Estimada señora canciller de la República Federal de Alemania:
Me permito el lujo de escribirle en nombre de muchos jóvenes españoles, andaluces, almerienses… jóvenes de ese sitio que tanto les gusta a los nacionales de su país y al que vienen en masa a ponerse rojos como gambas. Esa España en la que usted veranea entre ensaimadas y paellas. Y debo decirle que me encuentro asombrado por su visión de lo que es la construcción europea, o al menos lo que deja entrever su acción como actriz principal del escenario político. Especialmente porque un servidor, aunque nació fuera de la Unión Europea, tuvo uso de razón cuando en los pasaportes españoles ya lucía la palabra “Europa”.
Me veo en la obligación de decirle que no consigo entornar mis ojos, abiertos como platos, cuando día a día escucho sus propuestas para salir de la crisis en la que la propia arquitectura europea, hecha con palillos de dientes, ha hundido a los estados de esta unión. Sobre todo porque de esa estratégica unión del carbón y el acero a la Unión Europea que conocemos hoy se han dado pasos impensables en 1914 o en 1939, cuando el viejo continente era azotado por la guerra. Europa tiene una única frontera exterior, libertad de movimientos, títulos universitarios interoperables, un estado del bienestar prácticamente idéntico y, sobre todo, unos valores únicos. Sin embargo, eso que permanece el el sustrato, no ha calado en el poder. Europa es a día de hoy un club de economías de Estado. Esa unión política soñada por Konrad Adenauer, Jean Monnet, Winston Churchill, Robert Schuman, Alcide de Gasperi, Paul-Henri Spaak, Walter Hallstein y Altiero Spinelli se ha quedado en un Parlamento que ustedes se pasan por el arco del triunfo.
No me podrá decir que no. En los periódicos de hoy se lanza su propuesta: una UE a dos velocidades, pactada únicamente con su socio francés, Nicolas Sarkozy. Esto rompe en mil pedazos el modo de hacer de Europa durante las últimas décadas: la codecisión entre los estados. Y ofrece a sus socios europeos lo que en esta tierra que tanto le gusta a sus compatriotas llamamos “lentejas”. Es decir, o te sumas, o ahí te quedas. Mientras tanto, se niega usted a avalar la deuda de estados como Grecia, Italia, Irlanda, Portugal, España, Bélgica o Francia mediante la creación de bonos europeos y les ofrece una única salida: recortes y dinero (con intereses, claro está). Eso sí, su país bate récord en exportaciones y se financia a interés negativo, esto es, gana dinero por endeudarse.
Europa ha crecido viciada, como una unión económica. Se esperaba el paso a la unión política, algo que nunca se dio de forma definitiva. Y ahora pagamos los platos rotos de las negociaciones entre estados, ajenos a la realidad de la ciudadanía.
Pertenezco a la generación Erasmus. Me he movido por Europa con mi DNI. He visitado sin necesidad de visado ni de otro documento que el que siempre llevo en la cartera desde Suecia a Gibraltar pasando por Irlanda, Francia o Luxemburgo. He vivido un periodo de mi vida en Italia, como estudiante. Allí conocí a gente de todas las nacionalidades: griegos, británicos, portugueses, franceses… También alemanes, sí. Y de ese modo hicimos Europa, hicimos piña. No voy a ponerme sentimentaloide ni demagogo. Por eso mismo no le voy a decir que en ese grupo de Erasmus temporalmente en Italia construimos más Europa que muchos dirigentes europeos que se citan cíclicamente en Bruselas. Pero puedo decirle que la inmensa mayoría de nosotros creía que Europa era una realidad, que la solidaridad entre los pueblos europeos era real y que se dibujaba en esas cenas en las que el español hacía una tortilla de patatas, la francesa una ‘quiche’, el alemán llevaba cerveza y el italiano cocía y aliñaba pasta. Y que la bandera de las 12 estrellas no era solo un trapo que pende de las instituciones económicas.
Ahora, algo desmoralizado, debo decirle que me estoy convirtiendo en ‘euroescéptico’. No porque no crea en la idea de Europa. Sino porque ustedes y sus decisiones de despacho han provocado que los ciudadanitos de provincias, aquellos que realmente hacemos Europa con nuestros viajes, con nuestros votos, con nuestro imaginario colectivo y, también, por qué no decirlo, con los euros que llevamos en el bolsillo, estamos empezando a pensar que es una mera pantomima económica que nada tiene que ver con aquello que nos vendieron de “unidos en la diversidad” -lema que, recuerdo, sigue siendo el que rige en la UE-.
Massimo d’Azeglio, un sardo convencido de la bondad de la unidad de los estados fragmentados de la península itálica, un soporte político de la lucha emprendida por Garibaldi en el ‘Ottocento’ para la reunificación italiana, dijo en la primera sesión del recién constituido Parlamento de Italia tras la creación del estado único una frase que quedó para la historia: “Hemos hecho Italia, ahora tenemos que hacer a los italianos”. Ustedes, señora Merkel, los grandes estadistas de las últimas décadas, han hecho una Europa a su imagen y semejanza. Pero se han olvidado de hacer europeos. Y a este paso, no le van a quedar ni siquiera europeos con ganas de serlo en el futuro.
Atentamente, Miguel Cárceles.


