Bastià es un pequeño príncipe que vive en el reino de la nada. Vestido, casi siempre con una camiseta de tirantes y un pantalón vaquero, haga frío o calor, es un niño espigado, de cabellos cobrizos, sobre los que lleva una pequeña corona de plata, de mirada triste, andar garboso. Tiene una amiga, con la que va a todas partes, una niña delgada, con largas coletas rubias, cara rosada y pizpireta que está enamorada de él, se llama Clara.
Los días de Bastià transcurren entre la escuela y los juegos, las excursiones al río a pescar con su amiga Clara, las lecciones de su padre sobre las rosas todas las tardes y los largos soliloquios a los que se somete él todas las noches antes de acostarse. A pesar de su corta edad, se cuestiona tantas cosas de la vida, el dolor, la miseria, la injusticia, el amor…
El reino de Bastià está enclavado en un valle frondoso y de colores vivos, rodeado de pequeños montes calvos que bajan escalonados hasta el centro geométrico de la llanura, donde se alzan, apiñadas, un puñado de casas blancas, todas simétricas, con huerto y jardín incluidos, en el que sus moradores cultivan olorosas rosas. Este reino no tiene castillo, ni grandes extensiones de tierras, ni ejército, ni vasallos, es un estado pequeño de campesinos, artesanos y artistas que viven en armonía.
El príncipe es hijo único, tuvo una hermana que murió cuando tenía ocho años, rubia como los trigos, espigada como los juncos de la ribera, el vivo retrato de la reina, su madre. Bastià la hacía rabiar, continuamente, con todo tipo de bromas y gamberradas, hasta tal punto que muchas veces la hacía llorar. Su madre, la reina, le reprendía y él se marchaba corriendo a la calle no sin antes pegarle un último tirón de las coletas. Una vez en la calle, se iba en busca de su amiga Clara que era la única que lo comprendía, la que lo aceptaba tal como era, inquieto, descontento con su entorno, insaciable y muchas veces insoportable. Fuera de ella, Bastià, no tiene muchos amigos, porque todos lo consideran un engreído, un inconformista, ¡con lo que es!, ¡con lo que tiene!, dicen todos, mientras que ellos no tienen nada, sólo un incierto futuro, salvo un chico disminuido físico, que vive en las casas nuevas, aquellas que se construyeron después de la crecida tan devastadora del río, Benjamín, inteligente, ocurrente e intuitivo, que comprendía, mucho más que Clara, la forma de ser del príncipe. Algunas tardes, cuando éstas eran claras y largas, se sentaban en el porche, bajo las buganvillas rojas y charlaban hasta bien entradas las horas de la noche. A Bastià durante las pláticas con su amigo Benjamín, una luz le iluminaba el pecho, resplandecía como un faro en las noches oscuras de tormenta e irradiaba un halo de templanza y armonía.
El príncipe, desde la muerte de su hermana se quejaba constantemente de todo y cuando el agobio le inundaba los deseos, por la escasez de respuestas a sus demandas, por la ingratitud de la vida, se apagaba el pequeño haz de luz que en las horas de armonía y serenidad sí le brillaba en el pecho.
Bastià, todas las noches, en la soledad de su alcoba, recordaba a su hermana. En su alma había quedado un vacío que no lo había conseguido llenar, ni la amistad de Clara, ni el amor de sus padres, ni la admiración que sentía por Benjamín, el chico en silla de ruedas con el que compartía las noches claras de primavera, bajo el porche de su casa, pero acababa siempre por admitir que era feliz en su pequeño reino de la nada, que se sentía dichoso, en medio de tanta incomprensión y desatino y que la vida bien valía la pena vivirla.

