Por una cultura ética del consumo
El fenómeno consumista se define por una característica primordial denominada “ley de la acumulación”. Así, a pesar de que sería lógico pensar que a medida que aumenta la capacidad de compra disminuye la frustración, esto no es así en ningún momento. Nunca es suficiente, nos encanta acumular. Tal planteamiento visto desde la perspectiva de los recursos existentes en el planeta adquiere tintes aterradores, aunque no faltarán quienes piensen que ser trata de demagogia catastrofista.
El club de Roma fue el primero en dar la voz de alarma. A finales de los 70 estableció que de continuar con la progresión consumista antes del año 2100 se agotarían los recursos. Si todo el mundo consumiera al mismo nivel que el 20% que representan las sociedades desarrolladas, se necesitarían tres planetas como la tierra para mantener ese ritmo. También las cumbres de Río, Kioto, Buenos Aires y, recientemente, la de Johannesburgo, han puesto de manifiesto la preocupación y el interés creciente que suscita el problema. Algunos datos más que nos invitan a la reflexión: desde 1956 el consumo se ha multiplicado por seis, las capturas pesqueras por cuatro, el consumo de madera y agua dulce se duplicó, se consume cinco veces más petróleo…Pero ¿y las personas? Está claro que el tipo de acceso a los bienes de consumo es el parámetro fundamental que define la realidad Norte-Sur. Sin embargo, si lo enfocamos desde el prisma de las desviaciones o los comportamientos mórbidos en las pautas de consumo, nos encontraremos con que la compra compulsiva no es un fenómeno exclusivo de los países desarrollados. Es más, podría afirmarse que la frustración derivada de la dificultad para acceder a ciertos bienes por parte de los ciudadanos del Sur hace que se potencie la “mitificación” de los mismos. Así, resulta paradójico que sea en estos países donde la publicidad, casi siempre exenta de escrúpulos, hace más hincapié en conceptos como el estatus, la clase o la exclusividad, llegando en algunos casos extremos a planteamientos que no podrían ser calificados de otra manera sino como racistas (quienes dispongan de antena parabólica habrán podido comprobar cómo se condena al ostracismo a las etnias indígenas o negras en la publicidad televisiva de ciertos países de Iberoamérica).
Todos los factores culturales anteriormente expuestos como potenciadores de las relaciones anómalas entre consumidor y producto adquieren carácter de auténticas aberraciones en estas zonas de economías deprimidas. Y es que ni la capacidad adquisitiva, no los referentes culturales, éticos o religiosos tienen nada que ver con los iconos materialista y opulentos propuestos desde el Norte. La casuística podría sonrojar hasta a los más ardorosos defensores de la globalización sin corrección: fervor marquista (personas que se privan de comer con tal de lucir unos levis), operaciones de cirugía estética occidentales, bodas sintoístas con traje de Pronovias…
En cualquier caso, no parece que podamos esperar a que sean los poderes públicos nacionales o internacionales los que tomen la iniciativa de propiciar soluciones reales y efectivas. Tampoco la tecnología será por sí sola un remedio, ya que, reparemos en ello, es parte integrante del problema. Será necesario un compromiso ético personal y colectivo, un cambio radical de actitud: dejar de contemplar la naturaleza y sus recursos como un saco sin fondo al que poder esquilmar sin medida. Moderar el consumo personal y buscar alternativas basadas en la idea de corresponsabilidad ecológica y social. “piensa globalmente y actúa localmente” es un conocido eslogan que resume bien esta proposición. Hemos de reconocernos como miembros integrantes de una realidad compleja de equilibrio frágil que va más allá del género humano, abarcando toda la riqueza y variedad de animales, minerales y plantas, superando el antropocentrismo cegador y aceptando nuestra pertenencia a un ecosistema global. Tales ideas conforman los principios básicos de la “ecosofía”. La realidad consumista que a todos nos envuelve está provocando cuadros patológicos clínicos en número creciente, de tal forma que las personas aquejadas individualmente por lo que los expertos han dado en llamar “compra compulsiva” sufren las terribles consecuencias del ser incapaces de moderar, establecer y respetar cualquier plan de gastos preestablecido. Esta situación acarrea importantes problemas de índole personal y social que, hoy por hoy, no cuentan para su tratamiento con una cobertura apropiada por parte de las administraciones públicas salvo en casos muy excepcionales. De momento, sólo los grupos de autoayuda, puestos en marcha en muchos casos en el seno de las propias asociaciones de consumidores, son una alternativa a esta situación. Es a todas luces evidente que el primer paso para atajar el fenómeno no puede ser otro sino la propia denuncia de su existencia. En general, todavía no estamos lo suficientemente concienciados sobre el problema. La información, la reflexión y la conciencia crítica y autocrítica se revelan como baluartes prioritarios. Porque todo se aprende y a consumir también. En casa, en el colegio, en la calle…casi sin darnos cuenta vamos asumiendo hábitos de consumo que con el tiempo y la costumbre se hacen poderosos. Por eso, la educación, en todos los ámbitos, ha de apostar por generar hábitos de consumo conscientes, inteligentes, solidarios y sostenibles, de forma que, a la larga, dejemos ser sólo “potenciales clientes” para convertirnos en “ciudadanos que consumen”, o sea, en personas libres, capaces de elegir.

