Mi relación con los libros ha pasado de la veneración a la exigencia. No sé si treinta años de relaciones justifican esta confianza, pero así es. He ido vistiendo mi casa de ladrillos de colores, en ambos sentidos, en el sentido figurado y en sentido vertical. Y es que hasta hace poco el acto de empezar un libro implicaba su terminación, aunque supusiera una gesta épica. Entre mis estanterías hay algunos ladrillos cuyas páginas he roto a golpes sobre mi cabeza. Y, aunque he cambiado de criterio, pues ya no me importa abandonar cualquier libro que me haga sufrir de aburrimiento, considero un cierto honor que algunos ladrillos se oculten perfectamente mimetizados en mis librerías. Leer ha sido siempre mi escapatoria, mi refugio, mi atajo y mi camino. No he aprendido tanto de la vida como de los libros y, claro, así me va con las personas. Siempre he leído mucho, con deseo inmoderado, que es como define el diccionario el pecado de lujuria, aunque he tenido ciclos, altibajos, anticiclones y períodos de fuerte marejada. Hay libros que leo en pequeñas dosis, saboreando de vez en cuando sus páginas, pronunciando despacio la tinta de sus renglones; otros son devorados de un solo golpe, como un menú de diminutos aperitivos; algunos los leo a saltos, a trompicones, con el desorden propio de los desesperados; muchos de corrido, un trozo de tiempo cada día y otros sólo los empiezo. Cada día le pido más a cualquier párrafo que me echo a la cara.

