Las cosas del palacio

Algunos políticos llevan años intentando convencerme a mí (y al resto de la ciudadanía) de que el edificio ese que hay en El Toyo, uno grande, largo, de estética contemporánea, justo detrás de los hoteles, ese que el Ayuntamiento denominó en su momento oficialmente ‘Edificio Polivalente de El Toyo’, no es un palacio de congresos. Y aunque la inmensa mayoría de la ciudadanía no ha tenido la oportunidad de ver las posibilidades que tiene el edificio, quienes sí que hemos entrado en él -y este fin de semana han ido en torno a 1.500 personas- no hemos visto otra cosa diferente. Qué raro soy, la verdad. Pero observé salas de convenciones, un gran pabellón que con una pequeña remodelación podría pasar a ser un gran auditorio, espacios abiertos para uso incluso expositivo… vamos, todo lo que tiene un palacio de congresos. Y eso que he estado en otros, por lo que he tenido la posibilidad de comparar. Incluso tiene un nombre oficial que lo rebautiza como tal: Palacio de Congresos Cabo de Gata – Ciudad de Almería, aunque aún no haya ni un cartel escrito a lápiz en el que lo ponga.

Curioso, ¿no? Porque otros tantos políticos llevaban los mismos años que los anteriores intentando convencernos de que eso no era una caja de zapatos vacía, y que mantenerlo cerrado durante años era una mera decisión política desacertada. ¿Qué ha ocurrido entre medias? ¿Nadie recuerda las palabras de entonces? ¿Ni siquiera la oposición que tanto guerreara para conseguir lo que este fin de semana se demuestra como una realidad tangible?

Es cierto que habría que invertir un buen puñado de euros en reconvertir lo que a día de hoy es un pabellón deportivo en un auditorio. El inmueble tiene esa posibilidad, y estoy convencido de que no resultaría tan caro. Al menos no tanto como construir un edificio nuevo, tal y como pretendían Rodríguez-Comendador y los suyos en la pasada Corporación.

Puede que hayan pensado, Comendador y su equipo, que las palabras se las lleva el viento y que solo los hechos permanecen. Que la memoria selectiva ciudadana es tan volátil que la “caja de zapatos vacía”, o incluso que “Vladivostok” son cosas que se olvidan. No estoy en sus cabezas. Pero creo que alguien, en su momento, se equivocó y aún a día de hoy sigue sin decir esta boca es mía. Ni el manido dicho de “rectificar es de sabios” ha podido reencauzar las cosas. Pero alguien debería de responsabilizarse por haber mantenido ese magnífico edificio para convenciones cerrado durante siete años. Ese edificio nos costó mucho a todos los ciudadanos, catorce millones de euros. Y sí, también a usted. Muchos euros para que haya estado cerrado, arrinconado, como si fuera un trastero. Porque manteniéndolo cerrado nos hemos gastado todos los almeriense más dinero que si lo hubiéramos utilizado como lo que es, como un centro de congresos que se puede alquilar y al que se le puede sacar rendimiento económico.

Y cuando hablo de responsabilidades, no solo hablo de admitir errores. Pese a que en este país eso de asumir responsabilidades sea lo mismo que cenar a las ocho, algo que se hace en el extranjero.

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