¿Seré yo?

Ahora sé lo que debió sentir Judas, aquella fatídica noche del «uno de vosotros me va a traicionar». Esas miradas de soslayo. Reojos acusativos. Señoras comentando la jugada, con sonrisitas a medio gas, protegidas por una servilleta que nunca llegó a rozar los labios. Al principio es parte de un juego que no tiene unas reglas definidas. Al final, la realidad y la ficción son parte de un mismo disfraz. Pero empezemos por el principio…

La hora de comer es un ritual viciado. Tengo un amigo que asegura que por muy religioso que seas, a la meca se ora con la loncha de jamón bien sujeta. El caso es que, pase lo que pase, no hay que dejar huecos vacíos en la mesa. Es de mala educación. Iba un servidor, a eso de las tres de la tarde, aguantando el tipo de una de esas noches tontas que empiezan sin intención y terminan con eternas penúltimas –Marimorena, aquí un amigo–, cuando me topé con la caseta de los médicos. «Aquí de bogavante no bajan», intuí.

Con la determinación de Leónidas crucé el umbral de la caseta con menos probabilidad de salir mal parado de un atragantamiento. Una gran mesa en forma de ‘u’ acoge a todo tipo de ilustrísimas sanitarias. Para pasar desapercibido, me dirijo, con elegancia y decisión, hacia una de las esquinas. Pasó lo que tenía que pasar: «Hombre, no nos han presentado, usted es…»

Toma zambomba. Las opciones flotaron por mi cabeza: «¿El doctor Gorrón?» Muy absurdo. «¿Acaso no sabe quién soy? ¡Pardiez!» No seas iluso. «¿Qué tal un nombre al azahar?» Sí, esa era una estupenda idea. Solemne, respondí: «Soy José…err… José Enrique Cabrero –Sí, este apellido es suficientemente extraño para pasar desapercibido–».

El curioso, por no ser descortés, aceptó de buen grado la respuesta: «Cómo no, Cabrero». Pocos segundos después, se acercó un médico y se dirigió al mismo que acababa de preguntarme quién era con el apelativo de «señor presidente». Demonios, estaba sentado con los jefes. Ya saben, los cargos impresionan más.
No tardé en averiguar que, tras unas carreras médicas de constatado prestigio, había un maravilloso caldo de simpatía y humor castizo. Total, que con la sensación de estar entre amigos, nos calzamos unos platicos de jamón, tortilla, morcilla, chorizo, unas buenas gambas, una paellita con todos los pluses y una deliciosa tarta de limón. Ole, ole y olé.

Aunque las cosas como son. Comer a destajo con médicos presentes es complicado: «que si engorda, que si colesterol, que si vivir menos tiempo…» Pero bueno, al final todos terminan zampando.

Antes de que la despedida se extendiese, limpié las comisuras de los labios de restos impertinentes, retiré la silla con silencio y, sin mediar más palabra, mutis por el foro. Así da gusto, ¡que viva la sanidad!

Facebook Twitter Stumbleupon Delicious More More More
Ideal.es

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.