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Casi siempre queremos ser vistos, pero pocas veces queremos que nos descubran. Nos protegemos con una hoja de papel o una pantalla de cristal líquido. Destilamos sobre ellas el jugo más sincero, la caligrafía más real de nuestros sentimientos, pero no dejamos que se escape la voz o la silueta de nuestro rostro. Ofrecemos el oleaje de nuestros pensamientos pero nos aterra la posibilidad de que nuestro ojos sean contemplados a la luz de nuestras palabras. La vergüenza es tan temible que en ocasiones convierte las caricias en arañazos, en trazos rotos por los que hay que pedir perdón.
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Al parecer el auténtico color violeta, el violeta espectral, no puede ser reproducido en la pantalla de un ordenador. El lenguaje binario es capaz de adivinar el final de la serie de números primos, permite ampliar las formas del robo y encontrar nuevas maneras para el placer, pero no es capaz enseñarnos el auténtico color violeta, la mezcla única de tonos azules y rojizos que hace posible, al menos, la primavera. El cristal líquido no es capaz de infiltrarse en las profundidades del mes de abril ni puede plagiar la superficie de la amatista.
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Quizá por eso es más fácil esconder nuestros secretos en un disco duro.
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Quizá sean violetas nuestros secretos.
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Quizá mis manos y mis ojos solo buscan en las palabras que encuentran el aroma profundo de las violetas.

