“¿Tú lo ves normal?”

Últimamente el Chérigan de Atún se me está atragantando. Es entrar por las puertas del bar de turno y detectar el modo en el que la barra se ha convertido en el particular ‘muro de las lamentaciones’ laico, codo posado, en el que poner a caldo al dirigente de turno y, de ese modo, liberar el espíritu del peso de una crisis que se ha eternizado.

Estaba yo en ese momento del día en el que uno se relaja, pide una caña y un cherigancito, cuando el compañero de barra me inquiere. “¿Tú lo ves normal?”. Absorto como estaba en la lectura del diario, no había estado escuchando su disertación. “¿El qué?”. El parroquiano volvió a repetir sus sentencias, una tras otra. Es vecino de El Toyo, donde el mantenimiento y los servicios públicos los gestiona una Entidad de Conservación, y no el Ayuntamiento, como en el resto del municipio. Ahora bien, el Ayuntamiento es uno de los ‘socios’ más grandes de la urbanización por la propiedad de la gran cantidad de solares sin desarrollar. “Que el personal de la Entidad de Conservación cobra casi 132.000 euros al año, y eso que son tres…”, me dice, textualmente. “De ahí salen buenos sueldos”, le contesto yo. “Y tan buenos… Ya quisiera yo uno de esos. Vamos, que se gastan casi lo mismo en personal que en el servicio de limpieza”, me dice.

Antes, cuando había dinero a mansalva, no había críticas de este estilo. Y si las había, el trago era menos amargo. “¿Quién puede entender que en el presupuesto se prevea gastar más en los coches y el combustible que en la factura de la luz de las farolas? Que El Toyo no es Nueva York como para gastarse tanto en coches y en gasolina. A saber… Además, que en El Toyo hay más farolas que habitantes”, rezaba entre dientes.

A los vecinos de El Toyo, la gran mayoría pagando su hipoteca -ni que sea por el poco tiempo que lleva viva esa urbanización en pie- les escuece la factura de la Entidad de Conservación. Igual que a cualquiera le pica el IBI, la basura… o incluso la zona azul, que es otro cantar. Porque cada uno cobra su sueldecillo. Y cuando las comparativas se hacen con los salarios de quienes toman las decisiones respecto de las facturas que le llegan a casa, o quienes las gestionan con mejor o peor tino… la cosa no gusta. Que por poner un ejemplo, un concejal de Almería cobra más que el presidente de la Junta. Y en esta ciudad hay más de 20.000 parados.

“Pepe no se merece esto”

“Pepe no se merece esto”. La frase no es mía. Podría serlo, pero no lo es. Me la decía el martes por la tarde, por teléfono, un político del Partido Popular. Hacía pocas horas de que se había cerrado el Congreso Provincial de UGT. Ginel, con su forma de ser, había conseguido granjearse buenas formas en prácticamente todas las instancias. Obviamente, la patronal no lo tiene entre sus ‘hijos predilectos’. Y los dirigentes políticos le consideraban ‘el otro lado’. Pero en el trato directo, Pepe se los ganaba. “Hoy vengo aquí a pelearme contigo. Es lo que toca”, le decía al alcalde de turno o al dirigente empresarial con el que negociar un convenio, un pacto social o lo que hiciera falta.

Lo que vivió el martes UGT en su duodécimo Congreso Provincial de Almería fue un auténtico esperpento, un espectáculo grotesco que deja al aire libre una organización abierta en canal, en la que el reproche puede incluso a los fines de la organización: la defensa del trabajador en un horizonte absolutamente adverso para quienes solo tienen el sudor de su frente. En un congreso inusitadamente abierto a quien quisiera estar presente -todos menos los empresarios, a cuyos dirigentes se les invitó a marcharse con un “estamos hablando de cuestiones internas”- la UGT se mostró como un conglomerado poco fusionado de federaciones sectoriales con intereses divergentes, con reproches internos y con poco debate respecto de la realidad laboral almeriense. Probablemente hasta ajeno a la realidad de lo que se vive en la calle: paro, despidos, sueldos de miseria, economía sumergida, precariedad para quienes aún conservan una nómina. Hasta los metros que mide una oficina sirvieron de excusa para la crítica a la gestión de una organización que, como todas, está viviendo la crisis con apreturas económicas y que se enfrenta, además, al descrédito social hacia las instituciones.

El nuevo líder, Félix López, tendrá que afrontar un doble reto. Por un lado, granjearse el que, tal y como había conseguido Ginel, se le abran las puertas de los despachos más impenetrables. Que presidentes, alcaldes y empresarios le cojan el teléfono con la buena acogida que tenía Ginel pese a ser la ‘mosca cojonera’ sindicalista. Y por otro, cimentar un sindicato quebrado, agrietado internamente en Almería, y que ha abierto una brecha con la nueva dirección regional, que apostó por un consenso inalcanzado y que ha dado el primer dolor de cabeza a Francisco Fernández Sevilla, almeriense para más inri.

Ginel se va. Mal, muy mal, con un adiós amargo a una organización que ha dirigido en los últimos siete años. Lo reconoce, en la entrevista que publica hoy IDEAL en su edición en papel el nuevo secretario general del sindicato, que dice que lo ve como un referente. Pero la UGT se queda. Y se queda en un contexto absolutamente adverso. Los reproches a una gestión que, no nos olvidemos, ha dejado al sindicato como el primero de Almería tras años de segundón, el debate bronco, no son un buen comienzo para la nueva etapa de la Unión. Si hasta en el PP consideran que Pepe “no se merece esto”, algo de razón puede que tengan.

Embajadores de Almería

¡Cómo hemos cambiado! La frase no solo vale para ver el crecimiento urbanístico. Cómo las ciudades y pueblos de Almería han pasado de ciudades y pueblos pequeños a ciudades y pueblos grandes (pinche aquí). O para ver cómo de nuestros televisores en blanco y negro con la Primera, la Dos y, algo más tarde, Canal Sur, hemos pasado a una treintena de canales -si es que usted no cuenta con tele por cable- que ver en una tele plana. También sirve para ver nuestros actuales modos de vida.

Este fin de semana el Patronato Provincial de Turismo ha llevado a Londres su campaña Embajadores de Almería. Una acertada línea de trabajo que busca ubicar a los almerienses donde ya estábamos, en la defensa de nuestros monumentos, de la belleza de nuestras ciudades, de la excelencia de nuestras playas, de la tranquilidad de nuestros pueblos, de unos paisajes de contrastes que van, en poco más de media hora de coche, de las blancas cumbres de Sierra Nevada a los verdes paisajes de Los Vélez, a las desérticas ramblas de Tabernas y a las paradisiacas playas entre pitas de Cabo de Gata. El ‘boca oreja’, esa operación de márketing incomprable en la que Almería ha tenido siempre todas las de ganar.

Porque los almerienses nos quejamos de Almería, mucho, muchísimo, pero lo hacemos entre nosotros. Que si viene uno de Madrid, de Barcelona o de Valencia, le cantamos las excelencias de nuestro paisaje, nuestro clima y nuestra particular calidad de vida. Que para quejarnos, ya tenemos la barra de bar y el vecino del barrio, que ‘padece’ como nosotros lo que representa vivir en una tierra alejada del mundanal ruido. Pero esa es otra cuestión.

Pues bien. En ese evento, en el Potter Fields Park, en pleno corazón de Londres (Reino Unido), junto al Támesis, se concentraron un par de centenares de españoles. Esos sí que son embajadores de nuestra tierra. Son, de hecho, nuestra gente. De todo. Jóvenes que aprenden inglés. Turistas que, casualidades de la vida, coincidían con el evento almeriense, que se cruzaban con el Indalo de colores. Pero también decenas de esos jóvenes que la maldita crisis ha exportado por doquier y que se buscan la vida como buenamente pueden pero como indeseablemente no les es posible hacerlo en su país, en su tierra, en su Almería. Las víctimas del paro, de la recesión, de los recortes. Una de las caras más amargas de esta nueva realidad impensable hace tan solo un lustro.

Supongo que a muchos de los que allí fueron les estranguló la morriña de una tierra de la que son exponente pero de la que han tenido que salir por patas por esta desgraciada crisis. De la que son embajadores a la fuerza. Porque en Londres hay de todo: gente que habrá triunfado y que se gana la vida como jamás habría soñado hacerlo aquí, pero también arquitectos o ingenieros o médicos o periodistas que dan clases de español, sirven cafés o limpian habitaciones de hotel. Habrá gente que viva en una casa victoriana de Notting Hill, pero también quien compara un apartamento con otros siete u ocho inmigrantes de medio mundo porque el sueldo le da para vivir, para enviar algo de dinero a su familia y poco más.

Antes, quienes tenemos espíritu emprendedor y algo aventurero observábamos con cierta envidia a quien había hecho su particular camino a ‘las américas’. Aquellos a los que el devenir del destino les había llevado a vivir experiencias más allá de los Pirineos, a varias horas de vuelo. Ahora, la cosa ha cambiado. Miramos al almeriense del extranjero con otros ojos. Ahora no somos solo turistas o embajadores por ‘placer’. Ahora, nos guste o no, lo demuestran las estadísticas, también somos embajadores porque no hay otra. Porque la cruda y dura realidad nos ha empujado a serlo.

“Cuando gobierne bajará el paro”

Un programa electoral es a la política lo que los diez mandamientos para los católicos. Una máxima que se debiera cumplir a rajatabla. Pero los cristianos tienen la confesión, y los políticos las excusas. Ya sabemos todos por dónde se pasan muchos esos ‘mandamientos’ electorales . Sin embargo, esos pecadillos que la gente pasa por alto no son el que anunció el Gobierno este viernes. La madre de los pecados.

Probablemente usted recuerde esa entrevista, con foto de portada en El Mundo, en la que un Mariano Rajoy, líder de la oposición, posa con cara de mucho frío frente a una cola de personas a las puertas de una oficina del paro de Madrid. “Cuando gobierne bajará el paro”, rezaba el titular de esa entrevista que me ha venido a la mente en infinidad de ocasiones. O los diversos tuits y comparecencias públicas que han hecho miembros de su Gobierno al respecto. La vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría lo resumía así en la red social del pajarito: “En este país se creará empleo cuando Zapatero pierda el suyo”.

El PP hizo del paro su caballo de batalla, su ariete contra un Gobierno, el de Zapatero, que había negado la crisis, que estaba noqueado por la virulencia de la misma y que veía como la situación superaba a los suyos. Hasta tal punto lo hizo, Rajoy y la tropa, que si a mí en las catequesis me decían eso de “los diez mandamientos se resumen en dos…”, los populares se tiraron meses diciendo, sin literalidad, que su programa electoral se resumía en empleo.

Lo del viernes fue el harakiri político de Mariano Rajoy. Su suicidio electoral. Tras dos años de impopulares “reformas” o “recortes”, llámenlos como quieran, el Ejecutivo ha asumido que, no tan solo no creará ni un solo empleo respecto a los que se encontró al entrar en La Moncloa, sino que, además, terminará con más parados que entonces.

Rajoy dijo muchas, muchísimas cosas, que no ha cumplido. Subió el IVA pese a decir que no iba a hacerlo. Dijo que sanidad y educación serían intocables y no lo han sido. Que no habría el ‘banco malo’ que hoy en día funciona. Dijo que no habría rescate y lo ha habido, aunque se haya vestido de parcial. Pero esos pecados se le habrían perdonado a Rajoy si el paro hubiese bajado. No será así. Lo admite el Gobierno. Rajoy debe de estar arrepintiéndose de la foto heladora frente a las puertas de la oficina del paro. Y muchos de sus compañeros de partido estarán ya afilando cuchillos.

La placica de Los Burros

¿Saben ustedes dónde cae la plaza del Marqués de Heredia? ¿Y la calle del Conde Ofalia? ¿Saben tan solo que esos dos nombres hacen referencia a un solo hombre? Concretamente a Narciso Heredia Begines de los Ríos, secretario dde Estado, presidente del Consejo de Ministros y ministro de Estado entre otros cargos que le fueran encomendados cuando Almería aún tenía murallas, en el siglo XVIII. No sé lo que pensaría el señor Heredia Begines de los Ríos si levantara la cabeza y viera que los dos honores que se le rinden en esta ciudad, por cierto uno junto a otro, se reconocen con un nombre bien distinto al suyo: plaza de Los Burros. Las cosas son ‘asín’, que dicen muchos parroquianos cuando toman café en algún bar. Por poner un ejemplo, en la Colón, una de las cafeterías señeras de esta ciudad, sito en la placica de Los Burros. Una cosa es lo oficial y otra lo real.

Y digo yo. ¿Tan difícil es que el Ayuntamiento asuma que eso, pase el tiempo que pase, va a seguir llamándose plaza de Los Burros? Yo rompo una lanza por ese maravilloso animal, por sus servicios prestados históricamente a nuestros abuelos. Incluso me parece una gran idea que esta ciudad les dedicara una estatua en su oficiosa plaza. Porque recordar la historia no es solo acordarnos del ministro y presidente del Consejo Heredia Begines de los Ríos, sino que también lo sería acordarnos del servicio de los asnos y otros cuatrípedos que, antaño, cuando en esta ciudad nuestros abuelos eran niños, arrastraban las calesas cargadas de maletas de los ricos burgueses en su ‘largo’ viajar entre sus palacios de invierno, en el Paseo, y sus casas de veraneo, en la lejana Ciudad Jardín.

Rompo una lanza por los burros y su plaza. Puede que incluso el Marqués de Heredia y Conde de Ofalia estuviera de acuerdo conmigo y prefiriera que su calle y su plaza estuvieran en un lugar al que se le conociera por sus hazañas y no por los carros de caballos que hace décadas daban a ese rincón almeriense un trasiego que ahora ha recuperado gracias a las terrazas y las tapas.

 

Inauguración de la plaza, en 2009. / Foto: Manuel Manzano

La pipa amarga

Estaba el otro día, lo prometo, tomando un café en una cafetería de esas en las que la parroquia tira al suelo las servilletas y los palillos mondadientes. Y uno de los parroquianos codo en barra se me acerca. Joven, bastante más que yo. “¿Hoy no toca chérigan?”, me dice. Le sonrío, uno sabe lo que escribe, pero nunca quién le lee. “Si me tomo una caña a estas horas, me tengo que acostar”. No habían dado las 10 de la mañana aún.

El chico me cuenta que tiene 22 años, que ha terminado la carrera y que… No hay trabajo. Así que ha decidido reengancharse en los estudios mientras que no le sale algo. “Así no estoy parado”. Es una historia más de esta puñetera crisis que está dejando a la gente sin trabajo, sin casa y sin sueños. “He echado el currículum en los tomates, a ver si me llaman. Ya ves tu, que cuando estaba en el instituto, mi padre me amenazaba con mandarme a un invernadero si no aprobaba, y ahora estaría contentísimo trabajando en uno”.

La vida es así de agridulce. Cuando estás tan feliz, comiéndote unas pipas disfrutando del sol de una tarde de primavera en cualquier placita, llega una amarga y te jode la tarde. Cosas de la vida.

No es una excepción, el chico este. La crisis ha tocado y hundido a muchos, pero a todos nos ha minado moralmente. No sé si será esa la razón que ha llevado a la almeriense Patricia Rosales, una chica de poco más de treinta años que ha diseñado los zapatos más exclusivos de este mundo, a darse un respiro. “Deseo comunicar, que tras estos últimos años, he decidido tomarme un tiempo para reflexionar a nivel personal y profesional, disfrutar de mi familia, amigos y seguir construyendo un futuro predestinado con ilusión, coraje y amor, poniendo el alma en cada proyecto que brota del corazón”, decía la exitosa diseñadora de moda en una carta que ha colgado en su propia página web.

Son tiempos raros. De pesimismo, de desolación. De pocas ilusiones. Mi colega Andrés Cárdenas, uno de esos hombres a los que no me canso de leer (la vida no será lo suficientemente larga para que un servidor aprenda a decir las cosas con la atractiva sencillez con la que lo hace Cárdenas) recomienda optimismo. En una de sus últimas columnas, nos invita a poner el ojo en esas cosas pequeñas de la vida por las que todos debemos dar gracias. La sonrisa de alguien en el ascensor, la amabilidad del camarero que nos sirve el café, por el olor de las flores o por la existencia del Ibuprofeno.

Quizá sea eso lo que debamos hacer para quitarnos de encima tanta angustia. Eso y escuchar lo que siempre nos palpita bajo la piel. Susanna Tamaro, una escritora italiana que saltó a la fama en 1994 con su libro Va’ dove ti porta il cuore -Donde el corazón te lleve, en su traducción al castellano- ponía en boca de una anciana, en un pasaje de esta obra, un consejo que recuerdo a menudo: cuando no se sabe adonde ir, hay que sentarse, observar, reflexionar. Echar la mirada atrás. Rememorar, sopesar. Y solo después de ese ejercicio, levantarse y marchar. Pero siempre donde nos dicte el corazón.

Puede que esta crisis nos ayude a algo: a pararnos en seco, replanteárnoslo todo y escuchar de nuevo unos latidos a los que no les hacíamos caso entre el ruido de los coches y las facturas de la hipoteca.

“Ponerse las pilas”

Ni los escraches, ni las movilizaciones, ni las manifestaciones, ni la extendida sensación preocupación en amplios sectores sociales… Al final va a ser la pura competitividad. Estaba ayer en un bar, sin compañía, leyendo el periódico en una terraza que bien podría ser declarada patrimonio gastronómico de la humanidad. Echaba un vistazo a las últimas reacciones al decreto que el Gobierno andaluz ha alumbrado contra los desahucios. Y el camarero, con poca faena, me dice, con toda la sorna del mundo: “Van a tener que ponerse las pilas”.

Quien sabe. Lo mismo ni hay recurso al Tribunal Constitucional, pese a que haya habido ya ministros que hayan dicho que el texto autonómico, que permite expropiar el uso de viviendas embargadas durante tres años, choca, a su juicio, con el derecho a la propiedad privada. Lo que queda claro es que en el Gobierno hay desconcierto. En Andalucía, nadie del PP habla de recurso. Y en Moncloa, las declaraciones son divergentes. Por un lado creen que la legislación debe de ser estatal. Por otro dice que estudiarán la legalidad de la norma. Pero lo que realmente se observa es la cara de quien ve que le han ganado el partido en el último minuto.

¿Se pueden tomar medidas? ¿Por qué no se han estudiado todas las posibilidades legales ante una situación que socialmente suscita toda la controversia? ¿Qué ocurre? Cada cual tiene su parecer. Y el parecer de quien realmente importa en este caso, el presidente del Gobierno, aún se desconoce. Habrá que esperar a la siguiente rueda de prensa. Si es que se puede preguntar…

El verbo del paro y el caballo de Troya

 

Oficina de colocación en Almería / M. MANZANO

Estaba tomando un café en la barra de un bar del centro. El sonidillo del móvil me desconcentra de la observación de la parroquia. Un correo electrónico me avisa de que ya han salido los datos del paro. “El paro registrado en el mes de marzo se situó en 81.386 personas en la provincia de Almería”, dice el titular. Aséptico. Como si las palabras se hubieran colocado con pinzas en el comunicado emitido por el Gobierno. Me descoloca el verbo del titular de ese texto oficial del Gobierno. “Se situó”, sin contexto.

¿Siempre se “sitúa” el paro? Nada más lejos de la realidad. “El paro registrado en el mes de noviembre bajó en 541 personas en la provincia de Almería”, rezaba el titular del comunicado que mensualmente envía el Ejecutivo a las redacciones en el caso de dicho mes, el pasado año. “Bajó”, decía en noviembre. ¿Cuál es la diferencia entre uno y otro? No hay que ser muy ávido para darse cuenta: El paro nunca sube, o baja o se sitúa. No para este Gobierno de ahora, también para el de antes.

Mi profesor de redacción de primero de periodismo, un hombre muy sarcástico del que aprendí muchas de las cosas de este oficio, nos repitió hasta la saciedad que la objetividad “no existe”. Ni en periodismo ni en ningún lado. Que, como dice el refrán, cada uno habla de la feria según le va en ella. Que las gafas de cada cual son de un color y que, por lo tanto, nadie puede abstraerse de contar las cosas desde el lugar en el que está situado. Si el crítico teatral está en la última fila no verá lo mismo que si está en la primera, o que si observa la obra desde un palco. No es otra cuestión, es mera posición previa.

“Lo más peligroso no es la opinión, que todo el mundo entiende que es propia y personal”, decía entonces mi profesor, “sino el caballo de Troya de la información”. Efectivamente. Por eso mismo el paro nunca sube, sino que se sitúa. Mucho más aséptico, aunque descontextualice y desoriente al personal. Troya en un comunicado de prensa.

Eppur si muove

Acababa de retirarse la camarera tras servir dos copas de vino y una cerveza. Ni corto ni perezoso le suelto a mi amigo Pepe, El Tomillero, una pregunta de esas que no se responden con un sí o con un no. De esas que cortan el aire, como cuando un niño pregunta por primera vez que de dónde vienen los bebés. “Pepe, ¿qué es el periodismo?”. No duda ni un mísero instante. “El periodismo es una filosofía de vida”.

Era viernes, y en el coche llevaba como único equipaje las ganas y la incertidumbre de una nueva etapa. Pepe, mi amigo, ese al que le gusta que le llamen El Tomillero, el que disfruta con la Navidad igual que un niño de parvulario, el despistado, el trasto, el que ha repetido hasta la saciedad que la felicidad está en las pequeñas cosas -y no precisamente en los pequeños ferraris o en los pequeños chalés de playa- me reducía a siete palabras la duda existencial que muchos nos preguntamos, así, sin paliativos, cada mañana sin excepción cuando abrimos los ojos para apagar el despertador.

No había llegado aún el chérigan de atún cuando me decía, cual sentencia absolutoria, que el periodismo vale la pena, que renunciar a practicarlo es querer matarse uno mismo día a día. Y que, como dicen que dijo Galileo tras evitar la pira, eppur si muove.

Ya sea en papel, por twitter, en digital, en analógico, de viva voz, a través de ondas o cualquiera que sea el método, esa filosofía de vida a la que se refería El Tomillero “seguirá existiendo siempre”. “Es cuestión de reinventarse”. Lo dice con conocimiento de causa. Su propia vida es una reinvención diaria. Cuando se le ve pasear, con la tableta bajo el brazo, por las calles del campus de la UAL, El Tomillero se está reinventando en esa Almería suya a la que llegó de su exilio particular con una maleta cargada de ilusiones, algunas de las cuales forman ya parte de la historia de esta tierra. También cuando compra pan de centeno en alguna panadería familiar de una callejuela estrecha de un barrio cualquiera de Almería. O cuando muestra con orgullo y una sonrisa placentera la foto de su pequeño ‘Tomillerillo’, una calcamonía de pequeñas dimensiones que se ha convertido en la alegría de su casa.

De esa reinvención quizá debamos aprender todos. Adaptarse a una realidad cambiante, agria, dura, pero estimulante. Como la plastilina se amolda a las formas exteriores que idea y trabaja la mano de un niño.

Brindamos. Pepico El Tomillero sonríe y me cuenta sus planes de fin de semana. Playa, paseos, disfrutar del viento, del sol. Quizá alguna procesión… Pero siempre en la mejor de las compañías. Y yo que lo vea.

“No hay dinero”

Tras cinco días de debate monopolizado en Almería –de nuevo– por el soterramiento, me voy a permitir romper una lanza por Rafael Hernando. Ha desvelado la noticia más políticamente incorrecta de cuantas pueden darse en esta ciudad: el soterramiento, si no hay un milagro, se ha descartado. Adiós. Au revoir. Bye bye. Bon voyage.

Muy valiente el señor Hernando. En esta maniobra del despiste a la que juega el PP, en el “sí pero no”, pero “puede”, “no descarto”, “no hay dinero”, “nuestra prioridad es el AVE”, “habrá que esperar”, etcétera, nadie se ha atrevido a desmentir categóricamente a Hernando. Aunque haya quien se haya atrevido a decir que las palabras del diputado “se han malinterpretado” –el clásico matar al mensajero– esta ausencia de desmentidos rotundos y vehementes resulta per se una confirmación de sus valientes palabras rompiendo la espiral de silencio de lo políticamente correcto.

Lo llamativo es que esta mala noticia, tras consensos y acuerdos, firmas y apretones de mano, la dé un diputado y no el alcalde de la ciudad, Luis Rogelio Rodríguez-Comendador, que se presupone debería estar al día, conocerlo, trasmitirlo a quienes le han elegido para estar al frente entre otros también de este proyecto, y buscar alternativas factibles y convincentes. Es el máximo dirigente de esta ciudad, para lo bueno y para lo malo. El día en el que Fomento eliminó de las cuentas públicas la partida con el epígrafe “soterramiento en Almería” habría sido un buen momento para decir a las claras lo que ha tenido que trasmitir su compañero Hernando un año después, que el soterramiento fue una entelequia en la que no van a gastar un céntimo.

En cualquier caso, el desasosiego de este hasta nunca al soterramiento es que llega tras décadas de lucha, consensos y disensos y, sobre todo, de años de escuchar a unos y otros, de un partido y de otro, como afirmaban que se trabajaba en avanzar en el proyecto. Si cada una de las veces que un político almeriense ha dicho que estaba “trabajando” por hacer realidad el túnel se hubiera remangado la camisa y se hubiera prestado a pegar una palada, una sola por cada vez que se ha pronunciado la mágica palabra vacía de contenido, el tren pasaría bajo tierra desde hace años.

Quizá nunca hubo interés de unos (o de todos) en un proyecto sobre el que Comendador, en el año 2000, avanzaba un argumento de radiante actualidad. “El debate no es el soterramiento, sino quitar las vías”. El caso es que éste no ha sido el mantra derramado por el PP. Ha sido el “no hay dinero”, que se ha convertido últimamente en el comodín de la baraja para rechazar lo que molesta, lo que no gusta, ya sea una obra o un servicio de urgencias sanitarias.

Porque dinero hay para lo que se quiere. No hace falta que me remonte a los soterramientos de Cádiz, Córdoba, Sevilla, Málaga, Castellón o Logroño, por poner un puñado, que ya son una realidad. Me refiero a proyectos actuales, el soterramiento del tren en Granada que ayer presentaba su alcalde, el también popular José Torres Hurtado. Allí habrá dos kilómetros de túnel, justo lo mismo que se proyectaba en una Almería para la que “no hay dinero”.

Quizá la razón certera sea de peso, y no me refiero precisamente a la pasta. Los acontecimientos muestran que dinero hay (y lo ha habido) para lo que se estima necesario o importante. Y como prefiero dudar de que el puerto de Almería y la llegada a los muelles del tren y sus correspondientes mercancías se consideran innecesarios o carentes de interés por quienes nos dirigen, me da por pensar que la razón será, en cualquier caso, de peso. De peso del de verdad: de la falta de peso político de esta arrinconada provincia. Aunque siempre podrán decir que la culpa es del resto, del déficit, de la economía sumergida, de que hoy llueve o de los actores que protestan en los Goya y no tributan en España. O del chachachá.

Ideal.es

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