Un colega bloguero escribía el otro día desde su bitácora que la izquierda reaccionaba con hipocresía ante determinados problemas que la situación mundial plantea en la actualidad. Yo iría más allá y me preguntaría dónde está la izquierda en estos momentos. Asistimos impávidos a un endurecimiento de la legislación europea en materia de inmigración. Ya sabemos que en tiempos de crisis los primeros que sobran son los de fuera. Siempre ha sido así. Pero medidas como las aprobadas por el gobierno italiano o la propia Unión Europea mandan al garete años de trabajo.
El gobierno español -ya tengo puesto el chubasquero ante la que me va a caer- no va a modificar su legislación en esta materia, pues es una de las más progresistas de Europa y, con buen tino, ha sabido llamar la atención a los Berlusconi boys, lo que ha obligado a los transalpinos a poner pies en pared. Pero éste no ha sido el último exabrupto internacional.
Recordemos la última asamblea de la FAO -en la que, por cierto, España ha sido la única en dar ejemplo y ofrecer medidas que ayuden a apaliar el hambre en el mundo-, o la reciente aprobación de una directiva en la que se permitirán jornadas laborales de hasta 65 horas semanales (en mi caso, esa norma quizás me quitara alguna…). España se ha abstenido y he leído por ahí que nunca sería de aplicación en nuestro país, pero la economía de mercado se forta las amnos ante la posibilidad de extender sus redes de explotación a nuevos paraísos ávidos de crecer.
Y la izquierda calla ante todo esto. Está sola, casi no existe (tal vez eso sea lo peor). Su voz está apagada en una vieja Europa que se vuelve reaccionaria y conservadora, sin líderes desde la orilla izquierda del mundo, la mismo que hizo que todos ganáramos derechos, calidad de vida, estándares que, en definitiva están en franca regresión en estos momentos.
Un saludo desde mi jardín.
Bomarzo queriendo gritar.

