Menudo papelón le espera a Griñán. Se ha metido en medio de un bocadillo en el que por abajo y por arriba le van a llover críticas y sinsabores. Está, en cierto modo, emparedado. Y junto a él, de compañero de viaje, una Izquierda Unida institucional que deberá verse cómo asume el estar por primera vez en la trasera de las mesas de despacho. Griñán sabe la que le espera, que le puede caer verdadera lluvia ácida. Y de ahí el Gobierno ‘duro’ planteado por el ‘bipartito’ -Susana Díaz, consejera de Presidencia, es de los mordedores de la política-. Parece una preparación para las hostilidades.
A las de abajo ya está acostumbrado. El PP lleva tiempo gobernando en prácticamente todas las grandes ciudades del territorio andaluz, y utiliza los alcaldes como munición en contra del Gobierno de la Junta. PGOU, infraestructuras, transferencias económica… Cualquier excusa es buena para disparar a discreción -con o sin razon- ante el Gobierno que lideran los socialistas.
A la de arriba, se habituó durante un tiempo, los ocho años de José María Aznar. Pero la salvedad de este tiempo está en una crisis económica que está llevando al Ejecutivo de Mariano Rajoy a la adopción de medidas de recorte que dificilmente casan con las políticas keynesianas y socialdemócratas que lleva el PSOE en su ADN -y que en los últimos tiempos se había pasado por alto con José Luis Rodríguez Zapatero-.
Entre estas dos paredes, un Gobierno al que se le recorta el pienso económico por una caída brutal de los ingresos por impuestos y con las materias más socialmente sensibles en su gestión: sanidad y educación.
Por eso, “prietas las filas”. Así lo definía un colega de profesión. Lástima que la población esté cada vez más hastiada de guerras y, quizá por ello, corrientes políticas con un espectro limitado estén acrecentando sus posibilidades electorales. Miren si no a Francia y Grecia.

