Si te detienes por un segundo, amigo viajero, en tu acelerada visita a esta ciudad embriagadora, en el puente de final de camino ronda, junto a un abandonado estadio de la juventud, ¡la desidia de los gobernantes tantas veces dañina!, contemplarás un espacio frío y pobre, envuelto por casas pardas que lo miran con pena descarnada, la estación.
No lo encontrarás en ningún catálogo, en ninguna postal, es triste, desdichado, pero te aseguro que la estampa que vas a captar, sobre todo a primeras horas de la mañana, es la de una ciudad dormida, recostada entre los cerros del Sol y el Albaicín, con los pies extendidos sobre una vega que cada día agoniza un poquito más y todo ello coronado por un imponente macizo, de barbas blancas unas veces, de gris penitente otras, que lo observa todo, que lo protege todo.
Frente a ti, altiva, imponente,
Es un solar anacrónico que no tiene sentido, olvido prolongado de una generación de dirigentes anodinos, escasos de ideas, nefastos; es un tapón en la movilidad de una ciudad que quiere ser moderna, una mancha grotesca en la foto de su historia, una entrada tercermundista. Los ojos se te van rápido a un barracón de uralita, viejo y asqueroso, a la izquierda, unos raíles que se entrecruzan, deben tener su origen, en medio una marquesina de los años veinte, unos edificios típicos de Renfe a la derecha y raíles oxidados y maderos vetustos por doquier, como ves, nada atractivo, cosas anodinas que resquebrajan la piel lozana y fresca de la ciudad.
A pesar de este parche fantasmal, te aseguro que vale la pena restar unos instantes al sueño, cogerse a la baranda del puente, olvidarse del ruido, fijar el objetivo de tu mirada y hacer un trávelin lento y progresivo hasta que captes los miles de fotogramas que bajan y que suben, orondos y fundidos en un magma de color carmesí. Después un buen desayuno y a seguir con tu visita, a los lugares normales, de la forma que tú quieras, de la ciudad.

