La capacidad de elegir es un gran poder

Hay teorías económicas que preconizan que el consumo es el componente más importante del ser humano. Sin negar la importancia que para el hombre tiene el consumir, le va en ello la vida, tengo que afirmar que tal aseveración no es tan categórica pero tiene una importancia vital en la regulación y mantenimiento del planeta.
Últimamente corren ríos de tinta sobre el cambio climático. La repercusión que la acción destructora de las grandes compañías (en definitiva el hombre, algunos hombres para ser más exactos) están llevando a cabo sobre el planeta, trae a mal vivir a “opinadores” catastrofistas que preconizan poco menos que el fin del mundo y a pensadores más optimistas que le quitan mucho hierro al asunto. Yo no voy a decir quién tiene más o menos razón, porque no soy experto, y opinar sin conocimiento de causa siempre me ha parecido imprudente, pero desde la posición que tengo, en una organización de consumidores, también quiero dejar mi opinión.
Las compañías y los gobiernos tienen muy buenas intenciones (la presión de los votantes para unos, la de los consumidores para los otros, aunque son las dos caras de la misma moneda), pero como a las primeras lo que les mueve es la rentabilidad y a los segundos las consecuencias que la falta de productividad y despido de personal tengan en su gobierno, exponen, anuncian, hacen alarde de querer poner remedio pero la realidad es que no hacen mucho para poner coto a esta devastadora cabalgata. Ahí están Kioto, Río de Janeiro, etc.
Los que destrozan no pueden ser los mismos que reparen el daño porque si no han tenido miramiento a la hora de arrasar, los sentimientos humanitarios no les van a aflorar para restañar las heridas. El verdugo no puede ser el que consuele a las víctimas por lo tanto o somos los consumidores, unidos, los que presionamos, exigimos, maniobramos o los devastadores van a continuar con su corrupta conducta y nuestros hijos sufrirán nefastas consecuencias por nuestra desidia.
Si ellos que son los que tienen poder, los que rigen los destinos del mundo no lo arreglan, no remiten en sus acometidas de desolación, me preguntan algunos, ¿qué puedo hacer yo?, y ¿si lo hago yo y no lo hace el resto de usuarios para qué sirve? ¿Tengo que dejar de utilizar estos resortes que me hacen tener una buena calidad de vida?
Vayamos por partes. Siempre he creído que el poder del consumidor, aunque también conozco su poca disponibilidad al movimiento, a la crítica, a la reacción, es importantísimo. Los consumidores poseemos una herramienta poderosa en nuestras manos; podemos cambiar las estrategias económicas si de verdad nos lo creemos, porque tenemos la capacidad de elegir y porque somos los únicos destinatarios de sus productos. Así de simple y de complicado al mismo tiempo. Los usuarios, por lo tanto, podemos poner coto a los desmanes que el capital, en su afán devastador de ganar dinero tiene, con sólo proponérnoslo.
Segundo, un litro de agua tuya, un kilovatio del vecino y un reciclaje del aceite mío, son migas, si quieres, de ahorro y de concienciación que se pueden ir multiplicando a poco que vayamos corriendo la voz, a mucho que abramos los ojos a los que nos rodean de que no podemos seguir con este derroche, que vamos a velocidad de vértigo y el coche casi está en la reserva.
Tercero, el hombre aprende por imitación. El niño, actúa conforme a los modelos de sus padres y mayores. Si ve que su padre derrocha agua cuando se afeita, si observa que no se recicla en casa, si no se apaga la luz cuando no se necesita, si se abre la ventana con la calefacción puesta, etc. en definitiva, si mama, desde la cuna, este mal comportamiento, esta desidia en la utilización de los recursos perecederos, ¿qué podemos esperar de él?
La educación es fundamental, los modelos, las buenas costumbres son importantes en la lucha contra la degradación de la tierra, es imprescindible para la concienciación de los que nos van a sobrevivir. Evidentemente en la escuela se debe y se tiene que reforzar este modelo, esta idea si queremos que nuestros descendientes mantengan viva la antorcha de la reivindicación, pero, repito, es en casa donde tienen que ver hecha realidad esta práctica.
La utilización racional de productos (….) no nos quita calidad de vida. Consumir responsablemente no resta ni un ápice a nuestro vivir diario y, si a esto, le añadimos que deberíamos mirar un poco por los que no pueden mantener nuestro tren de vida, o peor aún, nada tienen que llevarse a la boca, creo que es razón suficiente para que nos pongamos manos a la obra, unamos nuestras fuerzas y ejerzamos nuestro poder. En nuestras manos está conseguirlo.

Hambre y consumo

“La silenciosa matanza cotidiana del hambre constituye un asesinato” dice Ziegler citando el informe mundial de la ONU para la agricultura y la alimentación (FAO), según el cual 17.000 niños menores de cinco años murieron de hambre diariamente en el año 2004. No voy a desglosar la cantidad en horas, ni minutos, ¿para qué?, aunque aterradora la cifra, 6.112.000 niños muertos en un año, casi la población de Andalucía, ya ni nos inmutamos, es más, nos molesta que nos pongan esas imágenes de niños negritos esqueléticos, moribundos en brazos de sus padres, cuando estamos viendo la tele al medio día, comiendo.
¿Por qué nos molestan esas imágenes?, ¿podremos callar nuestra conciencia con haber conseguido que las televisiones no nos las pongan?, ¿tan dormido tenemos el corazón que no se nos revuelven las tripas al ver este drama en el que vive nuestro planeta?, ¿somos conscientes que formamos parte de un ecosistema y que por lo tanto tenemos responsabilidades en su mantenimiento integral y justo? Estamos tan atareados en la búsqueda del Dorado particular que nos olvidamos que somos miembros de una conciencia colectiva y que estamos obligados a aportar nuestra alícuota parte de responsabilidad en la reparación de esta avería que la humanidad tiene y por la que se está desangrando a borbotones.
La ONU entre sus ocho objetivos de desarrollo para el milenio tiene, con el número uno, la erradicación de la pobreza extrema y el hambre antes del 2015. 191 pises se han adherido a ese compromiso, es loable, es de agradecer, pero todos sabemos que no será posible, todos conocemos lo que ocurre a la hora de la verdad, todos sabemos los avatares políticos que se ocasionan y las desavenencias que se originan a la hora de poner en práctica las políticas de desarrollo. Lo dejo ahí para que cada uno lo piense.
¿Ahora eres tú el escéptico?, me puede preguntar alguien; a nivel de macro estructuras sí, lo reconozco, pero a medida que la implicación va bajando escalones e interviene el factor humano, no el político o el económico y son organizaciones no gubernamentales, colectivos sociales, no politizados, mi credibilidad aumenta muchos enteros. Por eso mi llamamiento a la participación real al individuo, por eso mi petición de apoyo efectivo al hombre de la calle, a ti.
Ya sé que todos no nos podemos enrolar en las filas de los que trabajan a pie de obra en las organizaciones, que no todos tenemos el espíritu de abnegación y entrega que ellos tienen, que alguien tiene que seguir produciendo; pero sí podemos pedir a ese espíritu egoísta nuestro que sacrifique algo de sus vanidades, que contenga el gasto, muchas veces superfluo e innecesario, y aporte pequeñas cantidades, no es necesario desprenderse de mucho, un euro puede salvar una vida, para que a la sangría de la muerte se le pueda poner una venda que la tapone.
Andalucía se vuelca en las grandes catástrofes, somos un pueblo solidario, me enorgullece pertenecer a él, pero bajamos muchos enteros en nuestra solidaridad del día a día, apartamos la mirada y la concentramos sólo en lo nuestro, sé que todos tenemos nuestros compromisos, que nuestra vida no es un paseo de rosas, pero deberíamos tener una mirada más amplia, más colectiva, más global, ahora que está tan de moda la globalización, copiemos de los que lo quieren abarcarlo todo para ellos y juntemos muchas miradas, unamos multitud de manos, llenemos muchas bolsas de euros y repartámoslos para esos muchos niños que necesitan un grano de arroz para llevarse a la boca.
Los estados tienen la responsabilidad que tienen, debemos exigírsela naturalmente, las organizaciones saben y hacen lo que sus objetivos tienen previsto y todos sabemos que hay muchas y que lo hacen bien, la sociedad civil, nosotros, hombres y mujeres de la calle, tenemos la obligación moral o ética, que cada cual se agarre al clavo que quiera, de contribuir a paliar el hambre que azota algunas regiones de nuestro planeta, repito nuestro planeta, porque como he dicho en alguna ocasión, nuestra responsabilidad de colaborar al bien común como ciudadanos, no se circunscribe sólo al ámbito de nuestras fronteras, a las que estamos tan apegados, nuestro compromiso como especie, es velar porque todos sus miembros, al menos, puedan comer, principio para que su desarrollo posterior, educación, sanidad, trabajo, etc., pueda tener una continuación.
¿No andamos afanados, muchas veces, en la conservación de especies animales, incluso espacios naturales?, intención que alabo y aplaudo. ¿Cómo es posible que no nos duela la muerte de tanto niño, de tanta humanidad que ha tenido la mala fortuna de nacer en un lugar donde, unas veces la misma naturaleza les arrebata su sustento, pero otras veces hemos sido nosotros, otra parte de la humanidad, la que los ha dejado desprovistos de todo?.
Como siempre digo, no pretendo hacer tremendismo, no quiero aguar el día a nadie, sólo pretendo ser el altavoz de ese grito de auxilio que nos llega, de allá, de esos lugares lejanos pero que son una pieza del puzle de nuestro pequeño planeta, por si alguien lo escucha, (lo lee en este caso), se para, piensa y quiere arrimar el hombro.

Organismos manipulados genéticamente

La Unión de Consumidores y Usuarios de Andalucía, UCA-UCE, ha llevado a cabo un estudio elaborado por un equipo multidisciplinar, en colaboración con la Fundación Biodiversidad, sobre la utilización de Organismos Manipulados Genéticamente, en la alimentación y sus repercusiones en el medio ambiente.
Las conclusiones no han podido ser más concluyentes. La primera de ellas, llamativa, ha sido que el 65 % de los ciudadanos andaluces desconocemos si los alimentos que ingerimos día a día, están tratados genéticamente. La segunda realidad y más sorprendente aún, ha sido que de 300 productos para el consumo analizados, que contenían Organismo Manipulados Genéticamente, ninguno, repito ni uno solo, tenía información sobre su composición, es decir, la obligada etiqueta explicativa, brillaba por su ausencia, incumpliendo así, la Ley General de los Consumidores y Usuarios.
Esto es lo grave del tema. El consumidor, a pesar de la Ley, sigue indefenso ante un poderoso mercado abusivo y si no mentiroso, porque cumple la legislación vigente, con normas muy permisivas, de manga ancha, no nos trata como adultos, no nos dice toda la verdad de los componentes que llevan los alimentos. Deben pensar, estos depredadores, aquello de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Si no lo ponemos en la etiqueta, no se lee, no se conoce, no se rechaza. Nos niegan la capacidad de elección. Nos siguen considerando menores de edad.
La Unión de Consumidores no entra en la defensa, ni en la satanización de la utilización de Organismos Manipulados Genéticamente, en los alimentos, no era este el objeto del estudio, porque ni los organismos internacionales, ni nacionales, ni autonómicos tienen claro el tema; ni siquiera hay un criterio unánime en la comunidad científica mundial, ni los investigadores pueden certificar la idoneidad o efecto malsano de dicho tratamiento. (Debo aclarar que, de todos los organismos consultados, sólo los ecologistas de Greenpeace y Salvemos la tierra, declaran que esta práctica es peligrosa y acarrea graves consecuencias para el ser humano y la biodiversidad), el objetivo de dicho estudio era saber si el consumidor conocía esta práctica y si el cumplimiento de la ley era el correcto. La realidad nos ha superado otra vez. La información veraz, que marca nuestra ley se conculca impunemente, por la desidia de la administración, por la avaricia descontrolada del mercado, (no se le puede dejar suelto y los que defienden la libertad del mercado, no saben lo que dicen), y no menos grave la dejadez del consumidor que no desecha todo aquel producto que no esté debidamente etiquetado y correctamente analizados sus componentes.
No pretendemos alarmar a la población con este estudio, repito no hay estudios concluyentes, pero más de uno se quedaría de piedra si supiera la cantidad de alimentos que ya contienen Organismos Manipulados Genéticamente, hoy día en el mercado (el listado de estos trescientos productos los tenemos recogidos en el libro, el que lo desee puede solicitarnos la información), lo que hemos querido poner de manifiesto es como las grandes multinacionales, los dominadores del mercado de la alimentación, nos engañan impunemente y no nos dan la posibilidad, a los consumidores, de poder elegir si queremos consumir estos productos tratados o no.
Una vez más esta Organización está a la vanguardia y en permanente estado de alerta, en defensa de los consumidores, como marcan sus estatutos, y velando porque los derechos de los consumidores no se vulneren. De ahí, que una tercera consecuencia que hemos sacado de este estudio ha sido la de hacer llegar a la administraciones, propuestas para articular normas que, o bien no están contempladas en las que tenemos, o están desfasadas y no se adecuan a los tiempos que corren. Esperemos que este estudio conlleve una mayor vigilancia por parte de la administración, una apuesta decidida por legislar una estricta normativa en este campo y una cautelosa elección de los productos por parte del consumidor. Por ello trabajamos, por eso vamos a seguir en la brecha.

¿Es posible erradicar el hambre?

Hace una década había excedente de alimentos, el problema era la distribución, hoy, cien millones de personas en el mundo pasan hambre. Hemos pasado de cultivar para alimentar a la población a producir con fines industriales, para alimentar nuestro afán de progreso, de altas cotas de bienestar sin importarnos que millones de seres humanos mueren sabiendo que hay alimentos que en lugar de dedicarlos a paliar su hambruna se dedican a generar biocombustibles, lo que podríamos decir, a alimentar la industria, llenar los bolsillos de los mercados de futuros. ¿Hacia dónde camina la humanidad?
Últimamente toda la innovación se dirige a conseguir nuevas avances en terrenos como la medicina, la genética, la comunicación, etc., que está muy bien, y se ha abandonado la innovación, la inversión, los retos de buscar nuevas formas de producción agrícola, escudriñar alternativas propicias que pudieran acabar con la escasez y, de aquellos abandonos, estas hambres, estas muertes.
Si a los problemas expuestos añadimos las consecuencias que el cambio climático está generando, falta de lluvias, tornados, terremotos, sequedad, la subida injusta de los alimentos y las materias primas, y la apertura de los gigantes asiáticos, China, la India, al consumismo feroz que el mundo occidental practica, lo que se nos avecina es un complicado y negro futuro.
La FAO reúne de hoy hasta el cinco de este mes, en Roma, a la mayoría de los países, tal vez asustada porque el compromiso del milenio, acabar con el hambre en el 2015, es un reto ya fracasado mucho antes de la mítica fecha. Se cuantifica en mil setecientos millones de euros la cantidad necesaria para mitigar el hambre actual, (cifra ridícula para un solo país rico, imagínense repartida entre todos los que así se consideran), que espero se pongan en cima de la mesa, pero no sería lógico que sólo se fijaran este necesario e imprescindible paso, se tendrían que asentar las bases para atajar el problema estructural, la ayuda a la mecanización de los países pobres, la vuelta a cultivos para la alimentación abandonados para cosechar otros industriales, la inversión, y todas aquellas líneas que conduzcan a obtener los alimentos necesarios para que no muera ni un ser humano más.
Y mientras los políticos debaten, cosa que tanto les gusta, nosotros, ¿dejamos en sus manos la solución o podemos hacer algo? Recuerdo, cien millones de humanos están pasando hambre.

Noches, sueños…

Para descansar un poco de tanto artículo, os cuelgo esta pequeña historia que espero que os agrade.

Mis recuerdos nacen en un patio sevillano en el que no había un limonero; eran noches en vela en una azotea mirando al río, música de jazz que se escapaba del hotel María Cristina, silencio y oscuridad. Este espacio abierto, regado por los efluvios de una dama de noche y por un jazmín ebúrneo, fue el ágora donde platicaba conmigo misma, el templo donde rezaba a los dioses de mis anhelos, el santa santorum de mis sueños. A bordo de este velero navegaba cada noche, solitaria, como una lechuza, hasta llegar al mar donde tiraba por la borda todas las amarras que durante el día me ataban al mundo y la plácida templanza del recorrido adormecía mis sentidos, las luciérnagas del cielo tejían guirnaldas de guiños, la brisa peinaba mis cabellos mojados por los caprichos del agua. Una vez en Sanlúcar de Barrameda, me despojaba de mis miedos, las olas me cogían de la mano y me transportaban por escalas de salinidad, por corrientes de aromas de coral, por los caminos recónditos y misteriosos de las profundidades del océano.
Maríaaaaaa, un grito chillón e iracundo de mi madre, que rasgaba la noche como un cuchillo matancero, me sacaba de mis vuelos oníricos y me devolvía a la realidad de una Sevilla engominada, silenciosa y acobardada por la espesura que salía de la dársena del río y que la envolvía como si de un caramelo se tratara. Bajaba temblorosa las escalinatas a la bodega de una casa lóbrega que me engullía hasta que las luces álgidas de la mañana me despertaban. No sé que voy a hacer contigo María, me repetía cada mañana mi madre, como una letanía, machaconamente, mientras me peinaba para ir a la escuela. ¡Tienes que despertar de ese embobamiento en el que estás siempre metida, niña¡ me gritaba mientras me hacia unas trenzas que nada me gustaban pero que a mi madre le ahorraban tiempo a la hora de domar este pelo de espartos que siempre he tenido.
Crecí, como crecen todas las niñas, pero el crecimiento interior no seguía el mismo ritmo, iba por otros derroteros, yo seguía subiendo cada noche a la azotea y tumbada sobre la proa, mis sueños renacían con más fuerza, con más sensibilidad; aquellos viajes idílicos eran el bálsamo que restañaba las heridas que recibía cada día en la escuela, en casa, en la calle. Por aquel entonces tenía un oso de peluche, gastado y vapuleado por los malos tratos que mis dos hermanas le habían propinado al que le contaba todas mis inquietudes de niña, todos los sueños que me asaltaban, todos los deseos que quería alcanzar en la vida. El nunca me dijo nada, pero tampoco me importunó, me servía de compañía, me sentía segura a su lado.
La pubertad trajo consigo cambios biológicos que me inquietaron muchísimo, que me dieron más de un dolor de cabeza pero que no tuve más remedio que aceptar. El osito seguía conmigo, me seguía dando seguridad. Dejé la escuela, la situación familiar había cambiado radicalmente, mi padre murió en un accidente laboral, mi hermana mayor se fugó con el novio, mis dos hermanos deambulaban de aquí para allá hasta que dieron con sus cuerpos en el talego, mi madre se volvió taciturna, yo entré a trabajar en una mercería y mi hermana Julia tomó las riendas de la familia. Entre ella y yo había una corriente de complicidad, era la única que me entendía, la que me ayudó a aceptarme tal como era.
El hijo de la dueña de la tienda comenzó a rondarme, al principio lo rechacé, era un chico soso, poco afable, algo huraño, ¡un dechado de virtudes, vamos¡ que nada tenía que ver conmigo, sensible, delicada, soñadora, pero tanta insistencia y alguna insinuación de su madre abrieron la puerta de mi cerrazón y estuvimos saliendo unos meses hasta que él se hartó de mis fantasías, de mis quimeras. No me supuso ningún trauma su abandono, nada sentí con sus besos, nunca alcancé el placer con él, era para mí como aquel osito que me acompañaba en mis noches viajeras, aquellas de la azotea, que había abandonado porque nos echaron de la casa, por impago, pero que seguían reverberando en mi interior.
Pasaron los años, mi madre murió, de mis hermanos nunca supe más, mi hermana, la que se fugó, volvió a Sevilla y hoy vive en la calle, lleva una vida penosa y lacerante, maltratada por todos a los que se arrima, por unos sorbos de alcohol y sólo mi hermana Julia y yo seguimos como familia. Ella nunca tuvo pretendiente, rechazó a cuantos se le insinuaron y hoy es una mujer madura, entregada en cuerpo y alma a causas perdidas; Regenta una ONG´ que acoge a mujeres desamparadas por la sociedad, a las que trata de limpiarles el barro de la prostitución, lavarlas para que no huelan a vino. Una de ellas es mi hermana mayor.
Dejé la mercería y un buen día, con una pequeña mochila a la espalda, me subí a un barco, no era el barco de mis sueños, no sentí lo que tantas veces había corrido por mis venas en aquella azotea, a oscuras, bajo el cielo estrellado, con aquellas melodías del Misisipi envolviendo la noche, pero el comienzo de una aventura echaba a andar. Me enrolé, por el pasaje, en un barco mercante, cuyo destino era Argentina. Fue un viaje penoso, duro, en medio de marineros curtidos por los vientos sólidos de la mar océano, quemados por un sol de justicia que rola por estas latitudes, ¡qué distinto al viaje de mis sueños! Recibí todo tipo de humillaciones, de abusos, hasta que desembarqué en el mar de la plata.
Corría el año de mil novecientos, llevaba apenas un mes en aquella ciudad, un conglomerado desordenado de edificios, de razas, de criollos, hasta de lobos de mar, no me refiero a los marineros, sino a los auténticos mamíferos del mar, además llovía un día sí y el otro también, yo que venía de una ciudad donde la lluvia reza el dicho que es una pura maravilla pero que es escasa, esta imagen chocó tan bruscamente con el idílico de mi Sevilla, que mi primer pensamiento fue volverme. Resistí, busqué trabajo en una fábrica de salazones y, aunque la sensibilidad que era mi prenda más preciada, mi seña de identidad, se cayó por la borda del barco durante la travesía, los sueños se sazonaron en aquel trabajo duro y maloliente y los sentimientos encallaron y me volví una mujer insensible y sin pasiones comencé a sentirme parte de un pueblo joven, que trataba de quitarse el olor a la dependencia, que aún le quedaba, de la madre patria.
Tengo cuarenta años, llevo diez en esta ciudad que se está convirtiendo en parada y fonda de las clases pudientes del país, por sus aguas termales, por la oferta turística que presenta, por la variedad de paisajes que encierra. La vida me ha quitado muchas cosas, la inocencia, la capacidad de soñar, la sensibilidad de mis sentimientos, todo, y no me ha dado nada, pero sigo conversando con aquel osito de peluche triste y feo, cada noche, bajo un cielo distinto, con unos aromas que llegan del mar, con una música sensual y nostálgica pero ya no soy la misma mujer de Sevilla.
Los colores del Guadalquir, cada vez más apagados en mi mente, han comenzado a teñir de nostalgia mis noches de insomnio, los olores del azahar, difuso ya en mis sentidos, coronan mi cama, la melancolía y la tristeza me está matando. Ahora que tengo dinero podría volver, comprar aquella casa en la que tanto soñé, adecentarla y volver a tumbarme boca arriba, en la terraza, bajo el cielo perfumado de Sevilla, y navegar por el río hasta que la imaginación se funda con el horizonte. El osito volvería así a guardar silencio, a darme compañía en soledad.
Sí, poseo una pequeña fortuna y un negocio rentable, una factoría de salazones, podría venderla, volver a mi tierra y reunirme con mi hermana, la abnegada, puede que mi otra hermana, la descarriada, esté recuperada, buscar a mis hermanos, y volver a vivir, en aquella casa, en la que fui feliz, toda la familia. Por una vez la vida me sonrió, aunque ésta duró poco, el dueño de la factoría me pidió matrimonio, nos casamos, no hemos tenido hijos y él desapareció, en altamar, un día de invierno, en medio de una tormenta. Yo no estaba convencida pero su dulzura, sus atenciones fueron poco a poco calando en mi alma y una tarde lluviosa, ¡cuando no llueve aquí! Nos casamos y, si es verdad que no han sido cinco años de película, al menos han sido agradables.
Maríaaaaaa, esta no es la voz de mi madre, no es chillona, es dulce como la miel, es la de mi hermana Julia y me llama para que baje, es media noche y ya no tengo edad para estar bajo el raso aunque éste sea suave y lento como el que navega por la dársena del Guadalquivir. Cojo mi osito y bajo a los camarotes de este patio de Sevilla en el que he plantado un limonero.

Sin título

Hace unos días, alguien insinuó, creo que fue Bomarzo, que volvieramos a los cuaversos, aquí dejo este que escribí ya hace bastante tiempo pero que tiene toda su vigencia.

Dolor, odio, desespero,
Desengaño, hambre, muerte
Es sin duda la suerte
Que recorre el mundo entero.

Dolor de esposa pasiva
Que en la quietud de la alcoba
De la muerte negra y torva
Espera la triste misiva.

Odio de pueblos hermanos
Que en el camino se traban,
Con saña negra se cavan,
La fosa con ambas manos.

Desespera el obrero
Que en el largo y duro paro
Su casa con amargo desgarro
Recorre un agrio sendero.

Desengaño del poeta
Su verso nace ya muerto.
Salen sin rumbo y sin puerto
Los hombres hacia la meta.

Ansiedad, la juventud tiene,
De amor, de sueños felices,
No quieren les supervisen,
Quieren labrar lo que viene.

Hambre, reguero de sangre
Que alimenta la inconsciencia
De media humanidad ociosa,
Foso de muerte que sustenta
La opulencia de la tierra.

Medio ambiente y consumo sostenible

En la cumbre de Johannesburgo, quedó muy claro que la crisis social y medioambiental es cada vez más visible. Por lo tanto, la necesidad de organizar la economía según la justicia, el respeto al ser humano, a los recursos y a la naturaleza ya no es una cuestión de opinión moral o política, es un imperativo vital que nos exige a todos los habitantes del planeta poner algo de nuestra parte.
Las instituciones públicas tienen que cumplir su cometido y así debemos exigírselo, pero nos jugamos tanto que no debemos dejarlo sólo en sus manos; no olvidemos que los consumidores tenemos a nuestra disposición unos medios de intervención que pueden tener una influencia directa sobre los centros de poder económicos.. Esta posibilidad no deriva de derechos particulares garantizados por la ley sino de nuestra voluntad de vivir de forma responsable algunas funciones cotidianas, como el trabajo, el ahorro y, sobre todo, el consumo.
Un consumo crítico es aquel que se pregunta por las condiciones sociales y ecológicas en las que ha sido elaborado un producto o un servicio y cuáles son sus consecuencias.
Un consumo ético sería el que se ejerce cuando se valoran las opciones como más justas, solidaria o ecológica y se consume de acuerdo con estos valores y no sólo en función de la rentabilidad económica.
Esta actitud, en primer lugar, nos obliga a buscar toda la información posible, conformar un pensamiento crítico con la realidad que nos rodea, cuestionándonos qué hay detrás de cada cosa que consumimos y cuáles son sus consecuencias. En segundo lugar, tenemos que reducir los niveles de consumo como una opción ética. Se trata de cambiar nuestros hábitos de consumo optando por un modelo de bienestar no basado en la posesión de muchos bienes materiales. En definitiva, un cambio en nuestra escala de valores y en nuestras prioridades. Hay que desarrollar una conciencia crítica y solidaria acompañada de comportamientos más colectivos y políticos. Cuando hacemos la compra no debemos dudar que seamos poderosos y que las empresas estén en una situación de profunda dependencia de nuestros comportamientos como consumidores. Nuestro estilo de vida, la del mundo que decimos civilizado, influye en el medio ambiente de forma positiva o negativa según las decisiones que tomemos: baño o ducha, coche o transporte público, bolsa basura o contenedor de reciclaje, etc. marcarán una tendencia.
Desde la Unión de Consumidores de Granada no pretendemos que la gente se angustie cuando se percate del daño que puede estar haciendo, sin proponérselo, al planeta, sino todo lo contrario, demostrarle lo fácil que resulta tener una actitud responsable con el medio ambiente, un comportamiento ecológico. Pretendemos concienciar de lo que hacemos, hacer ver nuestra forma de consumir, alterar algunos de nuestros hábitos, de nuestras pautas de comportamiento sin menoscabo de la calidad de vida. Si queremos ejercer de consumidores responsables debemos asumir que cuando compramos un artículo hacemos una doble adquisición: una, el producto en sí; y dos la responsabilidad en los efectos sociales y ecológicos provocados durante su proceso de producción. Es importante pues, conocer las consecuencias que provocamos con las demandas de artículos y recursos que requieren cada uno de ellos en la cadena de producción: agua, electricidad, materias primas, trabajo infantil, etc.
Reflexionar sobre todo esto cuando compramos, no estaría de más, no estaría nada mal.

La lenta agonía de Níger

Amigos, después de unos días de vacaciones, que siempre vienen bien, aquí estoy dispuesto a seguir en la brecha. Para conocimiento de los que estaban interesados tengo que decir que no tuvo lugar la presentación del libro, problemas de intendencia o de burocracia lo impidieron.

La lenta agonía de Níger

Siguiendo en la línea de provocar y de llamar la atención, tarea ardua y complicada en la que me embarqué hace tiempo, hoy quiero poner el dedo sobre la situación de un país, Níger, que situado al sur de Argelia y Libia, el desierto del Sahara ocupa su parte norte, es el país más pobre del mundo. Con una población de algo más de once millones de habitantes, una variada etnia, Bereberes, Kanenbú, Moros y Tuareg, doce en total, tiene una mortalidad infantil del 125,7 por mil, infinitamente superior a la media de los países desarrollados, una esperanza de vida de 46,2 años, recalco que en España es casi el doble, una tasa de analfabetismo del 74,2% en los hombres y del 90,3% en mujeres, cifras elocuentes y sumamente llamativas a los ojos de un europeo, que además de incitarnos a una reflexión profunda, nos tiene que llevar a hacer algo urgentemente.
Con estas magnitudes tan famélicas, es normal que esté en la situación tan crítica en la que está sumido, pero no hay razón para que sus habitantes, principalmente su población infantil, corra el gravísimo peligro de no alcanzar ni siquiera los cuarenta años de vida. ¿Qué está pasando en este país que si bien su zona norte es desértica, el valle que riega el río del mismo nombre es fértil? Este deterioro de su economía seguro que es por la ineficacia de sus locos gobiernos, lacra de toda África, pero también por la desastrosa colonización de los europeos, franceses, en este caso, pero si formamos parte de un mismo ecosistema, si decimos que somos parte de la humanidad, ¿cómo es posible que no nos acongoje este drama?
En mi línea de concienciar a la ciudadanía, visto que los grandes poderes mundiales no tienen conciencia, no reparan en estas nimiedades, la muerte de cientos de niños cada minuto es una minucia, porque no alteran los ritmos de la bolsa, ni dejan de sumar dígitos millonarios en sus ya grandes fortunas, no sé ya a quien apelar, porque me siento frustrado; incapaz de abrir la conciencia de los de arriba, la de los que andamos a pie de calle, está siempre presta, pero no tenemos los resortes necesarios para poner remedio al drama de este pueblo que camina pendiente abajo hacia su extinción, ¿qué me queda por hacer?, ¿a qué puerta llamo?.
Los poderes públicos, los gobiernos, a través de la ONU, son los que podrían hacer algo por este pueblo que se muere, poco a poco e irremediablemente, pero todos sabemos lo enrevesadas que son a veces las relaciones internacionales, las trabas con las que se encuentran y los problemas de logística que existen cuando se acuerda llevar y repartir la ayuda necesaria. ¿Qué hacer pues?
Como veis, muchos interrogantes, graves problemas, palabras esperanzadoras en algunos casos, discursos llenos de buenas intenciones en todos los foros pero un pueblo tan altivo y culto como el Tuareg, los del turbante azul, que ya Herodoto los describía como los garamantes que cazaban con sus cuadrigas a los etíopes trogloditas, y el resto de etnias que habitan este enorme país, poco a poco, entre discurso y promesa, entre olvido y desidia se está derritiendo en las tórridas arenas de ese desierto abrasador que es el Sahara africano.
Me gustaría escribir sobre algo más agradable, créanme, pero mientras existan estas calamidades, mientras el hambre ocupe un palmo de terreno en este planeta, mis manos no van a teclear una sola palabra en otro sentido, ni mi mente va a perder un solo segundo en temas que a buen seguro serían más lisonjeros, para eso ya están el papel couché, porque mi conciencia social no me lo permite. Espero que este sentimiento mío vaya conquistando corazones y que poco a poco vayamos conformando un movimiento reivindicativo cuyo único objetivo sea el de abolir las desigualdades de este mundo. Es mi esperanza.

Políticos de ayer, políticos de hoy


“Cualquier tiempo pasado fue mejor” esta afirmación de Jorge Manrique, en las coplas por la muerte de su padre, siempre me pareció incierta, falta de contenido, no ajustada a la realidad, pero si hablamos de la política en España, en concreto, de los políticos actuales, creo que es real, toma toda la fuerza emotiva que el poeta imprimió en su día.

Los inicios de la democracia tal vez porque anhelábamos reconquistar las libertades y también porque lo políticos eran gentes cercanas, los ciudadanos creíamos o deseábamos creer en la política, ahora, aquella alegría se ha tornado en desencanto, en desidia y hastío, consecuencia directa de la clase política actual,obviarlo es negar la evidencia.

Alguien me puede decir que en los primeros años de la democracia, la aceptación de las reglas, de los políticos, era consecuencia directa de la novedad pues iniciábamos un nuevo camino y yo le daría la razón, ya que este deseo, largamente esperado, era el argumento principal que los españoles teníamos para estar contentos, para confiar en los políticos, pero no es menos cierto que aquellos hombres que se lanzaron a la arena, tenían un carisma especial, un entroncamiento más estrecho con el pueblo que el que hoy tienen los que ostentan el poder. Esto es lo que piensa mucha gente y también lo que yo constato. Personajes como Felipe González, Jordi Pujol, Ardanza, Carrillo… con todos los defectos y errores que queramos sacarles, no los encontramos hoy en ninguna de las listas; Aquellas personas tenían predicamento y magisterio, los de hoy, son fofos, faltos de entidad, advenedizos de la política que sólo desean ganar dinero, vivir bien, no dar un palo al agua, lo que en la calle se dice cada vez con más frecuencia: la especulación de la política.

Evidentemente, toda generalización conlleva agravios, errores, apreciaciones indebidas, pero cuando se habla desde la vivencia personal, desde la creencia honesta, que nadie lo interprete como un ataque, ni como un desprecio al trabajo de miles y miles de personas que se dedican a este menester, sino como un grito de desesperanza, como una llamada de atención para que se dé un giro radical a la forma de hacer política de hoy, a la manera de actuar de los políticos de ahora, tanto en la vida institucional como la orgánica o estructura interna de los partidos.

La Política, hoy, se ha mercantilizado. Sé que es duro lo que digo pero no es sólo mi pensamiento lo que expongo aquí, es la dramática constatación de un clima corrosivo en la clase política, las apreciaciones de muchos compañeros que vivimos aquellas primeras décadas de ilusión y de trabajo y que hoy vivimos en el ostracismo más feroz, arrojados como clínex inservibles y sustituidos por unos advenedizos con aspiraciones torticeras, con deseos oscuros y preocupantes.

¿Mi termómetro para afirmar esto con tanta categoría? Mi experiencia, las charlas y charlas de cientos de compañeros y sobre todo el desencanto que reina en la calle, la apatía que elección tras elección se percibe en las urnas, este el espejo en el que miro. El gran pecado de los políticos de ahora es que van de aquí para allá siempre en coche oficial, están sentados demasiadas horas en sillones de cuero, dan muchos pasos sobre alfombras mullidas pero no viven la calle, no se mezclan con el ciudadano, no escuchan sus cuitas, (sólo lo que le cuentan sus asesores), no hacen cola en los ambulatorios, no oyen los comentarios en los bares cuando hay un partido de fútbol, no respiran el mismo aire, ellos vuelan por las nubes, nosotros pisamos tierra firme.

La esencia de la política es trabajar por el ciudadano, devolverle en hechos concretos (hace tres décadas los “hechos reales” eran llevarle la luz a casa, construir colegios e institutos para que los niños estudiaran, ambulatorios para una sanidad universal, hacer los alcantarillados, las carreteras, etc. ) todo el potencial de confianza que le han entregado con su voto, en las urnas. Hoy, ese préstamo concedido a los políticos, es devuelto sólo con discursos vanos, faltos de contenido, evasivos, cuando no distorsionados. Evidentemente, a esta forma de hacer política, no podemos llamarle democracia real, no contiene el verdadero sentido de la política biunívoca: “tú me votas, yo te lo devuelvo en especie, es decir, hacer que el ciudadano alcance mejores cotas de bienestar, que conseguir un trabajo y una vivienda, ( ya que las necesidades externas están conseguidas), no sea una quimera, sino una realidad visible.

Si alguien me dice que los tiempos cambian, las personas también y por tanto las políticas tienen que cambiar, entonces la afirmación con la que inicié este escrito tiene más consistencia. Los tiempos cambian, evidentemente, no faltaba más, los políticos se jubilan, es ley de vida, pero lo que no puede variar, es la acción política, la atención a las personas como eje central, la búsqueda de soluciones que resuelvan los conflictos y no la instrumentación de la política para mantenerse en el poder, blindar los partidos como elemento primordial de la vida pública, que es lo que, en mi opinión, está ocurriendo.

Desde las cúpulas de los partidos criticarán estas reflexiones mías, no espero otra cosa, su visión de la realidad es distinta, partidista, viven bajo el paraguas del partido y defenderán, a capa y espada, sus postulados, con eso ya cuento pero yo he vivido también dentro, conozco la casa, ahora lo hago fuera y, a diferencia de ellos, tengo las vivencias de un ciudadano normal, luego tengo más elementos de juicio que ellos para opinar. A estas alturas de la película, los ciudadanos de este país, no nos conformarnos con bagatelas, no queremos sólo buenas palabras, exigimos realidades, pedimos hechos concretos y una cosa muy importante que no nos ahoguen la esperanza.

Biodiversidad y consumo


Biodiversidad, término que se acuña en la década de los noventa, es esa visión multidisciplinar de aspectos relevantes para la conservación del medio ambiente, del planeta en general. Aunque la biodiversidad constituye un patrimonio mundial por cuanto provee bienes y servicios que contribuyen al bienestar de las poblaciones humanas, evidentemente lo tenemos que contextualizar por entornos o por naciones para su apreciación y su conservación.

variabilidad de organismos vivos de cualquier fuente, incluidos, los ecosistemas terrestres y marítimos y otros sistemas acuáticos y los complejos ecológicos de los que forman parte; comprende la diversidad dentro de cada especie, entre las especies y de los ecosistemas.”

Esta definición, un tanto enrevesada y confusa, acuñada a partir de la conferencia de Río de Janeiro en 1992, lo que pretende es concienciar a la humanidad de la excesiva explotación de los sistemas naturales por la acción del hombre que está poniendo en peligro la diversidad biológica y, por lo tanto, para la obtención de los recursos biológicos que tiene la humanidad para poder seguir habitando en el planeta.

La sociedad, cada uno de nosotros, no puede ser ajena a esta evidencia, no podemos cerrar los ojos y decir “estas son cuestiones de los gobiernos”. Los estados, evidentemente que deben y tienen que intervenir, ahí están las conferencias que en el seno de las Naciones Unidas, sobre Medio Ambiente y Desarrollo, Río de Janeiro, Kioto, por ejemplo, se vienen celebrando, pero los ciudadanos de a pie no podemos dar la espalda a esta realidad, porque este problema nos atañe a nosotros y mucho más va a afectar a nuestros hijos.

No podemos obviar, además de poner nuestro granito de arena para colaborar de una forma activa, que hay una batalla encubierta por parte de las multinacionales por apropiarse de ecosistemas, la medicina es un ejemplo, de patentar muchos de los recursos energéticos, semillas, para controlar el mercado y así influir en el desarrollo del planeta y, esto, no lo deberíamos consentir o al menos tendríamos que ser conscientes de ello. Si lo dejamos todo en manos de las multinacionales lo lamentaremos más pronto que tarde.

La sociedad no conoce cabalmente el valor y significado, en su globalidad, que la diversidad biológica tiene para el bienestar de las poblaciones que habitan el territorio, pese a su importancia en la cultura y economía. La pérdida de la biodiversidad equivale a la merma de la calidad de nuestra vida como especie y, en caso extremo, nuestra propia extinción. Una visión ética nos llevaría a pensar en nuestros descendientes pero también en todos los seres vivos que pueblan el planeta, ¿tenemos derecho a eliminarlos?, ¿no son parte del ecosistema también?

Es por ello que La Unión de Consumidores de Andalucía, consciente de la importancia de estos temas, ha llevado a cabo un proyecto con el título: “Organismos Modificados Genéticamente y Consumidores” del que hemos sacado unas conclusiones que presentaremos a los andaluces en las jornadas que el día veintitrés de Febrero, en la sede que Caja Granada tiene en la calle San Antón, Granada. En dichas jornadas queremos exponer y acercar posturas con todas aquellas organizaciones o entidades relacionadas con esta materia y el papel que los consumidores podemos desempeñar en este aventura de tanta trascendencia para la conservación del planeta y nuestra supervivencia. Desde estas líneas, que espero que el periódico publique, animo a los que deseen participar en este debate, se pongan en contacto con la Unión de Consumidores de Granada, sita en Emperatriz Eugenia, 5 Granada. Tl 958296006.

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