Chérigan somos todos

Permítanme que les cuente hoy algo que me pasó hace ya algunas semanas y a lo que aún le doy vueltas de higos a brevas. Estaba yo con unos amigos tomando una cerveza y un cherigancito en una terraza de las que ahora abundan en Almería cuando, por ‘bocacalle’ comienzo a oir los sones del ‘Pasodoble español’. Vamos, todo muy patrio: cerveza fresca, tapa almeriense y pasodoble. La música iba in crescendo cuando veo aparecer por la esquina un grupillo de personas con un gran equipo de radio, una escalera y, atención, una cabra.

Sí, había vuelto la famosa cabra, esa que se encarama escaleras arriba para que la gente eche unas monedillas a sus pies y alegre a sus dueños.

Hacía siglos -sí, es una exageración- que no veía la cabrita. De hecho, la imagen me transportó en el tiempo a mi niñez, cuando había dos sonidos que me hacían asomarme a la ventana. Uno era el pasodoble de la cabrita. Y el otro, el silbido del afilador. Ambos sonidos los he escuchado últimamente. No sé si será la crisis, que devuelve a muchos trabajos a la vida cuando la gente se había acostumbrado a comprar cuchillos nuevos cuando le aparecían las mellas en vez de rasparlos con la piedra hasta volver a sacarles filo.

Bueno, la sorpresa la obtuve cuando el propietario del bar, que de verme de vez en cuando en su terraza, ya me tiene fichado, se me acerca mientras un servidor, con la cabeza girada 180 grados, seguía mirando a la cabrita encaramarse a la escalera, y me dice: “esto tiene un ‘Chérigan de atún”. Pues sí, lo tiene. Y aquí está.

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