
Mi vocación taurina llegó con 8 años. Aún se me ponen los pelos como escarpias recordando su gallardía, los pases con gracia, el innato valor de los que nacieron sin miedo, la mirada cruzada con la bestia… esa manera tan graciosa de caer por un barranco después de una brutal cornada antigravitatoria con el típico final onomatopéyico -¡plof!-, los ojos saliendo de sus órbitas, las muletas marca Acme y el maldito Bugs Bunny poniendo trampas al artista, al torero: El pato Lucas. Qué porte tenía. Hasta ayer, ésa era mi experiencia del albero. Sí, lo sé: es como ser granadino y no saber esquiar. Aunque bueno, tampoco tengo ni papa de esquiar. A ver, que nos liamos; empecemos por el principio:
Seis de la tarde en pleno centro de la parcela almanjayera. Un susurro relincha entre mojones: “Hoy torea José Tomás en Granada. Pero chico, una pasta”. La emoción en las palabras del feriante despierta mi sentido gorronil. Ese sentido de justicia suprema del que me he erigido fiel defensor. Un sentido profundo, generoso y vocacional: Tenía que entrar allí, por todos los que encontraron un desagradable agujero en la hucha al escuchar el precio de las entradas. Y, además, en nombre de la patulea de catetos que vivimos en Granada y que jamás le hemos echado cuentas a la Plaza -eso si no contamos las tapas en el bar ése que pusieron en el centro el año pasado-. ¡A los toros y gratis!
“Anda ya”. “Eso es imposible. Jamás lo conseguirás”. “Se dan tortas por entrar”. “¿Tú sabes lo que piden en la reventa?” “Gorrón, dedicate a los pinchitos y las morcillas, entrar en la plaza es demasiado grande; incluso para ti”. Esas frases las escuché. Pero lo más repetido era una creciente, sonora e insultante carcajada. Después de comentarlo un puñaico de veces llegué a pensar que había descubierto el ‘chiste más gracioso del mundo’ del que hacían gala los inconmensurables Monty Python -si no saben de lo que les hablo, tienen un serio problema: ¡Usen Youtube!-.
Quería llegar como los grandes: El César, Abradacúrcix o la Duquesa de Alba. Necesitaba un batmóvil digno para la ocasión: un carruaje. Entran en escena cuatro enormes fenómenos: Edelia, Ana, Juanca y el inconmensurable Fermín. Les lanzo el guante: “Amigos del caballo, tengo que llegar a los toros para colarme en la corrida. Y tengo que llegar gratis”. Por primera vez la respuesta no fue una risa despiadada; fue mucho mejor: “¡Así me gusta, con dos cojones!” Ya les dije que Fermín era enorme. Cinco minutos después surfeábamos las calles del ferial en un carro tirado por dos caballos. Saliendo por la puerta, preguntan: “¿Quieres un helaico y un roncito pal camino?” Si es que hay que quererlos…
La experiencia de ir por mitad de la carretera en un carruaje es, hmmm, interesante. Mientras que yo cantaba aquello de “doce cascabeles tiene miiii caballo”, Fermín encontraba atajos inimaginables. Incluso prohibidos. En fin, el caso es que llegamos a la plaza como unos señores y con el espíritu renovado gracias a cuatro genios que habían creído que la hazaña era posible. ¿Cómo estaba la plaza? “¡Asín, asín!” -pongan el gesto con las manos-. A reventar. Pero amigos, en estos casos es en los que el auténtico Gorrón despliega su profesionalidad.
Con mi siempre fiel Sancho portando la mini cámara, este Quijote se entrelazó con la masa que penetraba en la plaza. Lo llamamos la técnica del ‘España Directo’: De espaldas, y con la cámara (insisto, un aparato muy de andar por casa) empecé una verborrea sin sentido que, aparentemente, no podía parar: “Nos encontramos en la monumental nazarí para ver al gran José Tomás que hoy visita la ciudad para bla, bla, bla…” Sabiamente, nos deslizamos detrás de dos honrados ciudadanos que sí habían pagado su entrada y seguimos andando, como si nada. El taquillero nos descubre: “¡Oye, la entrada!” Yo, sin dejar el palique, le enseño una entrada ya cortada. Del día 10 de junio, que no del 12. Vuelve a inquirir: “¡¿Quién te la ha cortado?!” Pongo cara extrañado, señalo hacia el horizonte y empezamos a subir las escaleras, dirección a la gloria, ante un taquillero, piadoso, que ha visto la bondad en nuestros gestos.
Señoras, señores: Faenón antológico. ‘El niño de las Gorronerías’ corta orejas, rabo y lo que haga falta. Sé que está muy repetido, pero me van a permitir la gracia, que me hace ilusión: “Un engalanado carruaje a la feria, 12 euros. Helado y refresco, 4 euros. Dos entradas en la reventa, una hora antes: 1.000 euros. Dos entradas en la reventa, cinco minutos antes, 1.600 euros. Para rematar: un refresco a la salud de Verónica, Caro y Trini -tres bellezas de una de las barras de la plaza-, otros 3 euros. Hacer todo eso por la cara, sin un duro, en el día grande de los toros: no tiene precio. !Ole, ole y olé!