Por una cultura ética del consumo

Por una cultura ética del consumo

El fenómeno consumista se define por una característica primordial denominada “ley de la acumulación”. Así, a pesar de que sería lógico pensar que a medida que aumenta la capacidad de compra disminuye la frustración, esto no es así en ningún momento. Nunca es suficiente, nos encanta acumular. Tal planteamiento visto desde la perspectiva de los recursos existentes en el planeta adquiere tintes aterradores, aunque no faltarán quienes piensen que ser trata de demagogia catastrofista.
El club de Roma fue el primero en dar la voz de alarma. A finales de los 70 estableció que de continuar con la progresión consumista antes del año 2100 se agotarían los recursos. Si todo el mundo consumiera al mismo nivel que el 20% que representan las sociedades desarrolladas, se necesitarían tres planetas como la tierra para mantener ese ritmo. También las cumbres de Río, Kioto, Buenos Aires y, recientemente, la de Johannesburgo, han puesto de manifiesto la preocupación y el interés creciente que suscita el problema. Algunos datos más que nos invitan a la reflexión: desde 1956 el consumo se ha multiplicado por seis, las capturas pesqueras por cuatro, el consumo de madera y agua dulce se duplicó, se consume cinco veces más petróleo…Pero ¿y las personas? Está claro que el tipo de acceso a los bienes de consumo es el parámetro fundamental que define la realidad Norte-Sur. Sin embargo, si lo enfocamos desde el prisma de las desviaciones o los comportamientos mórbidos en las pautas de consumo, nos encontraremos con que la compra compulsiva no es un fenómeno exclusivo de los países desarrollados. Es más, podría afirmarse que la frustración derivada de la dificultad para acceder a ciertos bienes por parte de los ciudadanos del Sur hace que se potencie la “mitificación” de los mismos. Así, resulta paradójico que sea en estos países donde la publicidad, casi siempre exenta de escrúpulos, hace más hincapié en conceptos como el estatus, la clase o la exclusividad, llegando en algunos casos extremos a planteamientos que no podrían ser calificados de otra manera sino como racistas (quienes dispongan de antena parabólica habrán podido comprobar cómo se condena al ostracismo a las etnias indígenas o negras en la publicidad televisiva de ciertos países de Iberoamérica).
Todos los factores culturales anteriormente expuestos como potenciadores de las relaciones anómalas entre consumidor y producto adquieren carácter de auténticas aberraciones en estas zonas de economías deprimidas. Y es que ni la capacidad adquisitiva, no los referentes culturales, éticos o religiosos tienen nada que ver con los iconos materialista y opulentos propuestos desde el Norte. La casuística podría sonrojar hasta a los más ardorosos defensores de la globalización sin corrección: fervor marquista (personas que se privan de comer con tal de lucir unos levis), operaciones de cirugía estética occidentales, bodas sintoístas con traje de Pronovias…
En cualquier caso, no parece que podamos esperar a que sean los poderes públicos nacionales o internacionales los que tomen la iniciativa de propiciar soluciones reales y efectivas. Tampoco la tecnología será por sí sola un remedio, ya que, reparemos en ello, es parte integrante del problema. Será necesario un compromiso ético personal y colectivo, un cambio radical de actitud: dejar de contemplar la naturaleza y sus recursos como un saco sin fondo al que poder esquilmar sin medida. Moderar el consumo personal y buscar alternativas basadas en la idea de corresponsabilidad ecológica y social. “piensa globalmente y actúa localmente” es un conocido eslogan que resume bien esta proposición. Hemos de reconocernos como miembros integrantes de una realidad compleja de equilibrio frágil que va más allá del género humano, abarcando toda la riqueza y variedad de animales, minerales y plantas, superando el antropocentrismo cegador y aceptando nuestra pertenencia a un ecosistema global. Tales ideas conforman los principios básicos de la “ecosofía”. La realidad consumista que a todos nos envuelve está provocando cuadros patológicos clínicos en número creciente, de tal forma que las personas aquejadas individualmente por lo que los expertos han dado en llamar “compra compulsiva” sufren las terribles consecuencias del ser incapaces de moderar, establecer y respetar cualquier plan de gastos preestablecido. Esta situación acarrea importantes problemas de índole personal y social que, hoy por hoy, no cuentan para su tratamiento con una cobertura apropiada por parte de las administraciones públicas salvo en casos muy excepcionales. De momento, sólo los grupos de autoayuda, puestos en marcha en muchos casos en el seno de las propias asociaciones de consumidores, son una alternativa a esta situación. Es a todas luces evidente que el primer paso para atajar el fenómeno no puede ser otro sino la propia denuncia de su existencia. En general, todavía no estamos lo suficientemente concienciados sobre el problema. La información, la reflexión y la conciencia crítica y autocrítica se revelan como baluartes prioritarios. Porque todo se aprende y a consumir también. En casa, en el colegio, en la calle…casi sin darnos cuenta vamos asumiendo hábitos de consumo que con el tiempo y la costumbre se hacen poderosos. Por eso, la educación, en todos los ámbitos, ha de apostar por generar hábitos de consumo conscientes, inteligentes, solidarios y sostenibles, de forma que, a la larga, dejemos ser sólo “potenciales clientes” para convertirnos en “ciudadanos que consumen”, o sea, en personas libres, capaces de elegir.

Nos vemos en veinticinco años

Que Granada es una ciudad apática, un pueblo ensimismado en su historia, en su pasado, es una realidad incuestionable. Los habrá que me tachen de “malafollá”, de catastrofista, cosa que los que me conocen saben que no es verdad; no tiene nadie más vitalidad y esperanza que yo, pero es que después de veinticinco años de democracia, nuestra ciudad, no ha remontado el vuelo, yo diría que no ha iniciado ni siquiera los ejercicios preparatorios, como esas crías de ave que se lanzan del nido, y sigue a la cola de la renta “per cápita”, es en la provincia donde menos empleo se crea, la última en casi todos los parámetros económicos y sociales. Si este corolario de negatividad que enumero, no fundamenta mis primeras palabras que alguien me lo explique.
Hay cinco, por no hacer muy extenso el artículo, basamentos sobre los que se asienta la vida y el desarrollo de una ciudad. El primero, no por ser el más importante, sino porque es el que tiene las riendas de la gobernabilidad, es el Ayuntamiento. Desde la plaza del Carmen, en este cuarto de siglo de democracia, poco o nada se ha hecho en este sentido. ¡Entiéndanme bien todos los alcaldes habidos hasta la fecha! Todos los gobiernos que han pasado por el consistorio han intentado dejar su impronta, cada cual ha hecho la guerra por su cuenta, seguro que de buena fe, pero no encuentro, porque no lo hay, un hilo conductor que asegurara la continuidad de las políticas, del alcalde saliente, tendentes a generar riqueza, empleo, bienestar, es decir, un plan global de premisas básicas, consensuado, aceptado por todas las fuerzas vivas de la ciudad para que la ciudad avanzara por un desarrollo sostenido. Una veces porque el gobierno de la ciudad no era del mismo signo que el de la Junta o del gobierno central o al revés, lo cierto es que, ni unos, ni otros, han estado a la altura de lo que Granada necesitaba. Siento decirlo, pero es así. No digo que no hayan hecho nada, lo que afirmo es que no se ha llevado a cabo una estrategia común, continuada para sacar a Granada del abandono en el que sigue sumida, sólo gotas sueltas, puntadas no bien ajustadas y poco más. Si nos comparamos con otras ciudades de nuestro entorno, en las que sí se ha notado un resurgir, y han sido gobernadas por distintos signo políticos, en las que el trabajo, la riqueza, en definitiva el nivel de vida de sus habitantes han experimentado un auge, un cambio radical, quedamos a años luz. Concitar la complicidad entre universidad y empresa, alentar al emprendedor, optimizar todos los recursos posibles es la misión primordial y casi única de un ayuntamiento y esto no se hace, ni se ha hecho.
Una ciudad que tiene una de las universidades de más prestigio del país, donde el pensamiento y la técnica debería fluir a raudales, resulta que apenas si influye en el desarrollo, no sólo laboral y económico, que sería lógico y deseable, sino que ni tan siquiera hay comunicación entre las distintas patas que componen esta mesa que es Granada. La ciudad es sólo dormitorio de 65.000 universitarios, siento decirlo, es el único provecho que saca porque de su potencial humano, científico y técnico no ve nada de nada. Da la sensación que la burocratización de la universidad ha solapado la iniciativa y la creación y esta estanqueidad se nota, se trasmite al resto de elementos que conforman el tejido productivo. ¿Debería ser la universidad motor de desarrollo?, yo creo que sí pero a buen seguro que los que la rigen dirán que no es su cometido, que su función es formar y yo les pregunto, ¿formar para qué? Que cada cual busque su respuesta, de esa manera, al menos, harán algún desgaste mental.
Si la universidad no aporta estrategias, ni campos de investigación donde poder sacar recursos, qué decir del empresariado granadino, anclado en las formas y en los modos de sus antepasados, no los del siglo veinte, que está ahí, a la vuelta de la esquina, sino en los del diecinueve. El empresario granadino es de los más pacatos, de los que menos invierte en nuevas tecnologías, en nuevos modos y arriesga menos de todo el país. Hay comercios en nuestra ciudad que tienen la misma estructura, el mismo local añejo y purulento, incluso la misma filosofía de venta que los que lo pusieron en marcha, ha muchos años ya. El renovarse o morir no tiene cabida en esta ciudad, el apostar por campos nuevos de producción, de innovación tecnológica, es plato que se desconoce por estos lares.
Seguir alegando que no hay infraestructuras, que no tenemos los apoyos necesarios desde la administración, que no niego que hagan falta más, es la eterna cantinela de los que sólo quieren ganar dinero pero no invertir; lo que no hay en este estamento es inventiva, no tienen ganas de coger el toro por los cuernos y torearlo de una vez por todas y dejarse de monsergas, de vivir de recuerdos, del rocío y de las procesiones.
Lo que ocurre en esta ciudad no pasa en ninguna otra. El enfrentamiento enconado entre los dos partidos más representativos de la ciudadanía, no se produce en ningún otro lugar y creo que esa actitud es una rémora para el trabajo conjunto, para la planificación a largo y corto plazo, para el resurgir de esta ciudad, de toda la provincia. El poco diálogo entre el PSOE y el PP tiene mucho que ver en este estancamiento de la ciudad, que si AVE sí, que si AVE no, que si esto, que si lo otro…¿Cuándo se van a dar cuenta, nuestros políticos, que el tiempo se acaba?, ¿que no son los dueños de los granadinos?, que gobernar no es buscar la rentabilidad de unas siglas, que estar al frente de un gobierno municipal es romperse los nudillos de dar golpes en las mesas de los despachos, en las altas esferas, para exigir cosas; es trabajar para orquestar un movimiento ciudadano que propicie que esta inercia en la que estamos sumidos cambie y nos pongamos a arrimar el hombro todos.
Ya llevamos enumerados tres componentes del carburante, no únicos pero sí básicos, que pueden arrancar el motor de Granada, para que despegue de una vez por todas; nos quedan dos: los Sindicatos y el granadino de a pie. De los sindicatos qué puedo decir que no sepan los granadinos, se han convertido en un cuerpo cerrado que quiere estar representado en todos los estamentos, pero que aporta muy poco, como organización, al desarrollo de la ciudad, ellos dirán que no está en sus manos, es verdad, pero si debe estar entre sus postulados prioritarios arengar a sus afiliados a que sean modélicos en el trabajo, a que el trabajo es pieza fundamental en el desarrollo, a que el escaqueo sólo nos lleva a ser el último de la fila; creo sinceramente que no han hecho el cambio que inevitablemente necesitan para amoldarse a la vida del siglo veintiuno; evidentemente cada uno de sus afiliados son brazos y mentes que colaboran, pero como el resto de los ciudadanos granadinos, ni más ni menos. Si sigues leyendo lo verás.
Del granadino de a pie no quiero escribir más, del ciudadano que cada día se levanta, hace su jornada laboral, come, se bebe sus cañas, ve la tele y se acuesta, no tengo ganas de volver a repetir lo que tantas veces he dicho, en distintos medios, en diversos foros. El tiene su trabajo, su pan asegurado y le importa un pepino el vecino de al lado. No digo que no sea solidario, si le piden para una riada, para una catástrofe, da lo que puede y no quiere saber nada más, pero preocuparse por su ciudad, reflexionar y exigir, fundamentos básicos de una persona en democracia, no está entre sus prioridades. Por lo visto estamos hechos de otra pasta, no protestamos, no exigimos, no levantamos la voz ante la falta de expectativas, nos conformamos con todo, lo nuestro es presumir de ciudad, lucir las medallas de la hermandad, vociferar en los bares y votar como corderitos en las elecciones. Esta es la triste realidad, esta es la verdad de las cosas que yo veo. ¡Tal vez yo vea cosas raras!. Si ustedes creen que todo lo expuesto no es verdad, que me he pasado, no se preocupen, sólo son reflexiones de uno que pierde el tiempo en escribir, papel mojado que quedará para envolver el pescado o para otro menester, pero si encuentra alguna semejanza con su parecer, algo tenemos que hacer ustedes y yo porque no quiero que dentro de veinticinco años, esta visión mía de hoy, siga teniendo vigencia.

La solidaridad y el consumo van de la mano

La fiebre maratoniana de recaudación de fondos que nos invade por navidad, época del año nostálgica y consumista al mismo tiempo, no voy a ser yo el que diga que está mal, pero si afirmo que no es la panacea, ni la solución al problema crónico que arrastra la humanidad, la miseria. A veces da la sensación que es más un acto en el que lavamos nuestra conciencia y justificamos nuestro abandono del resto del año.
El hambre no se combate con actos puntuales, la miseria no se elimina con recaudaciones hechas a bombo y platillo. No podemos mirar para otro lado durante todo el año y en estas fechas, propensas al sentimentalismo, rascar nuestros bolsillos y donar unos cuantos euros. Sólo una cuidada planificación, una concienzuda y permanente ayuda pueden paliar que miles de niños mueran, que etnias enteras desaparezcan de la faz de la tierra.
No es mi pretensión angustiar a nadie; ni a los que con buenas intenciones montan esta parafernalia, ni a los que de buena fe donan sus pertenencias o dineros. Mi ilusa intención es dar un grito que despierte la conciencia colectiva que todo hombre lleva dentro, mi deseo es que ese sentimiento social, que sé que todos tenemos, flamee permanentemente en nuestra mente y no sólo en momentos puntuales porque, si la llama de la solidaridad la mantenemos viva todo el año, estoy convencido que nuestros comportamientos serán distintos, nuestros actos irán encaminados, primero a no derrochar y segundo a compartir lo que tenemos con los que nada tienen. Al no derrochar, ya estaremos contribuyendo, en parte, a que la sangría de recursos, humanos y naturales, que sufren muchos países no se produzca y al compartir, ayudaremos a que se levanten, por ellos mismos, de su lamentable estado de abandono.
¿Cómo se consigue esto?, me preguntarán. No lo sé, ni nadie tiene la varita mágica de la solución, creo. De lo único que estoy convencido es de que es posible; lo que me da fuerzas para seguir vociferando a los cuatro vientos, mis hijos me dicen que soy un iluso, es el saber que el ser humano tiene la capacidad de entregarse y que sólo le falta un empujón, (lo que hacen los maratones navideños es eso, una llamada de atención puntual), por lo tanto mis esfuerzos van en el sentido de concienciar, en el de “unir todas las manos”, para engarzar una cadena, eslabón a eslabón, que abrace todo el globo terráqueo y ponga fecha de caducidad al hambre y a la enfermedad.
En este inicio de año, tiempo de concienciación y de buenos propósitos, es el momento de anotar en el calendario, un día de cada mes, que tenemos una cita, que ahí fuera hay alguien que nos necesita, que tenemos muchas horas que regalar, a veces no es dinero lo que se nos pide, y poner en práctica la solidaridad.
Antonio Rodríguez Bautista

Luchar contra el cambio climático es una cuestión de actitud

Que el ser humano es un animal de hábitos no lo cuestiona nadie. Cambiar costumbres arraigadas en lo más profundo de nuestro ser es una tarea difícil, así que tratar de influir a que renunciemos a modos de comportamiento estabilizados, muy interiorizados, es cuanto menos una iniciativa ardua y casi peligrosa porque nos metemos en terrenos de índole privado y personal, pero es estrictamente necesario que, al menos lo intentemos.
Clamamos, con razón, contra la tala de árboles, el humo de las fábricas que lanzamos a la atmósfera, tanto vehículo en marcha y todos los elementos perniciosos que atentan contra la capa de ozono y nos olvidamos de esas prácticas que derrochan agua en cualquier circunstancia, que tiran pilas en cualquier lugar, sabiendo la peligrosidad, que arrojan muebles y electrodomésticos en el mar y ese largo etc. que todos sabemos. Estas conductas negativas son tan peligrosas como el CO2 que emitimos a la atmósfera.
Si alguno piensa que estoy exagerando, le invito a que haga un pequeño esfuerzo de reflexión. ¿Cuántos minutos dejas encendidas bombillas que no son necesarias?, ¿con cuántos grados de más tienes la calefacción o el aire acondicionado?, ¿cuántas veces coges el coche en trayectos que puedes hacer en autobús o incluso andando?, ¿cuántos litros de agua desperdicias al fregar o al ducharte?, ¿cuántas bolsas de plástico utilizas pudiendo transportar las compras de otros modos?, ¿cuántos, cuántas, ¿no hace falta que siga verdad?
El no verter el aceite por el fregadero, el ahorro de un kilovatio, la reutilización de elementos útiles, si sumamos, estamos ante grandes cantidades derrochadas de elementos perecederos, de actitudes inconscientes, de voluntades que sólo piensan en ellos mismos y se olvidan que el planeta es de todos, que un poder adquisitivo alto no es patente de corso para gastar más, que la ignorancia tampoco es una excusa para el derroche, que hay muchos seres humanos que no consumen nada y también tienen derecho.
¿Que esto cuesta? Sin duda. ¿Que puede llegar a cuestionar nuestro bienestar? Seguro; sobre todo si seguimos por esta senda de despilfarro y mirando para el otro lado.
Samaniego, en estos momentos hubiera escrito, moraleja: o cambiamos nuestras actitudes o dentro de poco pasaremos vicisitudes.

Objetivos del milenio

Hoy escribiría desde otra óptica sobre el milenio pero como de lo que se trata es colgar los artículos que están recogidos en el libro, lo dejo tal cual.

¿Quién ha oído hablar de ello?, ¿quiénes conocen su número y concreción?
Han pasado seis años desde que la ONU, tan denostada por unos y poco respetada por otros, no entro en las razones, no es el cometido de este artículo, en la cumbre del milenio (2000), enumeró unos objetivos que nos deberían sonrojar, que son una urgente necesidad resolver para conseguirlos antes del 2015.
Reducir a la mitad la pobreza extrema y el hambre, ya es un objetivo cicatero, no se plantea conseguir la erradicación total del hambre, es el primer objetivo a alcanzar. Deseo loable, necesario pues la pobreza mata a 30.000 pequeños cada día, siete millones de bebés no llegan a cumplir su primer cumpleaños y cien millones viven en la calle. Como seres humanos nos debería quitar el sueño estas cifras.
Todos sabemos que uno solo nada puede, dos son escasas las posibilidades de alcanzar algún cometido pero miles de manos unidas pueden tender puentes de ilusión, millones de corazones deseosos pueden llenar los estómagos vacíos de muchos niños, iluminar sus ojos apagados.
Este deseo de la cumbre del milenio no sé en qué medida se está cumpliendo, no sé si hay una evaluación de resultados, lo que sí sé es que miles de niños siguen en la indigencia, millones no pueden ir a la escuela porque tiene que trabajar como adultos, cincuenta millones caminan por el mundo sin identidad.
Como las propuestas, los deseos, muchas veces, se venden a bombo y platillo en su puesta de largo y después se quedan colgados en el perchero del olvido, en estas fechas que se avecinan, de recogimiento y de gasto excesivo, deberíamos recapacitar y derivar un porcentaje, el que cada uno pueda, hacia esas organizaciones que día tras día trabajan para que la infancia errante y condenada a muerte del tercer mundo tenga un futuro algo más llevadero.
No pido la complicidad para que seamos nosotros, los ciudadanos, los que pongamos los recursos, que ya lo hacemos, ahí están los impuestos, sino para que estemos atentos, exijamos su cumplimiento, para que en el 2015 el objetivo sea una realidad. No podemos consentir que sigan padeciendo millones y millones de seres humanos, sobre todo niños, sin mover un dedo. Debemos vigilar y exigir que el programa establecido se cumpla escrupulosamente, hay muchas vidas que salvar. ¡Somos responsables, indirectos, pero responsables!

consumo y mini créditos

En 2005 escribí este artículo porque me llamó mucho la atención esta forma de confiar en las personas y cómo ellas, las necesitadas, con tan poco salen adelante y son tan cumplidoras en sus pagos.

¿Cuánto necesita usted, señora?
Un dólar, señor. Esta mísera cantidad, pedida por Sufia Begum, a Muhamad Yunus, es el comienzo de los mini créditos, el inicio de una esperanza, la constatación, hoy, de una realidad.
¡Un dólar¡, ¡qué ridiculez¡ ¿qué se puede hacer con un dólar?. ¿Comprar un cartón de leche, una litrona, dos barras de pan?… ¿A eso llamáis un crédito?, ¡eso es una chorrada!
Esto es lo que quiero que cambies, querido lector, tu mentalidad, tu forma de ver las cosas. En este mundo opulento en el que vivimos, un dólar o su equivalente el euro, no es nada, sólo podríamos comprar morralla, pero allá, donde el hambre arrasa y acaba con millones de seres humanos, un euro es un mundo, con un euro una madre puede alimentar a sus hijos, una familia puede iniciar un camino que los aleje del hambre, de la muerte segura. Créeme las cosas son así.
No pretendo hacer llegar la inquietud, el desasosiego y menos el miedo, sólo pretendo abrir los ojos de los que tienen conciencia social, intentar cambiar el chip que nos tiene atenazados al consumo irresponsable, al despilfarro permanente y sin sentido. Aquí en el mundo occidental, el que decimos es el civilizado, gastamos si reparar, sin pensar que en el resto, en el que denominamos tercer mundo, muere la gente por no tener nada que llevarse a la boca.
Para que te hagas una pequeña idea de cómo son las cosas por allí, de cómo se afrontan, de cómo se acometen, a veces los ejemplos son muy clarificadores, voy a exponer lo que es un microcrédito aquí, en Granada, a cuyo frente está nuestra entidad ahorradora, Caja Granada y su impulsor y valedor, su presidente, D. Antonio María Claret García García, hombre comprometido y entusiasta de este tema. Un mini crédito de Caja Granada, puede oscilar entre 6.000 y 12.000 euros y alguien podría pensar, hombre con eso ya se puede hacer algo, pero no mucho. Me gustaría que a esa mujer separada, sin trabajo, con hijos a su cargo, o ese emigrante emprendedor, que no quiere mendigar y que tiene una idea, le preguntaras si con ese dinero puede hacer algo, te llevarías muchas sorpresas, querido lector. Tengo que aclarar que no es dinero a fondo perdido, que es un préstamo con todas las de la ley; la única diferencia es que no se necesita aval, o mejor dicho, el aval es la persona misma, su confianza, su entusiasmo, su capacidad de sobrevivir. Los que da el Grameen Bank, también se devuelven. Con ese espíritu sencillo y pragmático que achacamos a los orientales, Yunus, economista Bangladí puso la primera piedra de lo que después ha llegado a ser una realidad el Grameen Bank, un banco que está reflotando y sacando de la miseria a multitud de familias que su único destino era morir por inanición.
Pero antes de terminar quiero dejar muy claro, que estos mini créditos, no tienen nada que ver con esos que se anuncian, a bombo y platillo, en la televisión, en los periódicos, en las revistas (tengo que señalar que se están aprovechando de este concepto) y en los que caen como moscas muchísimos ciudadanos, son libres de hacerlo, por supuesto. Esos son créditos para incitar el consumo, créditos para un consumismo desaforado, para el derroche. Los mini créditos que yo quiero resaltar son para salvar vidas, son créditos para recuperar a los que andan por la acera de la exclusión social, para los que no tienen móvil, para los que no tienen tele, para los que sólo tienen ganas de sobreponerse y de salir del atolladero en el que la sociedad los ha puesto, estos son los créditos que inventó Yunus, estos son los que Caja Granada viene concediendo año tras año a todas aquellas mujeres que no tienen recursos y sí muchas cargas sobre sus espaldas, a todos aquellos emigrantes que están desamparados y tienen ganas de demostrarnos que no viene a mendigar o aprovecharse de nosotros, a todos los que se sobreponen y comienzan a creer en sí mismos. Estos son objetivo minicredista.
No podemos lavar nuestra conciencia pensando que los gobiernos están obligados a derivar una parte de nuestros impuestos hacia el tercer mundo, se lo debemos exigir por supuesto, pero esto no nos debe dejar al margen; nosotros podemos hacer mucho más, debemos hacerlo por coherencia humana, aunque sólo sea por miedo a que desaparezca media humanidad de la faz de la tierra y después nos quede el cargo de conciencia.
¿Qué podemos hacer nosotros?, primero consumir con conciencia, pensando en que no estamos solos, gastar teniendo presente que parte de esto que estamos consumiendo les pertenece también a ellos, a los que más necesitan, porque son de este mundo, porque la tierra no es de nadie en particular y nos pertenece a todos más acá de los particularismos fronterizos, más allá de las oportunidades tenidas por unos y por otros. Teniendo muy presente que un euro puede salvar una vida, allí, donde la vida no vale nada. Siendo conscientes que nuestro consumo desmedido es un bocado que estamos quitando a otro ser humano.

el hambre y el alambre de espino

Unas imagenes escalofriantes me sugerieron esta reflexión.

A fuerza de ver las embestidas de los inmigrantes por la televisión las vamos a interiorizar tan plenamente que dentro de poco nos van a resultar tan normales como ya vemos la llegada de las pateras a nuestras costas. El valor que da el hambre no se coarta con alambre de espino, el vigor que insufla al ser humano la falta de libertad no se para ni con balas. No podemos poner puertas al campo, no es posible seguir alardeando de poder, de esplendidez, de exuberancia y no querer que los que nada tienen se queden en sus países impasibles, eso no es humano.
La Europa rica tiene que hacer algo; los europeos no podemos seguir mirando hacia otro lado mientras miles de indigentes llaman a nuestras puertas, pidiendo un poco de comida; no podemos cerrarles la boca con alambre de espino. Aquella Europa que en siglos pasados esquilmó las tierras africanas, llevó allí unas tradiciones diferentes a las que ellos tenían, que han generado sociedades parecidas a las nuestras, con los mismos anhelos, no puede, ahora, desentenderse y dejarlos abandonados a su suerte, tiene una deuda pendiente y debe pagarla.
Pero aunque Europa no hubiera contribuido al expolio del continente africano, que lo hizo, está obligada a dar una respuesta rápida a las demandas que estos pueblos empobrecidos vienen pidiendo, por su larga tradición social, por ese papel de liderazgo que para ellos representa. España es la frontera sur de esta Europa social que decimos estar creando, por lo tanto, no es competencia exclusiva del gobierno español afrontar la resolución de este grave problema, no puede eludirlo por supuesto, es una clara e ineludible labor de todo el continente europeo, de toda la sociedad europea. Este es el papel que nuestros dirigentes, TODOS, los que gobiernan proponiendo políticas sociales encaminadas a la resolución del problema, a la Europa rica; los otros, en la oposición, arrimando el hombro en actos positivos y no distorsionando, no llevando el descrédito y el desánimo a los españoles, máxime cuando ellos estuvieron ocho años de gobierno, donde la penuria en materia de inmigración fue tan grande.
Europa no puede quedarse de brazos cruzados viendo el acto tan atroz que el gobierno de Marruecos ha cometido, hombres y mujeres esposados, hacinados en autobuses, sin agua, ni comida y dejados a su suerte en el desierto, sin hacer nada. Europa tiene en su mano apretarle las clavijas al reino alauita, ya sabemos que las relaciones internacionales son muy complejas y están sujetas a multitud de factores pero esos convenios de colaboración especial que se tienen con Marruecos deben servir para algo.
Pero los españoles, que fuimos emigrantes en varias épocas de la historia, (en la guerra civil hacia América, en los años sesenta a Europa), un pueblo que ha necesitado ayuda y que la hemos recibido allá donde hemos recalado, bien es cierto que la pagamos con nuestro sudor y esfuerzo, no podemos olvidar ese pasado, esas vivencias y negar el socorro a los que ahora nos lo piden a nosotros. No sería ético y no tendríamos razones para oponernos porque nosotros hemos sufrido en nuestras propias carnes este flagrante problema.

las rebajas, ese oscuro deseo

En su día escribí esto sobre las rebajas.

Cuando aún resuenan las campanadas de fin de año en nuestros oídos, el confeti no se ha desprendido de nuestros cabellos y el rubio sabor del cava transita por nuestra sangre, fresco y lujurioso, la poderosa maquinaria publicitaria comienza a inyectarnos otro alucinógeno estímulo, ese modelito que no pudimos comprar en plena temporada porque estaba fuera de nuestro alcance, ese abrigo que nos hacía falta pero que lo dejábamos para mejor ocasión, ese…., ese deslumbrante deseo.
Las rebajas, ¿quién puede abstraerse a su seductora llamada?; éstas, en sí, no son malas; muy al contrario si entramos en ellas con sentido común, podemos satisfacer necesidades que en circunstancias normales no podríamos porque nuestro bolsillo no nos lo permite, pero si caemos en sus redes sin pensar, sin planificar nuestra economía, entraremos en el nuevo año con un pesado lastre que nos restará poder de maniobra el resto de los doce meses.
Los consumidores tenemos que ver el luminoso flach de las rebajas con las gafas oscuras con las que miramos los eclipses de sol, para que no nos dañe la vista, en este caso nuestro bolsillo. Tenemos que tamizar sus contenidos, sus atrayentes ofertas y ver lo que realmente tiene valor e importancia para nosotros y la granza desecharla. Tenemos que entrar en ellas sólo para comprar aquello que verdaderamente necesitamos, para adquirir aquel oscuro deseo que en otras circunstancias no podemos tener y que las rebajas nos lo oferta. Comprar por comprar, como suele ocurrir con frecuencia en estos momentos, es un acto de irresponsabilidad, es caer en el guiño sibilino que nos lanza el consumo desaforado.
¿Quién no ha jugado alguna vez en esta ruleta multicolor?, ¿ y quién, pasado el tiempo, no se ha dado cuenta que lo comprado, no ha sido utilizado, es inservible y está arrumbado en un desván?. Luego la experiencia nos tiene que servir para aprender, para no volver a cometer el mismo error; lo primero que tenemos que hacer antes de ir a esta feria de las vanidades, es coger papel y lápiz, anotar lo que precisamos y después no salirnos del guión, no echar nada en el carro, aunque los ojos se nos llenen de chiribitas, porque de buen seguro los reclamos van a ser tentadores y llamativos.
Para terminar sepan todos los consumidores y usuarios que en rebajas rigen las mismas normas y preceptos del comercio que en cualquier época del año. Las rebajas no tienen un tamiz especial por el que se criban las relaciones comerciales y éstas quedan mermadas a capricho del comerciante, nada de eso; la única diferencia real que existe, en estas especiales circunstancias, es que los precios son más bajos, pero ni la calidad de los productos, ni la atención, ni ninguno de los derechos de los consumidores se tienen que ver alterados. Así que, consumidor, si crees que tus derechos, en estas compras han sido vulnerados, no olvides pedir la hoja de reclamaciones y hacer constar tu queja para que las autoridades competentes actúen y sigan vigilando para que tus derechos no sean pisoteados. ¡ah, y compra sólo lo necesario!

Consumo luego existo

No sé en qué orden estarán colocados los artículos en el libro, yo los voy a ir colgando aquí en el orden que me vaya surgiendo cada mañana. me ha parecido oportuno comenzar por este.

Esta imitación de la frase de Ortega me sirve como arranque, como fundamento para este artículo sobre la forma tan irresponsable que la sociedad de este comienzo de siglo, aunque ya viene arrastrada del anterior, está inmerso en la carrera del consumismo.
Si se pregunta a la gente ¿consumes lo que quieres o lo que te hacen consumir?, todos responden que ellos son los que deciden, que son ellos, libremente, los que eligen. No voy a ser yo el que diga que todos mienten, no voy a caer en el error de abanderar una cruzada, contra corriente, que todos quieren negar, que todos tratan de ahogar en lo más hondo de sus conciencias, porque consumir desaforadamente se ha convertido en un afianzamiento del ego, en la proyección palmaria de la personalidad.
Es verdad que no tengo estudios en mi poder que demuestren que lo que estoy afirmando tenga una base científica, pero sí tengo la constatación real de mi entorno más cercano, la ávida realidad de mis vivencias diarias para poder afirmar con rotundidad que la publicidad, que los concienzudos estudios de marketing y publicidad y, por ende, la pertinaz lluvia fina de los “MAS MEDIA” consiguen sus propósitos, que no son otros que colocar sus productos en el mercado, que los compremos, haciéndonos ver incluso, que somos nosotros los que se los demandamos. ¡Hasta ahí llega la finura de formas y la inteligencia en el mensaje que los grandes magnates de la producción nos hacen llegar!
No soy derrotista, ni creo que las personas sean tan fáciles de conducir, pero sí hay una premisa que todos tienen que aceptarme y es que a los seres humanos nos gusta proyectar a nuestro entorno más cercano qué somos y qué tenemos y como esta realidad está tan arraigada, tan incrustada en nuestros comportamientos, caemos por tanto, tal vez sin darnos cuenta, en la ruleta del consumo. En esta dualidad estamos inmersos, con esta realidad estamos conviviendo día a día y lo que es más grave la estamos transmitiendo a nuestros hijos, se la estamos inculcando, como valor, con tanta intensidad que la personalidad de los jóvenes de hoy, está tan mediatizada, está tan influida por el parámetro del consumo que el resultado acabará siendo perverso.
La realidad ahí fuera, es la que es, los programadores del marketing lo tienen claro y hoy se produce, se sacan productos al mercado, se inventan pensando ya en franjas de edad, en mercados concretos y los destinatarios mayoritarios son los jóvenes.
No podemos cruzarnos de brazos y dejar que el capital marque las reglas, la sociedad, todos nosotros, tenemos que utilizar instrumentos para corregir estos desequilibrios; los consumidores tenemos que concienciarnos que no todo es lícito para conseguir el estado del bienestar y debemos poner instrumentos, que los tenemos, que regulen y nivelen este desigual combate.
La administración tiene que velar porque los abusos no campen a sus anchas en este enmarañado mundo del consumo, legislando, marcando las pautas y controlando el ávido apetito de las ventas. En esta misma mano está el influir, el planificar, el educar sobre todo a los más jóvenes. La educación, es un instrumento ideal y trascendental para que no caigamos de rodillas en la adoración del becerro del consumo. Los planes de estudio deben retomar el pensamiento crítico, como método para el discernimiento entre lo que tiene importancia y lo que no, entre lo que es necesario y lo que es superfluo; la reflexión debe ser la base sobre la que se asiente una adecuada elección.
La enseñanza de estos métodos, aprendidos en la escuela, debe reforzarse en la casa, tienen que verse puestos en práctica en el hogar, artesa donde los comportamientos se asimilan por ósmosis, porque de lo contrario lo aprendido en las aulas, no se asentará, no se consolidará y pasará a ser una capa de conocimiento almacenada en nuestro cerebro. Es pues la familia un pilar básico para el reforzamiento, para la consolidación de buenos comportamientos, también el de la compra.
Vivimos tiempos convulsos, en otros muchos campos, pero en éste también y tenemos que poner remedios rápidos y eficaces si queremos que las nuevas generaciones, que están despuntando al consumo, no sean presa fácil para los depredadores de la venta. Todos tenemos algo que hacer, todos debemos implicarnos en este, ya real problema, porque dejarlo para más tarde supondría, la puesta en marcha de planes de emergencia, (curar ) y, tal vez, la pérdida de una generación. Esto último no nos lo podemos permitir.

libro

El día 11 del próximo mes, septiembre, presentaré un libro que recopila treinta artículos míos publicados en los tres periódicos de Granada. Es una iniciativa de mis amigos de Sevilla que agradezco profundamente. A partir de hoy, después de un largo paréntesis, iré colgando los artículos mencionados por si fuera de vuestro interés. Posiblemente alguno ya lo hayáis leído, no pasa nada, lo volvéis a leer, seguro que le sacáis algún matiz nuevo. La ventana vuelve a estar abierta, nunca la cerré del todo, la dejé entreabierta.
Hoy os dejo con el prólogo que mi amigo Juan Moreno ha escrito para el libro.

“Consumo de Diario”

PROLOGO

Leyendo el título, y siendo éste un libro editado por la Unión de Consumidores de Andalucía, muchos podrían pensar que se trata de un libro sobre la cesta de la compra o sobre el uso o consumo de servicios o productos de carácter básico. Pues bien es eso, pero también mucho más. Recopilamos en esta obra una selección de artículos de opinión de Antonio Rodríguez Bautista, presidente de la Unión de Consumidores de Granada, publicados en los últimos años en la prensa granadina. Son artículos divulgados ya en algunos de los diarios de la prensa local de la ciudad de la Alhambra, pero también constituyen, una vez seleccionados y recopilados, un pequeño o gran “diario” íntimo y personal de reflexiones e inquietudes de una persona que analiza el consumo y la sociedad, con esa necesaria y conveniente nota de crítica y acidez, característica muy común, como no podía ser de otra forma, de las personas socialmente comprometidas, como el autor que nos ocupa.
Antonio Rodríguez Bautista nació en Molvízar (Granada), en 1948. Conoció en su infancia la amarga realidad de la Andalucía de la posguerra, y en su juventud la Andalucía del subdesarrollo que expulsó de sus entrañas a tantos y tantos jóvenes que, ante la falta de oportunidades, quisieron probar suerte en otras latitudes. Él se dedicó a la docencia durante ocho años en Barcelona, ocupación que abandonó para ejercer como concejal en el Ayuntamiento de Sant Adriá del Besós durante dos legislaturas. Como otros muchos andaluces de la emigración decidió regresar a su tierra, estableciéndose en su soñada y añorada ciudad de Granada. Como continuación de esa trayectoria de compromiso social que ha marcado toda su vida, en los noventa se asocia a la Unión de Consumidores de Granada, resultando muy pronto elegido en asamblea provincial presidente de la entidad, cargo que ha venido revalidando hasta la actualidad.
A Antonio siempre le ha motivado la lucha por las libertades y derechos de los ciudadanos, por lo que, una vez conseguido el establecimiento del sistema democrático tras la dictadura franquista, se percató que la defensa de los derechos e intereses de los consumidores era un ámbito novedoso y atrayente en el que todavía quedaba mucho por hacer. Así, su implicación en este maravilloso proyecto social no fue casual, sino absolutamente premeditada, en coherencia con esas inquietudes que han marcado su trayectoria personal y profesional.
La Unión de Consumidores de Andalucía-UCA/UCE, a través de su editorial EDIUCA quiere con esta selección y recopilación de artículos rendir homenaje al trabajo bien hecho y comprometido de nuestro compañero y amigo Antonio Rodríguez Bautista. En este “Consumo de Diario” nos demuestra cómo la lucha de cada día por los derechos e intereses de los consumidores y usuarios puede ir acompañada e integrada en otras muchas nobles causas, como la conquista de la justicia, la solidaridad, la erradicación del hambre, la paz, el desarrollo sostenible o la preservación de la biodiversidad entre otras muchas, por las que vale la pena batallar y comprometerse, como lo hace Antonio.

Ideal.es

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