Demanda de trabajo

Atención: “Vividor del cuento y charlatán consagrado busca empleo. Ofrece tres años de experiencia a su salud. A tener en cuenta:

- El trabajo debe implicar diversión y buen humor.

- Las horas de trabajo será proporcionales a las horas de sueño.

- Las horas de sueño siempre serán dispuestas bajo la sentencia divina: “Me levantaré cuando Dios me dé a entender”

- No importa el sueldo, siempre que no haya que pagar nada que pudiera desear.

- Viajar siempre es una buena opción.

- Si el trabajo lo requiere, debe haber plus por: sudoración, frío excesivo, agotamiento o ausencia de Alhambra Especial/1925.

- Según normativa local, la siesta debe respetarse de 15.00 a 17.00. Impepinablemente.

- Los días de vacaciones serán decididos por el comité de empresa.

- Debo ser parte del comité de empresa.

- Debe haber un 51% de miembros del comité de empresa que estén siempre de acuerdo conmigo.

- Si otra empresa quiere contratarme mientras que esté con ustedes, podrán hacerlo siempre que paguen la cláusula de rescisión.

-La cláusula de rescisión nunca será inferior a la de Cristiano Ronaldo.

- IMPRESCINDIBLE: El papel higiénico debe tener dibujos.

-Por último, tengo derecho a cambiar/añadir los puntos de estos requerimientos en cualquier momento y lugar”.

Atentamente, El Gorrón.

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Oda a la morcilla (y III)

Faralá de sastre negro ceñida a la cintura. Tripulación asida a los instintos más profundos de la Humanidad. Sancho de la Alhambra. Cimientos de una torre babélica, forjada en tradición, cultura y arte. Lienzo tenebrista, carne de museo, pensamientos de Rodin. Alma asfixiada en la más cruenta de las batallas, una operación, bikini, que se sabe a nada. Ya lo dijo Rubens susurrando a las tres gracias: “Bella es tu curva y más bella, sin censura, es tu mirada”. Tres como las gracias que llevo vivo, entre el papel y la nada; dos han sido las veces que de tu aroma, morcilla, abaniqué un sayonara. Y aquí llega la tercera, mi última cruzada. O te digo hasta la vista o del wáter no me sacan… No malinterpretes mis palabras, nada más lejos de mi intención, el deshonrarte; pero noventa días he jurado renegar este desenfrenado y sinsentido amor, al menos hasta que olvide cómo en el Corpus del año 2009 de nuestro señor, los caseteros de Granada dieron a este gorrón matarile de tu salsa con toda su bendición. Fue un acto de fe sin la corrupción del metal, movido ante todo por su coraje y su pasión, que algún día, en el cielo, verá su compensación.


Granada es lo más grande que me ha pasado en la vida. Hace exactamente un año, cuando terminaba de escribir la última linea de estas páginas, una doncella nazarita se me acercó y me dijo: “Anda, toma un gorrón de verdad”. Acto seguido, me colocó el sombrero que este año he procurado lucir con la galantería que se merece. Aquello fue como si me nombraran caballero. Un caballero con una espada afilada, lista para relatar, describir, confundir y aramblar. Y con ese espírutu desenvainé el Corpus 2009. Pero amigos, nada podía hacerme pensar que esto iba a ser tan grande.

He de admitir que aún estoy excitado tras la inconmensurable hazaña en el ruedo granadino. Fue algo mágico, como los ilusionantes chasquidos de Migue Puga, siempre generoso. Una generosidad que ha reinado en todo el ferial y con la que conseguimos que los caseteros invitaran a jamón, sardinas y rebujito a granadinos siempre niños. Niños con la mirada del que ve por primera vez, como la de aquel canario que, finalmente, sintió el movimiento. El mismo movimiento que el ingenioso Hidalgo nos exigía a principios de semana: “¿Qué hacer? Favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos”.

Sólo con el corazón henchido por el trabajo bien hecho me percaté del pecado. Casi como si acabara de despertar del letargo, de un malvado y pérfido hechizo que me tenía anonadado, descubrí que aún no había desvirgado al Corpus. ¿Saben eso de que los humanos necesitan beber H2O -dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno- para vivir? Pues yo necesito M2A -dos de Morcilla y una Alhambra fresquita-. Y en toda la semana, con tantas aventuritas, no me había puesto a la tarea. Sudor frío.

Entonces vi el mismo espejismo rojo pasional que el año pasado despertó mi lado más romántico: las chicas Alhambra. Repiten curso, gracias a Dios. Como si se tratara de una profecía sigo sus pasos. La ironía nos lleva a ‘La Ruina’ -muy apropiado-. Nada más entrar, uno de los socios se percata de mi presencia y grita: “¡Aquí la llevas clara!” Me quedo traspuesto. Cinco -eternos- segundos más tarde, vuelve a hablarme: “Que no hombre, ¿qué quieres tomar? Que yo invito”.

Permítanme que, una vez más, eleve mi sombrero y les dedique mi más sincera reverencia. Son ustedes -granadinos, feriantes, amigos- gloria bendita. ¡Sursum corda!

Very IMPORTANT Video: El niño de las Gorronerías

El niño de las Gorronerías

Mi vocación taurina llegó con 8 años. Aún se me ponen los pelos como escarpias recordando su gallardía, los pases con gracia, el innato valor de los que nacieron sin miedo, la mirada cruzada con la bestia… esa manera tan graciosa de caer por un barranco después de una brutal cornada antigravitatoria con el típico final onomatopéyico -¡plof!-, los ojos saliendo de sus órbitas, las muletas marca Acme y el maldito Bugs Bunny poniendo trampas al artista, al torero: El pato Lucas. Qué porte tenía. Hasta ayer, ésa era mi experiencia del albero. Sí, lo sé: es como ser granadino y no saber esquiar. Aunque bueno, tampoco tengo ni papa de esquiar. A ver, que nos liamos; empecemos por el principio:

Seis de la tarde en pleno centro de la parcela almanjayera. Un susurro relincha entre mojones: “Hoy torea José Tomás en Granada. Pero chico, una pasta”. La emoción en las palabras del feriante despierta mi sentido gorronil. Ese sentido de justicia suprema del que me he erigido fiel defensor. Un sentido profundo, generoso y vocacional: Tenía que entrar allí, por todos los que encontraron un desagradable agujero en la hucha al escuchar el precio de las entradas. Y, además, en nombre de la patulea de catetos que vivimos en Granada y que jamás le hemos echado cuentas a la Plaza -eso si no contamos las tapas en el bar ése que pusieron en el centro el año pasado-. ¡A los toros y gratis!

“Anda ya”. “Eso es imposible. Jamás lo conseguirás”. “Se dan tortas por entrar”. “¿Tú sabes lo que piden en la reventa?” “Gorrón, dedicate a los pinchitos y las morcillas, entrar en la plaza es demasiado grande; incluso para ti”. Esas frases las escuché. Pero lo más repetido era una creciente, sonora e insultante carcajada. Después de comentarlo un puñaico de veces llegué a pensar que había descubierto el ‘chiste más gracioso del mundo’ del que hacían gala los inconmensurables Monty Python -si no saben de lo que les hablo, tienen un serio problema: ¡Usen Youtube!-.

Quería llegar como los grandes: El César, Abradacúrcix o la Duquesa de Alba. Necesitaba un batmóvil digno para la ocasión: un carruaje. Entran en escena cuatro enormes fenómenos: Edelia, Ana, Juanca y el inconmensurable Fermín. Les lanzo el guante: “Amigos del caballo, tengo que llegar a los toros para colarme en la corrida. Y tengo que llegar gratis”. Por primera vez la respuesta no fue una risa despiadada; fue mucho mejor: “¡Así me gusta, con dos cojones!” Ya les dije que Fermín era enorme. Cinco minutos después surfeábamos las calles del ferial en un carro tirado por dos caballos. Saliendo por la puerta, preguntan: “¿Quieres un helaico y un roncito pal camino?” Si es que hay que quererlos…

La experiencia de ir por mitad de la carretera en un carruaje es, hmmm, interesante. Mientras que yo cantaba aquello de “doce cascabeles tiene miiii caballo”, Fermín encontraba atajos inimaginables. Incluso prohibidos. En fin, el caso es que llegamos a la plaza como unos señores y con el espíritu renovado gracias a cuatro genios que habían creído que la hazaña era posible. ¿Cómo estaba la plaza? “¡Asín, asín!” -pongan el gesto con las manos-. A reventar. Pero amigos, en estos casos es en los que el auténtico Gorrón despliega su profesionalidad.

Con mi siempre fiel Sancho portando la mini cámara, este Quijote se entrelazó con la masa que penetraba en la plaza. Lo llamamos la técnica del ‘España Directo’: De espaldas, y con la cámara (insisto, un aparato muy de andar por casa) empecé una verborrea sin sentido que, aparentemente, no podía parar: “Nos encontramos en la monumental nazarí para ver al gran José Tomás que hoy visita la ciudad para bla, bla, bla…” Sabiamente, nos deslizamos detrás de dos honrados ciudadanos que sí habían pagado su entrada y seguimos andando, como si nada. El taquillero nos descubre: “¡Oye, la entrada!” Yo, sin dejar el palique, le enseño una entrada ya cortada. Del día 10 de junio, que no del 12. Vuelve a inquirir: “¡¿Quién te la ha cortado?!” Pongo cara extrañado, señalo hacia el horizonte y empezamos a subir las escaleras, dirección a la gloria, ante un taquillero, piadoso, que ha visto la bondad en nuestros gestos.

Señoras, señores: Faenón antológico. ‘El niño de las Gorronerías’ corta orejas, rabo y lo que haga falta. Sé que está muy repetido, pero me van a permitir la gracia, que me hace ilusión: “Un engalanado carruaje a la feria, 12 euros. Helado y refresco, 4 euros. Dos entradas en la reventa, una hora antes: 1.000 euros. Dos entradas en la reventa, cinco minutos antes, 1.600 euros. Para rematar: un refresco a la salud de Verónica, Caro y Trini -tres bellezas de una de las barras de la plaza-, otros 3 euros. Hacer todo eso por la cara, sin un duro, en el día grande de los toros: no tiene precio. !Ole, ole y olé!

Video: ¡Magia!

De ilusiones también se come

A veces creer en la magia es cuestión de una carta que engaña a los ojos en una maraña de dedos hábiles. Otras es más parte de una tradición, de un día, una hora, un momento.

Recuerdo como paseando por Covent Garden, en Londres, un mago acaparaba la atención de unas cincuenta personas. Entre el público, un niño pequeño lloraba porque el mago no le había sacado para hacer un truco. “Eres muy pequeño para éste”, le dijo. El zagal se apartó del grupo y se sentó en un bordillo dando la espalda al público, a su familia y al artista. A mitad del espectáculo, el mago reparó en el muchacho y paró en seco. Tras un largo segundo en silencio, soltó las cartas que tenía en la mano quedando éstas esparcidas por el suelo. Se acercó a la acera y se sentó junto al chico. El pequeño miró a su lado y no pudo evitar sorprenderse. “Necesito lo que me has robado para hacer magia”, le dijo el mago en tono acusativo. El niño abrió los ojos hasta no poder más y respondió: “¡Pero yo no tengo nada!”. El mago se incorporó y se puso en cuclillas, frente a frente, colocando su mano junto a la oreja del niño. Aleteó sus dedos y, cuando todos esperábamos ver una carta saliendo del cogote del chaval, puso su índice en la comisura de la boca del niño y empujó hasta que consiguió una sonrisa: “Mi pequeño amigo, soy un ilusionista y necesito ilusión para trabajar”.

En los últimos días he escuchado demasiadas veces la palabra ‘crisis’. A veces como razón, otras como excusa, las más como farol. Y empiezo a estar cansado. No les voy a hablar de dinero, eso, por suerte, se sale de mis entendimientos. Les hablo de la crisis de la alegría. Del coartar una carcajada por culpa de un billete. Amigos, háganse un favor, es un movimiento sencillo que no les llevará más de dos segundos: cójanse de los carrilos y estiren hasta que se sientan tan ridículos que no les quede más remedio que reir. Después, pá la feria.

¿Por qué les cuento esto? En mis años de Gorrón he descubierto que lo más bonito del mundo es saber ilusionarse por algo. Por lo que sea, no importa el qué, importa que pase. En GranHada, de ilusión tenemos un gran entendido. Él, en realidad, nació para gorrón, pero se tuvo que conformar con ser mago: Migue Puga. Ayer me lo encontré por Almanjáyar y le propuse una aventura de proporciones épicas: “Maestro, ¡hagamos magia! ¡Ilusionemos al pueblo!….¡¡Y de paso consigamos comida y bebida gratis!!” El genio Puga, al ritmo de un feliz Hocus Pocus, hizo ‘chas’ y apareció a mi lado.

Pues nada, cargados con una baraja de cartas y una retaíla considerable de hechizos apasionantes, nos colamos en la caseta de la Diputación. El objetivo, alegrarle la calurosa tarde a Sergio, camarero del lugar: “Jefe, le traemos un contrato que no puede rechazar. Mago Migue y yo somos un gran equipo: él hace un truco de magia y, a cambio, nos invitas a unos rebujitos”. Así fue: adivinamos su carta (bueno, lo hizo Migue… pero que conste que yo estaba pensando en la misma…) y Sergio nos invitó a tomar algo. Fue el gorroneo más mágico de mi vida, literalmente. La pena era que nuestro ilusionista profesional tenía sesión de tarde en la caseta del Ayuntamiento, así que no podíamos seguir sacando punta a la chistera. Pero, después de verle, me sentía capaz de hacer magia.

Directo a la Casa de Motril me enfrento a un público exigente: Paco, Paqui, Jesús y Asunción. ¿Por qué fueron ellos los elegidos? Una caja con seis piononos coronaba la mesa. “Muy buenas tardes, damas y caballeros. Vengo de instruirme con el grandísimo Mago Migue y quiero mostrarles lo que he aprendido, ¿puedo amenizarles con el truco de los ‘seis pís’?” Intrigados por lo que les estaba contando, los cuatro fiesteros me dieron su beneplácito. “Para hacer este truco necesito, por ejemplo, la caja de piononos -la cojo y la enseño al público-. Ahora repitan conmigo: pí, pí, pí, pí, pí, pí…” Al llegar al sexto, me dí la vuelta y salí por patas al grito de “¡o no, o no, no me cogeréis!”

Pero me cogieron. Justo en la puerta de la caseta. Me tropecé y todo. Qué desastre. Lo bonito fue que, después de todo, me invitaron a un pionono y a cambio yo les conseguí una jarra de Palito ‘baidefeis’. Lo mejor: le pechá de reir que nos dimos a la sombra de dulces y ron. Y es que yo, sin ilusión, no puedo trabajar. ¡Reverencia y al galope!

Video: Botellones, Sardinas y Pata Negra











Jefe, mesa para tres

Qué calor, madre. Empiezo a sospechar que soy culpable de genocidio: cada mediodía de feria me nacen dos nuevos ecosistemas: el sobaco izquierdo y el sobaco derecho. Pero es un Big Bang que dura poco: estrujao y a la lavadora. El caso es que ayer estaba especialmente hasta ‘los cuerpos redondeados, de tamaño y dureza variables, que producen las hembras de las aves o de otras especies animales, y que contiene el germen del embrión y las sustancias destinadas a su nutrición durante la incubación’ del solecico de feria.

Creo que por eso me emocionó especialmente la historia de Nuria. Nuria, joven barcelonesa que visita esta semana Granada y que, también por primera vez en su vida, pisa el ferial. O lo intenta. Llegó a las 13.20 a la parada de autobuses de Gran Vía. Con la fresca. Claro, ella no contaba con una Tarasca de por medio y el pertinente retraso de los vehículos. Así que esperó. Después de ver pasar un par de bolas de heno -como las del oeste- apareció un bus: repletico. Luego otro: a reventáh. Y uno más: pujísimo. ¿Solución? “Me voy andando, no será mucho”, se dijo la pobre. Eran las tres de la tarde y la campanas de Almanjáyar repicaban por Nuria. Entonces fue cuando nos conocimos y cuando supimos que ambos nos merecíamos un tentempié -sí, yo también, ¿qué pasa?-.

Un olorcito a sardinas que sale de la Cachucha embriaga a nuestra amiga catalana. Me toca mover ficha: “Estimado casetero, aquí le traigo a una muchacha que ha sufrido más que la pasionaria para tomarse unas cañitas en esta linda feriita. ¿Sería tan amable de invitarnos a unas sardinas y, ya de paso, ponernos dos jarritas?” Una vez más, el espíritu del Corpus hizo el resto: “Anda, gorrones -respondió con rintintín-, sentaros por ahí que ahora os llevo unas cañas”. ¡Ding, ding, han cantado línea!

De vuelta al ruedo, unas voces femeninas llaman mi atención: “¡Qué hambre!” Dos zagalas, portadoras de una clásica botella de Sandevid, sufren, sentadas en un banco, de inanición. “Disculpen damiselas -les dije, con talante-. Soy el Gorrón y yo gorroneo. Pero este año me he propuesto sacar de apuros a las buenas gentes de Graná. Así que si me lo permiten, usaré mis artes para conseguirles una tapita en alguna de las ilustres casetas que nos rodean, ¿hace?” Les hizo. El destino nos llevo hasta La Derrama, donde Felipe Villanuevo, el presi del palacio, escuchó, atónito, la propuesta: “Estas dos muchachas estaban en la feria del mediodía con un litro de sangría en mitad de la calle y eso no puede ser, ¿verdad? Pero es que claro, ser joven es complicado. A veces no hay dinero para entrar a una caseta… ¿Qué le parece si invita a las jovenzuelas a tomar algo?” Unos minutos más tarde, el camarero nos tomaba nota. ¡Bingo!

Una especial mención al camarero, un tal Delfín. “Sí, Delfín -me dice al insistir sobre su nombre- como el hijo del Rey Sol, Luís XIV. Soy educado y cortés, pero Cortés por el apellido, como mi padre, que también era Cortés. Y mi abuelo, y así sucesivamente”. Ese buen humor es impagable. Estoy convencido de que todo el mundo debería trabajar alguna vez en su vida de camarero, o que fuera una asignatura en la ESO: servir a los demás. Desde aquí, ovación para ellos y ellas: ¡Ole los waiters corpusinos!

Pronto me di cuenta que lo de repartir comida hacía feliz a la gente. Me hacía feliz a mí. Así que al pasar por El Cortijo utilice al insigne Pablo Amate como gancho -sin que él lo supiera, por supuesto-. Él tenía entretenidos a todos los presentes, mientras que a sus espaldas, un cortador de jamón preparaba copiosos platos del manjar. Zancadas gatunas, sonrisa pícara y un saludo a un Amate que ni siquiera me ha visto: “Cojo el plato, amigo”. El cortador lo ve como algo natural y me lo llevo. Fascinante, oigan. Lo pruebo y hale, a repartir por La Caña: ¡Jamón, jamón, jamón para todos! ¡Que viva el Corpus!

Rusos de Graná

El niño del Terror

Ideal.es

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