¿Cómo agradecer los silencios que nos emocionan, el recorrido de una mirada sobre nuestro cuerpo, el tacto de unas manos en la oscuridad, el murmullo de un secreto? ¿Cómo agradecer una vida, el dolor callado, la espera y las noches? ¿Cómo dar las gracias por lo que somos, por los años dedicados, por las palabras calladas y las pronunciadas, por el cansancio entregado, por el esfuerzo ofrecido, por el tiempo? ¿Cómo agradecer la risa, los recuerdos, las oportunidades, los besos, los libros? ¿Cómo dar las gracias por tanta vida vivida a nuestro alrededor, por tanta vida desvivida para que nuestra vida sea feliz o al menos distinta? No encuentro ningún sinónimo para la palabra “gracias”. Pero si tengo un álbum lleno de silencios, una carpeta gris empapada de miradas, la fotografía de unas manos sobre las mías, un cuaderno azul atiborrado de secretos, una cama desecha de noches en vela, una caja donde se han perdido los años, un arma cargada de palabras. Tengo una sala de espera llena de risas, un ordenador plagado de recuerdos, una habitación colmada de libros, una agenda llena de oportunidades perdidas y besos, muchos besos, en los bolsillos. No sé si será bastante.

