El problema de los limones (o de la «selección adversa» en la jerga de los economistas), cuando la información privilegiada destruye los elementos esenciales de un mercado porque los compradores que la desconocen no están dispuestos a pagar por una calidad que no pueden observar, es sólo un ejemplo del más amplio problema que plantea la información privilegiada («información asimétrica», de acuerdo con dicha jerga). Esta información privilegiada también produce un obstáculo denominado «riesgo moral». El concepto es simple: si compensas a las personas cuando les sucede algo malo, quizá se vuelvan menos cuidadosas.
Si mi automóvil está asegurado contra el robo, lo aparcaré en cualquier lugar donde encuentre un hueco, incluso en una calle desértica que no parezca completamente segura. Si, en cambio, mi seguro no cubre el caso de robo, es posible que opte por pagar un pequeño extra para dejarlo en un apareamiento vigilado. Si me quedo sin trabajo y el listado me abona una prestación por desempleo, tal vez no me apresure tanto a encontrar otro trabajo como lo haría si no contara con ningún ingreso en absoluto. Si el dinero que tengo en mi cuenta corriente está asegurado contra una quiebra del banco, ¿por qué voy a molestarme en verificar la solvencia de ese banco?

En la economía real, el riesgo moral es un problema inevitable. No obstante, si bien es imposible para las compañías de seguros (o cualesquiera otras) evitar por completo el riesgo moral, pueden tomar algunas medidas para reducirlo. Por ejemplo, las aseguradoras no ofrecen un seguro contra el despido o el embarazo, lo cual es una lástima, pues sería maravilloso contar con ese tipo de cobertura. La razón es evidente: es fácil concertar el ser despedido o quedar embarazada.
Hay muchas personas a las que les gustaría dejar su trabajo, y muchas otras que quisieran tener hijos; y son precisamente ellas quienes estarían ansiosas por conseguir una póliza de seguro que les pagara generosamente por llevar a cabo sus planes. En consecuencia, el riesgo moral destruye el mercado para los seguros de desempleo privados.
Por otro lado, a pesar del riesgo moral, todavía existe el seguro público de desempleo. No es cortés decirlo, pero resulta obvio que pagarles a las personas porque están desempleadas fomenta el desempleo. Sin embargo, si un Gobierno se ahorrase esa prestación por desempleo, seguiría habiendo parados y ayudar a quien no tiene trabajo es algo que toda sociedad civilizada debería hacer. Lo cierto es que estamos ante situaciones que se compensan: es malo fomentar el desempleo, pero es bueno ayudar a quienes no tienen ingresos.
Tanto el Gobierno como las aseguradoras privadas tratarán de protegerse contra el riesgo moral. Para las compañías de seguro, una de las formas más frecuentes de hacerlo es modificar la póliza de seguro de modo tal que suministre una cobertura sólo parcial por medio de una franquicia. Si la franquicia del seguro de mi coche es de 200 dólares, el miedo a perder ese dinero probablemente no me lleve a tomar medidas de seguridad exageradas, pero debería ser suficiente como para hacerme comprobar que mi coche ha quedado cerrado con llave.
Otra forma en que las aseguradoras pueden combatir el riesgo moral es sacando provecho del acceso a la información privilegiada.
in proveedores de seguros médicos querrán saber, antes de fijar metas. Evidentemente, podría mentirles, pero no les resultaria demasiado difícil descubrir el engaño: un sencillo examen inédito nivelaría que lo hago. Cuando la mayoría de los Gobiernos otorgan los subsidios por desempleo, lo hacen con la condición de que los beneficiarios estén buscando activamente trabajo; pero, puesto que no pueden controlar a la perfección si las personas lo hacen o no, sólo les satisfacen una exigua prestación. Sin embargo, si el Gobierno pudiera determinar realmente el afán con que los desempleados buscan tra- I*.i)o, entonces, podría pagar una prestación más generosa al beneficiario que realmente lo merece.

Los problemas de la información incompleta incluyen la «selección adversa» (los limones) y el riesgo moral, pero existen otros más generales y difusos. Por ejemplo, a mi jefe le gustaría pagarme más si yo me esforzara un poco más por hacer un buen trabajo, pero, dado que sólo tiene una vaga idea de con cuánta fuerza lo estoy intentando, mi plus por rendimiento representa sólo una pequeña parte de mi salario. Si mi jefe pudiera observar perfectamente mi capacidad y mi empeño, podría disponer que todo mi sueldo estuviera en relación con mi rendimiento. Otro ejemplo: supongamos que quiero comer en el mejor restaurante de una ciudad; como no sé cuál es, busco uno cuyo nombre sea conocido, con lo que sé que no me voy a equivocar. Sabiendo que los clientes no se tomarán la molestia de buscar el restaurante más barato de la zona, los de renombre pueden cobrar más caro de lo que deberían.
¿Estos problemas de información destruyen totalmente el mercado? Ciertamente no ayudan, pero sería un error exagerar los problemas que causan. A pesar de la información asimétrica, por lo general, los mercados funcionan correctamente porque las personas elaboran ingeniosas soluciones para mejorar la calidad de la información (o reducir el daño que causa una información imperfecta).
Cuando compro artículos de manejo complejo, como una cámara fotográfica, hablo .con amigos o consulto páginas web y revistas de información al consumidor, y espero que esto me brinde información útil sobre los artículos de entre los cuales estoy intentado elegir. La opinión de los especialistas, al proporcionar «información privilegiada», puede ser especialmente util cuando desconocemos las particularidades de lo que queremos comprar. Confío en ellos constamemente cuando se trata de otro tipo de mercado (uno que sufre serios problemas de información): el mercado de las vacaciones.
Soy esa clase de persona a la que le gusta conocer nuevos lugares, pero a menudo me sucede que no tengo la menor idea de adónde ir o qué podrá sel divertido, dónde reina el mal gusto o quién ofrece un trato agrada ble, qué lugar es bello y cuál es peligroso. Si el problema no tuviera solución, no nos molestaríamos siquiera en coger vacaciones. (O podríamos exigirle a los gobernantes que nos las facilitara, lo que me hace pensar en esperar años en una lista de espera antes de disfrutar de unos organizados juegos en equipo y de una alegría artificial en un centro vacacional cubierto, hecho de hormigón.) En lugar de ello, compramos unas decentes guías turísticas y tratamos de aprender un poco más por nuestra cuenta.
La prestación de asistencia sanitaria, una vez más, nos brinda un excelente ejemplo de este problema. Una cosa es buscar en una guía turística qué hacer en las vacaciones; y otra bien distinta es acudir a una guía en busca de un cardiocirujano (aun cuando el problema de la falta de información básica es el mismo al que se enfrentan quienes se van de vacaciones). Los pacientes de los cardiocirujanos tratan de saber un poco más sobre cuáles son los médicos que gozan de buena reputación, qué procedimientos tienen el mayor porcentaje de éxitos, y cuáles son los hospitales que brindan un mejor cuidado durante el posoperatorio. No obstante, la mayoría de los pacientes admite que, en realidad, no tiene demasiada idea de cuán bueno es, en verdad, su médico.