Estoy muy orgulloso de nuestra Alhambra. De las dos: la 1925 y la Especial. En realidad yo no nací para beber cerveza. Fue más un capricho personal que un decreto español. En uno de mis legendarios viajes alrededor del globo, terminé anclado en un bar de roble y flema en el Londres más profundo. Ingenuo, me arrimé a la barra y antes de que pudiera pedir mi refrescante pinta de cola, ya tenía al señor Guiness decorando el local. Allí arriba las cosas son así. El agua no la tragan.
El caso es que fue un amor a primera vista. Me sentí como Hobbit con anillo nuevo. «Mi tesoro». Al volver a la madre patria, descubrí que las pintas inglesas nunca podrían competir con nuestra Alhambra. Eso sí que es cerveza.
Una de esas noches que empiezan mal y tarde y terminan bien y pronto, tuve una visión. Un regalo de los dioses alhambreños: uno de esos estilosos botellines de 1925 me atravesaba la mirada. Antes de que me diera cuenta, empezaba a bailar y sus rígidas curvas se transformaban en una cintura sobre la que una morena de ojos verdes caminaba con pasos de gato. «Verde que te quiero verde, verde como los cojones del increible Hulk», que decían los Mojinos.
Imaginen mi sorpresa ayer cuando mi profecía se hizo realidad. No una, sino cinco bellezas andaluzas paseaban por el Real. Lucían un traje rojo flamenco con un sello en la cintura: ‘Cervezas Alhambra’. Empecé a andar como el niño que llora nada más nacer: por instinto. Me concentré en una. Y pese a que todas las ciencias humanas coinciden en que los puntos de gravedad de la visión del varón humano tienden hacia tres zonas clave que no voy a describir –no es momento ni lugar–, me perdí más arriba. Ojos verdes.
Ay, Dámaris, tienes nombre de tango. O de sevillana. O de lo que quieras. Llegados a este punto, descubrí que aquella visión alhambreña había guiado mis pasos durante toda mi vida –en realidad sólo hace un mes de aquello, pero no le quitemos épica al momento–. El Universo se había confabulado para que yo, El Gorrón, robase un beso de aquella Dulcinea en nombre de todos los Quijotes –cuidado, que hay rima– que nunca podrán bailarle el agua a una doncella parecida.
«Sé que sonará extraño, pero, ¿podría este humilde granaíno burlar un beso a vuesa merced?» Su respuesta, lo mejor: «Claro, te lo doy yo y mi amiga Yolanda». Taquicardia. Ahora sí que soy la envidia de la parte masculina y heterosexual del planeta. Muac, sonrisa estúpida –la mía–, reverencia y a seguir.
Por cierto, Cervezas Alhambra no patrocina esta sección, pero si se ven en la obligación, aceptaría una cañita. Olé.

