Siempre hay un secreto. Cada historia está habitada de secretos, de marcas en el pasado, como muescas que indicaran el compás tremendo de lo sobrevivido, de animales escondidos en la madriguera caliente de la intimidad. No deja de sorprenderme el parecido entre los procesos del amor y del conocimiento. Ambos llevan al descubrimiento. En los labios que besamos está la clave del ADN y él vértice último de la vía láctea. Asomarse a un microscopio y contemplar un océano invisible debe proporcionar un estremecimiento parecido al que se produce con un buen puñado de caricias o al escribir un poema que, como escribió Ángel González* “se parece a un orgasmo”. No habría ciencia ni estadística sin la trampa del secreto, y el mundo estaría lleno aún de mares limpios de meridianos, de montañas sin huellas, de riberas deshabitadas. No haría falta conjugar la realidad en pasado irregular o en imperfecto porvenir, y serían inútiles los adverbios y extraños todos los sustantivos. Sin la tentación del secreto no habría días como lunes ni tardes de domingo. Dentro de cada secreto, al contrario que en el juego de las muñecas rusas, hay una pregunta más grande, más inaccesible, más codiciada. Incluso lo vivido está lleno de artilugios indescifrables. Los escondrijos más apetecibles se encuentran siempre en el pasado. Después del descubrimiento solo queda el amor.

Para definición de futuro ya estuvo acertado Ángel González**: Te llaman porvenir porque no vienes nunca. * y **: González, Ángel: Palabra sobre palabra. Obra completa (1956-2001). Seix Barral, 2008.

