Oda a la morcilla (y III)

Faralá de sastre negro ceñida a la cintura. Tripulación asida a los instintos más profundos de la Humanidad. Sancho de la Alhambra. Cimientos de una torre babélica, forjada en tradición, cultura y arte. Lienzo tenebrista, carne de museo, pensamientos de Rodin. Alma asfixiada en la más cruenta de las batallas, una operación, bikini, que se sabe a nada. Ya lo dijo Rubens susurrando a las tres gracias: “Bella es tu curva y más bella, sin censura, es tu mirada”. Tres como las gracias que llevo vivo, entre el papel y la nada; dos han sido las veces que de tu aroma, morcilla, abaniqué un sayonara. Y aquí llega la tercera, mi última cruzada. O te digo hasta la vista o del wáter no me sacan… No malinterpretes mis palabras, nada más lejos de mi intención, el deshonrarte; pero noventa días he jurado renegar este desenfrenado y sinsentido amor, al menos hasta que olvide cómo en el Corpus del año 2009 de nuestro señor, los caseteros de Granada dieron a este gorrón matarile de tu salsa con toda su bendición. Fue un acto de fe sin la corrupción del metal, movido ante todo por su coraje y su pasión, que algún día, en el cielo, verá su compensación.


Granada es lo más grande que me ha pasado en la vida. Hace exactamente un año, cuando terminaba de escribir la última linea de estas páginas, una doncella nazarita se me acercó y me dijo: “Anda, toma un gorrón de verdad”. Acto seguido, me colocó el sombrero que este año he procurado lucir con la galantería que se merece. Aquello fue como si me nombraran caballero. Un caballero con una espada afilada, lista para relatar, describir, confundir y aramblar. Y con ese espírutu desenvainé el Corpus 2009. Pero amigos, nada podía hacerme pensar que esto iba a ser tan grande.

He de admitir que aún estoy excitado tras la inconmensurable hazaña en el ruedo granadino. Fue algo mágico, como los ilusionantes chasquidos de Migue Puga, siempre generoso. Una generosidad que ha reinado en todo el ferial y con la que conseguimos que los caseteros invitaran a jamón, sardinas y rebujito a granadinos siempre niños. Niños con la mirada del que ve por primera vez, como la de aquel canario que, finalmente, sintió el movimiento. El mismo movimiento que el ingenioso Hidalgo nos exigía a principios de semana: “¿Qué hacer? Favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos”.

Sólo con el corazón henchido por el trabajo bien hecho me percaté del pecado. Casi como si acabara de despertar del letargo, de un malvado y pérfido hechizo que me tenía anonadado, descubrí que aún no había desvirgado al Corpus. ¿Saben eso de que los humanos necesitan beber H2O -dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno- para vivir? Pues yo necesito M2A -dos de Morcilla y una Alhambra fresquita-. Y en toda la semana, con tantas aventuritas, no me había puesto a la tarea. Sudor frío.

Entonces vi el mismo espejismo rojo pasional que el año pasado despertó mi lado más romántico: las chicas Alhambra. Repiten curso, gracias a Dios. Como si se tratara de una profecía sigo sus pasos. La ironía nos lleva a ‘La Ruina’ -muy apropiado-. Nada más entrar, uno de los socios se percata de mi presencia y grita: “¡Aquí la llevas clara!” Me quedo traspuesto. Cinco -eternos- segundos más tarde, vuelve a hablarme: “Que no hombre, ¿qué quieres tomar? Que yo invito”.

Permítanme que, una vez más, eleve mi sombrero y les dedique mi más sincera reverencia. Son ustedes -granadinos, feriantes, amigos- gloria bendita. ¡Sursum corda!

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