En esta vida no todo es blanco o negro. Hay grises oscuros, marengo, blancos rotos, colores crema, o grises perla. Y lo mismo ocurre con los azules, con esos colores del mar que han invadido prácticamente todas las calles del centro de Almería y de muchos de sus barrios.
El azul puede ser también el color de amor. Quien sabe. Esta mañana he visto como más de veinte personas hacían cola frente a una de esas maquinitas nuevas que, con la ‘P’ mayúscula en la cima, convocan a la ciudadanía a rascarse el bolsillo y echar unas moneditas. La cola apenas avanzaba. Y como a mal tiempo, buena cara -en este caso un tiempo excepcional, con el ‘lorenzo’ cayendo de pleno sobre los paseantes- la indignación de tener que estar parados, en pie, a la espera de sacar el tique de la zona azul crea nuevas sinergias, nuevas empatías en la ciudadanía.
“Vaya, pues otra vez aquí, esperando…”, podría decir el chico, que todos los días, de buena mañana, se encuentra con la chica a la que veía constantemente pero con la que no había tenido oportunidad de cruzar palabra. “Ya ves… A este paso nos vamos a hacer amigos”, le podría contestar ella.
Antes, no hace tanto, el motivo para cruzar las primeras palabras podría ser el manido “¿tienes fuego?” en cualquier discoteca o pub. O ese otro -incluso de mal gusto- “¿estudias o trabajas?”. Ahora, puede haber otros motivos. Y yo me imagino a esa pareja de jóvenes, intercambiando palabras a diario. Diciéndose buenos días al calor de la lenta maquinita expendedora de tiques que agolpa a la gente ante la inexistencia de otras cercanas. Y mira, uno que tiene un corazoncito, se pone romántico.
Quién sabe si algún día, ayudándose entre sí a introducir los números de la matrícula, alguno de los dos decidiera pedir el número de teléfono. Quién sabe si más tarde, al tiempo, en vez de dos tiques de zona azul, solo tuvieran que sacar uno, el del coche compartido… Es mucho imaginar, pero poniéndonos a darle vueltas a la cabeza, quién sabe si el día de la mañana, la declaración de amor puede llegar en forma de tique del ORA. Porque la maquinita deja, eh, y si no vean la prueba.
Ocurra o no ocurra, a un buen amigo se le ha venido a la mente otra idea para positivizar las nuevas costumbres de la zona azul. Visto que a diario, y prácticamente a todas horas, ordas de personillas se agolpan frente a la maquinita de los tiques para sacar el papelito, y que las lentas máquinas les obligan a estar algunos minutos bajo el duro sol almeriense, ha pensado que lo mejor es hacer de esa ‘mala suerte’ una posibilidad de negocio. “Este verano, pongo una sombrilla al lado y con una nevera vendo cervezas y refrescos. Me voy a hacer de oro”. Todo es cuestión de probar…



