Yo para ser feliz quiero un canario

Déjenme que les hable de uno de los personajes clásicos de la Humanidad. Uno de esos héroes que hicieron de la aventura la bandera con la que cruzar el mar y otear nuevos horizontes. Sin duda, una inspiración transgeneracional, que caló en lo más hondo de nuestros colacaos. Buscar apellidos equiparables a su relevancia histórica es sencillo: Ghandi, Mandela o Décimo Merilio, por ejemplo. Ahora, póngase en situación: acaban de arengar a todo el pueblo americano con el sueño que tuvieron anoche y, en vez de aplaudirte, la gente se va a por el que te ha traido en coche. O cantan por última vez su ‘Let it Be’ y millones de babeantes fans se echan encima del que te vendió la libreta en la que escribiste la letra. O destruyes la Estrella de la Muerte y vitorean al androide… ¿Injusto? Por supuesto. A estas alturas del discurso, seguramente, ya sepan de quién les estoy hablando. Ese gran olvidado: El Mono Amedio.

Amedio era el que iba a hombros de Marco, el insoportable niño llorica que moqueaba por su mamá. “Quiero a mi mamá, mi mamá no me mima, bla, bla, bla mi mamá”. Amedio era el de las ideas frescas, el que traía el ingenio renovado y el que siempre encontraba los personajes más interesantes con platos repletos de comida. Yo soy ‘amedista’. Creo en los personajes que pasan desapercibidos y en su inmensa valía por encima de los que siempre firman el papel. Hoy les traigo un mensaje: “Su vida será mucho más divertida con un canario”.

No, no me sean cazurros. No me refiero a un pájaro, me refiero a alguien nacido en Canarias. Les cuento: Ayer, en mi periplo hanibalístico (por Hanibal, líder del Equipo A) de ayudar a todo el que encuentre a mi paso me topé con Carlitos. Él nació en Canarias hace una veintena de años y nunca, subrayen, nunca había vivido el Corpus de Granada. Carlitos, aún con alma de niño, quedó especialmente prendado por las atracciones del ferial. Uno, que además de gorrón es un bucanero educado y anfitrión, decidió enseñarle, por la patilla, todos los rincones que esta nuestra bella ciudad esconde en las alturas. “Grumete -le dije-, vamos a subir a todas las atracciones que quieras gratis”. Él se quedó un poco sorprendido e, ingenuo, preguntó: “¿pero cómo?” “Amigo mío -espeté-, a partir de ahora eres un gorrón”.

La filosofía del gorrón es compleja pero efectiva. El objetivo es encontrar una clave con la que el otro -en este caso el taquillero- acepte tus reglas del juego por encima de la cruel y abusiva ley del euro. Para eso, lo mejor, es actuar decidido: “Disculpe amable y cortés taquillero. Aquí mi amigo de cuerpo presente viene de Canarias y es la primera vez que disfruta de una feria, ¿se lo puede creer? Sí, lo sé, increíble. El caso es que quería mostrarle lo más emocionante de todo el recinto y he pensado que su atracción, sin duda, será absolutamente inolvidable” Así fue como entramos en la Casa del Terror… (¿divertida? Yú-jú) En realidad, Manolo, el taquillero -todos los taquilleros se llaman Manolo, no sé por qué- nos confesó que su mujer era canaria y, enternecido, nos dejó entrar gratis. El caso es que funcionó.

Luego fuimos a la única e inigualable ‘Nave de la Realidad Virtual’… Y volvió a triunfar la historia del canario. Para subir a la noria apelé al sentimiento patrio granaíno de los encargados -todos de Europa del Este-: “Quiero que mi amigo canario vea una vista sólo comparable a la del mirador de San Nicolás”. Pues oiga, funcionó otra vez. Ya, en la montaña rusa, empecé a resumir, casi con un pie metido en la cabina: “Es canario”, decía mientras señalaba al fenómeno.

Miren, no sé dónde está la magia: pero existe. Carlitos sólo sonreía y asentía. Él, como Marco, será el gran recordado de la jornada de ayer. “Se acuerdan de aquel simpático canario que quería descubrir el Corpus… Ya no quedan muchos cómo él”, diran los feriantes, todavía moqueantes y añorantes. Yo, desde la sombra, sonreiré por el trabajo bien hecho y recordaré el buen hacer de Carlitos. Bajo el ala del sombrero y subido al organillo seguiré la estela de los que caminan solos. Como Kung Fu… Bueno no, como Kung Fu no, que luego terminas malamente liado en un armario… Búsquenme y gorroneen. Reverencia, y que vivan los 80.

(¡Por cierto! Ya se ha estrenado el primer video del gorrón en la portada de www.ideal.es, ¡no se lo pierdan! En próximas ediciones, pase en el blog)

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