Hay muchas razones por las que no me gusta ver crucifijos en las aulas públicas. La primera de ellas porque lo considero inconstitucional. Nuestro estado es aconfesional y, creo que una de las obligaciones de esa aconfesionalidad es, precisamente, la de eliminar cualquier símbolo religioso del ámbito público.
La aconfesionalidad en España es una coña marinera. El laicismo, una quimera. Frases como la de ayer de monseñor Camino en la que aseguraba que una cruz es garantía de separación entre lo religioso y lo público es una muestra de la esquizofrenia que hay en torno a este tema.
El laicismo no es ateísmo, como la jerarquía eclesiástica pretende hacer ver a todos de forma maniquea y erronea. Al laicismo se puede acceder desde la fe pues lo que prescisamente defiende el laicismo es que las creencias se practiquen y se respeten, pero dentro del ámbito privado. En España se sigue prometiendo o jurando cargos delante de un cruz, las aulas están presididas por cruces, el Rey, Jefe del Estado aconfesional que es España, besa la mano de cualquier cura que pasa por delante. Y a mí me hiere todo eso. Y me hiere porque se le está faltando el respeto a mucha gente que no comparte ese credo -ya no hablo de quien no tiene ninguno-. Tenemos derecho a que nuestras creencias se respeten en un marco democrático y de libertad, pero aquí, los de siempre quieren seguir mostrando su fuerza porque, en el fondo, lo que se discute es de esferas de poder y no perder lo conseguido, incluso a golpe de sangre y muerte -sangre y muerte que Rouco quiere que olivemos para llevarnos bien- y mantener su estatus de privilegio.
Ya ha llegado el momento de decir basta. Cristo, Alá, Jehová, Yavhé… han de quedar fuera del escenario público. Decía Camino que la cruz es garante de ausencia de totalitarismo. Supongo que olvidó, como ordenó Rouco, el nacional catolicismo, o la Rusia zarista, por poner sólo dos ejemplos. El Estado debe rechazar cualquier símbolo religioso, sea cual sea. Dios, hasta que no quede probada su existencia, ni siquiera llegado ese caso, no puede ser la causa y el fin de todo en lo público. Siempre será mejor abolir todos que adoptarlos a todos. Por tanto, llenemos las áulas de todos los símbolos posibles. No sólo de la cruz. Si eso sucediera, los ultracatólicos serán los primeros en pedir que la cruz, a ser posible, en lo más alto. Eso lo dirán en virtud a su creencia de ser los únicos en estar en posesión de la verdad.
Lamentable.
Un saludo desde mi jardín.
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