debajo de una hermosa alfombra tunecina.

Cuando esta situación se observa, uno tiene dos modos de actuar: pasar soberanamente o que el hervor de la sangre le lleve a maldecir al primero que pase por la puerta. Cuando uno está bien, plácido, lleno y con dinerito en el bolsillo, puede que opte, natural y fácilmente, por la primera opción. Pero cuando la situación está como está –no hace falta que recuerde los datos del paro y las últimas medidas emprendidas por el Gobierno– la segunda de las opciones sale sola, irreverentemente, sin que tengamos la posibilidad de contenerla. Por muy pacíficos y buenistas que pretendamos ser.

Observemos. Un recorte, un tajo, un sablazo, es ahora un “ajuste”. Esconder las partidas de un presupuesto público es hacer unas cuentas “de geometría variable”. Una merma en el estado del bienestar es ahora una “reforma estructural”. La extensión de la zona azul y la subida de las tasas es una “adaptación” para que el aparcamiento sea “en rotación”. Pagar más por los medicamentos es “asegurar el sistema sanitario”. Subir la edad de jubilación es “asegurar la sostenibilidad de las pensiones”. Y subir el número de alumnos por clase y no suplir las bajas de corta duración en el profesorado es una “medida que no afecta a la calidad de la enseñanza”.

Es como si cuando mi vecina me cuenta que el día anterior le dieron un tirón del bolso al volver del ‘curro’ lo dijera así: “La jornada pasada, retornando de mis labores como administrativa, un joven asió mi bolso y, atrayéndolo hacia sí con fuerza, no conseguí zafarme de él y partió a cierta velocidad llevándose el continente y el contenido”. En este caso, con los ojos casi fuera de las órbitas, pensaría que mi vecina es una pedante. Sin embargo, en los anteriores casos, y pronunciadas las palabras por quien las dice frente a las grabadoras y los micrófonos de mis colegas de profesión, diría simple y llanamente, que intentan tomarme el pelo.

La lección del Rey


 

El Rey sentó ayer precedente. En un cuidado encuentro con las cámaras, el Monarca hizo lo que nunca, en casi cuarenta años de reinado, había tenido que hacer. “Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir”, decía de modo sucinto, abierto, con cara de poema, Don Juan Carlos I. Como cualquier acción de la Monarquía o de los mandatarios, las opiniones son variopintas al respecto. Pero si hay algo en lo que no se puede dudar es de la trascendencia histórica de sus palabras. El Jefe del Estado se disculpaba ante sus ciudadanos.

He de decir que he escuchado decenas de análisis, leído muchas opiniones al respecto. Pero pocas hacen referencia a un aspecto de la cuestión que a mí me parece crucial: la docencia que, al margen de la acción concreta, ha efectuado el Rey con este gesto. Reconoce un error. Y lo hace abiertamente, ante la prensa, dando la cara.

De forma individual, cada ciudadano tendrá su propia valoración sobre si el gesto es suficiente o si hay que ahondar en los cambios para acercar la Institución a los españoles. Igual que también habrá ciudadanos que consideren la Monarquía un elemento anacrónico y ante los que, haga lo que haga la Institución, no habrá cambio de pareceres. Pero el Rey, el Jefe del Estado, ha pedido perdón.

Se me acuden a la cabeza decenas de altos cargos a los que el Monarca les ha dado una lección clave. ¿Han escuchado ustedes alguna vez a un político pedir perdón, reconocer un error? En el mundo de la política, hay ocasiones en las que ni siquiera una decisión judicial demostrando una acción lesiva para la ciudadanía culmina con el acto de contrición. Y con este panorama, ya ni hablar de esas acciones moralmente reprobables.

Por poner algunos ejemplos: el nepotismo, la corrupción o la tan reprobable mentira. ¿Han escuchado pedir perdón a alguien que haya visto como sus familiares, por ‘arte de magia’, han entrado a trabajar en la Administración (aunque sea como cargos de confianza)? ¿Y a aquellos a los que se les ha pillado in fraganti enriqueciéndose a costa del erario público? ¿Ha visto usted a algún político reconocer que ha mentido, que sus promesas electorales incumplidas a la vuelta de la esquina son un error?

El Monarca está, por definición, para quedarse. Los políticos, por lógica democrática, para someterse al refrendo cíclico de los ciudadanos. Por ello, no hay mayor acto de contrición en política que la dimisión, coger la puerta e irse. Pero eso no está de moda. Por ello, no me hago ilusiones y he asumido que ningún político está dispuesto a dimitir hasta que se demuestre lo contrario. Lo más triste es que tampoco tengo esperanza en que hagan suya la lección del Rey.

Curas con dolor

Parece ser que la veda se ha roto. El diario norteamericano The New York Times ha decidido desde hace algunas semanas apuntar maneras. Ya no solo llueven críticas desde España, desde Francia, desde Italia, Grecia o Portugal. Ahora también le leen la cartilla a la canciller alemana, Angela Merkel, desde Estados Unidos. El diario neoyorkino le saca a Merkel los colores en algunos artículos editoriales como “Will Mrs. Merkel Wake Up in Time?” (¿Se levantará la señora Merkel a tiempo?) o “An Overdose of Pain” (Una sobredosis de dolor).

Los artículos son alarmantes. Dicen, entre otras lindezas, sin incrementar el tamaño del fondo de rescate del Euro, Italia y España pronto podrían ser incapaces de pagar sus deudas o que Francia podría ser arrastrada por la corriente, o que los mercados de deuda están especialmente nerviosos por dos de las mayores economías de Europa. Pero claro, la diferencia con lo que hasta ahora se ha leído es que la culpa de la persistencia constante y la profundización en esta situación no es de los ‘zánganos’ del sur, sino en las ‘recomendaciones’ de Merkel para insistir en la equivocada estrategia de ahogar el crecimiento e imponer una política de ajustes que vuelve a incidir en la recesión y que puede suponer una espiral sin salida. “Y cuanto más se contraiga el PIB de España, más caerán los ingresos, requiriendo unos mayores recortes presupuestarios. Se trata de un ciclo destructivo siempre a la baja”, indica el diario.

Habla de una Alemania que arriesga al no poner toda la carne en el asador. Si Alemania tose, Europa se resfría. Pero al revés también. ¿Quién va a comprar las exportaciones alemanas si la austeridad imposibilita el crecimiento de los países del sur de Europa? El diario The New York Times invita a Merkel a despertar, a recordar cuál fue la salida a la crisis posterior a la II Guerra Mundial. Entonces fue el Plan Marshall. Estados Unidos -por cuestiones políticas y económicas- sacó la chequera y ayudó a una Europa arruinada y destruida. Y especialmente colaboró con Alemania.

La salida, entrevén las tesis expuestas, no está solo en la austeridad, no está en mirarse la corrección del déficit al corto plazo con regla de medir. También en el crecimiento: en un robusto fondo de rescate y la colaboración del Banco Central Europeo en la recapitalización de la banca. “Es tiempo de que Merkel reconozca esta verdad y haga lo que es mejor para Alemania y para Europa”, indica el periódico. “Más inversión en reformas y crecimiento y una focalización menos obsesiva en la aritmética del déficit a corto plazo”.

Y yo, en esencia, lo suscribo.

 

PD: Los dos artículos editoriales del The New York Times (1 y 2) están en inglés. Merece la pena echarle un vistazo.

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