Cuerpo a tierra


El sol brota con desesperación por el horizonte. El liviano frescor se derrite, igual que el sueño que hemos dejado aparcado al final de la madrugada. Se recortan las siluetas verdes de los olivos contra el cielo, un cielo impecable como una página en blanco donde unas pocas nubes rosadas se extienden igual que versos de arte menor. A cada minuto cambia el paisaje, casi por sorpresa, como un actor que se disfrazara entre una escena y otra. Dámaso deja que su mirada explore la ventanilla, inmóvil, con las piernas cruzadas y en silencio, el silencio del descubrimiento, de la novedad, del primer viaje en tren. Sus ojos enormes, como piezas de fruta, se reflejan en el cristal y, en la oscuridad de los túneles, parece me contemplaran a mi mismo desde fuera. En Córdoba subimos al AVE que viene de Málaga y que, hoy, entre otras personas, tiene previsto dejarnos a nosotros en Barcelona a eso de las tres y cuarto. Llega unos minutos más tarde, y hemos de correr a lo largo del andén para encontrar la entrada adecuada. Da igual, hemos desayunado ya, tostadas con tomate y café. En las ventanas el paisaje continúa su juego de disfraces, de verde y dorado, de ruinas a ciudades, de estaciones y vías muertas. No está mal atravesar cuerpo a tierra un país en apenas cuatro horas.

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