El otro día fuí a cortarme el pelo. Prosaico ¿verdad? Pues no creáis. Durante 33 años nunca me he tenido que preocupar de esa circunstancia. Mi padre, peluquero profesional, se encargaba de tal menester y con un resultado excelente. No es responsabilidad suya mi incipiente alopecia. Pero ya no puede ser. Ya no es posible decir, papá, que voy a la pelu para que me cortes, ¿tenéis mucho lío? No. Eso ya no es posible. 500 kilómetros lo impiden.
Sentado frente al espejo, con un desconocido quitándome pelo de la cabeza no podía dejar de pensar en lo que echo de menos a mis padre y en que, en cierto modo, le estaba engañando. El ser humano es absurdo por naturaleza y su apego hacia lo sensible le juega malas pasadas. Mirar a ese desconocido ocupar el puesto que durante 33 años ha tenido mi padre me dio pena. No había miradas cómplices, ni conversaciones con guiño, ni charlas comunes. No hubo beso a la entrada, ni beso a la salida. No hubo un papá, vamos a tomarnos algo al Nuevo Restaurante. Nada de eso hubo y, a pesar de lo bien que estoy en Madrid, donde siento que esta ciudad me invade y me llena cuando la respiro, carezco de esos pequeños detalles que se han quedado a dormir en una pequeña ciudad del sur hecha a escala de mis sueños, que si tuviera manos, serían las de mi padre, que si pudiera hablar, tendría la voz de mi madre.
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo paternal.

