Hay teorías económicas que preconizan que el consumo es el componente más importante del ser humano. Sin negar la importancia que para el hombre tiene el consumir, le va en ello la vida, tengo que afirmar que tal aseveración no es tan categórica pero tiene una importancia vital en la regulación y mantenimiento del planeta.
Últimamente corren ríos de tinta sobre el cambio climático. La repercusión que la acción destructora de las grandes compañías (en definitiva el hombre, algunos hombres para ser más exactos) están llevando a cabo sobre el planeta, trae a mal vivir a “opinadores” catastrofistas que preconizan poco menos que el fin del mundo y a pensadores más optimistas que le quitan mucho hierro al asunto. Yo no voy a decir quién tiene más o menos razón, porque no soy experto, y opinar sin conocimiento de causa siempre me ha parecido imprudente, pero desde la posición que tengo, en una organización de consumidores, también quiero dejar mi opinión.
Las compañías y los gobiernos tienen muy buenas intenciones (la presión de los votantes para unos, la de los consumidores para los otros, aunque son las dos caras de la misma moneda), pero como a las primeras lo que les mueve es la rentabilidad y a los segundos las consecuencias que la falta de productividad y despido de personal tengan en su gobierno, exponen, anuncian, hacen alarde de querer poner remedio pero la realidad es que no hacen mucho para poner coto a esta devastadora cabalgata. Ahí están Kioto, Río de Janeiro, etc.
Los que destrozan no pueden ser los mismos que reparen el daño porque si no han tenido miramiento a la hora de arrasar, los sentimientos humanitarios no les van a aflorar para restañar las heridas. El verdugo no puede ser el que consuele a las víctimas por lo tanto o somos los consumidores, unidos, los que presionamos, exigimos, maniobramos o los devastadores van a continuar con su corrupta conducta y nuestros hijos sufrirán nefastas consecuencias por nuestra desidia.
Si ellos que son los que tienen poder, los que rigen los destinos del mundo no lo arreglan, no remiten en sus acometidas de desolación, me preguntan algunos, ¿qué puedo hacer yo?, y ¿si lo hago yo y no lo hace el resto de usuarios para qué sirve? ¿Tengo que dejar de utilizar estos resortes que me hacen tener una buena calidad de vida?
Vayamos por partes. Siempre he creído que el poder del consumidor, aunque también conozco su poca disponibilidad al movimiento, a la crítica, a la reacción, es importantísimo. Los consumidores poseemos una herramienta poderosa en nuestras manos; podemos cambiar las estrategias económicas si de verdad nos lo creemos, porque tenemos la capacidad de elegir y porque somos los únicos destinatarios de sus productos. Así de simple y de complicado al mismo tiempo. Los usuarios, por lo tanto, podemos poner coto a los desmanes que el capital, en su afán devastador de ganar dinero tiene, con sólo proponérnoslo.
Segundo, un litro de agua tuya, un kilovatio del vecino y un reciclaje del aceite mío, son migas, si quieres, de ahorro y de concienciación que se pueden ir multiplicando a poco que vayamos corriendo la voz, a mucho que abramos los ojos a los que nos rodean de que no podemos seguir con este derroche, que vamos a velocidad de vértigo y el coche casi está en la reserva.
Tercero, el hombre aprende por imitación. El niño, actúa conforme a los modelos de sus padres y mayores. Si ve que su padre derrocha agua cuando se afeita, si observa que no se recicla en casa, si no se apaga la luz cuando no se necesita, si se abre la ventana con la calefacción puesta, etc. en definitiva, si mama, desde la cuna, este mal comportamiento, esta desidia en la utilización de los recursos perecederos, ¿qué podemos esperar de él?
La educación es fundamental, los modelos, las buenas costumbres son importantes en la lucha contra la degradación de la tierra, es imprescindible para la concienciación de los que nos van a sobrevivir. Evidentemente en la escuela se debe y se tiene que reforzar este modelo, esta idea si queremos que nuestros descendientes mantengan viva la antorcha de la reivindicación, pero, repito, es en casa donde tienen que ver hecha realidad esta práctica.
La utilización racional de productos (….) no nos quita calidad de vida. Consumir responsablemente no resta ni un ápice a nuestro vivir diario y, si a esto, le añadimos que deberíamos mirar un poco por los que no pueden mantener nuestro tren de vida, o peor aún, nada tienen que llevarse a la boca, creo que es razón suficiente para que nos pongamos manos a la obra, unamos nuestras fuerzas y ejerzamos nuestro poder. En nuestras manos está conseguirlo.

