Sé que tiene poco que ver con los temas habituales del blog. Y no, no me he enamorado de repente perdidamente. Ni he experimentado esta mañana, de forma extraña, un hervor de entrañas. Pero, ¿se han dado cuenta de que la gente se besa poco? El otro día recorría el Paseo de Almería de punta a punta, distraído mientras devoraba miles y miles de ‘twitts’ nocturnos cuando, sin apenas reparar en ello, observé a una pareja de jóvenes, en pie, en medio de la acera, despedirse cual protagonistas de la famosa instantánea de Robert Doisneau, ‘Le baiser de l’Hôtel de Ville’. Estaban como inmiscuidos en una escena pasional, digna de un final de comedia romántica. Y me observé sorprendido. Fue como un flash. Como si no hubiera visto nada igual antes. “Nada más lejos de la realidad”, me repliqué a mí mismo. ¿Entonces, por qué me sorprendía? ¿Por qué me asombraba la pasionalidad de aquel beso? ¿Por qué me llamaba tanto la atención esa instantánea en plena calle si la había visto miles de veces en bancos de la Rambla, en portales de callejuelas del centro, en toallas llenas de arena en pleno Zapillo o en las puertas de embarque del Aeropuerto?
Soy de los que le dan importancia a las pequeñas cosas. Y después de esa foto fija, en pleno Paseo, me llevé todo el día dándole vueltas al coco. ¿Por qué esa sorpresa? Después de escuchar pareceres, besos de película, recuerdos de juventud y hábitos sobre el contacto físico en mi entorno, creo haber llegado a la conclusión que comentaba arriba, que la gente se besa poco.
A pesar de que el beso tenga también connotaciones de traición -el beso de Judas- continúa siendo una de las más amplias, cercanas y sensibles maneras de demostrarse afecto, amor fraternal y pasional. Ese contacto con otros seres a través de los labios, sin barreras, es un ‘desnudo’ hacia el prójimo que no sólo practican los humanos. También lo practican nuestros primos hermanos, los primates. E incluso existe documentación científica que demuestra beneficios físicos: la liberación de oxitocina -una hormona básica en funciones como el orgasmo, el enamoramiento o la maternidad-.
Entonces, ¿por qué nos resistimos? “La gente es muy reacia a mostrarse afecto en público. Y cada vez más”, me dice una amiga. “Es como demostrar abiertamente una debilidad, un punto flaco. El afecto, como llorar, muestra puertas que nunca se cierran, puntos de derrumbe. Y eso te convierte en alguien vulnerable”. Los abrazos, los besos, andar de la mano, tocarse al hablar… ¿son algo tan íntimo que no se puede hacer en público?
En un reportaje de la BBC Mundo, la sexóloga Denise Knowles reconoce que la gente presta mucha atención a saldar el pago de las tarjetas de crédito, pero poco a cancelar deudas emocionales. “Se pone mucho énfasis en tener muy buenas relaciones sexuales y muchos se olvidan de que un simple beso es una fácil manera de mantener el contacto”.
Ese elemento que todos practicamos, por el que el arte vive y ha vivido una constante atracción (véase si no Gustav Klimt, Victor Jorgensen, o incluso el cuento infantil La Bella Durmiente). Esa forma de demostrar con el tacto fugaz un sentimiento que perdura, algo que como tal es etéreo pero que se convierte momentáneamente en tangible… en la socidad individualista y distante ¿lo hemos arrinconado?
Yo por si acaso, me he puesto las pilas. La vida son dos días. Y en esos dos días, con barreras sentimentales, se quedan deudas emocionales en la cuenta corriente. Así que con o sin oxitocinas, ¿por qué esconder el aprecio, el cariño, el afecto o el amor en público? ¿Habrá algo más bonito?


