Mesa: En la primera mesa que tuve imaginé novelas para el futuro y escena de película para mi vida, pero los sueños derramados impregnaron la madera con una pátina oscura. Ahora tengo una mesa flanqueada de cajones con avaricia de cuadernos y carpetas, invadida de libros y bolígrafos, en la que escribo sobre los sueños que impregnan la madera que acaricio.
Lámpara: Cuando era niño tenía un flexo rojo, con forma de gusano. Los libros más hermosos los he leído a la luz de su bombilla. Hoy me deslumbra una lámpara de pie capaz de absorber cualquier noche, pero bajo su luz los libros hermosos van dejando su margen de sorpresa.
Nevera: La nevera de mi primer apartamento se llenaba con un par de horas a la semana dedicadas a la compra, en apenas unos minutos podía ver como se desbordaba y tardaba día en vaciarse. Ahora necesito casi todos los días de la semana para comprar, paso horas llenando y rellenando sus baldas que parecen no tener fondo y, en tan solo unos minutos, puede llegar a vaciarse.
Cama: Bajar de uno con cinco a setenta es una buena marca, pero es sobre todo señal de estrechez. Cada vez hay menos espacio para dormir y menos tiempo de sueño. Y, sin embargo, es buena señal dedicar menos tiempo a dormir en la cama y dejar menos sueños entre las sábanas.

