El bastón de mando provoca comportamientos inéditos y contradicciones verbales que, vistos desde fuera, provocan sonrojo. También desde dentro. Son pocos, pero en algunos casos, con un café de por medio, al margen de los micrófonos, algún comprometido militante de carné se confiesa y observa su contradicción ideológica, la de su partido, con el propio mensaje oficial de sus líderes. Sobre todo cuando se ha repetido hasta la extenuación que no se va a hacer lo que luego, sin capacidad ni siquiera de sonrojo por la premura de la situación, se ha tenido que hacer, ya sea por la voracidad de la crisis económica, ya sea por las presiones infligidas por los socios de los compromisos internacionales del país.
Puede que esta situación de contradicciones, que ahora ya afecta a diestro y siniestro -hasta en IU van a tener que defender recortes desde el ejecutivo- pudieran ser definidos como síntomas del poder. Algo así como el ‘síndrome del cetro’. El bastón obliga a revertir los mensajes, la dialéctica, a una acción que no siempre se corresponde con las palabras. Vamos, eso de que ‘las palabras se las lleva el viento’ de toda la vida, pero desde San Telmo, Moncloa o el ayuntamiento de turno. Donde dije Diego, digo crisis… Antes se preveía esta disyuntiva entre mensaje y hechos. Ahora se lee a las claras en los rechazos a los recortes del adversario y la asunción de buen grado de los propios.
Dado que aquí todos o casi todos los que tienen cetro padecen el mismo síndrome -pese a que unos le echen la culpa a Zapatero y otros a Rajoy, mejor sería admitirlo. Reconocer que las cosas no son como se esperaban. Quizá así, hablando con claridad, pero sin culpar al resto de los males del cargo, más bien al contrario, reconociendo que estamos todos en el mismo barco mejore la imagen pública de la política y evite la balcanización en la que han entrado otras democracias, como la griega, por ejemplo.






